jueves, 18 de febrero de 2010

La cabina

Vi un puñado de fotogramas de La cabina de Mercero en lo de los Goya y me acordé de aquella época en la que había cabinas en las calles, ¿te acuerdas? Hace como un millón de años, las cabinas coexistían con los dinosaurios. Esos cubículos rectangulares salpicados por toda la ciudad eran pequeños oasis en pleno caos urbano, paréntesis en los que encerrarse a susurrar, a imprecar, a confesarse, a gritar o a fingir una conversación. Inspiraban poemas a Gimferrer.
Una cabina con un teléfono a menudo descolgado, colgando como un suicida, y una boca que te mordía la mano cuando intentabas recuperar las monedas era parte del paisaje urbano, su parte más íntima.
Me entraron unas ganas locas de meterme en una cabina, de vivir en una cabina, de quedar atrapada entre la goma de sus puertas, envasada en su vacío protector.
Ay, las cabinas. Desde ellas sólo podía llamarse a lugares cubiertos, a una casa, a una oficina, a un prostíbulo, a una iglesia. Sus hilos conectaban directamente con las tripas. Entonces, aún necesitábamos esa campana de cristal, esa burbuja de aire a nuestro alrededor para comunicarnos. Excavábamos túneles privados, sólo para dos. Y no había imagen más inquietante que el teléfono de una cabina sonando.
Hoy, las vísceras al aire, ya no distinguimos entre dentro y fuera, por mucho que en la tele repongan Barrio Sésamo.
Hoy Mercero podría describir la agorafobia colocando a un personaje en cualquier ciudad del mundo, móvil en mano, mientras las cabinas van transparentándose, perdiendo lentamente su color y su forma, igual que los recuerdos en la memoria de Mercero.

P.D. Sí, me hago cargo, parezco la abuelita cebolleta, cualquier tiempo pasado fue mejor pero es que me entró tal nostalgia al ver aquella cabina…

jueves, 11 de febrero de 2010

Mi rumbita pa tu boquita

Hace unas semanas, en la cafetería donde habitualmente desayuno, me llegó un mensaje por bluetooth y sin querer le dí a la tecla de aceptar. Estaba cotorreando con dos madres, que si a los niños hay que ponerles límites, que si es importante que aprendan a dormir solos, que si desea aceptar. Sí, acepto. Apareció un pene tamaño XXL en mi pantalla. “Mi rumbita pa tu boquita” se titulaba el mensaje. Con cierta culpabilidad por aceptar así a la ligera pollas extrañas, se lo enseñé a mis contertulias. Asombradas, nos reímos, y miramos alrededor, mientras yo borraba rauda el mensaje, con la puntita del pulgar, no fuera a manchar mi libreta de direcciones, a eyacular sobre gente tan respetable como algún exjefe, o algún insigne profesor del CEU (lástima que lo borré porque si no hubiera colgado la foto para ilustrar la entrada).
Pensé en este marketing agresivo con el que a diario nos emulsionan. ¿Realmente funciona con alguien? Me vinieron a la cabeza mensajes politiciarios: el acontecimiento del milenio va a suceder a ambos lados del Atlántico, (versión actualizada pero igual de etílica de: el mileniarismo va a llegarrrllll, de Arrabal) o aquella niña, aquella niña triste y azul de Rajoy. Pensé en afirmaciones del tipo: hay muchos extranjeros cobrando el paro mientras los españoles se ven obligados a buscar trabajo fuera.
Mensajes que vienen a ser mi rumbita pa tu boquita. Eslóganes burdos, campañas agresivas y zafias, obscenos genitales que quieren introducir en nuestras bocas.
El caso es que sólo había un par de tipos en la cafetería y a ninguno parecía cuadrarle el subtítulo de mi rumbita pa tu boquita. Ninguno de los dos observaba nuestra reacción, ninguno parecía tener el perfil de quiero compartir con el mundo los pasitos guaracheros de mi cipote. Pero yo sospeché, porque la sospecha es la base de la imaginación, del de gafas y perilla que estaba excesivamente concentrado en su café con leche, y ni siquiera había alzado la vista.
Ahí quedó todo.

Hoy tomaba de nuevo café cuando lo he visto pasar a través de la cristalera. Él ha detectado nuestra presencia por el rabillo del ojo, y de pronto ha variado su rumbo rumbero y ha entrado en la cafetería. Nuestras miradas se han cruzado un instante y me he dicho, regocijada: ajá, te cacé, a ti y a tu rumbita. El cazador cazado, he pensado. Luego he recapacitado. Una de las reglas publicitarias es que la publicidad creativa no tiene por qué ser efectiva, y viceversa, un anuncio cutre puede ser tremendamente efectivo. A veces sucede que el mensaje canibaliza la marca, el anuncio es tan bueno que nadie recuerda la marca porque acaba devorada. Y otras, justamente al revés. En este caso, la marca estaba ya estampada por todo el local. Y él sabía que yo sabía que se trataba de su marca.
Ya no me he atrevido a apartar los ojos de mi compañera, convencida de que el anunciado mileniarismo había llegado.

viernes, 5 de febrero de 2010

Prevariqueision

No tengo especial predilección por los grandes egos, salvo por el mío, claro está, que es grande, único e indivisible, como esta España nuestra (se me llena la boca al decir España, se me llena de aire con la Es, explota apasionadamente en la p y remata con graciosa filigrana en la ñ), pero me indigna la acusación de prevaricación al juez Garzón. Me repatea, en palabra muy española.
Y mira que es grande esta España nuestra, grande fue nuestra transición, un ejemplo a seguir allende los mares, y grande nuestra ley de amnistía. Tan grandes como las estupideces comparativas que hoy sufrimos.
Ahora resulta que Garzón es un delincuente por prevaricar, esto es, por dictar una resolución injusta a sabiendas (dice la Rae). No por saltarse un procedimiento absurdo en aras de perseguir una idea íntima de justicia, sino por dictar una sentencia que él sabe que es injusta. Y es que, por lo visto, además de aseados, los de Manos Limpias son médiums. Paradójico, por no decir irónico, por no decir patético, que los que acusan se llamen precisamente Manos Limpias.

Muchos son los que se echan las manos- limpias- a la cabeza ante el quebrantamiento de las pequeñas normas, los guardianes de la estabilidad de la nación, los que creen que de no ser por ellos iríamos derechitos al caos absoluto, a Sodoma y Gomorra, a otra guerra civil, a la subversión del orden establecido, o peor aún, a la eliminación de las plazas de aparcamiento reservadas para sus Mercedes.
Qué gente más peligrosa ésta que se salta las normas, y que además ni siquiera lo hace- al menos en este caso- , para enriquecerse o empoderarse, sino simplemente para cebar su ego.
Al lado de tamaña atrocidad, el que haya cientos de personas aún desaparecidas, el que permanezcan intachables las memorias de contrastados asesinos, cuyos descendientes disfrutan hoy de unas golosas rentas tanto pecuniarias como de prestigio social, es pecata minuta.
El escrupuloso cumplimiento del procedimiento, por absurdo que sea, es lo importante, no vayamos a socavar los cimientos de la cohesión social, por Dios, que España se nos rompe con un pedo fuerte.
Aunque sus coches atropellen a los peatones, hay que ponerle una multa a aquel que se salte el semáforo en rojo, por mucho que alegue que iba a socorrer al accidentado. Faltaría más.
Podríamos llamarlo estrechez de miras, exceso de legalismo o gusto desmedido por el orden pero todos sabemos que es puro y cruel egoísmo.