lunes, 29 de noviembre de 2010

T.


T. me llama de vez en cuando. Me hace regalos, calcetines de colores, un cuadrito en relieve de Jimmy Hendrix, un mono vaquero, unos zapatos demasiado grandes, un peluche para el niño, réplicas en miniatura de una moto con sidecar, de un Corvette.
T. ya no es el T. que yo conocí. Hace muchos años T. se comió un montón de tripis de una tacada y desapareció. En su lugar creció un nuevo ser.


Nos enrollamos alguna vez el antiguo T. y yo. Era un chico guapo, era serio, era interesante.
Ahora es fundamentalmente un enfermo, alguien que se ha acostumbrado a no entender el mundo. Alguien que tiene barriga, los piños estropeados y un funcionamiento del cerebro peculiar. Alguien que nunca dice la frase que esperas.
Nos enrollamos cuando yo tendría unos 14 años y él unos 17, en la urbanización de la playa.

Luego nos vimos alguna vez más en la ciudad, sin compromisos, nunca nos hicimos novios.
T. tenía una Vespa blanca y un día, el coche de delante giró a la derecha sin poner el intermitente y nos caímos.
Otro día, cuando ya se había iniciado la mutación, parados en un semáforo, empezó a sacar la lengua y a hacer grotescas muecas obscenas al coche de al lado donde una señora, aterrorizada y escandalizada a partes iguales, permanecía rígida en su asiento, sin atreverse a mover una sola vértebra del cuello mientras T. casi le hacía un lavado completo del capó con la lengua.
Yo también permanecí inmóvil, sentada en la Vespa, detrás de él, como si no pasara nada. Entonces, cualquier cosa que sucediera me parecía natural por el simple hecho de estar sucediendo.

Su familia, farmacéutica, no escatimó en tratamientos y psiquiatras, incluso lo llevaron a Madrid.
T. nunca dejó de llamar a casa con periódica puntualidad, a la que era la casa de mis padres, llamó en todas las épocas, cuando yo ya no estaba, cuando ella vivía sola, completamente trastornada, aunque fuera para mantener una brevísima conversación incongruente.
T. se convirtió en una de las pocas personas del pasado que sigue estando ahí, aunque ya no sea T.
Yo no sé qué hacer con sus regalos.

martes, 9 de noviembre de 2010

Pedorreta



Yo entiendo que algunos sean conservadores, puede que yo misma lo fuera si hubiera nacido con un pedazo de PIB bajo el brazo.
Entiendo que lo más que soporten esos algunos sea pasar de las innumerables dependencias del palacio a los chaletes de diseño en las afueras o a los pisos de 400 metros en el centro.
Entiendo que no quieran perder sus privilegios, porque son ya sus costumbres, y todo el mundo sabe que las costumbres son las pertenencias de las que más cuesta desprenderse. Hasta de las malas costumbres, también conocidas como vicios.
Entiendo. Que sean pobres los pobres que para eso están más acostumbrados.

Pero lo que no entiendo, como hija- no se si legítima- de esta época, es la falta de resistencia, la poca goma que se tensa ante los acaparadores profesionales, por no hablar del respeto y hasta la veneración que a menudo suscitan.
No entiendo que lo único que se tense ante su presencia sea la piel de alrededor del ano.
No entiendo que sea respetable el señor Botín, ni el señor Bañuelos, ni la señora Cayetana Fitz –James Stuart, ni el señor Florentino Pérez, ni las señoras Koplowitz ni el señor César Alierta, que por cierto me debe doscientos euros que me robó este verano y se está haciendo el loco para pagármelos. Seguramente le hagan falta.
Desde mi costumbre, herida, no puedo dejar de catalogarlos como gentuza (también yo atesoro costumbres difíciles de cambiar).
es natural.
No se trata de hacer una revolución, ni siquiera de votar en masa a partidos que prometan repartir mejor la riqueza simplemente de que cuando aparezcan estos personajes en el telediario, exhibiendo obscenamente sus beneficios anuales, o sus metros de eslora en las páginas del Hola en lugar de envidia o admiración se produzca en la mayoría de los estómagos una natural náusea, una leve basca que impela a soltar un escupitajo.

