lunes, 28 de noviembre de 2011

¿cuántos suicidios?





















Uno de los daños colaterales barridos bajo la alfombra de esta crisis son los suicidios. ¿Cómo va nuestro índice de suicidios?, ¿viento en popa y a toda vela?, ¿en clara progresión y subiendo?, ¿cuánto?, ¿mucho?, ¿poco?, ¿lo suficiente como para que las funerarias coticen en bolsa? Yo apostaría a que sí.

El silencio al respecto es de funeraria.

No son noticia los suicidios por ser contagiosos, como si pegar a la propia mujer o francotirotear estudiantes a la puerta de un instituto no lo fueran.
Que toda información es subversiva lo sabemos, que el silencio es reaccionario, lo sospechamos.
Tal vez el tema no es el qué sino el cómo, no el agujero sino la profundidad, no el pellejo sino el corazón. No los vagos silencios sino saber encontrar las palabras exactas.
Es un dato demasiado importante como para que drible la atención de los medios.

Claro que en esta sociedad infantiloide y judeocristiana, la muerte por decisión propia sigue siendo un tema tabú, a pesar de ser la primera causa de mortalidad entre los jóvenes.
Pero no se habla de ello, por más que los psicólogos aseguren que sólo el hecho de nombrar ese deseo de morir ahuyenta el deseo de morir. Ay, el poder de la palabra.

Y cuando a esa decisión, propia y mortal, contribuyen esos vampiros, ávidos de sangre, que nunca tienen bastante, aquellos cuyas cabezas reposan cada noche sobre almohadas rellenas de esqueletos triturados, parece que aún hay más motivos para el silencio.

Poder contar las bajas debiera ser algo así como un derecho.

Defender el ser informados de los suicidios, aunque tengamos que dejarnos la vida en ello, una especie de obligación.

viernes, 18 de noviembre de 2011

???


¿Estamos locos o qué? Leo que Francisca Aguirre es premio nacional de poesía. Y a priori me alegro, una señora de 70 años, me gusta pensar que la inteligencia se condensa con la edad, y todos esos desechos que se van acumulando en nuestras afueras no son sino las cáscaras de un bello fruto que crece dentro (cursi, ¿eh? si es que cuando quiero...). Y es que me encantan las ancianas como Szymborska, como la recientemente fallecida Agota Kristoff, duras por fuera, tiernas por dentro.

Pero luego voy y leo esos tres poemas, que acompañan la noticia y que encima deben de ser considerados como buenos de entre los buenos y me digo: pero ¿nos estamos volviendo locos o qué? ¿esto es poesía? ¿esto, premio nacional?

Sentimientos bonitos pero absolutamente banales, tan diminutos como prescindibles. Sentimientos cuya espuma no ha llegado a subir hasta el intelecto para cuajar en un producto poético capaz de salpicar otras mentes, y descender hasta otros sentimientos. No encuentro nada de poesía ahí por más que se cercenen los renglones. Y no me puedo creer que interesen a nadie, más allá de su familia, esas experiencias tan chiquitas, que no han sido maduradas por el arte del pensamiento, que no son capaces de elevarse ni un milímetro del papel porque carecen de música.
No me interesa tu vida si no la cuentas como si te fuera mi vida en ello.

¿Por qué no me dan a mí un premio nacional por querer a mi hijo? Yo a mi hijo lo quiero como para premio nacional, para Nobel si me apuras.

Una mierda es lo que me parecen esos tres poemas, tenía que decirlo. Y es que entre los que se ponen farragoso- intelectualoides- nadie va a poder criticarme porque nadie va a poder entenderme, y estas simplezas sentimentaloides, de verdad que a una le dan ganas de borrarse de leer poesía.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Melancolía













Vi Melancolía. Con el amigo Lars, no gana una para rímel.
Es espléndida Melancolía. De otra división, de otro planeta, de una hermosura violenta y extraterrestre.
Va de locura y del fin del mundo, que viene a ser un poco lo mismo.

Yo, que conozco de cerca la locura, y sé lo poco que riman locura y tostadas para el desayuno , locura y que tengas suerte en el examen, que sé lo mucho que tiene de cobarde el que huye, de brazos cansados el que trata de retenerle, me arrodillo ante esta inmensa poesía de la locura.

