domingo, 17 de mayo de 2015

La humanidad, esa anécdota

John Doe


En la historia de la vida, la humanidad es una anécdota, una nota a pie de página, un single de Duran Duran, unas declaraciones de Pedro Sánchez.  
Vi una entrevista fascinante a uno de los directores de Atapuerca.
La vida en la tierra data de hace aproximadamente unos 3500 millones de años -hablemos sin miedo de millones de años, en relación a miles de años, todo es comparable que no relativo, barajemos magnitudes que nos superan, tampoco yo tengo ni tendré nunca un millón de euros en el banco- hace 450 millones de años que aparecieron las plantas, 35 millones de años los primates, 6 millones los homínidos, esos primates expulsados de la selva a la sabana que se irguieron orgullosos,  y solo – SÓLO- 30.000 míseros años desde que el hombre, tal y como lo conocemos hoy, anda por aquí, 30.000 míseros añitos desde lo del homo sapiens y su capacidad abstracta para hacer arte figurativo. A partir del homo sapiens no se ha producido ninguna evolución fisiológica importante (a excepción de Melendi).
Y es precisamente esa conciencia de insignificancia, de anécdota dentro de la arrolladora manifestación de poderío que demuestra la vida lo que dota a la existencia particular, a cualquier existencia, de un carácter accesorio y grandioso a la vez.
El mero hecho de estar vivo y ser parte de la cadena evolutiva, en este caso en forma de mujer, caucásica, de estatura media y sobacos peludos (qué más da la forma) es algo alucinante en si mismo, más allá de las microdesgracias personales o los minidramas cotidianos. Algo absolutamente maravilloso.
Haber evolucionado desde una bacteria a un cerebro complejo, dotado de una conciencia gracias a la cual poder comprender que daremos paso a otras formas de vida aún más complejas dentro de unos miles o millones de años, (o días, dependiendo de las elecciones) resulta excitante, trepidante, fascinante.
Y sólo puede una amar con pasión la ciencia, la genética, la antropología y a todos aquellos que trabajan por explicarnos la vida, que nos enseñan todo lo que genéticamente sabemos aunque lo hayamos olvidado, que practican en definitiva el arte de comprender la vida, porque qué es sino arte eso que hace la ciencia,  y gritar: ¡viva el empirismo y la madre que lo parió!
Solo puede una renegar con pasión de la religión, del oscurantismo, del miedo a saber, del desprecio a la vida en definitiva.
A cambio, es efímero todo esto, sí. Pero mientras.