miércoles, 28 de abril de 2010

Metabolizar el mundo

He decidido que lo que me queda de vida lo voy a dedicar a barbarablascograulear lo más que pueda, a ser lo más yo posible. Obvio, dices. No tanto, obsto. No tanto.
No es fácil delimitar la verdadera esencia del ser en este mundo globalizado, multicultural, diversificado, deslocalizado, desfocalizado, glocal, sinergético, y demás adjetivos chorras que broten de la fecunda e inverecunda mente de los políticos.
No se trata de querer ser especial. Desde que la publicidad nos hizo a todos especiales que ser especial ya no es lo que era. Hoy lo revolucionario es ser normal, enconadamente normal. Cosas de la cultura pop, del chorizo industrial y de la Champions (sobre todo de la Champions).
No. Yo he optado por barbarablascograulear sin pausa como rasgo predominante de mi idiosincrasia (siempre me remite a forma de vida idiota, la palabra idiosincrasia).
Y no por sospechar que albergo a un genio en mi interior, como le sucedía a Dalí cuando exclamaba, espeluznado:
“¿Cómo puede vivir la gente sin ser Salvador Dalí?”
¿Cómo? Me encanta Dalí. Menos cuando pintaba, me encanta Dalí. Con una ensaimada en la cabeza, con un gallo disecado al hombro, con margaritas en el bigote.

Ni siquiera a la manera de Satie:
“Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”,Y me encanta Satie, como a todo el mundo. Pero carezco de su global ironía, de su natural cosmopolitismo.

Tampoco con la furia de Panero, persiguiendo a Artaud:
“Me destruyo a mí mismo para saber que yo soy yo, y no todos esos”.
No, tampoco así. A pesar de la tentación matemática de liarse a despejar incógnitas a mamporros, hace tiempo que dejé las drogas, la algolagnia, el bondage, y en general cualquier forma de confabulación con el tiempo por redundante.

Barbarablascograulear sin más. Con la madura resignación derivada de la consciente delimitación espacio-temporal a la que se ve abocado todo ser. O lo que viene siendo: metabolizar el mundo (aunque no exista, aviso, metabolizar en el DRAE).
Barbarablascograulear desde las cuatro paredes de mi mujerismo, mi morenismo, mi peludismo, mi agnosticismo o mi valencianidad. (sí, van 5 y me llevo 2…)
Perforar el mundo desde el interior del propio ser. Profundizar-me, no para contraponerme, enorgullecerme, menospreciarme, mimetizarme o destruirme, sólo profundizar por profundizar. Lo que viene siendo ociosa curiosidad y cierto gusto por la extracción.
No es mucho. No es mejor que scarlettjohanssonear o que zadiesmithear. Ni siquiera sé si es mejor que espidofreirear.
Pero eso es a lo que me voy a dedicar. Por si te interesa saberlo.

martes, 20 de abril de 2010

el crítico y el autor



El crítico experimentado: Su obra, a pesar de carecer de un sustrato narrativo compacto y fiduciario, establece sin embargo una interesante relación ontológica entre subtexto e intertexto…
El joven autor novel: Yo quería hablar de las primeras pajas de unos chavales de La Coma o en su defecto de la inocencia como una forma de escapismo moral.
El crítico experimentado: Sí. Ya. La editorial Seix Barral apuesta con este libro por un joven valor de corte postmoderno, ¿significa eso que su nicho de mercado apunta ahora a la generación post-democracia, pre-cursor, a-políticamentecorrecta, in-wikipedia?
El joven autor novel: Eso, y que nunca me publicarán una reseña decente en Babelia. ¿Por cierto, me ha dicho usted que trabaja para El País?
El crítico experimentado: Para levantar el país, pero no nos desviemos. ¿La hermeneútica como tautología eviterna o como axioma inconcuso?
El joven autor novel: ¿Se ha tragado usted el best-seller de la RAE a palo seco?
El crítico experimentado: No, regado con Chateau Latour. Pero el papel ya no es lo que era. Ahora produce flatulencias, acidez en el mejor de los casos. Acaso sea la tinta, ya no se hace tinta como la de entonces, qué tinta, semen y sangre puros. Los jóvenes de hoy en día- no se me vaya a dar por aludido- no han conocido tinta así. Por eso tocan de oído, en inglés vernáculo, y todo les mola mazo.
El joven autor novel: Sigo sin entenderle. Yo utilizo lenguaje normalizado, del de Mercavalencia, o el del Ibex 35, según el día. Claro que tampoco entiendo El quijote, fermosa, priesa, fuyir, ¿por qué no traducen el quijote al español? ¿No hay presupuesto para traducir El quijote? ¿No hay un nicho de mercado donde pueda reposar tranquilo el quijote?
El crítico experimentado: Epatar, decir boutades. ¿Se considera usted el Morrison (Jim) de las letras?, ¿Se autoenmarcaría en la generación Pralín, la inmediatamente posterior a Nocilla, aún más postpost-todo?
El joven autor novel: A mí lo que me gustan son los Beatles. De siempre. Los Beatles pre-Yoko. Y no me compro ropa desde 1993, desde que cumplí los 14 y alcancé mi talla definitiva, incluida la circuncisión. Sólo leo el teletexto por otra parte.

