jueves, 26 de diciembre de 2013

Diccionario



















Tocar fondo: llegar al punto en que vale exactamente lo mismo morir que vivir. Exactamente lo mismo.

La menos puta: la que se acuesta con cualquiera, por nada. Absolutamente por nada.

Hacer el amor: follar como si existiera un mañana.

Follar: hacer el amor como si no hubiera un mañana.

Reconocer: la palabra más hermosa del diccionario, se escribe igual de derecha a izquierda, empieza pronunciándose en unos ojos y termina en otros.

Realidad: ese líquido que siempre encuentra la grieta.

Grieta: efecto de un deseo interno de libertad.

Amor: mañana.

Miedo: pasado.


Ponga un ejemplo: Tras tocar fondo, la menos puta de todas se miró en los ojos de su amante y por fin se reconoció. La realidad se abrió paso en forma de líquido que fluía  de entre sus piernas.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Nunca seré una chica postmoderna





















Partiendo de que toda literatura se escribe desde algún punto en que se mira a la realidad, existiría una literatura postal, que se asienta en unos principios éticos sociales, externos, que distingue el bien del mal por convencionalismo, por unas normas establecidas desde fuera, una literatura apta para borregos. Vacía, buenista, estupidista, literatura del coma.  Léase Coelho o cualquier best seller con menos profundidad que un charco en el desierto. Literatura ciertamente conservadora.

En una segunda fase, superando esa moral convencional llena de clichés, estaría la literatura postmoderna, en la que todo vale, o nada vale, la que pretende entender al asesino, al corrupto, al cobarde, al maltratador, al héroe, la que pretende que en el fondo da lo mismo ser español que de Arizona, ser obrero que capitalista. Deslocalizada, en cierta manera transgresora pero que en el fondo no transgrede demasiado porque no pasa del egocentrismo del autor, aparentemente  progresista pero que no progresa porque no transforma nada. Literatura que se sabe mejor porque ha superado las normas sociales borreguiles, pero que aún no ha encontrado un anclaje ético. Móvil, borrosa, difusa, entra bien porque vende un producto novedoso y deslumbrante en apariencia, muy avanzado, muy postmoderno, pero inmaduro y poco profundo. Literatura esteticista. Léase muchos nocillistas y postmodernos varios.

Y luego estaría una literatura que supera esa moral social, que supera esa aparente falta de moral postmoderna,  la que entiende al asesino, al maltratador, al cobarde, al héroe pero da un pasito más allá y se posiciona, sí, se posiciona, aunque sea junto al asesino, al maltratador o al cobarde.
La que se moja, en definitiva, la que derriba convenciones, la que viaja de una cabeza a otra, para finalmente retornar a la propia y tomar posición. Sí, tomar posición. La literatura verdaderamente valiente, de la que uno sale transformado de sus páginas, la más evolucionada.
Si Plath decía que un escritor es alguien a quien le das un mueble y te hace un árbol, esa literatura que no produce crucifijos u objetos de diseño sino árboles. Que conecta con el origen.


sábado, 28 de septiembre de 2013

Realidades




















El lenguaje es una trampa que nos engancha desde los dos años y no nos suelta hasta oírnos expirar. Gritamos porque duele. Pedimos auxilio porque tenemos palabras. 
El lenguaje como puente, como barrera, como límite, como mecha. La forma de estar con uno mismo, la forma de enajenarme y poseerte.

Conversamos sobre novela y realidad, cada uno desde su trampa. Escupiendo palabras por no poder escupir vísceras. Qué extraño es eso de la realidad,  dices, un territorio de intersección entre nosotros y el mundo, un espacio nunca compartido. Mi realidad linda con la tuya, digo. Con la de ese, no. Linda, repites. Linda.
¿Y la novela? Las novelas, joder, son puñados de palabras que viajan entre realidades, que pueden traspasar fronteras, que nos traen noticias de otras realidades, afirmas.

Yo callo con la palabra. Callo. 

sábado, 27 de julio de 2013

Reflexiones





















Reflexiones acerca de eso que está alrededor de la literatura, llámalo mercado literario, llámalo vomitorio de las letras, llámalo fuego al que se arrima la tribu:

-      La gran mayoría de las editoriales de poesía no admite poemarios. Las más modernas en su discurso, que apuestan por nuevas voces, no admiten poemarios. En general agradecen que comprendamos sus razones. Yo particularmente no las comprendo. Agradezco que comprendan mi incomprensión. No creo tener problemas para distinguir lo que de entrada me interesa al primer golpe de vista. Hombres, mujeres, ropa, manuscritos, lechugas. En general descarto el 90% de lo que encuentro, de hombres, de mujeres, de ropa, de manuscritos, de lechugas. Mi intuición es algo que ha ido construyéndose racionalmente a lo largo de toda una vida de mucho pensar. Mi intuición me permite caminar, con mis sentidos abiertos, sin la necesidad de pensar con qué pierna doy el siguiente paso. Camino hacia ese 10%. La vida es una criba constante, menear la batea para encontrar oro. Ser editor nunca debería estar alejado del verdadero objetivo de ser editor.

