sábado, 29 de octubre de 2011

Echar a andar


Eso que queda de mí
tras desprenderme de mi coraza
tras desprenderme de mi plumaje
tras desprenderme de mi pellejo
no es más yo
que esa ráfaga de viento que de pronto
alborota mi cabello
ese viento que no tiene color
que no tiene imagen
que no tiene dueño
que es infinitamente más yo
que esta anónima, terrible calma.

(La poesía es estar completamente perdido y echar a andar, se me ocurre)

martes, 25 de octubre de 2011

Un partido en diferido

Un partido en diferido es lo que es esta vida. Celebramos los goles sólo para poder darle al rewind y ver cómo celebrábamos los goles. Fabricamos recuerdos en el área para regurgitarlos en los descansos, que es donde verdaderamente se teje el hilo argumental de la propia vida. El estilo no deja de ser ese césped que de tan verde recuerda a la infancia, esa forma de correr como si el suelo fuera a desparecer bajo los pies.

Pero esta vida hay que ganársela, porque aunque lo parezca, no te la regalan, te la fían unos usureros al nacer.
Por ello este domingo me subdité al reino de la oposición, que por si alguien no ha estado nunca, es el reino de la duda; frente a la certeza de la muerte, cuatro alternativas con apariencia de verdad criminal.
Sufrí, dudé, morí unas ochenta veces en hora y veinte. Con lápiz del número dos.
Un poco como Simoncelli, que lleva muriendo tres veces por minuto en el you tube desde anteayer.
O como Gadaffi- qué muerte tan increíblemente roja-, cuya mirada se ha enganchado en mi rewind, mientras en el salvaje oeste los sheriffs de bien se congratulaban por el linchamiento y el emperador exhibía su rechoncho pulgar boca abajo.

La crisis llegó también a las bandas terroristas. La misma crisis que ahora vigila de cerca a los escoltas. Convendrás conmigo en que todo tiene ventajas e inconvenientes, hasta morirse tiene ventajas. Pero lo cierto es que lo único que habría que agradecerle a ETA -y se trata más bien de una carambola que de una tacada directa- es que los políticos de Euskadi sean ostensiblemente mejores que los del resto del territorio español, exceptuando aquellos que no tenían que besar el suelo antes de subir al coche, que son de por sí tan rastreros como los de cualquier otro lugar, y a Mayor Oreja, claro. Exceptuando a aquellos que aunque los terroristas se abrieran las carnes en público, invocando el perdón a sus víctimas y luego se tiraran por un puente, no sin antes haberse rociado con gasolina y arrimado una cerillita, aún tendrían que objetar: sí, bueno pero deberían haber saltado de rodillas y con los brazos en cruz.

En fin, que Eguiguren me sigue poniendo, eso es lo importante, un pequeño misterio en el mismísimo centro de la libido.

Y que en este partido en diferido, vivir se aparece hoy como una alternativa algo menos incierta.

martes, 18 de octubre de 2011

Diga a


¿Duele?
sólo cuando recuerdo
respire
¿con qué?
con los ojos, vaya pregunta

Suelte el aire
uffff
diga a
¿mayúscula o minúscula?
como si es versalita, tanto da
Ah!

Saque la lengua
¿a quién?
Al FMI, a Goldman Sachs, a Leire Pajín, a Pedro Piqueras, a Emilio Botín, a Amaia Montero, al virus del papiloma humano, a Ana Rosa Quintana, a Miguel Bosé, a la revista de Ana Rosa Quintana, tanto da. Y ya puede bajar los brazos.
¿como los olvidados, como los desheredados, como los refugiados, como los moradores de las afueras, como los que no tienen nada que ganar ni que perder?
Como los gimnastas al finalizar su ejercicio.

¿Le duele?
sólo cuando lo nombra
¿qué nota?
como una gelatina crecer bajo el pecho
¿le importa que pruebe?
sírvase
yo diría que tiene un toque amargo, entre la angostura y el bitter kas
no sabría decirle, yo…

A ver, respire de nuevo,
uuuuf
saque la lengua,
ah!
diga a
a
diga a
a
está todo bien.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El enigma del sexo




















Algunas veces me gusta ser mujer, pero así en general preferiría ser un hombre, ya lo sabes, tener un potente bazoka, y no todas esas armas de pequeño calibre repartidas por el cuerpo.

Estos días veo unos documentales de la 2, El enigma del sexo, que me llevan a pensar que lo único importante es estar ahí. Aquí.
Es tan emocionante ver la vida abriéndose paso- como vulgarmente se dice- con la maza del instinto. Asistir no ya al amor chiquito, al particular, al del tuteo, sino al amor a la especie, a la descarnada lucha por la reproducción. Es mucho amor el amor a la especie. No me cabe en la boca al pronunciarlo, no cabe en todo el ancho de Internet al escribirlo, el amor a la especie, el amor a la humanidad, el amor a la animalidad, el amor a la insectividad, el amor a la peceridad.

Es emocionante, digo, ver cómo en la noche las hembras de un pez (tal vez llamado lábrigo de cabeza azul) liberan sus huevos en espirales de moco luminoso, que entrarán en contacto con el esperma fluorescente, iluminando el mar de Bermudas con sus miles de farolillos, como en una verbena orgiástica.
O contemplar a los caballitos de mar dulcemente enredados, bailando durante la cópula, con la delicadeza de las figuritas de una caja de música.

