viernes, 12 de febrero de 2016

Einstein, titiriteros, realidad y ficción

                                                                                   Pierre Jahan

El tema de los titiriteros, con toda su carga de miserabilidad y patetismo, ha puesto de relieve sin embargo un asunto fascinante: los límites entre la realidad y la ficción
Si he de ser sincera, yo no tengo claro dónde empieza una y dónde acaba la otra. Desde bien niños, nos plantea no pocos problemas esta disyuntiva. Aún recuerdo a mi Bruno, con tres años, pidiéndole permiso a Dora la exporadora para ir a hacer pis al baño, alto y claro, y a la muy perra que no se dignaba a contestarle.
No tengo claro, digo, si la realidad es una representación del mundo en nuestra mente, una idea, una percepción concreta de algo que es inabarcable. Y si es inabarcable, ¿no se convierte automáticamente en ficción al ser troceada y recompuesta por la mente humana?. ¿Es por tanto la realidad una subcategoría de la ficción?

Me es difícil determinar el grado de realidad de lo que me rodea. ¿Cuántos puntos en la escala de lo real tienen los objetos?, ¿y los hechos?, ¿y los sueños?, ¿y los delirios?, ¿y las novelas?, ¿y ese poema en concreto, que rasga físicamente? ¿en qué momento dejamos de hablar de realidad para empezar a hablar de ficción? ¿deberíamos introducir la verdad en este razonamiento?
Demasiadas preguntas, me hago cargo. 

Eisntein, con su pícara sonrisa, viene a liar un poco más el asunto (o a echar algo de luz). Ayer mismo, las ondas gravitacionales pusieron de manifiesto el larguísimo recorrido de la realidad: resulta que ahora, en 2016, estamos captando una onda que se produjo tras el choque tremebundo de dos agujeros negros hace millones de años luz (no es que llegue la noticia en diferido, con cierto retardo distorsionador como la ventresca de Rita Barberá, o las fotocopias más caras de la historia de Urdangarín, sino que llega millones de años luz después, pulverizando los conceptos de espacio y tiempo, demostrando en qué medida está sujeta la percepción de la realidad a nuestros sentidos, si se me permite llamar gran órgano sensorial a LIGO). Haciendo tambalear en definitiva el concepto de realidad.
Y no sólo eso: pone de manifiesto también en qué medida la ficción, esa idea en la cabeza de Eisntein, precedió a lo que hoy podemos considerar una realidad.

Podemos por tanto estar de acuerdo en que antes del acto está la idea, incluso en un acto impulsivo, antes hay una idea fugaz que recorre la mente y que impulsa el brazo, la lengua o la pancarta.
A estas alturas, somos conscientes de la importancia de las ideas en los hechos históricos, del papel de los mítines del nazismo, de los shows de Alfonso Rus, del adoctrinamiento etarra. Ya vimos los juicios de Nuremberg, ya vimos Vencedores o vencidos, ya leímos La banalidad del mal, y nos planteamos hasta qué punto es culpable una sociedad que mira a otro lado, que sustenta una idea que luego se hará realidad en forma de monstruosa aberración.
¿Pero son culpables en sí las ideas? ¿puede perseguirse la ficción antes de convertirse en una realidad determinada? ¿Puede una teoría merecer el Nobel antes de ser comprobada en la realidad?
Todo apunta a que no.
¿Podemos cagarnos metafóricamente en el juez Ismael Moreno? Todo apunta a que sí.