-       Sigue pareciéndome una sinrazón el trato al autor, por un parte el gran desprecio hacia su trabajo, por otra el gran prestigio que le otorga su oficio. El autor es un ser indigente que se muere por publicar a cualquier precio, que realiza un esfuerzo titánico para juntar letras con algo de sentido. Es indigno que un autor aspire a comer de lo que escribe, que pretenda obtener algo tan prosaico como la pasta. El resto a su alrededor puede y debe hacerlo: editores, distribuidores, críticos literarios, libreros, periodistas, pero que lo pretenda el autor, qué cosa tan innoble! El autor es un ser sagrado e incorruptible, una bestia pura que se alimenta de papel seco y bebe tinta. Que duerme sobre el diccionario de la RAE. Para compensar esta carencia, estas bestias necesitan que les acaricien constantemente el lomo con admiración. Necesitan inflar sus egos desmesuradamente para poder salir a flote (algunos se pasan y revientan). Ser un trabajador no debería estar alejado del verdadero objetivo de trabajar.

-       En este clima de miserabilidad literaria, se explica el escaso o nulo apoyo que prestan los autores consagrados a los jóvenes valores, salvando honrosas excepciones. Lo que se obtiene no debería estar alejado de lo que se da.

-       Me gustan los autores consagrados que no obstante tienen un blog. Rodrigo Fresán, Andrés Neuman me vienen así de pronto. Porque sí. Porque saben que escribir no es ser escritor, es simplemente escribir. Porque estar consagrado no significa instalar una barrera automática- que se alza previo pago- entre el escritor y su público. Hoy Kafka tendría un blog. Y hubiera mandado a Max Brod borrar todas las entradas a su muerte. Ser escritor nunca debería estar alejado del verdadero objetivo de escribir.


-       Por no hablar, claro, del machismo. Me da una pereza salvaje argumentar este punto.  Ser escritora mujer no debería estar alejado del verdadero objetivo de escribir. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Matate, España














Yo estoy con Rajoy. Duele tanto ser español. Como una banderilla avinagrada sobre la piel de toro. Como la modernidad aplastada por una rueda de carro, como un grandioso complejo de inferioridad hecho performance. Como una herida en el centro mismo de la conciencia, que no cauteriza.

Duele ser tan macho, duele ser hembrita en España.

Yo estoy con Rajoy. Él sabe de nuestro dolor español. Él es un visionario, un revolucionario, un quincuagenario, y quiere acabar con ese dolor, quiere acabar con todo el sufrimiento que cabe dentro de eso llamado España.
Con la decadencia del imperio, con el recuerdo del esplendor, con Fernando VII, con el fracaso de la república, con los ominosos, con los exiliados, con los defraudadores de Hacienda, con los defraudadores de la Seguridad Social, con los caciques, con las aguerridas republicanas, con la defraudadora Hacienda, con la defraudadora Seguridad Social, con el siglo de oro. Con todas las contradicciones de esta, de esa, de aquella España, España, ña, ña, ña.

Otorguémosle poderes absolutos a Rajoy, mi rey, mi sol, que cada palabra que digas sea un absoluto. Con tu lengua de trapo, con tu barba de mesías, con tu mano blanda por fuera, dura por dentro-¿qué es?- conduce a este absurdo país al borde mismo de la lógica y despéñalo sin miedo.
Descalabra la ciencia, descalabra la salud, descalabra la educación, descalabra la igualdad hasta que España sea solo una mancha, un borrón en el mapa del recuerdo.

No nos resistamos. Yo no me resisto ya. Haz de mi España lo que quieras. Matame, amor, como ese hermoso y brutal título de la grandísima Ariana Harwicz.
Viólala, saquéala, véndela a los alemanes, véndela a los árabes, véndela a los americanos, véndela a las mafias del juego, a las mafias de la religión, vende a España, por Dios Santo y por la Virgen. Y con el dinero que saques, constrúyete un lujoso mausoleo, más blanco que el Taj Mahal, donde poder vigilar decúbito supino la posteridad.

