lunes, 30 de enero de 2012

Mis problemas para titular


- Tengo problemas para titular. Sí, la vida se me antoja a veces como una terrible alucinación continua, como en el día de la marmota, pero lo que de verdad me preocupa, las raíces de esta ansiedad que me crece aquí, en el pecho (me toco teta derecha) son mis problemas para titular. ¿Alguna medicación que me ayude?

- Creo que va ser más de endocrino esto- respondio el hombre de cejas despeinadas y pupilas como bolas de pinball .

- ¿Endocrino? ¿Pero ha visto usted el tipito que tengo desde que voy al gimnasio…?

- Eso es lo que tú te crees...

Salí de su consulta con mis problemas para titular intactos, sintiéndome pequeña y miserable como un título de dibujos animados, del estilo de Dora la exploradora, cagándome en los putos recortes en sanidad. Sin poder evitar autocompadecerme: si yo sólo busco un título, un título que no necesite apuntalamiento, que resuma con exacta poesía todo lo que viene detrás, como un epitafio a la inversa, un título en el que quepan todas las letras, un lugar donde puedan retirarse a descansar una vez terminado el libro. Un título oloroso, fragante, vaporoso y sólido a la vez. Sólo un título.

- ¿Te importaría no dejar el sofá perdido de migas cada vez que te comes un bocata?

- Lo siento, es por mis problemas para titular.

- Y no eres capaz de coger un coche, aún teniendo el carné…

- Ehhh… ya sabes, problemas para titular

- Has aprobado dos oposiciones habiendo estudiado apenas 3 meses, deberías estar contenta…

- Sí, bueno ya, pero es que tengo graves problemas (para titular).

- ¿Orgasmos?

- bien, bien,.

- ¿Deposiciones?

- correctamente repugnantes

- ¿sueño?

¡¡¡QUE SOLO TENGO PROBLEMAS PARA TITULAR!!!!

El ruido que hacen las cosas al caer, Capitale de la douleur, Los hermosos años del castigo, Mañana en la batalla piensa en mí, Si te dicen que caí, El corazón es un cazador solitario, Si una noche de invierno un viajero, España, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Boquitas pintadas, Fabulosas narraciones por historias, Lo raro es vivir, La possibilité d´une île, La vida: instrucciones de uso.
Títulos que me sacan la lengua, que me sacan de quicio, que se contonean burlones justo delante de mis pensamientos, allí donde surgen las ideas, los muy...
Mientras yo sigo buscando, total, no es más que un título me digo, total, ya vendrá una ventolera de inspiración que lo arrastre hasta mí, total, si serán cabrones todos.

Raúl, que es tan sólo un personaje, pobrecito mío, dice que podría estudiarse la historia de la literatura a través de sus títulos, y sería una historia mucho más rigurosa.

Yo también pienso que las obras acaban quedándose a vivir en sus títulos.

¿Y tú, cuál crees tú que es el mejor título de la literatura?

jueves, 26 de enero de 2012

Menos por menos es Camps


Hace tiempo que sabemos que la justicia es un estado pasajero del alma, un instante de comunión con esa idea de mundo que nos rodea, una percepción sensorial más que una realidad objetiva, externa e inamovible. Sobre todo aquí, en Valencia city, esa provincia hermanada con Sicilia, Las Vegas, el salvaje oeste y todas las repúblicas bananeras del mundo mundial. Che.

A veces olvidamos y esperamos justicia, así con el corazón, como si el estamento judicial no fuera ya de por sí un estamento carca, amén de politizado, masculinizado y viejuno. Sin comprender que la operación de buscar justicia en la justicia, además de ingenuamente redundante, a menudo arroja un resultado claramente injusto y a priori contradictorio, como esa regla matemática por la que menos por menos da más (cómo me costó entender eso, ¿cómo, pero cómo podía ser que al multiplicar dos números negativos saliera uno positivo? ¿De dónde no culpable, de qué??????)

