jueves, 19 de enero de 2012

Colgajos en el cerebro



Hablando con un amigo sobre escribir, tratando de desentrañar las claves para hacer avanzar una historia estancada, pensé que me interesaría mucho saber exactamente qué tipo de relación tienen los escritores que me gustan con la ficción, quiero decir si la espían discretamente, si la rondan tras la farola de la realidad, si la cortejan caballerosamente o directamente se la follan.
No quisiera saberlo en plan Lydia Lozano, revolcándome sobre las vísceras de lo real, sino en plan ¿qué cemento has usado?; ¿el del recuerdo propio, cercano, lejano?, saber cómo construyen arquitectónicamente la ficción.
Y sí, ya se me está convirtiendo en obsesión eso de asaltar la frontera entre realidad y ficción, como una indocumentada.

Hace años, intenté escribir una historia pero me tropezaba todo el rato conmigo misma hasta que decidí arrojarme a la insoportable inmensidad de mi ser, aherrojada por el yugo de mi propio ombligo, mientras con el brazo derecho arrojaba la historia a la papelera (de reciclaje).

Por eso, el siguiente proyecto fue abordado en tercera persona, con varios personajes, y un escaloncito por encima del resto, un protagonista masculino. Mas-cu-li-no. Lo más lejos posible de mi ombligo, me dije, trata de mantenerte a salvo de ti misma, me dije. Y funcionó.

Ahora, sin embargo, he vuelto a la primera persona, y extraigo coloridas anécdotas almacenadas en mi materia gris, inspiradas en hechos reales (como esos truculentos telefilms de sobremesa) que estiro hasta la ficción. Y cuando las suelto, han perdido su forma original, hasta hacen bucle, y a menudo noto que me cuelgan cosas del cerebro, que aparto con naturalidad para pasar a pensar, como un flequillo o una cortina de diseño.

Ya conté que observaba la existencia de un fenómeno curioso: que la escritura viene a tumbarse sobre los recuerdos, viene a añadirse a ellos, como una capa de reluciente mugre. Que de tanto machacar un recuerdo, de recrearlo, de moldearlo, de estirarlo, acaba por confundirse con el recuerdo en sí, se adhiere a él como los lípidos a las células adiposas. Lo acaba modificando. Y ese hecho es sencillamente maravilloso, porque ya no se trata de engañar a los demás con historias inventadas, sino de engañarse a uno mismo con sus propios embustes. Crear en definitiva.

También pensé una máxima: hablar en primera persona como de un tercero, hablar en tercera persona como de uno mismo. No como Aida Nizar, no. Pienso más en Bailey, en Houellebecq, o en Roth que apenas sale de Newark.
Y pienso también en los que rodean a los escritores y que a menudo se sienten identificados en sus novelas, damnificados por sus novelas.

Y es que aunque todas las novelas son autobiográficas, ninguna lo es, siempre que narramos estamos haciendo ficción. Hasta cuando escribimos la lista de la compra, acabamos comprando de más (me repito).
Pero me pregunto si todo escritor no debería tener contratado un seguro para terceros, para esos golpes asestados por la ficción a la realidad.
Y también si hablar en primera persona nos acerca más a nosotros o sucede al contrario y es a través de terceros que nos aproximamos a nosotros mismos.


11 comentarios:

Mario dijo...

Solo el análisis que haces ya clarifica el camino, aunque no lo desenreda, en todo caso lo hace más asequible.

Mario.

Isabel dijo...

Muy interesante, Bárbara,te leo y estoy segura de que lo que salga de ti tendrá ese toque distinto que tanto me gusta. Hasta para contar cómo lo haces estiras el chicle sin que se rompa.

No tires nada a la papelera, pordios.

Miguel Angel (Ancalpe/Rainforte) dijo...

Toda historia tiene siempre algo de "propia historia", la contemos en la persona que queramos y con los recursos literarios que lo hagamos. A veces es nuestro subconsciente el que nos traiciona, otras los recuerdos, a menudo es intencionado, y otras puramente casual, pero es así, siempre son nuestras historias, hijas, compañeras, amantes o enemigas (esto último cuando no salen y nos ponemos de los nervios). Lo verdaderamente importante, es que sean escritas...

Un besote.

Vampira dijo...

Engañarse a uno mismo está muy bien, es bastante más deseable a que te engañen los demás...

Un saludito

Josep Vilaplana dijo...

Tú no escribes, Bárbara, sino que te escribes, nos escribes, en primera, segunda, tercera y cuarta persona -se agradece-.
Por lo demás, es muy probable que todos seamos personajes,apenas esbozados,de ficciones propias y ajenas. Pienso que escribir es crearse y recrearse y otras muchas cosas, pero nunca es contar lo que le pasa al toro en opinión del torero (por dios, que frase más tonta...).

Un beso escrito a la espera de mejores tiempos.

Raúl dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Raúl dijo...

No tengo ninguna respuesta a las preguntas que lanzas (quiero decir que, por pereza, no me he puesto a pensar en ellas). Si que creo saber porque has utilizado el verbo "aherrojar", buscando una singular cacofonía que ha hecho que yo -y seguro que otros tantos- hayamos tropezado en la lectura de ese párrafo. (Sonrío).

Bárbara dijo...

Pues me alegro MARIO, espero que el nudo no se desenrede nunca del todo, sino ¿qué íbamos a hacer?

A la papelera de reciclaje, ISABEL, luego lo restauro y en paz. De hecho, he retomado esa primera historia, aspirando a ser una auténtica cerda (y aprovecharlo todo de mí). Abrazo.

Es verdad, MIGUEL ÁNGEL, uno cree que su mundo es también el mundo de los otros, sólo cuando se pone a escribirlo, o a pintarlo o a musicarlo, se da uno cuenta de lo distinto que es. Besos.

Yo creo que sí, VAMPIRA, y no es fácil, con la edad una se va conociendo todos los trucos...
Un abrazo.

jaja, me interesa la opinión del toro, JOSEP, sin duda. Yo ya no sé qué es escribir, más allá de una necesidad, o una forma de no morirse mientras se hace.

Espero que no te hayas hecho daño al caer, RAÚL. Haberte sujetado a la hache!

Sombras Chinescas dijo...

Es cierto que siempre que narramos hacemos ficción, pero también que no podemos hacer ficción que sea del todo ajena a la experiencia. Raymond Chandler decía que los escritores eran todos unos proxenetas. Prostituyen lo que ven y a la gente que conocen y le dan una vida nueva en un libro.

Yo, cuando me bloqueo con una historia, lo que hago es abandonarla, y luego retomarla cuando se tienen las ideas claras. A veces es necesario concederle su tiempo para que germine y dejar que el subconsciente trabaje en ella.

Saludos.

Elvis Sentt dijo...

Bastardear la realidad a diario es mi lema desde hace años, y creo que lo de parar y retomar resulta efectivo. Se puede recrear el mismo hecho engañándose a uno mismo de quinientas formas distintas. ¿Acaso no buscamos algo de éso? Luego nos perdonamos y ya está.
De todas maneras me encanta leerte, y estoy seguro de que en la ficción o en esa realidad especial te moverás con la misma lucidez y estilo.

Bárbara dijo...

Gracias, Elvis. Me encanta lo de bastardear la realidad. En la realidad me muevo más bien con torpeza, para qué negarlo.