viernes, 28 de noviembre de 2014

Hoy me levanté y sangraba





















No sé qué me sucede últimamente que tengo ganas de darle al Intro a cada frase. No quiero pensar que he vuelto a escribir poemas, a ese estado atroz desde el que se escriben los poemas.

Hoy me levanté y sangraba
sangré a lo largo del día
sin hablarlo con nadie
no era tema con la panadera, sangro
ni en la cola del banco, sangro
ni con el hombre que quiso ser máquina
indique el motivo de su llamada: sangro.
Lo tan cotidiano no puede ser nombrado.

En el semáforo- estaba nublado- pensé:
un hombre es una cosa ruda que va en moto
y sangra en silencio.
Tanta sangre fluyendo en secreto
tanta soledad animal
y los coches pasando, sin salpicar
a esa velocidad constante.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

La que a veces no existe


















Y hay gente que crece en mi boca, bajo mis encías
socavando el silencio del árbol muerto

gente que reestrena el miedo de niña
miedo de negro puerta cerrada y es noche
de negro ojos cerrados y aún es día

gente que camina y a veces empuja, que se para, y a veces empuja, que ayuda a cruzar a la viejita y a veces empuja

gente cuyo dolor nace como excusa para el mal

hay gente con tanto ruido y tanta furia
que no deja oír el propio silencio

gente que controla los ingresos y los gastos, las entradas y salidas, los orgasmos y los nutrientes, los productos de limpieza y los rencores

gente que a solas nunca estuvo sola
y en compañía engorda su soledad

y luego está esa otra gente

la que a veces no existe. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Inercia y estrategia


Yo creo que avanzamos en la dirección correcta. Soy optimista, en fin. Creo que Rajoy está haciendo un gran papel, dinamitando desde dentro un partido y una forma de hacer política, una estética para caminar por la vida en definitiva, desde una tartamudeante desidia exterior y una cejijunta determinación interior. El hombre que supo balbucear, blando por fuera, duro por dentro, el que sí oye las palabras claras y de corrido en su cabeza pero al que se le pronuncian temblorosas está acelerando la agonía, dando paso a marchas forzadas a un nuevo panorama político.

También el PSOE arrima el hombro, rescatando una estética triunfadora de los 90, con ese marketing hecho hombre, de sonrisa perfecta y blanca como una promesa de felicidad ynoimportaeleuribor yvivetupropiatelenovela, con  la ayuda inestimable del oscuro puro de Felipe González como contrapunto, como símbolo fálico y fáctico. Tratando en definitiva de darle compulsivamente a la moviola del tiempo, con el utópico fin de hacer eyacular a un muerto.

Todos ellos contribuyen al viraje de esa categoría moral llamada aleatoriamente España, un cambio de rumbo ya imparable por la propia inercia (y sí, las parábolas cuando alcanzan su punto álgido empiezan a curvarse), esa inercia que muchos llaman Podemos (y el cabrito de Arcadi Espada Podéis) pero que no es más que inercia, tras tanto impulso conjunto.

Y es que una no puede dejar de ver la política como una partida de ajedrez viva, en la que las piezas tienen una identidad pero adquieren verdadero significado por su posición conjunta en el tablero, más que como manifestaciones inmutables de la moral individual, de unos colores propios, emocionales y futboleros.

Claro que muevo ficha con Podemos, visto el tablero, hoy, ahora, es la única opción estratégica posible. Mañana, ya veremos. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Pronunciar bien




















Ha llegado el momento de mandaros a todos a tomar por culo. A todos sin excepción, que no es nada personal, más bien una propuesta filosófica, un dedo corazón empalmándose por encima de las cabezas universales, un baile asincopado con el que sacudirse la otredad asfixiante, y la artrosis de la culpa, y los cabellos al viento.

Igual una es vieja ya para ser punk ¿te acuerdas cuando existían las tribus, cuando no era un acto infantil disfrazarse para estar en contra de, cuando las poses no habían sido vaciadas de su significado y aún parecía que se pronunciaba como se escribía?

Hoy se pronuncia respeto tu opinión pero se escribe así sufras lo que predicas, mamón, se pronuncia ningún rencor pero se escribe me has hecho daño, hijo de la gran puta,  se pronuncia yo te quiero pero se escribe si alguien tiene que devorar corazones crudos, me pido yo.

