martes, 27 de diciembre de 2011

Mi mensaje de paz y amor


Estoy harta de que mi blog sea un coladero de gente buscando porno, me siento como una puta de polígono industrial cuando pasan los coches y la miran. Pasan de largo pero miran.
Todo porque una vez colgué una entrada titulada Porno rousseaniano, donde criticaba el machismo del porno actual y reivindicaba la dignificación del público femenino, me reivindicaba a mí misma, sin ir más lejos.
Porque dime, ¿quién se empalma con Rousseau, con todo lo que hay en la red?, ¿por qué, oh, omnisciente y degenerado Google, atraes a tantos salidos a este bloguecito mío, tan pequeño y casto? (y digo degenerado porque en muchos casos, las palabras clave son: porno con niñas de 14 años, o vajinas de mujeres, así, con jota, cosas francamente escandalosas).
Me entristece.
Pero luego me pregunto si no estaré haciendo una labor social (como las prostis) llevando mi mensaje de amor e igualdad allende la red.
Porque el post denunciaba el egoísmo masculino del porno y dejaba claro que no, no nos pone que nos estrangulen, ni que nos pongan las nalgas como resistencias eléctricas, ni que nos provoquen arcadas por metérnosla más allá de las amígdalas, ni que nos metan el acorazado Potemkin por el culo.
Y pienso: ¿será ese mi destino? ¿Seré la emisaria en la red del recado divino?, ¿será mi misión poner un poco de luz en esas mentes opacas, diseminar en esta tierra de Dios mi mensaje de porno para todos, de ama al cuerpo femenino como al tuyo mismo?

En fin, en estos días de paz, amor y porno, felices fiestas a todos.

jueves, 22 de diciembre de 2011

La buena es la que vuela


No sé un pimiento de teoría poética, no sé si el poema se enmarca en el barroco, en el simbolismo, si pertenece a la poesía social, a la poesía de la experiencia, a la poesía de vanguardia, al rap, o a la terapia adyurvédica.

Pero reconozco la poesía que me gusta. La leo como de adolescente escuchaba las canciones: con las venas y no con los oídos.
Y poseo la suficiente arrogancia como para decir: esto flota, esto se hunde.
Es la poesía del puro senso, la que llega sobrevolando y se posa en el cerebro sólo unos instantes, los justos para hacer comprender de forma fugaz, dejando un rastro de interrogantes a su paso.

Como decía Szymborska, la única respuesta que puede provocar un poema son dos puntos :

Defiendo la poesía sincera. Valiente. La que se escribe por necesidad.
Abomino de la poesía del ocio, del recreo metaforil, aquella que se enreda en sus propios laberintos, la que va colocando una capa de figuras literarias, una encima de otra, hasta lograr la opacidad total, la oscuridad absoluta. Miedito.
Poesía-trampa, poesía-criptograma sin patrón cifrado, poesía de ocho a cinco, que no vuela.
Tampoco la poesía ramplona, nacida a la sombra de esta última, la que aprovecha que el lector anda pensando ¿seré gilipollas? y entonces va y coge un poema, pongamos que de Vilariño, y concluye: esto sí, esto sí que lo entiendo, esto es bueno.

Es difícil la frontera. Es difícil mantenerse en equilibrio (es difícil vivir, joder).

Las ideas son invisibles, por eso hay que vestirlas, echarles algo encima para poder traficar con ellas, para poder pasarlas de unas manos a otras (como el hombre invisible debía ponerse gabardina y gafas para poder ser).
Pero lo importante es saber dotarlas de la picardía suficiente como para que se desnuden con gracia en mente ajena, para que hagan un striptease cadente y sensual.

Y cuando digo idea, tal vez esté diciendo emoción.
Y cuando digo striptease, estoy diciendo desnudo integral.

Joan Margarit decía que el límite de la poesía es el de la emoción.
No hay más. La poesía tiene que emocionar.
Frente a la erudición hueca y el artificio que no planta sus raíces en la emoción, la sencillez y la profundidad.
Frente a la poesía como un objeto onanista, el amor generoso de Paul Eluard, de Gabriel Ferrater, de Jaime Gil de Biedma, de Wislawa Szymborska, de Manuel Vilas, de Alejandra Pizarnik, de Natalia Litvinova, de Roberto Juarroz, de Pedro Casariego, de Pablo García Casado, de Chantal Maillard o de Ángel González. De todos esos pájaros que saben abrir dos puntos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Un beso más


No sé dónde la frontera
entre fantasía y realidad
entre huida y coma
entre vacío de rutina y jolgorio de manicomio
entre vacío de manicomio
la huida
como una rutina

cuánto por un beso nuevo
un millón de instantes contantes
y sonantes
por un mañana envuelto
para regalo, cuánto

se me deshace entre las manos
el hilo de los días

dicen que la tierra gira
porque no encuentra nada que la detenga

yo busco frenar mi huida en ti
mi amor manicomio
mi despertar del coma
la inercia que me hace girar
por pura rutina
un beso más, uno más.

