domingo, 6 de noviembre de 2011

La ficción de la memoria

Vi un documental sobre los recuerdos, sobre los recuerdos traumáticos que se guardan en la memoria a largo plazo y que no se archivan en bloque sino por fragmentos, una parte en el hipocampo, una parte en la amígdala, y que a veces recuperamos en bloque gracias al córtex, a veces por trozos, como si hubiera pasado por allí Jack el destripador.

Me interesa la memoria y sus mecanismos, casi tanto como la metaliteratura, pensar en la memoria desde la propia memoria. (Como si fuera posible recordar con algo que está fuera de la memoria... Escribí algo sobre ello).

Me interesa la memoria y la ficción, pero sobre todo las relaciones que se establecen entre ambas.
Los manicomios. Los periódicos de hace veinte años. Los sueños de la gente que quiero.

Me desconcierta quedar con esa amiga de adolescencia, que era más tu novio que tu amiga, más tu familia que tu novio, y descubrir que cada una recuerda cosas completamente diferentes, como si hubiéramos convivido en lugares distintos. Que es el montaje del director lo que hace la película.

Me interesa la memoria como esa ficción propia que va creciendo hacia atrás, basada no sólo en la selección de los recuerdos sino en la forma de combinarlos y presentarlos.

Y me interesa por lo que tiene que ver con la escritura, por ser ese vertedero donde se rescatan desechos para crear algún artefacto reciclado. Tú alegarás: no todo es literatura de la experiencia. Y yo convendré: cierto, es más, cuanto más se alejan los personajes de uno mismo, más precisos se dibujan, cuanto más cercanos, más plasticosos.
Aún así, todo emana de la propia experiencia, toda emoción reconstruida hace pie en la amígdala.

Ahora escribo sobre adolescencia y rescato archivos con tesón, como una trabajólica de la nostalgia, abro el archivo del hipocamo, abro el archivo de la amígdala, rescato el recuerdo, lo trabajo, lo machaco, le añado brazos, le añado melena y hasta genitales, le añado bonitas piernas con las que camina solo, hasta que ya no sé de dónde viene y no adónde va, como una vulgar Noelia de Nino Bravo.
Al final, cuando lo devuelvo a su sitio, se parece muy poco al recuerdo original aunque conserva ese aire de familia.

Y eso es lo extraño que quería contarte, que escribir modifica los recuerdos, ¿a que es muy extraño? y que no sé qué conclusiones se derivan de ello, que no sé si debería llamar a esto escritura terapéutica, que no sé a dónde conduce esa modificación de los recuerdos: si a algo que se parece a la verdad o a eso que está fuera de la memoria, llámalo realidad, llámalo ficción.

11 comentarios:

emilio calvo de mora dijo...

Trabajólica, me gusta. En lo demás, disfrutable post, por lo que tiene de uno mismo en sus adentros. Estoy fascinado por la memoria, por cómo nos guía y cómo la modificamos a capricho para que la guía vaya a capricho de nuestros deseos, pero no los deseos del pasado sino los del ahora, tan huidizo. Un beso,.

Roberto Sastre dijo...

La literatura es el parapeto más sofisticado que existe. Una vía de escape muy mediata. Es huir de uno mismo lentamente. Es fugarse.

Un parapeto de lo miserable claro. Por eso la historia de la literatura es una ristra de alcohólicos, trastornados y maniáticos. Eso sí que es plasticosamente fúnebre.

NáN dijo...

Hubo un tiempo en el que la mayoría de la gente podía pasarse la vida entera sin salir de su pueblo o ciudad. Las artes (incluida la escritura) documentaban el mundo, el verbo se hacía carne; los escritores inventaban historias del mundo, para que los lectores (clase media para arriba, lo conocieron.

El mundo se hizo más complejo, los libros se hicieron más baratos, la fotografía se extendió, apareció el cine. Los artistas visuales ya no podían pintar un cerezo, sino mostrar colores. Los escritores ya no podían documentar y psicologizar los personajes.

Entonces empezó a existir la realidad real, gracias a Kafka, Joyce, Proust y tantos otros.

Una realidad inventada que ya no salía de la imaginación para contar una realidad falsa.

La verdad es lo que importada; una verdad auténtica que no se parece a la realidad perso es más real que esta: la memoria y el juicio crítico, la lengua como patrimonio de todos, que hay que remover un poco.

Cuando leo un libro del XIX, me parece estar leyendo una fantasía. Se parece a los cuentos que me contaban de niño. Cuando leo un libro del siglo XX, no tengo esa sensación: me parece que hay un diálogo entre quien lo escribe y yo. Un diálogo que lleva a alguna parte, que en mi caso de lector es producir cambios diminutos de mi yo: esa transformación que me permitirá morirme siendo muy diferente de como nací; muy diferente, sobre todo, del momento en que se dio por sentado que ya era un adulto.

El escritor, si es bueno, juega ahora con las trampas de la memoria y la eficiencia en el trastocamiento de la lengua (que de dominar), para plantear honestamente ese diálogo con el lector, de uno en uno.

Ambos saben que hay falsedades, que debe haberlas, pero dialogan o combaten en la realidad profunda de quienes son.

Tu amiga y tú teníais una sintonía emopcional perfecta, pero las perspectivas desde la que veíais el mundo tenían un ángulo de posición distinto; después, fuisteis reelaborando los recuerdos (crecieron con vosotras, los adaptasteis al nuevo yo). No me extraña que los recuerdos sean distintos.

Y sin embargo, los dos me parecen absolutamente reales.

Así que juega con la memoria, sufre con ello, reelabora desde quien eres ahora, y sigue escribiendo estupendamente para darnos libros que nos cambien un poquitín. Leemos porque no queremos ser quienes somos. Y la literatura es la única realidad que nos hace avanzar (la realidad de los medios de comunicación nos embrutece y hace retroceder).