Hazlo para que podamos soñar de nuevo con una madre, bondadosa y patria.


viernes, 19 de julio de 2013

Si fuera ciega






















Me crucé con una vendedora de la ONCE que era un ángel, con canicas en los ojos, todo amor. El amor, que es un vendedor de la ONCE.
Me hubiera gustado leerle este poema:

Si fuera ciega, mis manos tratarían de comprender el vacío
Si fuera ciega, pensaría que siempre voy mal vestida
Si fuera ciega, el volumen se inventaría en tu cuerpo
Si fuera ciega, tu tacto me sabría a palabra justa y precisa
Si fuera ciega, dejaría que lavaras mis partes más íntimas, que las podaras y las regaras como un jardín japonés
Si fuera ciega, creería que todos me miran
Si fuera ciega, pensaría que nadie me mira
Si fuera ciega, cuando entraras en mí, la oscuridad se volvería blanca
Si fuera ciega, no habría comparaciones, sería más única
Si fuera ciega, compondría palabras con migas de pan olvidadas
Si fuera ciega, los pájaros cantarían más cerca
Si fuera ciega, te vería en cada tiniebla.
Exactamente como ahora.

lunes, 15 de julio de 2013

Pena















- En el fondo me dan pena los hombres machistas.
Alzó la ceja.
- Sí, porque tú sabes qué coñazo ser siempre el fuerte, no hablar nunca de tus emociones, de tus miedos, no mostrar debilidad, tener ganas de sexo a todas horas, dominar, dominar, dominar o morir. Qué soledad. No se me ocurre peor condena.
- ¿Aguantar a un hombre así?- dijo.
Reímos.
- Si, tienes razón.
La foto de una chica manoseada en Sanfermines nos provocaba en silencio desde la mesa.
- ¿Y estos capullos?
- Pena. Incluida ella.
-¿Y el que asesinó a su mujer de catorce puñaladas?
- Pena.
- ¿Y el que quemó y enterró a sus dos hijos?
- Pena, pena, pena. Claro que a veces la pena crece y crece, y de tanto pulirla se vuelve filosa y adopta la forma de una guadaña relampagueante que rebana cabezas por la mitad, cabezas llenas de ideas machistas, ideas que mueren sin riego sanguíneo, derramadas sobre el sucio suelo. Cabezas masculinas y femeninas. Pero no deja de ser pena.
- Bien, concluyó.
Y pasó la página del diario.


domingo, 7 de julio de 2013

¿sexo?





















Dice mi padre que no escriba sobre sexo. Pero yo tiendo a meter sexo en todo lo que escribo como el sexo tiende a inmiscuirse en los consejos de administración, en las paradas de autobús, en las galas televisivas, en las cumbres políticas, en los bordes de las carreteras, hasta en la cama se inmiscuye a veces el muy gorrino.
Y me pregunto por qué, qué busco responder desde mi condición de mujer blanca, española, del s.XXI, a través del sexo.
 Si hay un interés soterrado de buscar la comercialidad, de atraer la intención del lector a través de sus bajos instintos o existe otra razón.
No sé.
Creo que nunca se ha utilizado tanto el sexo como hoy, una idea de sexo deglutida por el sistema, industrializada y vomitada en forma de marca idiota, estampada por todas partes. Sin embargo nunca se ha hablado menos de sexo.
Sí, mi personaje busca responder preguntas relacionadas con el sexo, pero dime, ¿acaso tengo yo la culpa?

