sábado, 27 de julio de 2013

Reflexiones





















Reflexiones acerca de eso que está alrededor de la literatura, llámalo mercado literario, llámalo vomitorio de las letras, llámalo fuego al que se arrima la tribu:

-      La gran mayoría de las editoriales de poesía no admite poemarios. Las más modernas en su discurso, que apuestan por nuevas voces, no admiten poemarios. En general agradecen que comprendamos sus razones. Yo particularmente no las comprendo. Agradezco que comprendan mi incomprensión. No creo tener problemas para distinguir lo que de entrada me interesa al primer golpe de vista. Hombres, mujeres, ropa, manuscritos, lechugas. En general descarto el 90% de lo que encuentro, de hombres, de mujeres, de ropa, de manuscritos, de lechugas. Mi intuición es algo que ha ido construyéndose racionalmente a lo largo de toda una vida de mucho pensar. Mi intuición me permite caminar, con mis sentidos abiertos, sin la necesidad de pensar con qué pierna doy el siguiente paso. Camino hacia ese 10%. La vida es una criba constante, menear la batea para encontrar oro. Ser editor nunca debería estar alejado del verdadero objetivo de ser editor.

-       Sigue pareciéndome una sinrazón el trato al autor, por un parte el gran desprecio hacia su trabajo, por otra el gran prestigio que le otorga su oficio. El autor es un ser indigente que se muere por publicar a cualquier precio, que realiza un esfuerzo titánico para juntar letras con algo de sentido. Es indigno que un autor aspire a comer de lo que escribe, que pretenda obtener algo tan prosaico como la pasta. El resto a su alrededor puede y debe hacerlo: editores, distribuidores, críticos literarios, libreros, periodistas, pero que lo pretenda el autor, qué cosa tan innoble! El autor es un ser sagrado e incorruptible, una bestia pura que se alimenta de papel seco y bebe tinta. Que duerme sobre el diccionario de la RAE. Para compensar esta carencia, estas bestias necesitan que les acaricien constantemente el lomo con admiración. Necesitan inflar sus egos desmesuradamente para poder salir a flote (algunos se pasan y revientan). Ser un trabajador no debería estar alejado del verdadero objetivo de trabajar.

-       En este clima de miserabilidad literaria, se explica el escaso o nulo apoyo que prestan los autores consagrados a los jóvenes valores, salvando honrosas excepciones. Lo que se obtiene no debería estar alejado de lo que se da.

-       Me gustan los autores consagrados que no obstante tienen un blog. Rodrigo Fresán, Andrés Neuman me vienen así de pronto. Porque sí. Porque saben que escribir no es ser escritor, es simplemente escribir. Porque estar consagrado no significa instalar una barrera automática- que se alza previo pago- entre el escritor y su público. Hoy Kafka tendría un blog. Y hubiera mandado a Max Brod borrar todas las entradas a su muerte. Ser escritor nunca debería estar alejado del verdadero objetivo de escribir.


-       Por no hablar, claro, del machismo. Me da una pereza salvaje argumentar este punto.  Ser escritora mujer no debería estar alejado del verdadero objetivo de escribir. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Matate, España














Yo estoy con Rajoy. Duele tanto ser español. Como una banderilla avinagrada sobre la piel de toro. Como la modernidad aplastada por una rueda de carro, como un grandioso complejo de inferioridad hecho performance. Como una herida en el centro mismo de la conciencia, que no cauteriza.

Duele ser tan macho, duele ser hembrita en España.

Yo estoy con Rajoy. Él sabe de nuestro dolor español. Él es un visionario, un revolucionario, un quincuagenario, y quiere acabar con ese dolor, quiere acabar con todo el sufrimiento que cabe dentro de eso llamado España.
Con la decadencia del imperio, con el recuerdo del esplendor, con Fernando VII, con el fracaso de la república, con los ominosos, con los exiliados, con los defraudadores de Hacienda, con los defraudadores de la Seguridad Social, con los caciques, con las aguerridas republicanas, con la defraudadora Hacienda, con la defraudadora Seguridad Social, con el siglo de oro. Con todas las contradicciones de esta, de esa, de aquella España, España, ña, ña, ña.

Otorguémosle poderes absolutos a Rajoy, mi rey, mi sol, que cada palabra que digas sea un absoluto. Con tu lengua de trapo, con tu barba de mesías, con tu mano blanda por fuera, dura por dentro-¿qué es?- conduce a este absurdo país al borde mismo de la lógica y despéñalo sin miedo.
Descalabra la ciencia, descalabra la salud, descalabra la educación, descalabra la igualdad hasta que España sea solo una mancha, un borrón en el mapa del recuerdo.

No nos resistamos. Yo no me resisto ya. Haz de mi España lo que quieras. Matame, amor, como ese hermoso y brutal título de la grandísima Ariana Harwicz.
Viólala, saquéala, véndela a los alemanes, véndela a los árabes, véndela a los americanos, véndela a las mafias del juego, a las mafias de la religión, vende a España, por Dios Santo y por la Virgen. Y con el dinero que saques, constrúyete un lujoso mausoleo, más blanco que el Taj Mahal, donde poder vigilar decúbito supino la posteridad.

