lunes, 19 de noviembre de 2012

Querido Stalin













Querido Stalin, no voy a negar que me ha producido cierta sorpresa tu solicitud de amistad en el Face, aunque no tanta. No tanta. El tiempo hace ver las cosas de otra manera, las pequeñas rencillas, las discrepancias ideológicas, los intentos de asesinato, se acaban diluyendo entre los litros y litros de años transcurridos, y se hace más denso ese poso de contemporaneidad que compartimos, esa coincidencia con peso específico en el espacio y el tiempo.

En fin, tampoco quiero caer en la nostalgia, a mi edad.
Sí te diré que, puestos a morir, creo que es infinitamente más glamouroso morir asesinado, y en manos de un hombre guapo, español y guapo, que en la cama de algo tan vulgar como la hipertensión.
Ya vi que la posteridad, esa máquina etiquetadota, te ha colocado entre los más crueles dictadores de la historia, no sé qué opinas al respecto. La Wiki dice que en occidente eres visto como un tirano brutal pero en Rusia sigues teniendo cierto tirón. En un estudio realizado por la televisión estatal para determinar cuál era el personaje ruso más popular, tú te ubicabas en el puesto número tres de la lista. A tu edad y encabezando la lista de los 40 principales. No te quejarás.
Justamente hoy pensaba que el mundo no ha cambiado casi nada en este último medio siglo. Casi nada. Por fuera sí, los hombres ahora se depilan, las mujeres engendran hijos a distancia, sin necesidad de ser penetradas, la vida se ha convertido en una jugada a tres bandas, donde todo el mundo lleva una segunda vida virtual en el Facebook, en twiter, en wasap, en blogs. Sin embargo, por dentro, el funcionamiento del mundo, su estructura, apenas ha variado en todos estos años, quién nos lo iba a decir a nosotros, que vivimos todos los cambios posibles.
No pienses que no he llegado a comprenderte. Tanto tiempo tumbado, dedicado a la pura contemplación, hace que uno comprenda hasta al carnicero de Rostov. Sé que ya no podías parar, que una vez empezaste con la poda, te quemaba en las manos la cizalla de la desconfianza, zas, zas, era ya una adicción, el enemigo te acechaba, zas, la iglesia, la burguesía, los diversionistas, zas, los ucranianos, tus propios compañeros de partido, zas, zas, hasta dónde. No me hubiera sorprendido que un día te cortaras una mano, por sospechar que firmaba acuerdos secretos a tus espaldas. Tantas sombras amenazándote, la barba de Lenin se dibujaba claramente en una de ellas, y  ninguna tan grande como tu propia inseguridad.
Hace tiempo que he dejado de preguntarme qué hubiera sido de la historia si… hace tiempo que sé que tres puntos significan sólo tres finales seguidos, y que todo final es una ficción, y que la historia es lo suficientemente autónoma como para encontrar su propio camino, más allá de lo que le marquen notables individualismos. La historia es un rodillo gigantesco que nos ablanda. Nos ablanda.
 En fin, que por mí, el piolet de guerra está enterrado, sin rencores.
¿Siguen gustándote los retratos de hombres desnudos de artistas rusos del XX? ¿Y la mermelada de pétalos de rosa? ¿Y las interpretaciones de Mariya Yúdina?
Podrías colgar algunas fotos de tus nietas que las vea. 
Y si tienes página de fans, házmelo saber para que le dé al Me gusta. 
Estamos en contacto,
Trotsky.

martes, 6 de noviembre de 2012

¿Bio-lencia?





















Vivimos en una época estupenda para reflexionar acerca de la violencia, no sólo de la conveniencia o no de su uso, sino de su propia naturaleza. La violencia en todas sus formas: económica y sutil, burda e inefectiva, extrovertida y superficial, pasiva y lacerante, hay tantas combinaciones posibles como casos en los que se traduce: desahucios, muertes por hambre en África, lanzamiento de zapatos, supresión de la ayuda a la dependencia, suicidios, robo a supermercados, quema de cajeros, evasión fiscal.
En general arrastra mala fama la violencia, por eso suele usarse con la precaución de la hipocresía. Cuánto daño hizo ese tal Jesucristo, siempre con la otra mejilla por delante, mientras la iglesia, por detrás, iba asestando puñaladas y robando carteras. La paz a cualquier precio como imagen de marca, de una marca tremendamente violenta.  
¿Y Gandhi? Gandhi fue más listo, sabía que un enconado pacifismo alberga en su interior cierta clase de violencia.
En general la RAE (que a veces ejerce una violencia léxica extrema, la muy conservadora) define lo violento como aquello que va en contra de lo natural.
Violento podría ser volar en avión, fumarse un cigarrillo o practicar la abstinencia. Violento podría ser escuchar Quédate conmigo de Pastora Soler (qué violencia para los tímpanos)
Lo natural podría ser una familia que reine por sangre durante siglos, tan natural como cagar tras haber comido.
Ah, cómo le gusta a la fuerza de la costumbre disfrazarse de naturalidad!

La pregunta es si hay que recurrir necesariamente a la violencia para materializar un cambio o existen otras maneras.
Por favor, ¿sería tan amable de abandonar su lujoso yate de tres kilómetros de eslora, que vienen a vivir en él cuatrocientas familias necesitadas?
Estoy segura de que los avariciosos lo entenderían, no pensarían que es violencia sólo porque se les despoja de algo a lo que naturalmente están acostumbrados. ¿O no?
¿Cuál sería entonces la forma de violencia más efectiva?
Yo apostaría por las técnicas jiujitsu, usar la fuerza del enemigo para repeler su ataque y que esa misma fuerza se vuelva en su contra. Violencia defensiva que aprovecha el impulso y las armas del atacante (espejito, espejito, versión niño)
Traducido al concretismo: utilizar las urnas para obtener provecho para la propia clase, y no para aquella a la que se querría pertenecer (abajo la enajenación, que es violencia, violencia, violencia), convertir el valor masa en un rodillo que cambie de dirección, ejercer el poder como consumidores (comprar sólo productos de empresas con cierta ética, no comprar productos de empresas antisociales).
Yo creo que esa es la solución. Y al que no esté de acuerdo conmigo, le suelto una hostia pero rapidito.