Un fragmento de “La memoria del alambre”:
No puedo evitar sentir cierta lástima por las actrices porno. Sobre todo desde que vi aquel documental en la tele sobre la vida de una actriz guapísima. Cuando tenía dos años, presenció cómo su padre asesinaba a su madre de un disparo, justo después del desayuno, con ella y el plato migado de las tostadas como únicos testigos.
Era rubia de bote, llevaba tatuados en su piel dragones y toda esa clase de animales con colas que se enroscan. Sus brazos eran muy delgados y sus tetas muy grandes, lo que la hacía exudar una frágil fortaleza, una extraordinaria fortaleza. Lucía esa piel morena de plátano maduro que dan los rayos uva. En el espejo- porque había un espejo- se reflejaba la pierna del cámara, un trozo de vaquero oscuro, y ella le hablaba al espejo porque nosotros éramos el espejo. Bajo esos morritos hinchados, esas pupilas dadivosas, esa nariz chata, se transparentaba el rostro de una niñita moteado de sangre, los bigotes aún blancos de leche.
Pensé en todos aquellos hombres eyaculando por contrato sobre su rostro, y en la sangre de aquel disparo, aerografiada sobre su carita de niña. Pensé que el tiempo era sólo un chiste, un chicle sin sabor de tanto mascarlo, una peonza que gira y gira, sin apenas moverse del sitio.
Pero ella no venía a quejarse de lo áspero de su vida, no venía a quejarse de su padre, ni de los directores desconsiderados, ni de sus nalgas enrojecidas a trozos, ni del semen que a veces escuece los ojos, ni de la sangre reseca que tanto cuesta de sacar. Ella venía a denunciar que la llegada de Internet estaba echando a perder el negocio. Su negocio. Poniendo en peligro su medio de vida.
Me sentí culpable, claro. Y no porque no aborrezca todo el desprecio a la mujer que cabe en el porno, toda la sumisión, el sadismo, todo ese dolor invisible, soterrado, que nadie sabe a qué sumidero va a parar. No porque no me repela la estética de gimnasio de barrio, la carne recauchutada, la ausencia de vello, el plástico gestual, el orgullo inefable con que se exhibe la ordinariez. No porque no odie que él saque un enorme pene de su boca, tras haberle sujetado firmemente la cabeza obligándola a tragárselo hasta la base, y ella le devuelva una mirada de ojos fulgurantes, tan brillantes por las arcadas, y ponga cara de: oh, sí, cómo me gusta, cómo disfruto de mis arcadas.
Me entristece la mentira del porno. Me entristece esa niña rubita. Y hasta el frío vaquero de la pierna del cámara. Y sin embargo, me corro.

miércoles, 26 de junio de 2013

ReconoceR




















Dicen que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Pero es la única forma que conozco de atravesar el sumidero para llegar hasta el fondo.

Reconocer es la palabra más hermosa del diccionario. Se lee igual de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.
Reconocer
reconoceR
ReconoceR

Las relaciones son espejos móviles, que nos devuelven la imagen del otro cuando nos miramos, que devuelven nuestra imagen cuando nos miran.  

Cuando no hay reflejo, se apagó el amor.
 
ReconoceR sigue siendo la palabra más hermosa del diccionario.

viernes, 21 de junio de 2013

Palabras

















A veces pienso en el poder terapéutico de las palabras. En que nuestras palabras cimientan el mundo, construyen una réplica en nuestro interior, haciéndonoslo legible. Si dominamos las palabras, ¿dominaremos el mundo?
A veces pienso que cuando no quedan palabras entre dos personas, no queda nada ya.
A veces pienso que cuando no quedan palabras entre dos personas, todo está por venir ya.
A veces me pregunto qué puebla la mente de los animales.
A veces pienso que las peores noches siguen siendo aquellas en que el mundo habla en una lengua extraña, que no soy capaz de descifrar (como mi marilyn en aquel poema).
A veces pienso en lo que decía Pessoa: ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo.
A veces pienso que amar y escribir se parecen demasiado.
Y sin embargo observo a ese gato, tan negro, tan plácido, vacío de palabras. Y siento envidia y pena a la vez.

domingo, 9 de junio de 2013

Clara




















Repaso poemas. Pienso en la continuidad, ¿es un material que se rompe, se estira, se abolla?
Pienso en la corrección, ¿cuánto tarda en secar ese barro?
Pienso en el verbo antes que el sustantivo. Poemar antes que ser poeta, escribir antes que ser escritor, amar antes que ser amante. Vivir antes que ser vividor, acaso superviviente.
Repaso poemas, y quisiera que Clara se quedase. Pienso en el verbo, y en la continuidad, y en la corrección. Y no sé si encaja. Y sin embargo, me gusta Clara.

Me llamo Clara

Me llamo Clara aunque a veces oscurezco
                                                                       por las puntas
me llamo Clara y me gustan
los baches en la carretera, la sintaxis y el roquefort,
las juanolas, el crick crick de la aguja al rasgar vinilos
los poemas como escupitajos de uva negra
la sintaxis, las juanolas, el roquefort,
los lapsus lingüe, los baches en la carretera

no soporto las listas

me llamo Clara y no tengo novio
que me acaricie las puntas
todos los corazones sucumbieron
ante el gancho de la decepción
KO técnico sobre la lona,
me llamo Clara y sigo en pie, palpitando,
esperando contrincante
mientras doy        
pequeños            
                                               saltos              laterales

me llamo Clara
y soy hija de mi tiempo
madre improbable
por ser hija de mi tiempo