Hazlo para que podamos soñar de nuevo con una madre, bondadosa y patria.


viernes, 19 de julio de 2013

Si fuera ciega






















Me crucé con una vendedora de la ONCE que era un ángel, con canicas en los ojos, todo amor. El amor, que es un vendedor de la ONCE.
Me hubiera gustado leerle este poema:

Si fuera ciega, mis manos tratarían de comprender el vacío
Si fuera ciega, pensaría que siempre voy mal vestida
Si fuera ciega, el volumen se inventaría en tu cuerpo
Si fuera ciega, tu tacto me sabría a palabra justa y precisa
Si fuera ciega, dejaría que lavaras mis partes más íntimas, que las podaras y las regaras como un jardín japonés
Si fuera ciega, creería que todos me miran
Si fuera ciega, pensaría que nadie me mira
Si fuera ciega, cuando entraras en mí, la oscuridad se volvería blanca
Si fuera ciega, no habría comparaciones, sería más única
Si fuera ciega, compondría palabras con migas de pan olvidadas
Si fuera ciega, los pájaros cantarían más cerca
Si fuera ciega, te vería en cada tiniebla.
Exactamente como ahora.

lunes, 15 de julio de 2013

Pena















- En el fondo me dan pena los hombres machistas.
Alzó la ceja.
- Sí, porque tú sabes qué coñazo ser siempre el fuerte, no hablar nunca de tus emociones, de tus miedos, no mostrar debilidad, tener ganas de sexo a todas horas, dominar, dominar, dominar o morir. Qué soledad. No se me ocurre peor condena.
- ¿Aguantar a un hombre así?- dijo.
Reímos.
- Si, tienes razón.
La foto de una chica manoseada en Sanfermines nos provocaba en silencio desde la mesa.
- ¿Y estos capullos?
- Pena. Incluida ella.
-¿Y el que asesinó a su mujer de catorce puñaladas?
- Pena.
- ¿Y el que quemó y enterró a sus dos hijos?
- Pena, pena, pena. Claro que a veces la pena crece y crece, y de tanto pulirla se vuelve filosa y adopta la forma de una guadaña relampagueante que rebana cabezas por la mitad, cabezas llenas de ideas machistas, ideas que mueren sin riego sanguíneo, derramadas sobre el sucio suelo. Cabezas masculinas y femeninas. Pero no deja de ser pena.
- Bien, concluyó.
Y pasó la página del diario.


domingo, 7 de julio de 2013

¿sexo?





















Dice mi padre que no escriba sobre sexo. Pero yo tiendo a meter sexo en todo lo que escribo como el sexo tiende a inmiscuirse en los consejos de administración, en las paradas de autobús, en las galas televisivas, en las cumbres políticas, en los bordes de las carreteras, hasta en la cama se inmiscuye a veces el muy gorrino.
Y me pregunto por qué, qué busco responder desde mi condición de mujer blanca, española, del s.XXI, a través del sexo.
 Si hay un interés soterrado de buscar la comercialidad, de atraer la intención del lector a través de sus bajos instintos o existe otra razón.
No sé.
Creo que nunca se ha utilizado tanto el sexo como hoy, una idea de sexo deglutida por el sistema, industrializada y vomitada en forma de marca idiota, estampada por todas partes. Sin embargo nunca se ha hablado menos de sexo.
Sí, mi personaje busca responder preguntas relacionadas con el sexo, pero dime, ¿acaso tengo yo la culpa?

Un fragmento de “La memoria del alambre”:
No puedo evitar sentir cierta lástima por las actrices porno. Sobre todo desde que vi aquel documental en la tele sobre la vida de una actriz guapísima. Cuando tenía dos años, presenció cómo su padre asesinaba a su madre de un disparo, justo después del desayuno, con ella y el plato migado de las tostadas como únicos testigos.
Era rubia de bote, llevaba tatuados en su piel dragones y toda esa clase de animales con colas que se enroscan. Sus brazos eran muy delgados y sus tetas muy grandes, lo que la hacía exudar una frágil fortaleza, una extraordinaria fortaleza. Lucía esa piel morena de plátano maduro que dan los rayos uva. En el espejo- porque había un espejo- se reflejaba la pierna del cámara, un trozo de vaquero oscuro, y ella le hablaba al espejo porque nosotros éramos el espejo. Bajo esos morritos hinchados, esas pupilas dadivosas, esa nariz chata, se transparentaba el rostro de una niñita moteado de sangre, los bigotes aún blancos de leche.
Pensé en todos aquellos hombres eyaculando por contrato sobre su rostro, y en la sangre de aquel disparo, aerografiada sobre su carita de niña. Pensé que el tiempo era sólo un chiste, un chicle sin sabor de tanto mascarlo, una peonza que gira y gira, sin apenas moverse del sitio.
Pero ella no venía a quejarse de lo áspero de su vida, no venía a quejarse de su padre, ni de los directores desconsiderados, ni de sus nalgas enrojecidas a trozos, ni del semen que a veces escuece los ojos, ni de la sangre reseca que tanto cuesta de sacar. Ella venía a denunciar que la llegada de Internet estaba echando a perder el negocio. Su negocio. Poniendo en peligro su medio de vida.
Me sentí culpable, claro. Y no porque no aborrezca todo el desprecio a la mujer que cabe en el porno, toda la sumisión, el sadismo, todo ese dolor invisible, soterrado, que nadie sabe a qué sumidero va a parar. No porque no me repela la estética de gimnasio de barrio, la carne recauchutada, la ausencia de vello, el plástico gestual, el orgullo inefable con que se exhibe la ordinariez. No porque no odie que él saque un enorme pene de su boca, tras haberle sujetado firmemente la cabeza obligándola a tragárselo hasta la base, y ella le devuelva una mirada de ojos fulgurantes, tan brillantes por las arcadas, y ponga cara de: oh, sí, cómo me gusta, cómo disfruto de mis arcadas.
Me entristece la mentira del porno. Me entristece esa niña rubita. Y hasta el frío vaquero de la pierna del cámara. Y sin embargo, me corro.