Soy ese vacío que cuelga de un hilo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Hábitos


Cuando se aduce al comportamiento natural como a eso que sale de dentro, que sale solo, como si manara a borbotones de la fuente del instinto, desconfío automáticamente, no vaya a ser que salpique. Me sale de dentro desconfiar, así, de forma natural.
Porque ¿qué nos queda de ese animal que llevamos dentro? apenas nada, nos lo hemos comido, ñam, ñam, caníbales, masticado, deglutido, hecho churro por el intestino y defecado; ni los pelos le quedan ya (los monitores de mi gimnasio, buenos ejemplares de macho, tienen menos pelo que yo en el cuerpo, ¿será posible? sí, son estos tiempos que corren, imberbes, pueriles).

Lo cierto es que no sobreviviríamos ni un solo día en la selva, guiados por nuestro instinto. Lo cierto es que ya no somos capaces de distinguir entre el hambre y un retortijón, entre el impulso de hacer clic en ver video y la pulsión sexual, entre el miedo por una amenaza real y la ansiedad.
Bulimia, anorexia, vigorexia, agorafobia, impotencia, anorgasmia, estrés, adicción al trabajo, adicción a Internet, adicción a las piruletas de colores, adicción a la adicción, todo eso nos crece dentro, de manera natural.
Que se nos coma un oso pardo ya. Que se nos coma un lobo ibérico. (Que se coma primero a Cayetano Martínez de Irujo al que le sale, de forma natural, llamar perros a los trabajadores andaluces).

Lo verdaderamente natural en el hombre es que edifique sus hábitos justo encima de su instinto.
Que el hombre es un animal de costumbres no lo dijo Dickens así como así, recién levantado, con la greña en la cara, y sin haberse tomado el café con leche.
Que la costumbre es una fuerza poderosísima es un hecho al que no prestamos la suficiente atención. Muchas cosas se explican por el simple hábito, hay mucho hijodeputa por costumbre, sangrantes políticas neoliberales por costumbre, discos de la oreja de Van Gogh que se venden por costumbre (nadie en su sano instinto compraría un disco de la oreja de Van Gogh).
Si hasta la tierra gira, no por la fuerza generada al formarse, sino por la fuerza de la costumbre, por pura inercia. Y porque no hay nada que la detenga.

Y sin embargo, a menudo se confunde el hábito con esa fuerza instintiva que le grita a uno desde su más profundo interior.
Por eso acude la gente al psicólogo, para saber de dónde vienen las voces, para encontrar resistencia, porque no pueden con sus hábitos, porque los van a matar esos hábitos insanos que les crecen dentro, de forma tan natural.

Naturalmente, sólo puede sustituirse un hábito por otro. La libertad es la imagen de un vacío, un agujero negro, un experimento de laboratorio. La única libertad consiste en elegir la costumbre a la que queremos someternos, y seguir girando como si nada.
Y es que desde que cambiamos el cromo del instinto por el de la libertad, sólo nos queda pegarlo en el álbum, justo encima de donde pone: hábito.

martes, 6 de diciembre de 2011

Tengo una pistola


Hay libros que resultan modernos, pero no modernos en el sentido modístico del término- Lady Gaga es un carcamal- modernos porque bucean en los mismos interrogantes de siempre, en los mismos misterios existenciales pero arrastrándolos hasta el presente, estirando de ese hilo ancestral.

La modernidad como continuidad. El cabo de esa soga histórica a la que aferrarnos para no caer al vacío.

Tengo una pistola es moderno, oh sí.
Y es moderno no porque hable de Internet, porque hable de porno cibernético, de bondage, de fisting, de bukkake, de esa escalada morbosa que culmina acaso en el pervertido acto de follar de … dos enamorados (qué risa me dio eso), sino porque habla del miedo, de la soledad, del vértigo de amar, de la vulnerabilidad de amar, de lo absurdo de construir cuando hemos nacido programados para autodestruirnos, todo ello en la era de Internet, del porno cibernético, del bondage, del fisting, del bukkake, en la era de la comunicación libre de adn.

Por eso este libro es moderno y, pongamos por caso, Nocilla dream, con todas sus virtudes, no lo es. Por eso y porque seguramente no pretende serlo. No pretende experimentar con el estilo mientras se va escribiendo, sino escribir para hacer avanzar la historia. Qué cosas ¿verdad?
Enrique Rubio es así. De Murcia.

Que sepas, murciano, que yo tengo mi pistola desde los 21, ese seguro de muerte que proporciona cierta levedad, que otorga en definitiva la libertad de poder elegir aún en los peores momentos.
Por eso este libro es universalmente particular, o particularmente universal, como quieras, porque cuenta lo que me pasó a mí.