el otro día fui a comprar el pan
y me traje un rallador para zanahorias
quedaron perfectas sus migas en mi ensalada
me llamo Clara aunque a veces cae la noche
y me encuentra en la calle
dando
pequeños
                                                 saltos                    laterales
y no hay migas en el suelo
y huele a meados de rata

me llamo Clara y trabajo
en una oficina muy limpia
el tap tap de las teclas
me alisa los cabellos
la máquina de café es redonda como el TIEMPO
las ventanas son rectangulares
como mi a b u r r
               o          i
               t n e i m

algunas veces, mientras trascribo informes
imagino (…) imagino
que azotan mis nalgas
que me dicen que soy una niña mala
y abro más las piernas sobre la silla giratoria
para rozar mi vulva con el tapizado
que raspa
como la aguja a los vinilos
me llamo Clara y no tengo novio
soy hija de mi tiempo,

mamá, tú sabes que no soy mala


Me llamo Clara
Y creo en Dios en la medida en que tiene barba
apenas unos centímetros
¿por qué allí arriba ha de haber siempre un macho,
cuyos cojones se ven tan grandes desde aquí abajo?

me llamo Clara
como esa parte del huevo, ya sabes
la que no es amarilla

no sé ser otra cosa más que Clara

sería capaz de seducir a Dios
de gastar toda mi saliva en sus descomunales huevos
de desgarrar mi garganta
si su semen arrastrara por unos minutos
la impureza de este mundo

me llamo Clara y soy hija de mi tiempo
poseo una nariz globalizada
y pezones indicados en el Google Maps

me llamo Clara y vivo sola
entre el papel pintado
y el silencio de una ensalada
 
entre la puerta y la pared
 
me llamo Clara y
no soporto las listas
soy una chica

                                                   solitaria

me fascinan los palíndrormos
dábale arroz a la zorra el abad
dábale a la zorra el abad
el abad le daba a la zorra
a ella no le gusta que le azoten las nalgas
que le digan que es una niña mala
Dios, ¿cuándo vas a correrte? *º!

me llamo Clara aunque a veces confunda
las ges con las jotas

demasiado vulnerable
para no ser rencorosa

no sé ser otra cosa más que Clara

mi fe mide unos pocos centímetros
trabajo en una oficina muy limpia
mi calle huele
a meados de rata
no tengo novio
que me acarice las puntas
tap tap hacen las teclas
poseo una nariz globalizada
tap tap me alisa los cabellos
mi calle huele
a meados de rata
doy pequeños saltos laterales
mi aburrimiento es una ventana
me fascinan los palíndromos
soy vulnerable
confundo las ges y las jotas
hija de mi tiempo
madre improbable
me llamo Clara.



viernes, 17 de mayo de 2013

La poesía de la enfermedad





















Se caerán los dientes. A mí seguro. Caerán como pinzas de tender desde un quinto piso. Mi sonrisa se convertirá en un tendedero de tierno patetismo. Y qué si caminamos hacia el desastre. Mis piernas mordidas por la artritis me arrastraran, la cadera rendida ante el reuma las seguirá. Y qué si caminamos hacia la decrepitud.
Me crecerán dientes de leche, de raíces imperecederas como amor de madre, en algún lugar del cerebro. Me crecerán robustos fémures en algún lugar del cerebro, caderas ortopédicas, aladas, en algún lugar del cerebro. Volaré, morderé, me beberé el zumo de la vida destilado del fruto podrido del tiempo.

Mientras, pienso escribir sobre la poesía de la enfermedad. Sobre los trailers de ese peliculón que es la muerte. La enfermedad como metáfora. Por qué coleccionamos esa enfermedad y no otra, por qué hipocondríacos incapaces de soportar tanta felicidad, por qué almorranas tras procesar el desecho vital, por qué cándidas tras entregarse ciegamente  a aquel amante, por qué cáncer tras tragar la culebra que roe por dentro.
La enfermedad como una metáfora en la que no sabemos si el sentido figurado es el cuerpo o la calavera. Si el sentido real es el cuerpo o la calavera.
Sobre eso voy a escribir.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Firmo

















Firmo Bárbara, como cuando tenía doce años. Se lee claro mi nombre y no lleva apellido. Lo subrayo. 
No sé si ser adulto consiste en enmarañar la propia identidad, en abstraerla de su primitivo significado, en recetar incógnitas al exterior.
Debería hacerme con una firma glamurosa, adulta, ininteligible y molona. Debería.

Me fascinan los monos en las jaulas porque nunca sé con exactitud quién es el mono. El asombro en mis ojos es el asombro en sus ojos.