Iros todos a la mierda me encanta como premisa vital, a partir de ahí ya podemos empezar a pasarlo bien, a divertirnos, a amarnos, a disfrutar con la pronunciación. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Por qué escribo













Una noche de pronto- fue anoche mismo- te apercibes de que ya no vives sino que más bien te cuentas la existencia, te narras, que la vida es sólo un material con el que te relacionas desde la más absoluta perplejidad, a través de las palabras, que corren por delante de la realidad, que llevan el timón, que todo lo usurpan, que todo lo ocupan, que ya sólo existen palabras, que lo han devorado todo. Que ya no vives las vivencias, ya no sientes las sensaciones, ya no te emocionan las emociones de forma directa sino traducidas- tú mediante- en palabras, en verbo, que antes de todo fue el verbo. Que después de todo también. Y es muy extraño. Es tristísimo. Hasta patológico si te descuidas. Es una puta locura. También es tranquilizador.
Anoche añoré tener quince años.

A mis flamantes alumnos, les pedí que contestaran a la pregunta de por qué escribo. Que lo escribieran, que escribieran por qué escribo (si menos por menos resulta que es más, incomprensiblemente!, tal vez escribir por escribir arroje como resultado vivir).

Traje a Banville para que contestara a la pregunta: “escribo porque la realidad no es real para mí hasta que no se ha pasado por el tamiz de las palabras. Escribo con el fin de imaginarme la realidad totalmente real”.
“¿Qué por qué escribo? por las mismas razones por las que leo, porque no me encuentro bien”, expresó con vital laconismo Juan José Millas.
“Porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central”, apuntó Andrea Camillieri.
Ante la pregunta, Carlos Fuentes se marcó una contrapregunta: “¿Por qué respiro?”
Gonzalo Hidalgo Bayal compuso un sincero juego de palabras "Por afición, por aflicción".
Santiago Roncagliolo confesó escribir por no saber hacer nada más: “no sé montar bicicleta, llevo un año tratando de sacarme el carné de conducir, no entiendo las declaraciones de Hacienda y, cuando se estropea el ordenador, la única solución que se me ocurre es llorar hasta que se arregle solo. Pero intentaré una respuesta más profunda: Creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido”.
Luisgé Martín nos clavó un dardo justo en el centro: “Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe, pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para explicar el mundo a los demás tal como yo lo veo, para cambiar el mundo, para vivir vidas que no he podido vivir, para enmendar la vida que sí he vivido, para curar mis culpas, para pasar a la posteridad, para sobrevivir a la muerte, para sentir, al menos durante un instante, que soy Dios. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: "Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo".


Por qué escribo, pensé anoche, como si no fuera la vida la que le escribe a uno, la muy chupona, la muy pendeja, la muy palabra. Como si de noche pudiéramos taparnos con algún sentido. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

No quiero magia



















Si tuviera una varita mágica, la haría desaparecer, eso haría. No quiero magia en mi vida, sólo realidad, ese lujo de los supervivientes, y de los saciados de leche materna, de los acostumbrados a la mansa felicidad. Nada de fantasías posmodernas en forma de oración, de carambolas relativistas que acaban por hacer crash en algún lugar indeterminado entre el bien y el mal. Sólo realidad, ese oscuro objeto de deseo de la ciencia, y también de la literatura, por qué no. Esa creación por encima de la verdad, eso que puede tocarse aunque yo no lo pueda tocar, eso que puede tenerse aunque yo sólo lo pueda desear.
Decía Naipaul que escribir es como hacer magia. “Si te limitas a mencionar una silla, evocas un concepto vago. Si dices que está manchada de azafrán, de pronto la silla aparece, se vuelve visible”.
Decía también que cuando leía un texto, en dos líneas sabía si lo había escrito una mujer. Que no le interesaba la sensiblería femenina. Yo le hubiera estampado la silla (con su azafrán) en la cabeza, a Naipaul.
Hace años, trabajé con un mago. Me limitaba a enseñar cacha y sujetarle los conejos y las palomas y los cachivaches varios necesarios para sus trucos, con la gracia autómata de una azafata con apoplejía. Me daba mucha vergüenza porque yo conocía esos trucos, yo sabía positivamente que hasta un niño de ocho años podía ejecutarlos (que no era Tamarit el mago sino un asturiano oblongo y alcohólico).
Pero sobre todo me daba vergüenza hacer lo que mi jefe no cesaba de pedirme: sonríe, tienes que sonreír. ¿Sonreír por qué? ¿Cuándo? ¿A quién? ¿Con qué motivo? No, yo podía engañar tanto, no podía hacer esa magia. Que se me iba a ver el truco, que se me iba a ver el alma, bruto, loco, explotador. ¿Truco o trato? Siempre tuvo la magia para mí algo sospechoso.