El crítico experimentado: posiblemente triunfe usted aunque probablemente no pase a la historia de la literatura.
El joven autor novel: estoy aturdido y/o abrumado/a.
El crítico experimentado: ¿No tiene usted claro su sexo? ¿Es acaso el sexo neutro un nuevo punto en el manifiesto de la generación Tulipán, digo, Pralín?
El joven autor novel: Yo no tengo manifiesto. Ni siquiera gasto puntos en mis escritos. Lo hago todo de corrido, y sin comas.
El crítico experimentado: ¿pretende usted escapar al etiquetado? El universo literario es así, no lo he inventado yo, le advierto.
El joven autor novel: ¿Puedo comerme la aceituna de su vermú?
El crítico experimentado: Proceda. Proceda con gusto.
El joven autor novel: mmñam… ¿y efto cuando shale?

viernes, 16 de abril de 2010

Reig, cómo no quererte, cabello

Este cuerpo es una casualidad ante el espejo
En sacapunta donde va el asento
Nino bravo tenía pelo lacio
Reig como no quererte cabello
Uñas del pulgar de porno gratis
Guarras echándose saliva
La mayoría son botes de fresa sintagma
Mi hija tiene cartas y no cree en dios porque?

Este podría ser un poema surrealista, de escritura automática, o dadaísta como dijo
Especies pero no, son las palabras clave que algunos introdujeron con fe y faltas ortográficas (lo de la fe es menos cuestionable) en el Google y que por alguna misteriosa razón condujeron a este blog.
Cuanto más leo la selección, más me gusta.
Mis versos preferidos son: Reig, cómo no quererte, cabello, en mi propia versión acentuada, que divide el poema en dos, y condensa la intensidad dramática entre esas hebras enfáticas que imagino grasientas, y: la mayoría son botes de fresa sintagma, como punto álgido, como un resumen-aspiración antes del cierre-suspiro. La fresa sintagma, entre la ácida Cheiw y la dulce Trident, como una categoría más del alma.

Sigue destilando poesía la casualidad.
Aunque yo sigo odiando con estupor la poesía de la casualidad, ese dejar correr la mano más rápida que la idea para que ella sola encuentre el significado del placer, en un acto de onanismo público. Cuando lo encuentra.
Lo que fueron los puntales del surrealismo, libertad onírica, humor y pasión erótica son hoy los fundamentos de las búsquedas del Google.
Hoy, Breton y Tzara jugarían a apostar quién es capaz de componer el poema más delirante (hermoso vocablo, aún más que demente) con las palabras claves del Google, como si de un inconsciente colectivo se tratara.
Tal vez Walser no hubiera acabado en Herisau de haber tenido blog.

Y sé que con esto sólo consigo alimentar el círculo vicioso, como ya sucede con una búsqueda convertida en un clásico porque un día la traje al blog: mujeres mal centadas mostrando el chocho, o en su versión erudita: mujeres mal sentadas mostrando el chocho.
Una frase que sigue surcando mi inconsciente, en busca de nuevos y reveladores significados.
Y es que, manejando los hilos del Google, entreveo algo parecido a un Dios diseminando sus caóticas y precisas señales.

