jueves, 12 de julio de 2012

Cómo cocinar un presidente






















Se coge un presidente de gobierno. Que sea fresco a ser posible, con menos de dos años de mandato, la carne aún dura (si no tienes confianza con tu carnicero, para saber si es tierno, basta con golpear la carrillera repetidas veces y comprobar que conserva la sonrisa). 

Se prepara la carne. Se deja un par de horas en remojo con sal para que suelte todo el amargor. Se seca. Se le recortan los pelos de las piernas, de las axilas, se le recortan las uñas, los espolones, los colgajos, las pieles sobrantes. Se le recorta, se le recorta, se le recorta, se le recorta, se le recorta, se le recorta hasta que la carne aparezca limpia.
Luego se trocea, y se sofríe junto a unos ministros y unos asesores (pueden ser morrones). Si se tiene algún presidente de la patronal a mano, también se le puede añadir ya que le da un puntito picante.
(la receta original es con chorizo pero el chorizo potencia en exceso el sabor, resultando redundante al paladar. Así, el guiso queda más fino)
Se riega todo con un vasito de sangre de banquero (el resto puede servir para hacer morcillas), se tapa y se deja cocer a fuego lento para que todos los ingredientes suelten sus jugos y la salsa se espese.
Se sirve frío, acompañado de patatas a lo pobre.

Tras el gran éxito entre las amas de casa de cómo cocinar un cristo, la receta del verano: cómo cocinar un presidente.


lunes, 2 de julio de 2012

Realidad y ficción
















Me avergüenza profundamente introducir la realidad dentro de la ficción. No se trata de una vergüenza moral, es decir social, sino íntima, es decir, húmeda. No pongo objeción a la hora de sodomizar, traicionar, matar, pero incluir el nombre de un pueblo real, de una calle real en mis ficciones, eso me turba hasta extremos parasubnormales.

El otro día trataba de explicarle a F. la divertida polémica, ya antigua, entre Espada y Cercas a raíz de la crítica de Espada al libro de Cercas sobre la guerra civil, en el que lo acusaba de agitar impunemente un cóctel de datos reales y ficticios; la respuesta de Cercas en defensa de "una verdad irónica y emancipada de la tiranía de lo literal"; la contrarrespuesta de Espada en forma de columna en El Mundo difundiendo (?) la falsa (?), candorosa noticia (?) de que el escritor había sido detenido en una redada a un prostíbulo.
Me reí tanto en su día, qué bien lo pasé con esa florida revisitación de esgrima dialéctico entre literatos del siglo dorado.

Pero preguntada que qué hay de malo en mezclar realidad y ficción en un producto que se sabe de ficción, no supe explicarle a F. por qué yo estaba más con Espada que con Cercas.
Ya, ya sé que todo, absolutamente todo, cabe dentro de la realidad, que es infinita e inmarcesible por más que traten de lastrarla los pesimistas, de convertirla en un concepto agorero y opaco. Y que por otra parte, todo lo que se escribe es ficción, desde los diarios personales, el género de ciencia ficción por excelencia, hasta los libros de historia. Incluso la lista de la compra es ficción, y siempre acabamos comprando de más.
Pero me sigue pareciendo hermoso y necesario establecer los límites.

Tal vez la clave estribe en la honestidad- concepto resbaladizo en ese oficio de decir al verdad a través de embustes que es la literatura- a la hora de establecer los códigos, con uno mismo y con el lector, entendiendo el género como un código socialmente establecido y, a otro nivel, el código particular de cada autor, hecho de un sinfín de elementos, desde la sintaxis a la elección de los mitos.

Yo no sé cuánta realidad hay en el Johnny Cash de Vilas, de viaje por España en un Dodge rojo. Que se comprara una espada toledana en Toledo entra dentro de lo posible, que se le apareciera a su chófer en mitad de la noche y le enseñara la polla (sin mariconadas) entra dentro de lo posible, que convenciera al arzobispo para que le dejara cantar en la catedral de Santiago entra dentro de lo posible. Que a Juancar, rey de España, le ponga sentarse a muchachas gordas en las rodillas entra dentro de lo muy posible.
Pero lo de menos es si es posible o no, lo importante es que el pacto que tenemos con Vilas está firmado con ironía, y en él se incluye la cláusula de la diversión, de la suplantación de la identidad, de la metáfora pop. Que es un pacto real. 

Que Espada provenga del periodismo, provenga y a menudo permanezca en él, le obliga sin duda a merodear por los lindes entre realidad y ficción.
No se trata de delimitar con celo aduanero las fronteras, hace años que dejó de emplearse en concepto de objetividad en los manuales de periodismo, pero sí de seguir indagando acerca de su paradero. 
Y si no, date una vuelta por un psiquiátrico.
Que no sepamos establecer con claridad esos límites no significa que se diluyan, que pierdan su identidad, y formen una salsa compacta en lugar de una emulsión. De la misma manera que uno no se diluye en el sexo sino que palpa sus propios límites en el otro.

Mientras, yo sigo inventando nombres de pueblos realmente ficticios. Tengo ya Villanueva del Arroyo, Mirambel del retiro, Casas del Campo viejo, La Iglesuela del pastor, Calambete, pero lo cierto es que se me está agotando la imaginación, ¿se te ocurre alguno?