Siento el impulso de declarar amor eterno, incondicional cuando firmo un libro mío, tanto da que sea a un desconocido. Alcanzada por un rayo de amor ultracelestial, me fagocito en unas pocas líneas. Y es siempre insuficiente esa flamígera entrega.

Pues eso, que esta tarde, a las 17h., un mono de doce años alcanzado por un rayo de amor ultracelestial firmará ejemplares de su novela Suerte en la feria de Valencia.

lunes, 22 de abril de 2013

Blablabla



















 Yo quería hablar en Suerte de un tema trascendental, de cómo afecta a nuestra vida la creencia en el destino, de cómo la idea de que algo está escrito nos invalida para escribirlo, que incluso pretendiendo escapar a ese destino nos encaminamos fatalmente hacia él. Lo que viene a ser la famosa profecía autocumplida, elaborar una definición en principio «falsa» de una situación real, que desencadena un comportamiento que hace que esa situación se vuelva «verdadera».
Yo quería hablar de algo tan metafísico y elevado como es el destino, digo, y sin embargo he acabado hablando de videntes gordas que son sodomizadas.

Quería hablar de la imposibilidad de la literatura para explicar la vida, en la línea de Roland Barthes que decía no puede haber libertad sino fuera del lenguaje, que la vida excede cualquier formato que no sea la propia vida.
Y sin embargo he acabado hablando de un profesor de literatura que escupe citas de forma compulsiva, que quiere sodomizar a una vidente gorda.

Yo quería hablar de esa frontera de alambre de espino que separa la adolescencia de la edad adulta, de ese viaje sin retorno donde el juego empieza a ir en serio, y el dolor es la ficha con la que se apuesta. Quería hablar de lo difícil que es encontrar el propio ritmo, no llegar demasiado pronto, ni llegar demasiado tarde.  
Y sin embargo he acabado hablando de éxtasis mezclado con matarratas, de mamadas a ritmo de tango.  

Yo quería hablar de sexismo en forma de destino impuesto desde arriba, de esa amarga raíz que es la culpa y que crece en el interior femenino.
Y sin embargo he acabado hablando de una madurita que se tira a un joven gigoló.

Yo quería  hablar de la realidad, qué cosa tan extraña es eso de la realidad, de Cioran que decía “Yo sé que todo es irreal pero no sé cómo probarlo”, de que “lo raro es vivir” como decía aquel título de Carmen Martin Gaite, de la perplejidad como el único estado posible. Quería hablar de Proust, de Flaubert, de Rimbaud, de Boris Vian.
Y sin embargo he acabado hablando de esa poesía tangible que crece en los anuncios publicitarios, “en Burguer King, tú eres el king”y “A veces, a la vida se le escapa una sonrisa. Bombones de la Caja Roja de Nestlé”.

Yo quería, en definitiva, escribir la gran novela americana, y me ha salido un vodevil castizo y procaz.

Pero no pasa nada, que no cunda el pánico.
Creo que entre la noble intención de narrar algo elevado y el deseo raso de contar cabe mucha literatura.
Entre la cabeza, donde habitan las grandes obras maestras, y el papel, donde no logra sobrevivir casi ninguna, existen muy diversas formas de vida.

Yo aún no sé bien qué es la literatura, si es arte o entretenimiento, si forma parte del show business o es el pilar básico sobre el que se asienta el saber, si escribir es un acto de fe o es una herejía por jugar a ser dios, a crear tu propio mundo clic de Famobil donde poder violar, traicionar y matar a gusto. Si los que escribimos somos trabajadores del ocio, pertenecemos al gremio de los camareros, artistas circenses y funambulistas o formamos parte de la comunidad intelectual.

Sólo sé que la literatura que me gusta es la que es capaz de aunar estas aparentes contradicciones, la que se nutre de la paradoja, la que es capaz de hablar de lo universal a través de lo particular, la que se cubre con las palabras para desnudarse, la que cuenta la verdad a través de embustes, la que trata de responder a interrogantes abriendo dos puntos.

No sé qué pretendía al escribir Suerte, supongo que responder a algunos interrogantes personales, poder entender algunas cuestiones de la vida, no mostrar aquello que uno ya conoce, sino ponerse de puntillas para intentar atisbar aquello que nos  sobrepasa. No he llegado a ninguna conclusión pero creo he aceptado esas dudas, que las he integrado y he aprendido a convivir con ellas. (¿literatura terapéutica?)