martes, 13 de abril de 2010

Una habilidad innata

Poseo una habilidad innata, desmañada, desabrida, hosca, desidiosa, negligente pero certera para meter la pata, así como quien no quiere la cosa, con la mejor de las intenciones.
Recuerdo cuando andábamos a la caza de piso, y me topé con el único vendedor que no era un cretino de pelo engominado, de ésos que llevan zapatos de chúpame la punta y ajustado traje de rayitas. Le repetí mi sueño en forma de ladrillo:
- Ático, más de 100 metros, el barrio nos da igual. Siempre que no sea Campanar. Cualquier barrio menos Campanar. Odio Campanar- dije con un énfasis que no he puesto en nada en mi vida, ni en el trabajo, ni en los estudios, ni siquiera en el sexo.
Y por la cara que puso, supe, antes de haber completado la frase, que él vivía en Campanar, que él era de Campanar, que sus raíces con aquel barrio le unían con vigor a la tierra.
- Además de ser de allí, tengo dos pisos en el barrio, como inversión. Es un barrio en expansión- dijo encogiéndose de hombros, como disculpándose.
Qué majo era.
- Es un gran barrio, es sólo que tuve un novio de Campanar y aquella historia me trae tan malos recuerdos...
Excusa idiota donde las haya. Claro que si llego a profundizar, seguro que aquel novio resultaba ser su hermano.
Pero así hiero yo, de forma gratuita e imbécil, al menor descuido.
El otro día volvió a suceder. Quedé con Olga para tomar café. Compañera de correrías a los quince, rubia, de labios carnosos, divertida, locuela, de vida desbocada pero señorona, Olga se casó con un griego en Berlín, tuvo dos hijos, se separó y se volvió para España donde se volvió a casar.
- Mi hijo le dijo el otro día a Víctor que con un padre muerto era suficiente…
- ¿Cómo que un padre muerto?- inquirí.
- Ah, pero ¿no te lo he contado?, resulta que hace un par de semanas, mi ex salió a cenar con una amiga, se puso contento y ya en casa, en plena faena, le da un ataque al corazón y cae fulminado.
- ¡No jodas! exclamo festiva, jovial, dicharachera mientras se me escapa una risilla incontenible, como si acabara de contarme un chiste picante, ese que está un griego follando y va y la palma…
Un drama para sus dos hijos. Era un buen padre. Ellos lo querían. De hecho preparaba un viaje para pasar unos días con ellos. Olga les contó que no sufrió, que se fue dulcemente, omitió los detalles escabrosos, la nariz rota, el charco de sangre que provocó el brusco desplome. Y yo sin lograr borrar del todo esa sonrisilla de gilipollas psicopática.
- Para colmo- continúa su relato- voy a Berlín con los niños para decidir con mi cuñado qué hacer con el cadáver, si llevarlo a Grecia o incinerarlo en Alemania y el muy cretino ni siquiera me deja entrar al piso a recoger las cosas de los niños. Y lo peor de todo es que, como todas las propiedades de mi ex estaban a su nombre, ha dejado a los niños sin herencia. El muy hijoputa ha preferido regalarle el negocio al empleado, un negocio del que yo sigo pagando las deudas. Tengo la mandíbula encajada desde entonces. Sueño que lo mato de todas las maneras posibles, que lo atropello, que lo enveneno, que lo estrangulo. Hasta he hablado con un matón para que le dé un susto. ¿Un susto?, me ha dicho, ya que te pones, mejor déjalo seco, que lo mismo que van, las palizas vuelven… Porque no tengo tanta pasta que si no…
A estas alturas, más que asentir, cabeceo con violencia, tremendamente seria, completamente solidarizada con la injusticia perpetrada contra sus hijos. Y para compensar mi reciente insensibilidad, hasta me planteo que el asesinato por encargo es la única solución posible y a punto estoy de prometerle que yo misma iré a Grecia en el primer avisón que salga para liquidar al cuñado y ahorrarle la abusiva tarifa del sicario.
Ni siquiera se me ocurre hacerla recapacitar.