El problema es endémico, qué se puede esperar de un país caciquista que nunca renovó sus estructuras, de esa modélica transición de chicha y nabo (nabo que nos metieron por detrás y que aún nos escuece).
Esto: políticos que roban como una costumbre, por no parecer estúpidos, que endeudan a los ciudadanos con tal de cobrar sus comisiones, por costumbre, ciudadanos que estafan al estado por costumbre, por no parecer estúpidos, que tratan de evadir impuestos, de cobrar el paro mientras trabajan en negro, por costumbre.

Desconfiar es el verbo que más se conjuga aquí. Yo desconfío, tú desconfías, él desconfía. ¿Para qué voy a pagar mis impuestos si el cabrón que los gestiona va a costruirse un chalet en la costa con ellos, para qué voy a gestionar con honradez los impuestos si cualquier ciudadano que estuviera en mi lugar no lo haría, si el próximo que venga no lo hará? Estructuras podriditas por la falta de ventilación prolongada en el tiempo.
Nadie quiere parecer estúpido, eso ya se lo dejamos a España así en conjunto, en una nueva multiplicación que se vuelve contradictoria y positiva (es decir claramente estúpida).
Ay, hay días en que añoro tanto la guillotina…

jueves, 19 de enero de 2012

Colgajos en el cerebro



Hablando con un amigo sobre escribir, tratando de desentrañar las claves para hacer avanzar una historia estancada, pensé que me interesaría mucho saber exactamente qué tipo de relación tienen los escritores que me gustan con la ficción, quiero decir si la espían discretamente, si la rondan tras la farola de la realidad, si la cortejan caballerosamente o directamente se la follan.
No quisiera saberlo en plan Lydia Lozano, revolcándome sobre las vísceras de lo real, sino en plan ¿qué cemento has usado?; ¿el del recuerdo propio, cercano, lejano?, saber cómo construyen arquitectónicamente la ficción.
Y sí, ya se me está convirtiendo en obsesión eso de asaltar la frontera entre realidad y ficción, como una indocumentada.

Hace años, intenté escribir una historia pero me tropezaba todo el rato conmigo misma hasta que decidí arrojarme a la insoportable inmensidad de mi ser, aherrojada por el yugo de mi propio ombligo, mientras con el brazo derecho arrojaba la historia a la papelera (de reciclaje).

Por eso, el siguiente proyecto fue abordado en tercera persona, con varios personajes, y un escaloncito por encima del resto, un protagonista masculino. Mas-cu-li-no. Lo más lejos posible de mi ombligo, me dije, trata de mantenerte a salvo de ti misma, me dije. Y funcionó.

Ahora, sin embargo, he vuelto a la primera persona, y extraigo coloridas anécdotas almacenadas en mi materia gris, inspiradas en hechos reales (como esos truculentos telefilms de sobremesa) que estiro hasta la ficción. Y cuando las suelto, han perdido su forma original, hasta hacen bucle, y a menudo noto que me cuelgan cosas del cerebro, que aparto con naturalidad para pasar a pensar, como un flequillo o una cortina de diseño.

Ya conté que observaba la existencia de un fenómeno curioso: que la escritura viene a tumbarse sobre los recuerdos, viene a añadirse a ellos, como una capa de reluciente mugre. Que de tanto machacar un recuerdo, de recrearlo, de moldearlo, de estirarlo, acaba por confundirse con el recuerdo en sí, se adhiere a él como los lípidos a las células adiposas. Lo acaba modificando. Y ese hecho es sencillamente maravilloso, porque ya no se trata de engañar a los demás con historias inventadas, sino de engañarse a uno mismo con sus propios embustes. Crear en definitiva.

También pensé una máxima: hablar en primera persona como de un tercero, hablar en tercera persona como de uno mismo. No como Aida Nizar, no. Pienso más en Bailey, en Houellebecq, o en Roth que apenas sale de Newark.
Y pienso también en los que rodean a los escritores y que a menudo se sienten identificados en sus novelas, damnificados por sus novelas.

