lunes, 26 de enero de 2015

jueves, 15 de enero de 2015

Las sobras





















No creo que se escriba por vanidad, más creo en la escritura como venganza, como leyenda en la pared de la celda, incluso como misión alucinada para salvar el mundo.  
Pero me pregunto si el hecho de querer publicar puede desentenderse por completo de la vanidad, si es una pieza clave sobre la que se asienta el ego (leí en la red que el habitat del escritor es el egosistema:) o responde al puro afán de compartir.
Me han rechazado, editorialmente hablando. Y he pensado en no mandar nunca más nada a ningún sitio, privar al mundo de mi visionario discurso y mi fascinante estilo, tras jurar por dios que nunca volveré a pasar hambre mientras el flamígero atardecer a mi espalda concentra toda la intensidad vital del violeta y el naranja que presienten la amarga fugacidad ante la inminencia de la noche.
También he pensado es sólo una opinión, voy a emborracharme.
También he pensado en retomar la novela y sacudirla violentamente hasta hacerla publicable, corregirla, so vaga.
También he pensado en no escribir más. Medio segundo. En dejar de escribir mierda y empezar a escribir en serio. A leer en serio. Algo más de media hora.
También he pensado en Proust con asma y en esa idea del mundo respirando enorme en su cabeza. También he pensado en la gruesa capa de polvo cubriendo el desorden de la habitación de Satie cuando lo encontraron muerto.
Pienso demasiado.
Por eso escribo. Ese demasiado es mi obra, eso que excede a mi mente es mi obra, eso que le sobra para tener un funcionamiento normal, saludable, aconsejable, es mi obra. El rebañado de mi cabeza. Por eso cuando el rechazo, cuando a ellos (plural demoníaco) también les sobran mis sobras, hay algo que se desestabiliza en mi egosistema, ahogado por los excedentes.

En fin, con propensión al drama pero sensata en el fondo, entiendo que son muchas más las obras rechazadas que las publicadas, que para que se dé la luz debe existir la sombra a su alrededor. Y a veces hay que ser sombra y practicar la generosidad de las tinieblas (¡como si la luz fuera un derecho y no un milagro!).

Pero lo que aún no he conseguido controlar tras el rechazo es la sacudida de los cimientos mismos de la razón de escribir, hasta la gran pregunta en la azotea: ¿Seguiría escribiendo si no me leyera nadie en esta vida?
Pues no ves que sí, presidiaria rencorosa venida en misión clave del planeta de Raticulín. ¿No ves que sí? deja de dar la tabarra.

Qué mas da el resto, lo importante son las sobras. Las obras.

lunes, 12 de enero de 2015

A ratos inmortal


















A ratos soy inmortal, como Bowie cuando dice can you hear…

en ese hear se vuelve inmortal

entre la paz negra del universo y la ingrávida soledad


me gusta beber con gente a ratos inmortal

capaz de trascender la barra, el gin tonic o la absenta

aunque no el traspiés a la salida del baño

aunque no la resaca

los perros a ratos inmortales en ese gesto tristísimo

de tumbarse a mis pies

el brillo de labios inmortal que se sabe mancha

en el cuello de una camisa extraña


soy lo suficientemente estúpida como para creer en esa clase de inmortalidad

para creer que los que fueron inmortales a ratos, cuando vivos

serán mortales a ratos, una vez muertos


mientras, besémonos póstumamente, bebámonos la eternidad

muramos en cada barra.

viernes, 9 de enero de 2015

Yo también tengo mucho miedo del amor





















Que no duela el dolor, y el tiempo quede suspendido en el tiempo, como un donut light. 
Que sequen bien las letras, sin rastro de fluidos, y tu hígado críe polluelos de colores.
Que conserves el billete de autobús, y te comas las miguitas del camino de aquel niño. 
Que te comas al niño, y repitas el patrón, patrón, patrón. 
Que conserves el billete de autobús, y aun así teclees Xyz8a cuando la máquina te pida: demuestre que no es un robot.


Pues no basta el recuerdo cuando aún queda tiempo, esto lo dijo Cernuda. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Día D





















Día 3 sin fumar. Me gusta escribir diarios que nadie sabe dónde empezaron ni dónde acabarán. Diarios de un día, punto. Diarios abiertos en canal. No hace falta mucho más para saber exactamente en qué consiste todo esto, el sentido exacto de la vida. O la falta exacta de sentido. A mi teclado se le ha hundido la d y me hace sevillana. Me escribe sentio e la via, o falta e sentio, se ríe de mí y de mis esgracias, el muy cabrón. He de corregirlo con seriedad, enderezarle la ironía, apretar bien la d para que deje la huella que de ella se espera.
Dia 3 sin fumar. Dia D. Hacen tanta compañía las adicciones. Me gusta además cómo introducen los cigarrillos el tema de la muerte de forma cotidiana, entre las abuelas que salen de la iglesia, entre los padres que salen del trabajo, entre los noctámbulos que salen del sueño, el humo traspasando nuestro más tupido tabú. (Y al poner cigarrillo me estoy acordando de un escritor, no recuerdo cuál -estoy sin nicotina-,  al que le preguntaron cuál creía él que era el problema de nuestra literatura, y respondía sin dudarlo que el cigarrillo, que escribíamos cigarrillo cuando ya nadie dice cigarrillo. Parece una tontería pero ahí se resume nuestro drama: ese desfase entre lo que se escribe y lo que se dice, ese cigarrillo que sin querer se nos vuelve puro al ser escrito).  
Día 3 sin fumar. ¿A qué me voy a dedicar ahora si no es a matarme? ¿Dónde voy a ir sin cigarros o cigarrillos? Al fin y al cabo, era la opción fácil, me digo, seguir la moda, aprovechar la corriente río abajo que nos lleva a todos al mismo mar, me digo, la inercia.
Resistirse, ¿qué es resistirse, cuando sabes que la corriente siempre vencerá?

