miércoles, 15 de junio de 2016

Distopía española


















En el taller propusimos distopías: llevar al límite con la imaginación una situación actual hasta crear un mundo propio, futurista, un mundo basado en el nuestro, pero que ya nada tiene que ver con él, un mundo construido a partir de la exageración, de la radicalidad. Es decir, lo que viene haciendo cualquier relato literario.
Me divierte mucho, mis alumnos escriben cosas estupendas como que Europa vive un desastre nuclear sin precedentes y tiene que emigrar en masa a África, el único continente habitable, no contaminado por la mano del hombre. ¿Cómo nos reciben los africanos, cierran a cal y canto sus fronteras mientras los europeos morimos tratando de alcanzar la costa?
O esos  estudiantes que despiertan tras el larguísimo sueño de la criogenización, para descubrir que son los últimos especímenes con capacidad artística que alguien decidió poner a salvo justo antes de que desaparecieran las humanidades del planeta, antes de que se extinguiera el arte por considerar que no servía para nada.
O los robots que cuidan encomiablemente de nosotros, que vigilan nuestra tensión, nuestra diabetes, que previenen infartos, que eliminan células cancerosas y además nos hacen las tareas domésticas, nos cocinan, y hasta nos dan masajes eróticos. A cambio de todo esto, nos vigilan. Nos vigilan por nuestro bien. Y lo hace una empresa comercial.

Una, que tiene problemas con la ficción y sus límites, como quien tiene problemas con las drogas, que considera el flequillo de Trump una distopía, lee sin demasiada distancia ni extrañamiento estas fantásticas historias y se le antojan reales, verosímiles, tal vez porque vive con un pie en la realidad y el otro no ya en la ficción, sino en la ciencia ficción.

Pongamos que España, un país republicano, es tomado, tras una cruenta guerra, por una facción de hombres bajitos, con bigote y camisa de manga corta, en alianza galáctica con la facción de los faldones negros y la papada blanca, cuyo jefe supremo habita el espacio exterior. Tienen un oscuro plan y, para llevarlo a cabo, imponen férreo orden, usando técnicas de lobotomía, más o menos explícitas, rayos paralizantes, gases invisibles que inducen el miedo. Consiguen así que la población viva de forma pacíficamente robótica durante casi 40 años. Cuando el hombre de orejas puntiagudas anuncia a través de la pantalla interestelar que el líder bajito ha muerto, parece que la pesadilla ha terminado. Pero no, años después, se descubre que unos clones de los invasores originales, con aspecto perfectamente humano, han sido infiltrados en la sociedad actual para seguir con el oscuro plan.  
En fin, un derroche de imaginación, una ensoñación fantástica. Despierto, y vuelvo a la realidad. Cuando despierto de nuevo,  hay otra realidad, distinta, no sé si más trágica o más cómica. Y cuando vuelvo a hacerlo, otra. Y así cada día.


Dicen que tragedia es igual a comedia más tiempo. Cuarenta años parecen tiempo suficiente para amasar una tragedia de proporciones griegas pero ¿y si le añadimos más tiempo aún, qué sucede? Todo se vuelve delirante, extremo, se añade un toque de comedia absurda a la tragedia necesaria, se obtiene una distopía en toda regla, ni más ni menos que el lugar exacto donde vivimos.