Claro que no todo es idílico en el reino animal, también hay celos y posesión.
Los machos de sepia (o sepios) bombean agua dentro de su pareja (como si fuera un bombín) para expulsar cualquier resto de semen previo, antes de eyacular su chorro de esperma dentro de ella.
Las hembras del caballito del diablo son promiscuas y capaces de almacenar grandes cantidades de semen de muy variada procedencia. El macho, que lo sabe, posee un pinchito en el pene, con el que rasca la cámara donde se acumula el esperma en la hembra para limpiarla de cualquier resto, antes de rociarla con el suyo, el auténtico, el único y verdadero (como la propia religión).
Lo de la crisálida australiana va aún más allá: las parejas, que nada tienen que envidiar a Sánchez Dragó y su sexo tántrico, forman un tándem follador durante 48 horas seguidas. En ese tiempo, el macho le transfiere a la hembra algo más que su esperma, le deja una sustancia que sella su orificio sexual para siempre, un cinturón de castidad en toda regla.

Pero sin duda la mayor prueba de amor, más enternecedora que un caballito de mar macho con contracciones de parto, es la de una araña venenosa cuyo nombre no recuerdo. Ella es grande y peluda, y una fábrica imparable de huevos. Acercarse a ella durante el cortejo ya supone toda una aventura. El macho, chiquitín pero con arrojo, se coloca cauteloso sobre ella, saca sus palpos provistos de esperma y adentra uno de ellos en su abertura genital donde empieza a depositar el contenido. A continuación, sin pensárselo dos veces, se lanza a la mandíbula abierta de su amante, en un acto alimentario y suicida al tiempo, cuyo único objetivo es entretener a su hembra masticando- masticándolo- y así tener tiempo de transferirle todo el esperma. La hembra acaba devorándolo, claro. La especie, engordando.

No me digas que no es hermoso.

sábado, 8 de octubre de 2011

Escribir, instrucciones de uso



Escribir, instrucciones de uso:


1. coger el sufrimiento que viene en la caja negra, por las puntas, con cuidado de no dejar marcas de huellas personales que luego queden en el papel.

2. extenderlo bien, ayudándose de las palmas de las manos, de los codos, del hígado, del páncreas y hasta del corazoncito, si fuera necesario. Siempre con movimientos circulares. (Nota: si no se dispone de un corazoncito a mano, pueden utilizarse entrañas, el resultado es similar).

3. dejar secar hasta comprobar que las partículas de carbón de la frustración, el desencanto y la desesperanza se han adherido bien al papel. Por ese orden.

4. retirar el sobrante, soplar y leer una vez en voz alta, como si fuera una carta de la seguridad social.

5. no releer jamás.

En realidad, para escribir sólo hace falta pecado y culpa. Pecado y culpa. De venta en cualquier farmacia.

Je me sens coupable parce que j´ai l´habitude, c´est la seule chose que je peux faire avec una certaine certitude. Echo de menos a Lhasa.

domingo, 2 de octubre de 2011

12 veces Houellebecq


Otra prueba irrefutable de que dios no existe. Esa madre que convence a su hija, a punto de salir de cuentas, de que vaya a la parroquia a rezar por un buen parto y allí un desconocido, que llevaba al diablo detrás, le dispara un tiro en la sien.

Efectivamente, ella no sufre durante el parto.

Leo el último de Houellebecq y me alucina cómo se personajifica, cómo se representa a sí mismo en su novela, como un tipo depresivo, alcohólico, solitario y enganchado al embutido, que no para de rascarse por su micosis.
Qué huevos. La empatía está garantizada: a todos nos pica en algún sitio.

La fotografía de la solapa interior está cuidadosamente elegida: Houellebecq aparece absolutamente repugnante, mirada perversa, cejas en accent circonflêxe, cabello fino y ralo, parka verde con capucha, a juego con la cara de freak.
Tiene algo repulsivo y sin embargo, es imposible no amar a Houellebecq a medida que uno va deshojando páginas, para acabar, invariablemente, ya sea página par o impar, con un te quiero, Houellebecq.
Me gusta eso de no mostrar la mejor cara a los demás, sino todo lo contrario, establecer rigurosos filtros, pequeñas barreras protectoras aunque sea con las propias excrecencias.

Pero se produce un hecho curioso en esta novela, y es que los personajes de Houellebecq son siempre muy Houellebecq, un tipo recurrente y fácilmente reconocible en todas sus novelas: solitario, de cierto nivel cultural, de padres que no se han ocupado de él cuando niño, infancia triste por consiguiente, lúcido y falto de prejuicios morales, que en el fondo cree en el amor o en el sexo, que viene a ser lo mismo. ¿Entonces quién demonios es ese que aparece como Houellebecq, el escritor, junto al Houellebecq habitual que nunca se llama Houellebecq?
Es una puta locura.
En este caso, el personaje principal se llama Jed y es artista, aunque ya todos sabemos que es otra forma de llamarse Houellebecq. Ni idea de quién es ese otro personaje secundario que responde al nombre de Houellebecq, el escritor. Un personaje, sin duda. De pura ficción, sin duda, que de eso trata toda esta historia llamada literatura.

Al fin y al cabo, puede que dios sí exista, y es sólo que al diablo le encanta estar donde está él.