Va de Justine, vestida de novia, diciéndole a una madre que no es de este mundo: tengo miedo.
Justine, desnuda, entregándose a los rayos nocturnos de ese planeta llamado Melancolía, que acabará con todos nosotros.
Va de Claire preguntando, angustiada: ¿pero dónde va a crecer Leo? Claire que repite: a veces te odio tanto. Claire, a la que le falta el aire ante el paso de Melancolía.
Va de Justine y de Claire. Has elegido el camino fácil, la locura es el camino fácil, le dice una a la otra.

Yo, que he pensado mucho en si la locura es un camino fácil o difícil he llegado a la conclusión de que es un camino llano que va incrementando su pendiente a medida que avanzas por él, de forma apenas perceptible, hasta acabar en vertical. El camino fácil más difícil.

Va de las distintas formas de enfrentarse a la muerte. De una novia que folla con un desconocido en su noche de bodas. De una lana gris que se enreda en los tobillos. De seiscientas setenta y ocho alubias. De excavar cuevas mágicas siendo una rompeaceros.

Yo, que un día escribiré un tratado médico-poético sobre la locura, creo firmemente que a pesar de no ser un género literario, tampoco es estrictamente una enfermedad.
Que me basta un botón para demostrarlo: los dos primos de M. están en un manicomio. M me contó que su tía se ahorcó y ese niño que hoy está en el psiquiátrico fue quien encontró el cadáver de su madre, colgando, al volver del colegio. Que poco más tarde, su tío siguió sus pasos, y fue la niña quien encontró el cadáver de su padre, colgando también. Que algunos, con su muerte, dejan cosas suspendidas en el aire. Otras, firmemente asentadas: la locura como un legado de plomo para esos niños. Que no sé cómo se llama exactamente su enfermedad, tan real hoy, pero bien pudo haberse llamado puta mala suerte de vida que te ha tocado en desgracia.

Va de un planeta, con sus algodones de fuego y sus descomunales espermatozoides. De la oronda fascinación que produce aunque amenace a esta tierra. Porque amenaza a esta tierra. Va de un simple alambre doblado en forma de círculo, enganchado a un palito, para medir si se acerca o se aleja.

Yo, que creo que la melancolía arrasa el corazón y que las alas de la locura sirven tanto para sobrevolar el dolor como para huir cobardemente (aunque haya quien tenga muchos motivos para huir), confío en el arte como esa forma de mover las alas.

Va del Apocalipsis, de un planeta que hace boum. Va de ciencia ficción y de poesía real. De la imaginación como único lugar en el mundo en el que resguardarse.

Yo, que conozco de cerca la locura, hubiera preferido que ese planeta pasara de largo sin rozar la tierra. Que no venciera la locura. Pero claro, ella es la auténtica protagonista de Melancolía.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Amor tangible





















A qué estar tan tristes. Pensar sigue siendo gratis, bailar: gratis, follar: gratis, (hasta en los clubs, lo que se paga es la plusvalía que produce el rozamiento de los cuerpos pero no el sexo, el sexo no, que es gratis), el amor: más gratis que nunca, no hay impuestos que graven el ronquido, es gratis, ni rascarse cuando a uno le pica, donde a uno le pica, también gratis, ni los sueños húmedos con tu jefa, todos gratis, ni los paseos gratuitos bajo un sol gratuito mientras el horizonte, gratuito, baila a tu ritmo.

Leer blogs: gratis, las palabras de Manuel Vilas, gratis, su amor, grande como un oso pardo plantado sobre sus patas traseras, gratis.

Escribir: gratis. La afición de los pobres, todas esas palabritas, esparcidas aquí y allá, en cualquier cartel callejero, revoloteando sueltas en un autobús de línea, posadas en los botes de champú, en los grafitis de los suburbios, gratis todas. Al alcance de cualquier vagabundo.

Que no todo van a ser esos papelitos en serie, vulgares estampaciones impersonales. Algún día el dinero será algo pasado de moda, como el astracán o las pulseras magnéticas, como esnifar rape o pintarse un lunar. Diremos: ¿recuerdas la época del dinero?, con cierto desdén y suficiencia, como quien dice: ¿recuerdas la época de las grandes cruzadas religiosas?
Ay, añoramos tanto la alegre guillotina francesa.