No encontraba título para esta novela, probé 26 títulos antes que Suerte (en general me cuesta titular, es por una malformación congénita que padezco),  hasta que al final se quedó Suerte, por agotamiento, y porque los títulos breves disimulan más.  
Ahora sin embargo me gusta todo lo que sugiere la palabra suerte, en contraposición sobre todo con la palabra destino. Porque la suerte implica precisamente un interrogante, un caminar en la noche, pero con todos los sentidos abiertos, porque supone cierta valentía ante esa incertidumbre.  
Mientras que el destino huele a fatalidad, por más que sea el destino de un héroe, la suerte implica una incógnita, y una ilusión también.

Suerte es la primera novela, no que escribí, pero sí que logré terminar. Ha costado bastante de parir, todo lo que tiene esquinas se pare con dificultad, por lo que he decidido que el próximo libro he decidido que será redondo, en todos los sentidos.
La ilustración es de mi amigo, el gran Burguitos, que creo que ha captado perfectamente el espíritu que vive dentro. Espero que os guste.

viernes, 19 de abril de 2013

Que Dios reparta





















El sábado presento mi primera novela, Suerte, a las 19.30 h en el Bibliocafé, por si te quieres pasar. Será divertido, no para mí, claro, que estaré nerviosa perdida y con ganas de huir a las antípodas australianas, como poco.
Ya me ha dicho mi editor que nada de denigrarme a mí misma en público, de resaltar mis defectos por encima de todas las cosas.
¿Pero no te das cuenta de que el antimarketing es una técnica de marketing rompedora?, le he señalado.
Sí, sí, pero los experimentos con gaseosa y en casa…
Corto y pego una entrevista que me ha hecho para el dossier que se envía sobre la autora.  

Entrevista de Bárbara Blasco con Manuel Turégano

Bárbara, ¿cuándo, cómo y dónde se gesta Suerte?
¿Cuándo? hace unos 5 años. ¿Cómo? una noche me visitó un hombre triste y gris que acababa
de descubrir a través de un programa cutre de videncia que su mujer ya no lo soportaba. Tuve
que escucharle. ¿Dónde? en algún rincón oscuro de mi cabeza, allí donde crece la ficción como
maleza, descontrolada y salvaje.

¿Ya habías escrito otras cosas antes? ¿O decidiste tirarte a la piscina así, de golpe, con una novela?
No, antes me había remojado los pies en varias charcas. Había escrito cuentos y poemas. Creo
que escribo buenos poemas. Creo que escribo poemas horribles. Ese es el problema con la
poesía: que uno nunca está seguro de lo que hace, por estar de alguna manera la poesía sujeta
a la capacidad musical del momento, del que la escribe y del que la lee. El terreno de la novela
me proporciona algo más de seguridad, aunque sea una falsa seguridad intelectual.

En Suerte, entre otras cosas, hay un debate soterrado entre vida y literatura. ¿Cómo definirías tú ahora tu postura ante esa extraña pareja inseparable?
Pues digamos que vivo ese binomio vida/literatura con disonante armonía. A veces he tenido
la sensación de que lo único adulto que me sucedía era la literatura, que vivir era una
chiquillada, algo intrascendente que transcurría a ras de suelo. Estúpido, ¿no? Otras veces he
coqueteado con Roland Barthes y he pensado que el lenguaje era incapaz de explicar la vida. Entre estas dos posturas navego, vivo y escribo, según soplen las mareas. Cuanto más intenso vivo, menos escribo. Cuando esa intensidad llega a doler, me retiro y escribo.

A pesar de que todos los personajes de Suerte viven más o menos insertos en realidades "sólidas" (familias, trabajos, amigos), sin embargo todos parecen perdidos, solos, ... ¿Es ese un signo de nuestro tiempo?
No sé si de nuestro tiempo o de todos los tiempos. Creo que el único estado posible del ser
humano es la perplejidad, yo desconozco qué cosa es esto de la realidad, tan extraña, lo raro
es vivir como decía aquel título de Carmen Martín Gaite. Por más que se haga uno funcionario,
asesor de Endesa o ferviente creyente, la incertidumbre acaba por alcanzarle. Mis personajes
son muy humanos en ese sentido, se resisten a reconocer que convivimos con la duda.

