sábado, 17 de marzo de 2012

Ese inquilino


Hace dos días que un ojo quemado me persigue. Un ojo humillado, alerta, tirante la piel en las afueras, un ojo que ha visto el horror, y lo mantiene en la retina, lo mantiene morfológicamente, la piel ya tensa aún de forma involuntaria. Un ojo modelado con ácido en un rostro de cera picassiano.
Lo que esconde ese ojo es una de las cosas más hermosas y abrazables que hay en esta tierra, no me digas que no.
El auténtico sufrimiento embellece, el que no se transforma en polvos de rabia o brillo de odio es el más extraordinario cosmético. Me parece muy bella esta mujer.

Vi a Redford en los 3 días del cóndor, vi a Bogart en Casablanca. Se me coló una abuela en la cabeza, con sus frases de abuela: Ya no quedan hombres como los de antes. Y es verdad, ya no quedan hombres con capacidad de aguantar el sufrimiento, de mascarlo y escupirlo como tabaco gastado, de extraerle el jugo y escupir los restos.
Hoy sufrir se ha convertido en algo vergonzoso que ha de ser eliminado cuanto antes, acorralado contra las cuerdas por esa estúpida felicidad de pressing catch, para todos los públicos, histriónica y ditirámbica.
Hoy el sufrimiento es catalogado de enfermedad que se cura con Prozac.

Cada vez estoy más convencida de que la victoria consiste en mantener a salvo al pequeño inquilino. No un ojo, no una piel tersa, no una cuenta corriente, no un qué dirán sino ese liliputiense que llevamos dentro en cuyo regazo, de noche, descansa la cabeza la conciencia.
El espectador más fiel, el que aplaude o abuchea, el que nunca abandona la sala.
Con quien mantenemos ese discurso interior (qué importante el oficio de contar), con quien construimos un puente de palabras por el que se pasea eso llamado yo.

Algunos lo confunden con dios, pero qué va, dios está afuera, muy arriba, sus pelotas haciendo sombra, mientras que él está dentro, posee todos los sexos y cuando se le mira con sinceridad desprende luz.
Y ahí dentro, entre bambalinas y vísceras, bajo los focos de la mirada interior, es capaz de transformar el sufrimiento en belleza, es decir en arte.

Y ponernos a salvo de maridos desalmados, de jefes cabrones, de dictadores represores, de traidores.

Conducirnos a la victoria por más que se pierda un ojo, por más que se pierda un brazo, por más que se pierda una vida.

7 comentarios:

Elvira dijo...

"Y ahí dentro, entre bambalinas y vísceras, bajo los focos de la mirada interior, es capaz de transformar el sufrimiento en belleza, es decir en arte."

Te aplaudo, Bárbara. Intentar evitar el sufrimiento por todos los medios significa anestesiarse. Prefiero estar viva, aunque a veces duela mucho. Un abrazo

Isabel dijo...

Acuerdo total contigo y con Elvira.

Abrazos a las dos.

pere dijo...

El sufrimiento es el fuego que en el crisol de los yos hace que flote la escoria y se funda lo valioso, lo único valioso.

NáN dijo...

Pertenezco a una generación criada sentimentalmente con películas de John Wayne, al que en una de cada dos había que extraerle una flecha con la única ayuda de un trago de whisky.

A una generación vencida cada dos por tres, y puesta en pie cada tres por dos.

Creo que fue Steinbeck quien dijo que, para ser un actor de derechas, John Wayne era un tío estupendo.

Creo que esta entrada es una de las que me ha emocionado. (La emoción es una salida honrosa del dolor).

Tío Boby dijo...

Hermoso y bien dicho! Bueno, hermoso si bien dicho! Gracias y salud a tí!

KENIT dijo...

Sí, quizás es así de tremendo.
Siempre hay un trocito de piel para sufrir, diminuto, suficiente.

Bárbara dijo...

Me encanta comprobar que hay gente que piensa igual, ELVIRA. Me reconforta mucho. Abrazos.

ISABEL, reguapa! Otro abrazo para ti.

Pero qué bonito, PERE.

En cierto modo, NÁN, adoro a John Wayne y me repele a partes iguales.
La emoción es una salida honrosa del dolor podría ser una cita de gran escritor, me parece a mí.

Gracias, TÍO BOBY, y otro saludo para ti.

El día que no quede dónde sufrir, a la mierda todo, KENIT.