Frente a la crisis, amor material, contante y sonante, amor tangible. Como este poema de Vilas.

EL CREMATORIO

Les pregunté por el horno a aquellos dos tipos,
era la noche del 18 de diciembre del año 2005,
carretera de Monzón, que no sabes dónde está Monzón,
es un pueblo perdido en el desierto.
Aires de tormenta en lo Alto, sobre la nada desnuda
como una recién casada, luna abajo de las carreteras muertas.
Monzón, Barbastro, mis sitios de siempre.
Me dejaron ver por la mirilla y allí estaba ya el ataúd ardiendo,
resquebrajándose, la madera del ataúd al rojo vivo.

El termómetro marcaba ochocientos grados.
Imaginé cómo estaría mi padre allí dentro de la caja.
Y la caja dentro del fuego y mi corazón dentro del terror.
Hasta las ganas de odiar me estaban abandonando.
Esas ganas que me habían mantenido vivo tantos años.
Y mis ganas de amar, ¿qué fue de ellas? ¿Lo sabes tú,
Señor de las grandes defunciones que conduces
a tus presos políticos a la insaciabilidad, a la perdurabilidad,
a la eternidad sin saciedad, oh, bastardo,
Tú me arrancas,
amor de Dios, oh, bastardo?
Recoge a ese hombre en mitad del desierto.
O no lo recojas, a mí qué puede importarme
tu presencia heladora en esta noche del borracho
que he sido y seré, contra ti, o a tu favor,
es lo mismo, qué grandeza, es lo mismo.
El principio y el final, lo mismo, qué grandeza.
El odio y el amor, lo mismo; el beso y la nalga,
lo mismo; el coito esplendoroso en mitad de la juventud
y la putrefacción y la decrepitud de la carne,
lo mismo es, qué grandeza.

El horno funciona con gasoil, dijo el hombre.
Y miramos la chimenea,
y como era de noche,
las llamas chocaban
contra un cielo frío de diciembre,
descampados de Monzón,
cerca de Barbastro, helando en los campos,
tres grados bajo cero,
esos campos con brujas y vampiros y seres como yo,
“allí sube todo”, volvió a decir el hombre,
un hombre obeso y tranquilo,
mal abrigado pese a que estaba helando,
la espesa barriga casi al aire,
“dura dos o tres horas, depende del peso del difunto,
dijo difunto pero pensaba en fiambre o en saco de mierda,
antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos,
y ha tardado un rato largo”, dijo.
“Muy largo, me parece”, añadió.

“Mi padre sólo pesaba setenta kilos”, dije yo.
“Bueno, entonces costará mucho menos tiempo”,
dijo el hombre. El ataúd ya eran pepitas de aire o humo.

Al día siguiente volvimos con mi hermano
y nos dieron la urna, habíamos elegido una urna barata,
se ve que las hay de hasta de seis mil euros,
eso dijo el hombre.

“Sólo somos esto”, sentenció el hombre de una forma ritual,
con ánimo de convertirse en un ser humano, no sabiendo
ni él ni nosotros qué es un ser humano,
y me dio la urna guardada dentro de una bolsa azul.
Y yo pensé en él, en lo gordo que estaba, en cuánto tardaría él
en arder en su propio horno. Y como si me hubiera oído
dijo “mucho más que su padre” y sonrió agriamente.

Entonces yo le dije “el que tardaría una eternidad
en arder soy yo, porque mi corazón
es una piedra maciza y mi carne acero salvaje
y mi alma un volcán
de sangre a tres millones de grados,
yo rompería su horno con solo tocarlo,
créame, yo sería su ruina absoluta,
más le vale que no me muera por aquí cerca”.
Por aquí cerca: descampados de Monzón,
caminos comarcales,
Barbastro a lo lejos, malas luces,
ya cuatro grados bajo cero.

Coja las cenizas de su padre, y márchese.
Sí, ya me voy, ojalá yo pudiera arder como ha ardido
mi padre, ojalá pudiera quemar
esta mano o lengua o hígado de Dios
que está dentro de mí,
esta vida de conciencia inextinguible
e irredimible;
la inextinción del mal y del bien,
que son lo mismo en Él.
La inextinción de lo que soy.

