martes, 29 de abril de 2014

Si tuviera que elegir






















Si tuviera que elegir entre una enfermedad degenerativa y un éxito súbito, elegiría una isla,
si tuviera que elegir entre la velocidad y el paisaje, elegiría mirar,
si tuviera que elegir entre un Ribera y un Rioja, elegiría a Monet,
si tuviera que elegir entre la locura y el coma, elegiría el volcán,  
si tuviera que elegir entre un señor de Murcia, y un bohemio desarraigado, te elegiría a ti,
si tuviera que elegir entre la locura y la velocidad, elegiría Ribera del Duero,
si tuviera que elegir entre una enfermedad degenerativa y un señor de Murcia, elegiría mirar el paisaje,
si tuviera que elegir entre vivir como única opción y morir entre múltiples opciones, elegiría la libertad de morir (x),
si tuviera que elegir entre la duda y la fe, elegiría sin duda la fe, sin fe la duda, la duda sin fe, la duda, y la fe, la duda y la fe. Elegiría sin duda la duda.  


lunes, 14 de abril de 2014

Alegato a favor del editor
















Soy incapaz de analizar el presente, como soy incapaz de verme a mí misma, salvo en esos breves arranques esquizoides que, afortunadamente, con la medicación y el afecto incondicional y estupefacto de quienes me rodean, cada vez son menos.
Soy incapaz- digo- de analizar limpiamente el presente por tener los piezacos metidos en el barro, incapaz de comprender en su totalidad el alcance de Internet, de las redes sociales, de los móviles, de los manoslibres (cada día hay más locos que hablan solos, shhh), de la compresión del espacio, de la paradójica dilatación del tiempo (¿estás bien?, te mandé un mail hace veinte minutos y no me has contestado), de la transformación de la soledad de antaño, de esa idea de soledad, en la soledad moderna, esa soledad que es precisamente el alimento y el veneno de quien escribe. La condición y el alivio.

¿Qué es hoy la soledad? Hoy que estamos dentro y fuera, en Facebook y en Twiter, en comunidad de escritores (si eres escritor, si eres zoofílico de rumiantes con pelo, en la comunidad de zoofílicos de rumiantes con pelo), hoy que vivimos expuestos a la radiación total, a Blogger, a Instagram, a Youtube, que podemos comunicar con una tecla en cuanto el vértigo a uno mismo se nos manifiesta dentro, ¿dónde queda la soledad?, ¿y cómo afecta eso a la literatura?

Inmediatamente me sale hacer un alegato a favor de la figura del editor, hoy más necesaria que nunca.
Del editor de carne y hueso. Frente a esa marea acristalada, frente a los grandes grupos editoriales que ya no se sabe si están controlados por fabricantes de armas o farmacéuticas, la figura del editor estable, humano o de apariencia humana,  que confía casi trascendentalmente en lo que publica. El editor de carne y hueso. Con sus estupideces, sus errores, sus aciertos, sus grandezas.
Y es que yo no quiero estar directamente expuesta en Amazon, no quiero convertirme en puta y encerrarme en un escaparate holandés. Claro, que mejor ser puta en Holanda que puta en la Jonquera, argüirás. Que no quiero ser puta, leñe!!!!
Que no quiero hacer un libro con alguien que no cree en mí, por más que piense que un puñado de lectores creerá en mí. Que no quiero ser dueña de mi propia obra porque como Kafka, salvando las distancias, un martes optaría por quemarla y un jueves por salvarla, y como todo el mundo sabe por elementales leyes físicas, la obra ardería por toda la eternidad a partir del martes.

Que son necesarios los editores, Vilas lo explica muy bien en “España”:
“Fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka. Sólo que Kafka no fue Kafka mientras Kafka estuvo vivo. (...) Kafka no fue nunca un escritor tal y como hoy lo entendemos. Ni concedía entrevistas ni le agobiaban los editores para que entregase un nuevo libro. Ni daba conferencias ni fallaba premios ni le daban premios. Ni le llamaban los periodistas ni le invitaban los políticos ni opinaba en la prensa. Ni reseñaban elogiosamente sus libros o no elogiosamente, porque no había libros que reseñar. Ni siquiera hablaban mal de él, porque nadie sabía que existía. Lo único que hacía Kafka era quedar a comer con su amigo Max Brod, Kafka nunca supo que era Kafka. Esto parecen olvidarlo casi todos, casi todos los kafkianos que tantas pegas y desdenes infligen al pobre Brod. Pero, quién era Kafka sino lo que Brod imaginó que Kafka sería. Que Brod (de quien yo soy especialista) fuese celoso de Kafka era lo normal. Pues Kafka fue la gran novela de Max Brod, y díganme ustedes qué novelista no es celoso de su obra.
El mundo está lleno de manuscritos que van y vienen. Lo saben bien los editores, que tienen sus casas llenas de árboles impresos. Pero, dios mío, ¿por qué estos manuscritos sí, y aquellos otros, con millones de hojas escritas, no? Preguntádselo a Brod. Él fue quien decidió que aquello era Kafka antes de que existiese Kafka. Él fue el primero que lo vio y lo entendió. Él era más Kafka que Kafka. Él, Brod (de quien yo soy especialista), y sólo Brod, lo supo, y lo sigue sabiendo, allá en las alturas donde los judíos buscan el soplo que creó este mundo, este mundo deshabitado de todo soplo divino”.