domingo, 7 de octubre de 2012

Anabah
















El viernes tuve mi primera presentación de novela (chispas!) de un compañero de tertulia, Carlos Michel Fuentes, que ha escrito un libro que está muy bien, difícil de leer pero que está muy bien.
Todo el día anduve con angustia, con ganas de huir justo en sentido contrario. No soporto hablar en público. Luego todo fue bien, y recibí aplausos y hasta algún hiperbólico bravo. Me encanta hablar en público.

Esto fue lo que dije:

He de decir, así de entrada, que Carlos Michel juega con ventaja, que escribir desde la Habana, sobre la Habana, supone ya cierta ventaja, porque la cubanidad es en si misma literaria, posee todos los elementos favorecedores de la escritura: la austeridad económica, por no decir miseria (ya decía Wittgenstein que se piensa mejor desde la cabaña que desde la cátedra), el aislamiento (esa soledad que es el imperio de la conciencia según palabras de Bécquer. Quién sabe si Cervantes o Dostoievski hubieran escrito sus grandes obras de no haber pasado una temporadita en prisión) y la cultura, tener al alcance de la mano el producto de otras soledades, que sin duda azuzan la imaginación.
Todo ello crea un caldo de cultivo que permite alcanzar el estado ideal para el escritor: esa agonía serena que es la base de la escritura. Cioran lo dijo de otra manera: "Un libro es un suicidio aplazado."

En Cuba se da además de forma especial la paradoja que, como todo el mundo sabe, es la materia prima de la literatura. Y no sólo porque a menudo el que vive en Cuba sueña con salir de allí y el que vive fuera no piensa más que en volver, sino porque La Habana es paradoja pura, es decadente y vitalista a un tiempo, es carnal y es intelectual, es salvaje y es educada, es blanca y es negra, es una chica fácil con un tremendo orgullo.

Todas esas contradicciones están en este libro.

Aprovechando, o aprovechándose de su cubanidad, Carlos Michel, como los grandes chefs, nos ha preparado una Habana deconstruida, descompuestos sus ingredientes y vueltos a componer, para que al lector le llegue intacto su sabor.
Un retrato personal de la ciudad hecho por alguien que ya ha empezado a abandonarla, que es como mejor se hacen los retratos, con la visión del que gira la cabeza porque se va.
Entre el diario poético y el sueño, construye una voz que va de la angustia a la vitalidad, de la desesperanza a la alegría para hablarnos de la verdadera partida, la que se produce en la cabeza, a través del recuerdo, de la proyección mental, esa que se da mucho antes de coger un barco o un avión.

En definitiva, nos habla del paso del tiempo, de un tiempo que es distinto en la Habana, más lento, más húmedo, más asfixiante, más lascivo, con cierto toque alucinógeno. Y es que tal vez no exista otro tema en la literatura, ya lo dijo Gil de Biedma: “en mi poesía solo existe un tema: el paso del tiempo y yo”.

Carlos nos arrolla en Anabah con un poderoso torrente de palabras, aparentemente desordenado, visceral. La novela está llena de cosas, de objetos, de listados, de pensamientos que se superponen unos a otros, desafiando las leyes de la lógica cerebral, acercándose a las de la lógica emocional.
El libro está lleno de preguntas pero no de respuestas, lo que demuestra una gran sabiduría.
Su autor muestra un desprecio absoluto por la trama en favor del estilo. No resulta un libro fácil de leer, no, por eso conviene hacerlo en pequeñas dosis y con una concentración laxa, si esto es posible.

Me ha hecho mucha gracia leer en la contraportada: el autor abandona Cuba a principios de los noventa. No regresa jamás. Lo pone así: No regresa jamás. No dice “no ha regresado jamás”, o “no regresará jamás”, sino “no regresa jamás” en rabioso presente, haciendo del no regreso un acto continuo que sigue sucediendo.
Creo que esa es también una forma de entender la vida que conecta con la idea fundamental de este libro, ese continuo viaje sin regreso.

Si me permiten, voy a leer un fragmento de la novela:
 “Una mujer sentada en el metro de Madrid hacia nuevos ministerios se duerme y sueña. Es un sueño corto, una pequeña fuga. De estación a estación. Y mientras duerme, la miro y me pregunto si podré amarla yo algún día sin ese temor incontrolable a perderla entre sueños. Pasa rasante el bote entre dos piedras. Hay siete diferencias entre el cuadro original y el impostado, pero ¿cuál es cuál? ¿hay uno verdadero? Tengo dos hijos zurdos. Soy el hombre-guía de mi perro ciego. Subo y bajo de peso regularmente, me traqueo los dedos de las manos. Tengo un amigo en Berlín y otro en La Habana. Nada me repugna. Me gusta hacer un agujero en la arena y hallar agua, aunque el mar se extienda inconmensurablemente a pocos metros.”

Y ya para acabar, quería hacerle una pregunta a Carlos Michel, una pregunta fundamental: ¿Michel es parte del nombre compuesto o apellido?

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Prímens!

Anónimo dijo...

te lo pedí con dedicatoria

MUY SEÑORES MÍOS dijo...

Pues, lo que dijiste, bien dicho está... pero esa forma de poner el pié izquierdo mirando hacia afuera... eso se va a otro precio.

Besos.

t minúsculo dijo...

...a mi me a gustado la falda

¿qué pone? (si acaso) ¿qué dibuja?

y
-lo del hombre-guía de su perro ciego.
y
-lo del rabioso presente.
y
-la pregunta fundamental.

El orden de los guiones no altera el gusto.Las negritas sí.

Josep Vilaplana dijo...

Sentado en la penúltima fila intento prestar atención a tus palabras. Me gusta lo que dices, pero al gustarme muchas otras cosas alrededor de lo que dices me distraigo y ya no se si me gusta lo que dices, o el "pie izquierdo mirando hacia afuera" , o ese hombre guía, ciego sin duda como el perro, o los silencios que desde todos los rincones de la sala buscan tus ojo para escuchar lo que miran.

Cómo es normal, el problema vendrá después, cuando algún desconocido me pregunte, por cortesía y cansancio, que te ha parecido la presentación.

Un beso sin medicación alguna.

NáN dijo...

Rabiosamente centrada en el estilo y la historia. El autor corre el riesgo de que ya no haga falta leerlo. Por suerte, echas un párrafo como cebo.

Bárbara dijo...

Pase a recoger su premio en recepción, ANÓNIMO.

Y yo sonreí como una retrasada mental, A. Luego alguien me lo robó.

Creo que un señor hizo una película sobre mi pie izquierdo, MSM. Besos.

De hecho, T MINÚSCULO, el acto iba a llamarse La falda de Bárbara. Todo lo demás, incluida la escritura de la novela era para hacer bulto.

Si vinieras, te reservaría un sitio en primera fila, JOSEP, tenlo por seguro. Si no me pusiera un filtro, estaría todo el rato diciendo tonterías, tipo pregunta fundamental. Un beso de oradora.

Seguro que a poco que me lo proponga NÁN, soy capaz de darle al antimarketing y crear la antipresentación, y que nadie quiera leer el libro. Tengo talento para eso.