Pero no acaba ahí la cosa. Cuando uno está en racha no puede parar, y empalma unos balones con otros, sin dejar siquiera que boten en el suelo.
Olga ha quedado con una amiga suya que hace por lo menos quince años que yo no veía. Entra en la cafetería con una chiquita que se mete directamente en el baño.
- Bárbara, ¡cuánto tiempo! estás igual, me dice.
Dos besos.
- Tú también, Clara. ¿Es tu hija?- pregunto con cariño, por parecer cortés, segura de que es su hija.
- ¿Mi hija?, ¿la que ha entrado en el baño? No, no, es una amiga. Si tiene 27 años…
Y sí, cuando vuelve del baño, ya no me parece que la chiquita tenga 13. Estaba convencida. ¿Mi hija?- no cesa de rumiar Clara. Si es matemáticamente imposible- añade, completamente hundida-. Contemplando ahora esos labios falsamente abultados, esos pechos artificialmente ingrávidos, comprendo que mi frase la ha herido como el más afilado de los puñales. Y no ceso ya de deshacerme en alabanzas compulsivas:
- Oye, pues estás superguapa, ¿eh?, se te ve realmente bien.
-¿Sí? vengo del médico para que me prorrogue la baja por depresión.
Y ahora que me fijo de nuevo, va de negro, sin pintar, la larga melena desmañada y tiene unas profundas ojeras.
- Es que Clara se está divorciando- me cuenta Olga. Ahora nos vamos al juzgado.
Lo dicho, una habilidad innata.

miércoles, 7 de abril de 2010

Al fondo a la izquierda


El vacío no está en el folio en blanco. El vacío flota blancamente dentro de uno y es el folio el recipiente con el que se recogen las letras de barro para verterlas dentro y saciar al bicho.
Tiene mala fama el vacío, pero el vacío lo contiene todo, no existe mejor lugar donde plantar transgénicos.
Descartar el resto de historias para quedarse con una sola, y de ella, con los momentos capitulares que mostrar, es elegir desde qué piedra lanzarse al vacío. Siempre he sospechado que se trata de cerrar más que de abrir, de engullir más que de vomitar, de saciar más que de brindar.
Es hora de planear de nuevo sobre el vértigo, de empezar una nueva historia. Ya he elegido mi roca desde la que saltar.
...
Tal vez el arte sea estirar de los hilillos de una guirnalda, o cortar esos otros hilillos que sobresalen de la falda. Poner un cuadro recto. Peinar una greña enarbolada. O despeinar esa greña en un tocado impecable.
Yo asocio la creación al hecho de completar o al hecho de rectificar, o a una acción que combine ambas acciones. A cerrar más que a abrir, a engullir más que a vomitar, a saciar más que a brindar. Me repito.
La vida es ese asunto inconcluso que debe ser completado por la ficción (mejor por la ficción pura que por la religión). Me gustaría ver el final, el final del planeta, el final del universo, el final de los tiempos, arder o helarme, asomarme por unos instantes al Aleph.
Pero no es posible. Cristo, como un Golem, resucita cada año, con la misma alegría, con el mismo dolor. Y todo vuelve a comenzar. Si todo vuelve a comenzar.
...
Respecto a los frutos, libertad es lo máximo que proporciona la escritura. Lo único que proporciona la escritura. Auuuuhhh, me siento tan libre cuando escribo que me dan ganas de ponerme en pelotas frente al ordenador y vociferar las palabras en lugar de teclearlas. Mis pulmones se dilatan cual cuello de útero a punto de parir. Poseo libertad para que mis personajes engorden sus fantasías sexuales, para que los malos reciban su justo castigo o no lo reciban, para coleccionar serendipias a tutiplén, libertad para hacer de un adjetivo un sustantivo, y para derivar de éste un verbo.
Libertad dentro de los límites morales que proporcionan las cuatro esquinas del folio, claro está.
Me confieso esclava de esa libertad.

...
Mucho se habla del estilo de los escritores pero poco de las relaciones que establecen con su propia imaginación. De eso me parece que se habla poco.

...
Y aunque soy más de Aristóteles que de Platón, pienso estos días que la izquierda decepciona por definición, fracasa por principio. Y que es absurdo entristecerse por ello. No hablamos ya de utopías, sino de cuántos segundos es capaz uno de permanecer en equilibrio sobre un ideal.
Por su parte, la derecha existe ya. Y no deja de parecerme una redundancia y una falta de ambición desear lo que ya existe.
Tampoco es casualidad que el urinario esté siempre al fondo a la derecha.
De alguna manera, todas las novelas se ambientan en la derecha pero el río interno que recorre a las que me gustan fluye hacia la izquierda; y es allí donde queda, eternamente posada, la mirada.