domingo, 23 de diciembre de 2012

Razones para escribir




















M. me preguntó por qué escribía y le dije: no sé, me gusta.

Y luego pensé que ese era el motivo por el que escribía, que si no fuera afásica, si pudiera expresarme tan ricamente con la palabra hablada, no escribiría.
 Al llegar a casa, rastreé en el blog en busca de motivos para escribir y encontré unos cuantos:

“Ahora sé que se escribe para borrar, para borrar la estela de lo real, para reconstruirle el himen a la mirada”.

“Me digo que a través de la literatura se explica el mundo, que tiene razón Bloom y Shakespeare y F, y que no sólo se explica, se crea el mundo, y no sólo se crea, se salva el mundo. Y no sólo se salva él que nos salvamos con él”.

“Ya conté que observaba la existencia de un fenómeno curioso: que la escritura viene a tumbarse sobre los recuerdos, viene a añadirse a ellos, como una capa de reluciente mugre. Que de tanto machacar un recuerdo, de recrearlo, de moldearlo, de estirarlo, acaba por confundirse con el recuerdo en sí, se adhiere a él como los lípidos a las células adiposas. Lo acaba modificando. Y ese hecho es sencillamente maravilloso, porque ya no se trata de engañar a los demás con historias inventadas, sino de engañarse a uno mismo y a la memoria con sus propios embustes. Crear una vida distinta en definitiva”.

“Escribir, instrucciones de uso:
1. coger el sufrimiento que viene en la caja negra, por las puntas, con cuidado de no dejar marcas de huellas personales que luego queden en el papel.
2. extenderlo bien, ayudándose de las palmas de las manos, de los codos, del hígado, del páncreas y hasta del corazoncito, si fuera necesario. Siempre con movimientos circulares. (Nota: si no se dispone de un corazoncito a mano, pueden utilizarse entrañas, el resultado es parecido).
3. dejar secar hasta comprobar que las partículas de carbón de la frustración, el desencanto y la desesperanza se han adherido bien al papel.
4. retirar el sobrante, soplar y leer una vez en voz alta, como si fuera una carta de la seguridad social.
5. no releer jamás.
En realidad, para escribir sólo hace falta pecado y culpa. Pecado y culpa. De venta en cualquier farmacia”.

“Lo cierto es que siempre he pensado que los diarios eran cosa de personas débiles, sentimentales o francesas. De personas con poco que ocultar. Si hasta Kafka en sus diarios se ponía tontorrón.
Recuerdo que de pequeña, quería escribir un diario, con tapas acolchadas, y delicadas flores en la portada, con su candado y su llavecita. Pero ya consciente de mi monstruosidad, de que si abría el grifo, el líquido verdoso y purulento que manaría nada tendría que ver con el agua, y sobre todo de mi falta de constancia, de mi incapacidad para mantener bajo llave los futuros motivos de mi exilio emocional, siempre lo posponía.
Hace ya tiempo que el grifo gotea, y que he aprendido a esconder mis ominosos secretos tras las palabras, a camuflarlos bajo metáforas, confiando en que tus ojos serán la llave, que verán y dejarán correr, como el agua”.

“Descartar el resto de historias para quedarse con una sola, y de ella, con los momentos capitulares que mostrar, es elegir desde qué piedra lanzarse al vacío. Siempre he sospechado que se trata de cerrar más que de abrir, de engullir más que de vomitar, de saciar más que de brindar”.

“Yo asocio la creación al hecho de completar o al hecho de rectificar, o a una acción que combine ambas acciones. A cerrar más que a abrir, a engullir más que a vomitar, a saciar más que a brindar. Me repito.
La vida es ese asunto inconcluso que debe ser completado por la ficción (mejor por la ficción pura que por la religión)”.

“A menudo me siento como una impostora que realiza actividades fraudulentas con las palabras como moneda de cambio, una contrabandista que trata de pasar por la aduana de la realidad sus falsificaciones chinas de productos de marca. Una maga de tres al cuarto actuando en un tugurio de mala muerte”.

“Escribimos a medias mi soledad y yo. Para ser exactos, a ella pueden atribuírsele las tres cuartas partes de mi, ejem, obra y a mí sólo ese cuartito oscuro al fondo del pasillo. Sé que no soy para nada imprescindible en esta historia, pero a ella le gusta hacerme creer que no es así, que mi opinión cuenta, aunque sea una opinión contaminada por el exterior, una opinión a veces expresada únicamente para hacerla rabiar.
Ella siempre me espera en el despacho, acomodada en su sillón de piel giratorio, las piernas cruzadas sobre la mesa.
Yo en cambio la abandono siempre que puedo, antepongo cualquier fiesta banal, cualquier café sobrevenido, a estar con ella y con su proyecto, como si la vida fuera justamente el reverso de su compañía. Y sin embargo, tantas veces me ha parecido ver a esa vida correr entre los renglones con sus patitas de alambre, saltar sobre las emes, columpiarse de una g, descansar en el regazo de una S mayúscula.
En eso estamos ella y yo, ella sin pensar en nada más que en su historia, yo, aunque hipócritamente se lo niegue, soñando con el reconocimiento, acariciando las partes más sensibles de ese ego crecido que bombea sangre desde su mismísimo centro, y cuyo deseo se adivina insaciable.
Cuando esto termine, ella se hará a un lado, se quedará en su tranquilo rincón y dejará que sea yo quien se lleve el aplauso, la colleja o la indiferencia, como si yo fuera la auténtica protagonista. Y yo la traicionaré sin dudarlo. La abandonaré cobardemente como se abandonan con la espalda esos ojos que han visto demasiado”.

6 comentarios:

Albert dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Albert dijo...

El post al que pertenece uno de esos fragmentos que ahora reproduces fue lo primero que leí en este blog, lo recuerdo bien. No es que uno tenga memoria de elefante, pero sí suelo recordar estas cosas. Yo creo que, en este caso, tus razones para escribir y las mías para leer son las mismas y se resumen pronto y bien con esto: hay que aprovechar tu talento. Felices fiestas, guapa.

Pablo Moreiras dijo...

Me encantó la autoselección de textos que has hecho, y como intentas explicar en ellos este afán de escribir, quizás inexplicable. Me gustó mucho lo de pecado y culpa (cuan cierto es a veces), y esa soledad tuya tan fructífera. En definitiva, me identifiqué, a saco ;) abrazos

Josep Vilaplana dijo...

Cuando el azar vierte un litro de agua hirviendo en una tacita de café esta se pone a escribir (recuerdo que de pequeño un profesor que con el tiempo se ha quedado sin cara en mi memoria me habló, por primera vez, de dos conceptos: continente y contenido; si volviera a verlo le hablaría de tí).

Darko Wiggin dijo...

¿Y porqué siempre tiene que haber una razón para escribir?

Bárbara dijo...

Un placer que se aprovechen así de mí, ALBERT. Feliz año. Este año te mando el mail que te debo. Un beso enorme.

Tendríamos que hacer otro post, PABLO: razones para leer. Tal vez sea la medicina para esa culpa. Abrazos.

Por aquí hay tantas cosas que hablan de ti, JOSEP. Un día te haré una lista. Gracias, siempre.

Nunca hay una sola razón, DARKO, sino muchas. A mí a veces me gustaría ser una bestia salvaje y no buscar razones, sí.