lunes, 14 de abril de 2014

Alegato a favor del editor
















Soy incapaz de analizar el presente, como soy incapaz de verme a mí misma, salvo en esos breves arranques esquizoides que, afortunadamente, con la medicación y el afecto incondicional y estupefacto de quienes me rodean, cada vez son menos.
Soy incapaz- digo- de analizar limpiamente el presente por tener los piezacos metidos en el barro, incapaz de comprender en su totalidad el alcance de Internet, de las redes sociales, de los móviles, de los manoslibres (cada día hay más locos que hablan solos, shhh), de la compresión del espacio, de la paradójica dilatación del tiempo (¿estás bien?, te mandé un mail hace veinte minutos y no me has contestado), de la transformación de la soledad de antaño, de esa idea de soledad, en la soledad moderna, esa soledad que es precisamente el alimento y el veneno de quien escribe. La condición y el alivio.

¿Qué es hoy la soledad? Hoy que estamos dentro y fuera, en Facebook y en Twiter, en comunidad de escritores (si eres escritor, si eres zoofílico de rumiantes con pelo, en la comunidad de zoofílicos de rumiantes con pelo), hoy que vivimos expuestos a la radiación total, a Blogger, a Instagram, a Youtube, que podemos comunicar con una tecla en cuanto el vértigo a uno mismo se nos manifiesta dentro, ¿dónde queda la soledad?, ¿y cómo afecta eso a la literatura?

Inmediatamente me sale hacer un alegato a favor de la figura del editor, hoy más necesaria que nunca.
Del editor de carne y hueso. Frente a esa marea acristalada, frente a los grandes grupos editoriales que ya no se sabe si están controlados por fabricantes de armas o farmacéuticas, la figura del editor estable, humano o de apariencia humana,  que confía casi trascendentalmente en lo que publica. El editor de carne y hueso. Con sus estupideces, sus errores, sus aciertos, sus grandezas.
Y es que yo no quiero estar directamente expuesta en Amazon, no quiero convertirme en puta y encerrarme en un escaparate holandés. Claro, que mejor ser puta en Holanda que puta en la Jonquera, argüirás. Que no quiero ser puta, leñe!!!!
Que no quiero hacer un libro con alguien que no cree en mí, por más que piense que un puñado de lectores creerá en mí. Que no quiero ser dueña de mi propia obra porque como Kafka, salvando las distancias, un martes optaría por quemarla y un jueves por salvarla, y como todo el mundo sabe por elementales leyes físicas, la obra ardería por toda la eternidad a partir del martes.

Que son necesarios los editores, Vilas lo explica muy bien en “España”:
“Fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka. Sólo que Kafka no fue Kafka mientras Kafka estuvo vivo. (...) Kafka no fue nunca un escritor tal y como hoy lo entendemos. Ni concedía entrevistas ni le agobiaban los editores para que entregase un nuevo libro. Ni daba conferencias ni fallaba premios ni le daban premios. Ni le llamaban los periodistas ni le invitaban los políticos ni opinaba en la prensa. Ni reseñaban elogiosamente sus libros o no elogiosamente, porque no había libros que reseñar. Ni siquiera hablaban mal de él, porque nadie sabía que existía. Lo único que hacía Kafka era quedar a comer con su amigo Max Brod, Kafka nunca supo que era Kafka. Esto parecen olvidarlo casi todos, casi todos los kafkianos que tantas pegas y desdenes infligen al pobre Brod. Pero, quién era Kafka sino lo que Brod imaginó que Kafka sería. Que Brod (de quien yo soy especialista) fuese celoso de Kafka era lo normal. Pues Kafka fue la gran novela de Max Brod, y díganme ustedes qué novelista no es celoso de su obra.
El mundo está lleno de manuscritos que van y vienen. Lo saben bien los editores, que tienen sus casas llenas de árboles impresos. Pero, dios mío, ¿por qué estos manuscritos sí, y aquellos otros, con millones de hojas escritas, no? Preguntádselo a Brod. Él fue quien decidió que aquello era Kafka antes de que existiese Kafka. Él fue el primero que lo vio y lo entendió. Él era más Kafka que Kafka. Él, Brod (de quien yo soy especialista), y sólo Brod, lo supo, y lo sigue sabiendo, allá en las alturas donde los judíos buscan el soplo que creó este mundo, este mundo deshabitado de todo soplo divino”.