Absurdo, exacta y precisamente absurdo, como esta via, vida, miera, mierda. 

sábado, 3 de enero de 2015

La literatura, entre los delitos comunes

Hay luchas aún vigentes, siempre vigentes, luchas que se trasvisten a lo largo de los siglos, destino del héroe versus presente humano, Dios con mayúscula fentre al yo en minúsculas y cursiva, y cursando, apocalipsis extraterrestre versus buenismo terrenal, luchas aplicables a la literatura, aquí y ahora, como las esquirlas de esa batalla reciente entre realismo costumbrista y modernismo tan vigente hoy, renovada pero vigente.
En estos tiempos de pacifismo de postín, no está mal entender la lucha como algo natural, la oposición como un antídoto contra el vértigo existencial, la simultaneidad de dos formas enfrentadas en el mismo tiempo y espacio, como una forma de seguir creando. Acaso la única. La lucha como síntoma de equilibrio, que no triunfe ningún bando, que ninguno sea derrotado, que sólo a través de esa pelea ideológica sobreviva la vida, la literaria incluida. Que me des una tregua, joder.
Nada es absoluto salvo las palabras, que nacieron relativas (esto es una estupidez, pero quería colarlo).

El caso es que todo esto viene porque he recibido gracias a la generosidad a distancia de J. un libro fascinante sobre esa lucha literaria viva. Las palabras de la tribu, de Umbral, un libro que tiene diez años pero que está de rabiosa actualidad, que diría una presentadora recién lobotomizada, sólo porque me acaba de llegar, a mí, y lo estoy leyendo, yo, ahora .

En él, Umbral hace un repaso genial a la literatura del s.XX, empieza escenificando esa lucha entre la prosa de almacén de Galdós o de Azorín frente a la modernidad de Rubén Darío o Valle Inclán.

“Todo el estilismo, todo el preciosismo de Azorín no son sino un mantenido esfuerzo por ocultar al chufero valenciano” (toma ya)
“La lucha entre el modernismo y el 98 contra Galdós es mucho más que una lucha estética. Galdós sólo pretende retratar el mundo, los novísimos transformarlo, renovarlo, transverbarlo mediante la poesía. (…) Galdós cuando se pone estilista dice que Tristana tenía una boquirrita... y es cuando arrojamos el libro. O dice que los garbanzos son pequeños proyectiles vegetales. Es el que compara siempre a los chicos saliendo del colegio con una bandada de gorriones y a la bandada de gorriones con chicos saliendo del colegio. Y ahí se acaban sus recursos estilísticos. Tuvo desde muy pronto cara verde de billete de mil pesetas”(me parto y me postro).

Frente a él, el cañón de Rubén Darío presto a disparar “para desacreditar la realidad. (...) Rubén es el que mata a los neoclásicos escayolados y a los últimos románticos de peluche.
(…) Creíamos que nos faltaba otra cosa, la política o el tabaco y lo que nos faltaba era la música perdida tras el aleteo fugaz de Bécquer. (…). La sintaxis del poeta no es sino la matemática de su música”.
“Cuando Valle inclán cambia de estética y empieza a ser un gran escritor es cuando comienza a escribir con la mano que le falta, a trabajar su obra con el brazo que no tiene, y entonces le sale un modernismo zurdo que es ya el esperpento.

No tiene desperdicio el texto, de verdad, le chupa uno hasta la carne de entre los tendones.
Esa lucha necesaria se hace palmaria (de palmar) en el tema de las influencias, de esos hilos subterráneos que conectan de alguna forma a los bandos en guerra, y a las propias facciones contrapuestas dentro de un mismo bando. Aunque hoy muertos, seamos capaces de amarlos a todos...

“Sobre el bastidor modernista, Valle borda sus primeros galaicos y sentimentales, lo que le enseña a escribir. Ortega le aconseja prematuramente que se deje de “bernardinas”. Las “bernardinas” y los palotes le son necesarios a todo escritor para ir encontrando su propia caligrafía. Sólo robando de otros se aprende a escribir, y por eso la literatura está entre los delitos comunes. El estilo es una cosa de juzgado de guardia. A la burguesía y a los críticos burgueses siempre les han ofendido los estilistas como cosa personal y los denuncian en la comisaría. Críticos como Clarín necesitan novelistas como Galdós y los crean. La prosa burguesa es la mala prosa. Valle fue un escándalo estético antes de ser un escándalo político. (…) Ya se ha dicho ante que prefiero el robo a la influencia. El robo y el asesinato. La literatura se erige sobre un crimen o no es verdad.

Seguimos con la lectura. Seguimos con los crímenes, seguimos con la lucha. Seguiremos informando.