jueves, 12 de marzo de 2015

¿Pero cuándo las palabras se nos convirtieron en literatura?

















¿Pero cuándo las palabras se nos convirtieron en literatura?
Creo que odio la literatura. Odio leer algo y tener que juzgarlo literariamente, aunque sea en voz baja, compararlo agraviativamente con otros libros, con otros escritores, buscarle un acomodo en la historia de la literatura.
Odio intentar hacer algo literario cuando escribo, aunque sea el ridículo,- ridículo literario-, odio que mi máxima referencia sea otro libro y no eso que está ahí fuera y que uno trata de explicar en vano, ¿la vida? no, hombre no, palabra hueca y altisonante, algo mucho más allá, o más acá, o más abajo, o más arriba, eso que existe cuando yo no existo. (Gracias Rimbaud, por escribirlo todo antes de conocer la literatura, o a Chukri por pasar de ser analfabeto a escribir libros).
Odio a los académicos que hacen de la literatura una pasta diaria con la que recubren sus despachos, sus ordenadores, sus salas de conferencias, odio a los que edifican verdades literarias como iglesias encima de las palabras, como si la literatura fuera a salvarnos.
¿Pero cuándo las palabras se nos convirtieron en literatura?
Quisiera leer con inocencia, el libro y yo a solas, y no con toda la comunidad literaria esperando tras la puerta, escribir con implacable inocencia, las palabras y yo a solas, y no con todos esos escritores prestigiosos, inteligentes de verdad, agazapados entre los renglones, pidiendo en negrita ser emulados.
No es que quiera posicionarme a favor de una cultura popular frente a una cultura elitista, es que NO quiero posicionarme. No quiero opinar sobre literatura, no quiero chulear en las reuniones, no quiero salir de los libros, no quiero pensar en literatura, porque no estoy capacitada, no soy estable, no soy fiable, tan sólo dona mobile, odiadora e inmadura. Y porque no me interesa ser más que una bestia que disfruta, que ama a los personajes y acaso a las personas que los sustentan (a determinada altura del recorrido, la admiración se convierte en amor) o que odia, que es lo que en verdad se me da bien.

Últimamente además, empiezo a dudar de que los libros se compongan de palabras, de gramática, de sintaxis, sospecho que todo eso no es más que el material en que se deshace lo que existe cuando yo no los leo, eso que existe cuando los cierro.

 

4 comentarios:

Francis Black dijo...

Bueno pero hay un punto de no retorno, cuando las cosas ya se ven desde fuera. Hay un texto de Ribeyro :

Mi error ha consistido en haber querido observar la entraña de las cosas, olvidando el precepto de Joubert: "Cuídate de husmear bajo los cimientos". Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo. Y al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión.

t minúsculo dijo...

¡yo lo sé!

Y ocurrió en un peaje.(*)
antes, ni autovías, ni carreteras.
solo un camino.

Na linea ni renglón
el espacio, libre.
¿Párrafo? ¿quién eres?

Palabra, ni hueca, ni vacía, ni letra.
Abandono el negro sobre blanco.
Quiero hacerlo alrevés...
y que mi letra sea luz.
desenmascarando mi/tu obscuridad.


Si no es así, me (mantendré) en el (al) margen o en esos espacios en blanco.
Si acaso, a pié como nota marginal.


B B B (pon el beso en la B que quieras)

Asterisco: Admite todos los medios de pago, es decir de pros ti tu ción.

NáN dijo...

¿Nostalgia de la pubertad, cuando todo era nuevo y desconocido, cuando en el amor no había resortes fieles que conducían al final con éxito apabullante?

Me niego a sorprenderme por la ausencia de sorpresas. Me niego a ser más viejo que mi hijo.

Perraca: no sigas afinando la puntería.

Bárbara dijo...

Jo con Ribeyro, Francis, mucho mejor que el vino. Desde el primer berrido que todo es un punto de no retorno.

Qué bonito, t, máxima aspiración poder mantenerse en los espcios en blanco,ya me dirás el secreto. bbbesos.

Pero y lo que nos gusta a veces revolcarnos como puercos en la nostalgia, Nán, no me digas que no.