En Suerte introduces un ingrediente muy singular: para afrontar el destino se invoca el azar, la suerte... ¿Por qué? ¿Los personajes han perdido hasta tal punto el control de sus vidas que necesitan recurrir a esa vía o es simplemente que somos así, que apostamos un poco por lo que sea para salir del atolladero?
Bueno, creer en el destino supone ya de entrada una fatalidad, creer que algo está escrito te
invalida para escribirlo. Tiene que ver con esa incapacidad de asumir la incertidumbre de la
que hablábamos antes. Hay gente que recurre a la videncia, a la religión, a los bonos del
tesoro, con tal de asirse a algún agarradero, prefiere ponerse trampas, para saber que van a
caer ahí, precisamente ahí, y no en algún lugar desconocido.
En la novela, los personajes por el mero hecho de creer en un destino se encaminan sin
remedio hacia él. Es la famosa profecía autocumplida, si una situación es definida como real,
esa situación tiene efectos reales.
Sin embargo, la realidad es que caminamos en la noche, hacia el misterio siempre, y esa es la grandeza de la vida, nuestra suerte.

Cuando definiste la estructura de la novela, ¿seguiste tu propio impulso, ella te llevó por este camino o utilizaste algún modelo?
Soy un completo desastre, dejo capítulos esparcidos aquí y allá, ideas, palabras que han de ser
dichas, sucesos que han de suceder impepinablemente, hasta que empieza a devorarme el
caos y entonces voy y me coloco los guantes de goma y el delantal y me pongo a limpiar y a ordenar como una loca.
El impulso, la intuición, la inspiración son las puntas de lanza pero luego hay que sacar toda la
artillería pesada, la reflexión, el trabajo, la disciplina para poder plantar batalla.
En este caso, además, al ser una novela con varios personajes principales, debía ser especialmente pulcra en la estructura y alternarlos con cierto equilibrio, hacerlos aparecer y desaparecer de escena con cierto orden para que la historia avanzara sin tropiezos.

Suerte es un título con fuerza y capacidad de sugestión. ¿Cómo llegaste a él?
Pues con mucho sufrimiento. No me gustaba ese título, no me gustaba ninguno de los
veintisiete títulos que barajé antes. Padezco problemas crónicos para titular (es por una
malformación congénita), busco el título perfecto que resuma la obra y a la vez abra dos
puntos en la imaginación, que contenga toda la precisión de la poesía. Como no me sale, elijo
títulos cortos que disimulan mejor. Lo cierto es que cada vez me gusta más Suerte, y que me
digan: suerte con tu novela!, ¿cómo se llama? Suerte, respondo. Resulta tan palindrómico.

Suerte no es precisamente una novela "romántica" al uso. ¿Qué opinas de ese género de "literatura"?
Creo que vivimos secuestrados por la cursilería, en la oratoria, en la música- no hay más que
ver los ídolos de las adolescentes de hoy en día- en la televisión, pero también en la literatura.
Y no me refiero sólo a novelas de género, estilo Danielle Steele, también a la poesía seria, de
nivel, a la narrativa supuestamente libre de sospecha. Parece que excusamos la cursilería como
una suerte de buenismo, de bondad blanda no exenta de infantilismo. Yo trato de tener
activado el detector de cursilería cuando me pongo a escribir, pero no siempre lo consigo. La
cursilería no deja de ser la capa superficial, esa que se pudre pronto, de la belleza. Es lo que el
romanticismo al amor. En el fondo, hay que tener muchos cojones para escribir sobre el amor de verdad, para vivirlo de verdad.

sábado, 9 de marzo de 2013

La mort plus douce




He de decirte que la cobardía no es más que procrastinación (pronuncia la palabra si tienes huevos), posponer el aquí y ahora en favor del ya mañana yo, yo ya yo ya yo ya, ya yo. Despilfarro de tiempo, pero qué derroche de vida.
He de decirte que la felicidad es sed presente, no agua estancada, no el sorbo que darás.
He de decirte que esa petite mort no es dulce, ni siquiera amarga, es insípida como un vidrio, un microinfarto emocional que necrosa el deseo.
He de decirte que no es bueno aspirar al coma terapéutico, ¿tú estás tonto o qué? No es bueno.
He de decirte que acumular riquezas, colchones  materiales o estatus sociales es otra suerte de cobardía, la misma desgracia de cobardía.
Que caer es la única forma sincera de volar.
¿Pero tú has visto qué valentía en los armónicos de esa voz? Se precipitan al vacío con eco intrépido, resuena en ellos la joie de vivre. ¿Has visto sus alas? ¿Iría a ser ciega que dios le dio esa voz? que diría Huidobro.
He de decirte que ha devenido perfectamente inútil sentir miedo.
Que je veux creuver la main sur le coeur. Una mano sobre el corazón y la otra agarrada a los huevos de mi bendito valiente.
La mort
plus
douce.