9 comentarios:

Vicente Carrasco dijo...

Lo veo como una figura a desaparecer, al menos tal y como la conocemos ahora, llegaremos a un punto en el que un ordenador "leerá" los manuscritos y los puntuará según los baremos introducidos previamente, baremos que lógicamente se basarán en ventas futuras según estudios de mercado sobre los gustos literarios.

Más impersonal e inhumano imposible.

Vicent.

pere dijo...

Me resigno a llamarle inteligencia (por hábito nada más) a eso que exhiben los aparatos 'inteligentes' (en inteligencia artificial aún no hemos llegado a igualar las habilidades de una cucaracha).
Y quizá las impresoras lleguen a ser tan 'inteligentes' (!) que decidan por sí mismas lo que merece ser impreso y lo que no, pero no -de ninguna manera- sería lo mismo que un editor (y llegados a este punto, una brigada 451 no sería tan mala cosa como nos parecía).

pere dijo...

Me resigno a llamarle inteligencia (por hábito nada más) a eso que exhiben los aparatos 'inteligentes' (en inteligencia artificial aún no hemos llegado a igualar las habilidades de una cucaracha).
Y quizá las impresoras lleguen a ser tan 'inteligentes' (!) que decidan por sí mismas lo que merece ser impreso y lo que no, pero no -de ninguna manera- sería lo mismo que un editor (y llegados a este punto, una brigada 451 no sería tan mala cosa como nos parecía).

pere dijo...

Me resigno a llamarle inteligencia (por hábito nada más) a eso que exhiben los aparatos 'inteligentes' (en inteligencia artificial aún no hemos llegado a igualar las habilidades de una cucaracha).
Y quizá las impresoras lleguen a ser tan 'inteligentes' (!) que decidan por sí mismas lo que merece ser impreso y lo que no, pero no -de ninguna manera- sería lo mismo que un editor (y llegados a este punto, una brigada 451 no sería tan mala cosa como nos parecía).

NáN dijo...

Nihil obstat.

De momento.

¿Ves como escribes, y muy bien, sin necesidad de editor?

Publicar es lo que es una pequeña agonía... sobre todo si tienes cierto éxito.

Volveré.

Josep Vilaplana dijo...

Dándole una vuelta de tuerca más, tal vez para escribir no haga falta ni siquiera escribir. Tal vez Kafka no escribió nada sino lo único que hizo fue escribirse y Brod, que sí quería escribir, tomó nota. A mi personalmente me gusta mucho leer lo que todavía no has escrito -ese montón de libros que duermen contigo-.

NáN dijo...

De lo tuyo, que por fortuna dejas ahí tanto tiempo, hoy me apetece comentar una cosa que me salva. Porque no quiero decir (así en intransitivo), porque es tanta la diferencia con lo que se dice que termino concluyendo que soy viejuno y cebolleto. Pero tú dices algo que es radical, y que yo me callaba, pero me anima que tú lo digas. “Que no quiero ser puta, leñe!!!!”. Y es que me veo rodeado por algo que desconocía: contemporizar con todo, ese “Claro, que mejor ser puta en Holanda que puta en la Jonquera”. Ese consuélate de ser pobre en Madrid, porque si lo fueras en África, no habría cubos de la basura donde encontrar restos de comida aprovechables.

devid john dijo...

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Bárbara dijo...

No soy apocalíptica tecnológica, al menos a ratos, VICENTE, hoy me pillas optimista. Me congratula pensar que inventos como el 3D han sido rechazados en parte por el público.

Sí, PERE, la tecnología es el dedo que señala la luna, si se queda uno mirando el dedo, pues sí, es un idiota.

Tienes razón, NÁN, para escribir sólo hay que escribir. En cuanto me dicen nihil obstat, paso a estar en desacuerdo conmigo misma,y hasta pienso en hacerme puta ¿por qué será?

Eso es aún mejor, JOSEP, hacer de la propia vida una obra de arte, como dijo alguien. O del propio silencio. El resto no es más que ostentación.