viernes, 26 de marzo de 2010

La poesía de la casualidad

Me gusta la palabra demente. Borraría del diccionario la expresión “de ensueño”. Me gusta la palabra celosía. No me gusta la palabra sinergia. Y en otro orden de cosas, me gustan boliche y crápula.
Claro que todo tiene una explicación.
Pienso que las enfermedades no son casuales, sino síntomas de una patología universal.
Y hasta que no se demuestre lo contrario, quiero que se respete mi presunción de ateísmo. Sin embargo, me paso la vida interpretando señales, tratando de sincronizar mi cuerpo con la música que suena. Aunque no entienda la letra.
Y en ocasiones veo muertos.
- Ajá, así que ha ido a enfermar precisamente del hígado…
Cargo mis silencios de paréntesis, subtítulos y glosas. Inventarío metáforas en mi libreta volátil, compuestas de material cotidiano. Completo casillas de crucigramas que yo misma he inventado con datos directa y escrupulosamente extraídos de la realidad. Mientras me miran como a una demente tras la celosía.
- Sí, del hígado- encogiéndose de hombros. Y el año pasado lo operaron de almorranas, por si te interesa.
Vale. Decía Chesterton que siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que existe otra cosa que se llama libre albedrío. Y que lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción.
Yo hago mis equilibrios diarios sobre esa barra.
Decía Nietzsche por su parte que ningún vencedor cree en las casualidades.

Yo tampoco creo en la casualidad pero sí en la poesía de la casualidad. Es distinto ceñir los azares a una pobre y única explicación que liberarlos, darles alas para que multipliquen sus significados, como en una habitación forrada de espejos.
- Y ha ido a tener un hijo autista precisamente ella…. Ajá.
- ¿Y dices que le dieron el Nobel el mismo día que a su mujer le diagnosticaron un cáncer terminal?
Ajá. Interpreto, interpreto, interpreto, interpreto, para no llegar a ninguna conclusión, como una forma de viajar en clase turista por el sentido de la vida.

martes, 23 de marzo de 2010

Princesas Disney

Este domingo, leyendo el EPS, casi aguo el café con mis lagrimones.

No sé qué es el rosa
no sé los nombres de las princesas Disney
no fui La niña más bonita del mundo
orbitando en la pupila de unos ojos llanos
el asco no es rosa
el asco era yo
ocre
del color pegajoso de la bilis
menuda y ocre, era toda asco
tierno asco
cuando él andaba cerca.
Y él siempre andaba cerca.

Como un mago del espanto.

Culpable por ser bonita
fuera de unos ojos
palpablemente bonita
palmariamente deseable
culpable por inocente

el error era vivir.

No publicaré esto
hasta que él haya muerto

mago del espanto
pero si él está muerto
lo maté con mis palabras-bombas de racimo
flores rosas crecen sobre su tumba
orquídeas, brachichitos, acacias, magnolias, tamarindos, adelfas, hibiscus, gladiolos, geranios, silenes, buganvillas, dragoneras, hortensias
todas rosas
es bonito
con mi vestido de princesa Rapunzel
me sentaré a verlas crecer
y levantaré las enaguas de mis faldas
crujientes como alas de libélula
y mearé sobre esa tierra
sin salpicar mis braguitas rosa.

Se va le caimán, se va el caimán
se va por la barranquilla

y el asco como un pétalo caerá
mudará del rosa al ocre
mientras las raíces estrangulan sus huevos
clavan espinas en su carne
sangrante de menstruación

y esta princesa Disney sonreirá
marcando unas hermosas, rosas,
patas de gallo.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El tractatus




Hay temas sobre los que me da una pereza discutir, una pereza casi violenta. No por el tema en sí, ni porque piense que es imposible acercar posiciones- que lo pienso- , sino porque se produce una traslación descarada, un perverso corrimiento de tierras, y nunca se habla del verdadero tema en cuestión. De pronto una se descubre sola, en mitad de un paisaje irreconocible, o de pronto sus contertulios le hablan en esperanto, o de pronto se la está chupando a un muerto (con perdón de la expresión). Valga cualquiera de estas metáforas.
Estos temas son:

1. El aborto. Los acendrados vitalistas, depositarios de elevados valores (y por otra parte adoradores de la sangre y la tortura en cuestiones de decoración), frente a los amantes de la muerte, las novias de lo gore, éticamente desinhibidas.
Podría inferirse, echando imaginación, que se discute sobre temas aparentemente trascendentes: ¿fuimos algo antes de ser memoria? ¿es la vida un valor absoluto o más bien relativo? ¿Luis XIV o Einstein?
Pero en el fondo, el tema es el machismo de siempre, el afán de control del hombre sobre el cuerpo de la mujer.
Como alternativa, propongo que hablemos de la próstata masculina (cuál si no…). ¿debe extirparse por completo cuando presenta un notable crecimiento o es mejor conservar parte?, ¿debe penalizarse su extracción cuando se trata de una hiperplasia benigna?, ¿es mejor prevenir que extirpar?

2. Los nacionalismos. Se discute si hay que estar orgulloso de haber nacido en un lugar o simplemente asumirlo con orgullo. Se pretende que no te la metan para meterla tú.
En realidad se trata de dirimir quién la tiene más larga.
Así es que propongo la creación de buques que operen en aguas internacionales, dotados de quirófano para realizar alargamientos de miembro, a precios populares.

3. Dios. Este es mi preferido. Por un lado están los que defienden que es mejor el cielo arriba y el infierno abajo poniendo límites, frente a los que abogan que el azar por los cuatro costados derribándolos, con permiso de la ciencia.
Pareciera que la pugna está entre los que creen que Superman, Papa Noel, Peter Pan, el ratoncito Pérez, el arcángel San Miguel y demás personajes de la imaginería deberían pagar impuestos y ser ciudadanos con derechos, y los que los eximen por ser meras fantasías.
En realidad hablamos del lenguaje, claro. O de macrolingüístca, o de pragmalingüistica o de filosofía del lenguaje, qué sé yo.
Por eso propongo que cada vez que se nombre la palabra Dios en vano, se copie cien veces el tractatus de Wittgenstein. Sin más.

jueves, 11 de marzo de 2010

Valencianamente

Valencia en 1928.
No creas que es fácil ser valenciana, no te lo vayas a creer.
Recuerdo el tiempo en que fui norteamericana, fui incluso estadounidense. Tenía 12 años y mi pelo lacio, mi voz apocada y yo acudíamos los domingos a merendar al Burger king. Por aquel entonces, el whopper y los aros de cebolla proporcionaban automáticamente la nacionalidad americana, ahorrando todo el molesto papeleo. El mostrador para pedir era tan alto, y el dependiente, uniformado de marrón y amarillo, con gorrita de marine, imponía tanto que, cuando repetía tu pedido por el micrófono, con esa impudicia americana, era como si te hiciera jurar, por dios y por la biblia, fidelidad a la constitución americana. Yo juraba y añadía una grande de patatas fritas, big chips.
Luego tuve que establecerme en un estado concreto y elegí Hollywood, claro. Vi todo Ford, Hitchcock, Welles, Huston, Wilder, Lubitsch, Hawks, Ray, Cukor, Keaton, Mankiewitz, Chaplin, Capra, Preminger, Tourneur. Penetré en la luz a través de la oscuridad. Luz californiana para más señas. De aquella época me quedó la costumbre de decir frases idiotas que quedan bien en pantalla y no tanto en la vida real.
He llegado incluso a ser ciudadana del mundo (fue aquel periodo en que tomaba drogas…).
Pero poco a poco, el poso sutil de los años fue estabilizando mi figura desde la base, y la españolidad fue subiéndome por los pies. La evidencia se asentó en mi estómago, rojo y gualda ya, y mi intestino dibujó inequívocas virgulillas de la ñ.
Ahora, a estas alturas de la vida, puedo afirmar sin ambages que soy valenciana, ineluctablemente valenciana, insoslayablemente valenciana, impepinablemente valenciana, si es que existe algo pepinable.
Y no creas que es fácil, no. La ciudad de la artes y las ciencias, Rita Barberá, los informativos de canal 9, Camps, el Papa, Fabra, cualquier programa de Canal 9, los falleros, Gürtel, el circuito urbano de Fórmula 1, el ladrillo, el Valencia CF, el toro embolao, el mesinfot, Lizondo, el ruido, las figuritas de Lladró, Carmen Alcayde, lamarededeudelsdesamparats, Cristina Tárrega, la ruta del bacalao. Las imágenes se aceleran con frenesí de super 8 en mi mente, superponiéndose sin orden, copulando sin control, hasta que revientan como una traca, como una ristra de masclets que al estallar, dejan el magnético sabor de la pólvora en la lengua y el eco de una aguda nota de Nino Bravo pulverizada en el ambiente.
Y me siento bien. Valencianamente bien.