Me gusta mucho su capacidad de ahondar en la amargura para acto seguido desdramatizar. El humor que da sentido al sufrimiento.
La prosa del autor, inteligente, gamberra, a ratos poética, dura y tierna a la vez, jugosa como un tomate murciano.
En realidad la prosa del autor no puedo analizarla como un ente aislado porque nunca he sabido distinguir entre prosa y ¿qué es lo de dentro? ¿trama? ¿historia? ¿mensaje?
Yo sólo veo prosa, como ese culturista que coge del cuello al chaval que le insinúa que hacer ejercicio aeróbico es bueno para el corazón, ¿acaso se ve el corazón, acaso se ve?
¿Acaso se ve algo que no sea el estilo? Y sin embargo.

No todo me gusta, claro, me chirría que después de 10 años, Cascaradenuez salga a la calle y justo en ese momento el Mazorca esté americanamente pegando tiros americanos en un supermercado de pronto superamericano. Una casualidad muy poco española, no sé.
O que todos los psicólogos sean siempre retratados como botarates, hasta por alguien licenciado en psicología. Y mira que es bueno el personaje, pero acaba imbecilizándose hacia el final.
Encuentro también, en las últimas páginas, un exceso de opereta con final feliz, un humor demasiado blanco de pronto.

Me encanta sin embargo el optimismo que rezuma.
Todo el sufrimiento que es capaz de contener un cuerpo.
Y esa cajera, quieto parao.
El ritmo que confieren las estadísticas.
Los casos que cuenta el psicólogo.
La voz de Cascaradenuez.
La inteligencia de su construcción.

Y lo más importante: que la metáfora gorda, la que sostiene a todas las demás, camina hacia algún sitio, tiene sentido, es conducida firmemente con Tom Tom por su autor. Y no como esos escritores que van dando tumbos por sus novelas, echando páginas y páginas al tun tun, gastando gasolina de estilo tontamente, como quien echa kilómetros en una autopista alemana, con indicaciones consonánticas indescifrables, hasta toparse con un muro ante el que frenar para escribir en él: fin. Estámpate al menos, coño. Danos un poco de emoción, aunque sea póstuma.

Tengo una pistola es una deslumbrante primera novela.
Escrita por un señor de Murcia.
Y yo he tenido la suerte de ser elegida, a pesar de que nunca veré delfines. De ser elegida.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Legible Krahe

Una, de entrada, mitómana no es. Más bien al contrario. No me gusta demasiado conocer a quien me ha hecho disfrutar en la intimidad. Soy consciente de los diferentes planos en los que se descompone lo que viene siendo ontológicamente el ser, por eso muchas veces conocer personalmente a quien se conoce a través de su obra tiene algo de jet lag, de desfase artístico, como si llegara a contratiempo a sus canciones, como si metiera tarde ese acorde, esa frase. Como si se enredaran los pies del hombre con los del artista.

El otro día conocí a Krahe. Aquí está la prueba, Francis Black.

Mi amigo E. se acercó a él tras el concierto para confesarle que había sido como su psiquiatra y charlamos amigablemente, de los griegos, de lo que mentían, de su inocente machismo, de Heráclito, de la fidelidad de Aristóteles a su mujer, todo lo amigablemente que se puede charlar con dos altavoces escupiendo tralla y unas cuantas copas en el cuerpo.

Qué temple, Krahe. Y qué legible me pareció.

Porque yo estoy convencida de que los gramos de poesía que caben en la música son exactamente los gramos de música que caben en un poema.
Que si el poema ha de sonar, la música ha de poder leerse. Y es tan legible Krahe.

Nos hicimos una foto con él, venía incluida en el groupie pack.

A mí, en general, las instantáneas souvenir me parecen extraños apósitos, mocos que vienen a pegarse a la memoria, la auténtica, la primigenia, esa en la que uno nunca aparece físicamente por estar dentro de ella. Y es que todo lo que sea salirse del margen de tus ojos, de tu piel, de tu cuerpo, me parece pura ficción.

Vivimos tiempos de enajenación. Hay una tremenda necesidad en estos días de narrar nuestra vida al minuto, de contar lo que nos sucede a través de las fotos, del estado del Facebook, de los blogs, del twiter, creando productos paralelos de ficción cuya materia prima es el yo.
Y se me ocurre que se parece bastante a creer en Dios si lo piensas, que la esencia es la misma: vivir con alguien mirándote constantemente, el espectador más fiel del mundo, unos ojos fijos en uno mismo, que es el protagonista indiscutible.
Es tan voyeurista la fe como la red.

Cuando salgo de noche, me dicen: se te ve feliz. Y yo pienso: confundes la embriaguez con la felicidad. Y me río con ganas. Y me siento por un rato la auténtica protagonista, ante ese dios voyeur cuyos ojos se abren como ventanas pop up.