Ojalá su horno de ochocientos grados quemase lo que soy.
Quemase una carne de mil millones de grados inhumanos.
Ojalá existiera un fuego que extinguiese lo que soy.
Porque da igual que sea bueno o malo lo que soy.
Extinguir, extinguir, extinguir lo que soy, esa es la Gloria.

Coja las cenizas de su padre, y márchese.

No vuelva más por aquí, se lo ruego, rezaré
por su padre. Su padre era un buen hombre
y yo no sé qué es usted, no vuelva más por aquí,
Se lo ruego. Por favor, no me mire, por favor.

Tuvo un Seat 124 blanco, iba a Lérida,
visitaba a los sastres de Lérida y a los de Teruel,
comía con los sastres de Zaragoza,
pero ahora ya no hay sastres en ningún sitio,
dijo una voz.

Qué solo me he quedado, papá.
Qué voy a hacer ahora, papá.
Ya no verte nunca es ya no ver.
Dónde estás, ¿estás con Él?
Qué solo estoy yo, aquí, en la tierra.
Qué solo me he quedado, papá.

No me hagas reír, imbécil.

Oh, hijodeputa, has estado conmigo allí
donde yo estuve, sin moverte de las llamas.
He viajado mucho este año, mucho, mucho.
En todas las ciudades de la tierra, en sus hoteles memorables,
y también en los hoteles sucios y bien poco memorables,
en todas las calles, los barcos y los aviones,
en todas mis risas, allí estuviste, redondo
como la memoria trascendental, ecuménica y luminosa,
redondo como la misericordia, la compasión y la alegría,
redondo como el sol y la luna,
redondo como la gloria, el poder y la vida.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La ficción de la memoria

Vi un documental sobre los recuerdos, sobre los recuerdos traumáticos que se guardan en la memoria a largo plazo y que no se archivan en bloque sino por fragmentos, una parte en el hipocampo, una parte en la amígdala, y que a veces recuperamos en bloque gracias al córtex, a veces por trozos, como si hubiera pasado por allí Jack el destripador.

Me interesa la memoria y sus mecanismos, casi tanto como la metaliteratura, pensar en la memoria desde la propia memoria. (Como si fuera posible recordar con algo que está fuera de la memoria... Escribí algo sobre ello).

Me interesa la memoria y la ficción, pero sobre todo las relaciones que se establecen entre ambas.
Los manicomios. Los periódicos de hace veinte años. Los sueños de la gente que quiero.

Me desconcierta quedar con esa amiga de adolescencia, que era más tu novio que tu amiga, más tu familia que tu novio, y descubrir que cada una recuerda cosas completamente diferentes, como si hubiéramos convivido en lugares distintos. Que es el montaje del director lo que hace la película.

Me interesa la memoria como esa ficción propia que va creciendo hacia atrás, basada no sólo en la selección de los recuerdos sino en la forma de combinarlos y presentarlos.

Y me interesa por lo que tiene que ver con la escritura, por ser ese vertedero donde se rescatan desechos para crear algún artefacto reciclado. Tú alegarás: no todo es literatura de la experiencia. Y yo convendré: cierto, es más, cuanto más se alejan los personajes de uno mismo, más precisos se dibujan, cuanto más cercanos, más plasticosos.
Aún así, todo emana de la propia experiencia, toda emoción reconstruida hace pie en la amígdala.

Ahora escribo sobre adolescencia y rescato archivos con tesón, como una trabajólica de la nostalgia, abro el archivo del hipocamo, abro el archivo de la amígdala, rescato el recuerdo, lo trabajo, lo machaco, le añado brazos, le añado melena y hasta genitales, le añado bonitas piernas con las que camina solo, hasta que ya no sé de dónde viene y no adónde va, como una vulgar Noelia de Nino Bravo.
Al final, cuando lo devuelvo a su sitio, se parece muy poco al recuerdo original aunque conserva ese aire de familia.

Y eso es lo extraño que quería contarte, que escribir modifica los recuerdos, ¿a que es muy extraño? y que no sé qué conclusiones se derivan de ello, que no sé si debería llamar a esto escritura terapéutica, que no sé a dónde conduce esa modificación de los recuerdos: si a algo que se parece a la verdad o a eso que está fuera de la memoria, llámalo realidad, llámalo ficción.