martes, 2 de marzo de 2010

Hoy me siento fragmentaria

Aprovechando la ciclogésis explosiva que este fin de semana pasó por nuestro país, terminé mi novela, si es que a deslizar un puntito al final de doscientas dieciséis páginas se le puede llamar terminar. La sensación que dejó el paso de la borrasca era perfectamente lamentable ayer, desolación y vacío, futilidad y bruma. Pero hoy ha comenzado a escampar y un frío solecito se abre paso entre las nubes a puñetazos.

Me entreno duro para ser escritora. Hago Pilates y aerobic. Ejercito mis abdominales para conseguir un vocabulario dúctil, preciso, pero sin ostentaciones, sin llegar a marcar la tableta de chocolate. Ejercicio aeróbico para exudar argumentos. Steps para que suban y bajen las metáforas. Quiero ser la Jane Fonda de las letras. La respiración profunda del Pilates evitará los dolores de sintaxis, mi esqueleto estará fuerte y elástico, el equilibrio de mi centro le conferirá el ritmo adecuado a la acción.

Lo cierto es que apenas llevo un mes de aerobic y soy incapaz de coordinar brazos y piernas. Esa palmada a destiempo, solitaria, vergonzosa, es la historia de mi pequeña infamia. Me siento tan torpe.
Empiezo a notar, no obstante, los primeros efectos. El otro día empleé la palabra acíbar para referirme a una col de Bruselas, y en la cafetería, exclamé: ¡vaya algazara están montando las de la mesa de al lado!
Ahora entiendo que, siendo cerebralmente limitada, se puede ser muy feliz, siempre y cuando puedas seguir la coreografía.

Decía Josep que escribir es jugar a esconderse para que a uno lo encuentren. Dice Delphine que ir al psicólogo es buscar perdonar, a los demás y a nosotros mismos. Yo creo que hay grandes verdades escondidas entre esta sopa de letras.

Y luego está la crítica o cierto tipo de crítica. Tengo mis soterradas y profundas razones para desdeñar a aquellos que usan la literatura, y cualquier forma de cultura, como un arma arrojadiza. Los que la utilizan en contra de los demás y no a favor de uno mismo, los que se esconden tras la sombra de las obras maestras, los que visten sus complejos con el traje de los grandes autores, los que usan los insignes huesos de los muertos para construirse un pedestal sobre el que poder mirar por encima del hombro a los vivos. Los que nunca irían a un psicólogo. Los que almacenan datos por orden alfabético en la despensa, sin darse cuenta de que sólo permanece la caja, que el interior se ha ido pudriendo lentamente. ¿No lo hueles?

Por eso prefiero a los conductores de autobús. Y a las francesas adorables.

El tema sigue siendo: ¿para qué coño sirve la literatura? Sigo buscando respuestas.
La ciencia avanza, sus logros se disponen en hilera, o mejor, en forma de torre, los de abajo sustentan a los de arriba, permitiéndonos llegar cada vez más alto.
Sin el teléfono no existiría la radio, sin la rueda, el automóvil, sin el fuego, la tempura de salicomia al azafrán con emulsión de ostra de Ferrán Adriá.
Pero en litertura, ¿podemos hablar de evolución? ¿Tiene más valor una obra contemporánea que una de los antiguos griegos? ¿Existiría Kafka sin Flaubert? ¿Cortázar sin Poe? ¿Qué opinas tú?