Estoy en desacuerdo con Roberto: el parapeto lo pone el sistema; la buena literatura es la que abre agujeros en el muro. Lo que nos hace mejores personas (no confundir con buenas personas), aunque peores ciudadanos (que viene a ser lo mismo).

MUY SEÑORES MÍOS dijo...

La memoria es como un puzle incompleto, con el que es divertido jugar; es un trampolín de un material más elástico que el ectoplasma, desde el que obligatoriamente nos tenemos que proyectar… y así nos va.

Un beso.

Raúl dijo...

A mí sólo me interesa recordarte.
Sonrío.

NáN dijo...

Últimamente estoy leyendo más “novedades” de lo que me permite mi religión, a pesar de que siempre dije que los libros son como el arroz, que hay que dejar que repose antes de comerlo. Y anoche me acosté con el último libro de Beigbeder, que trata de un tipo de clase alta que “realmente” no tiene memoria de su infancia, y busca reconstruirla a partir de detalles diminutos, esperando que al escribirlos vaya apareciendo el resto. Como verás, muy relacionado con lo que has escrito.

(los que no dormimos con un hombre o una mujer, sino con un libro, ¿podríamos llamarnos librosexuales y exigir que podamos casarnos con nuestra biblioteca e incluso tener hijos, es decir parir libros nuestros? Fin de la intromisión).

El caso es que anoche, en la página 24, leí unos párrafos que me remitían constantemente a tu escrito.

A saber:

“Mi única esperanza al iniciar tamaña zambullida es que la escritura haga revivir la memoria. La literatura se acuerda de lo que nosotros hemos olvidado: escribir es leer en uno mismo. La escritura reaviva el recuerdo; se puede escribir igual que se exhuma un cadáver. Todo escritor es un ghostbuster; un cazador de fantasmas”.

Y a saber:

“La veo, la contemplo, pero cuando me acerco a ella se me escapa, se volatiliza; así es mi infancia perdida. Rezo para que el milagro acontezca en este libro y mi pasado se vaya revelando lentamente, como si fuera una Polaroid”.

Bárbara dijo...

Desde luego, EMILIO, cómo adaptamos la realidad, la fantasía, la memoria y todo lo que nos pongan por delante a nuestros deseos, y además no nos cuesta nada justificarlo. Beso.

ROBERTO, no creo que haya más alcohólicos y trastornados que en la historia de los zapateros remendones, de los comerciales de seguros o de las azafatas de vuelo, la verdad. Me parece más un mito que otra cosa.

Yo hay épocas, NÁN, en que busco con insistencia la compañía de los muertos, como si escondiesen alguna verdad que tengo que extraerles mediante autopsia literaria. Pero las más de las veces, también prefiero a mis contemporáneos por aquello de que compartimos el momento.
Forzar la memoria, estirarla hasta la mentira para sacudirle alguna verdad, de eso se trata.
¿Vale la pena la novela de Beigbeder?
Esos extractos me han afilado los dientes.
Por cierto, debería haber un botón en blogger para enmarcar comentarios, porque estos dos comentarios tuyos son para enmarcarlos, my friend.

¿Completaremos el puzzle justo antes del último suspiro? a mí me gusta pensar que sí, MSM. Beso.

Que me pongo tontorrona, RAÚL, je.

NáN dijo...

Bueno, Bárbara, escribe siempre sobre sí mismo, su vida, citando cosas de otros libros (Com Houellbecq en El plano y el territorio, que se cita a sí mismo y también a B (deben ser amigos y poco soportables).

Si te das cuenta de que, aparte de la megalomanía (que tiene sus aficionados y sus detractores), también escribe "de otra cosa", lo convierten en un libro muy bien elegido para leer.

Para mí, los dos subtemas son la historia de Francia en el siglo XX, formada por un pueblo entregado al hedonismo que, por ello, se ha vuelto amnésico, y la propia amnesia como una herramienta de los pudientes (entre los que se incluye) para enfrentarse a la "decadencia" (no le gusta la palabra "desclasamiento).

Me interesa que el desencadenante sea una detención y un calabozo: dice que la pérdida de la libertad libera la memoria del escritor. En un momento grita a los carceleros: "¡O me sacáis de aquí o escribo un libro!".

También es una secuela de la Recherche del tiempo perdido, todo el tiempo, y llega a decir que los burgueses franceses, como fu Proust, ya no tienen tiempo para perseguir ese tiempo.

Yo de ti la leería, forastera.

Anónimo dijo...

Con ese estilazo que tienes, Bárbara, ya podías decidirte y escribir algo molón, y no tanto bla bla.
Que las intimidades de uno, pardiez, no le interesan más que a uno. O dos, a lo sumo.
Antonio, un admirador, a pesar de.

http://ahoravasylocuentas.wordpress.com

Bárbara dijo...

¿Intimidades esto, Antonio? Lo que pasa por mi cabeza es el mundo de ahí fuera o, como decía, Lichtenberg "mi cuerpo es la parte del mundo que puedo controlar". Pero gracias no obstante.

Anónimo dijo...

¿Ese Lichber es el yanqui que dio la vuelta al mundo en avioneta? No sabía que había escrito sus memorias. De todas formas no te fíes, que dicen que le dio mucho el sol en la cabeza, y hazme caso a mí:
«Métele imaginación y humor a la cosa. Que se lo curren los lectores, que si sólo les das papilla de neuronas no aprenden a masticar y se les caen los dientes», como escribió Unamuno en "La Cabaña del tío Tom" (hay película). He dicho.
Saludos.
Antonio, un buen amigo.