Y es que aunque todas las novelas son autobiográficas, ninguna lo es, siempre que narramos estamos haciendo ficción. Hasta cuando escribimos la lista de la compra, acabamos comprando de más (me repito).
Pero me pregunto si todo escritor no debería tener contratado un seguro para terceros, para esos golpes asestados por la ficción a la realidad.
Y también si hablar en primera persona nos acerca más a nosotros o sucede al contrario y es a través de terceros que nos aproximamos a nosotros mismos.


domingo, 8 de enero de 2012

Escandinavia


Me eché a la calle cuando el sol se desleía en fuego y la línea del horizonte estaba a punto de alcanzar su punto de ebullición. En la calle, sólo un barrendero de uniforme fluorescente, recogiendo una a una las hojas de la acera. Tenía una mancha en la cara con la forma de Escandinavia.

- 1765, 1764, 1763, 1762.

¿Por qué contará hacia atrás?, me pregunté.

- ¿Cuento qué?

Me sobresalté, claro.

- No sé, ¿las hojas?

- A ver, esto es ficción, ¿o acaso crees que en la realidad el sol se deslee, o se deslia, o se desloquesea y el horizonte hierve como si fuera un poleo menta?

No le respondí y seguí mi camino, presurosa. Una viejecita encantadora se masturbaba en la parada del 81. Me enchufé el ipod y fingí ignorarla, pero la muy cerda se colaba por todos los rabillos de mis ojos. Batería baja dijo el señor que vive en el ipod. La voz de Lou Reed comenzó a perder fuerza, como una fiebre adormecida por analgésicos.

El espíritu de la quinta avenida parecía haber tomado Blasco Ibáñez y su calzada mojada.

El conductor del autobús era De Guindos disfrazado del payaso Krusty.

- 5 euros

- ¿Pero no es 1 euro 20?-  inquirí, casi chillando.

- Eso en la realidad, ¿o acaso crees que la voz de Lou Reed se apaga como una fiebre y a las calles las posee el espíritu de Nueva York? Hay que joderse.

Solté los 5 euros sin rechistar.

Me acurruqué en el asiento trasero y no me atreví a mirar a través de la ventanilla por temor a que alguna esquirla de poesía me saltara a los ojos. Me puse las gafas de sol y entorné los párpados.

Cuando desperté, el sol se desleía en fuego y el horizonte hervía como un poleo menta.

jueves, 5 de enero de 2012

Oh, my god!


Varias veces he tratado de explicar mi idea de religiosidad, de que es lo mismo creer en dios que no creer, que no dista tanto la espirituosidad pagana del cientifismo poético, pero sólo consigo quedar como una tonta…algo que da sentido…como una fuerza… que no sea todo caos y arbitrariedad…. anormal, ceporra, burrita integral.

Lo que quiero decir y no llego nunca a decir es que para mí no hay tanta diferencia entre los que dicen creer en dios y los que dicen no creer. Que es una cuestión puramente semántica, que la idea de dios está justo antes del concepto, en esa conversación con nosotros mismos que tenemos todos, en la que nos explicamos el mundo. Después está el cristianismo, y sus emisarios pederastas sobre la tierra, y los testigos de Jehová y las pelotas de Alá y los clavos de Cristo.
Que todos tenemos ideas políticas por más que nos declaremos apolíticos.
Que es más bien un problema filosófico.
Que antes estaban los griegos, y trataban de explicar el mundo, y a veces les salía un dios y a veces una ley física porque esa necesidad de comprender, de buscarle un sentido a la vida es un hecho tan humano como universal.


¿Entonces crees en la vida más allá de la muerte? Me preguntan. Y en la muerte más allá de la vida, respondo. Mira a Rubalcaba si no.
Como si pudiera recordar otra cosa que no fuera vivir, como si no me hubiera encontrado de pronto aquí viviendo, sin recordar haber hecho otra cosa más que vivir, o sobrevivir, o malvivir o cualquier otra conjugación del vivir.
Y es que en algunas cosas, nos parecemos tanto los humanos que parece mentira que todos seamos humanos.