Este año, ha crecido el número de ricos en España. Este año, ha crecido el número de pobres en España. No querrás insinuar que existe alguna relación entre estas dos afirmaciones, no querrás insinuarlo.
Admiración, náusea, veneración, asco, envidia, escupitajos, chupar pollas, poner culos, lamer culos.
No acabo de entender bien todo esto.
...

Vi a Jesús Eguiguren en el programa de El follonero y he de confesar que me puso un poco el hombre. No lo conocía, no sigo la actualidad de cerca y si busco platonismo o morbo (es lo mismo) en el ambiente, nunca se me ocurriría escudriñar en la política. Pero, madre del amor hermoso, qué mirada tan desfondada, qué tipo tan, pero tan duro. Parecía haber emergido directamente de una alcantarilla conectada con las tripas de Afganistán, y tras haber recorrido el desierto a pie durante tres días, tras haber degollado a cuchillo a dos talibanes por el camino, tras haber hecho explotar unas cuantas minas, haberse sacudido el polvo del traje y haberse sentado tranquilamente en aquel banquito a conversar con el follonero. Me fascinó su forma de hablar, como estando hasta los huevos de todo.
Fue inversamente proporcional a lo que me provocó Felipe González y a lo que en general me provocan los vendedores de seguros, productos financieros o madres propias.
Porque por mucho que te hagas el interesante, Felipe, a mí me sobra que trates de sorber con soberbia tanto protagonismo. (Me ha faltado incluir sobar, sobre y sobrasada). No me interesa lo que dices. Te haces viejo, y eso no es noticia.


El corto If I had a million es de Lubistch y el de la pedorreta es Charles Laughton.


jueves, 4 de noviembre de 2010

La respuesta es sí

A la pregunta de:
- ¿tú también te prostituyes?
la única respuesta posible es:
- sí.

No es mi voz. Y casi me atrevería a afirmar que yo no estuve allí.

Sin embargo, ahí están los 16, en algún lugar de la memoria, fijo, imperecedero. No es verdad que los recuerdos avancen con el tiempo. Algunos se quedan quietos, tan quietos que estoy convencida de que es al revés, que somos nosotros los que avanzamos hacia ellos.
También la tierra fue plana durante siglos.
...
Lo he intentado, Canalla, te juro que he intentado hacer una lista con las 3 novelas. He escrito Mme Bovary, Plataforma y El guardián entre el centeno. He escrito El extranjero, Lolita y Rojo y negro. Acto seguido me han entrado picores, náuseas y se me ha dormido un pie. Me he acordado de los tres mosqueteros, del mal de montano, de Kristof, de Amis y de Roth, del hombre que inventó Manhattan, de Vonnegut, de la Iliada, de Franny y Zoey, de la niña del pelo raro, del elogio de la madrastra, del adiós a Las Vegas, del amor en los tiempos del cólera, del túnel, de Zuckerman encadenado, de menos que cero, de mortal y rosa, de 13´99 y hasta de las mellizas O´Sullivan y de Esther y su mundo.
Y me he sentido como cuando niña, incapaz de decidir cuál de todos mis muñecos de trapo dormiría conmigo. Incapaz de mostrarles que no los quería a todos por igual, me acostaba con todos, me dormía enterrada entre sus cuerpos mustios, esclava del trapo, al borde de la asfixia.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Hablar por hablar


Hace muchos años, me dormía escuchando un programa de la radio que se llamaba Hablar por hablar. Cada noche, la gente llamaba para contar de madrugada esas cosas que sólo se cuentan de madrugada. Desgracias. Me relajaban las desgracias. Me inducían al sueño las desgracias.
Los radioyentes iban respondiendo a esas confesiones arrancadas voluntariamente con consejos que nunca servían para nada. Ningún consejo sirve nunca más que al que lo da, para que ensaye en voz alta la escena por si algún día ha de representarla.
Y así, el programa iba tragándose la noche palmo a palmo, entre destapes y ensayos, engordándose con trocitos de intimidad, con palmaditas en el lomo, con consejos inútiles y con mucha madrugada mientras la locutora que tenía voz de café con leche, cálida y sin sensualidad, iba anticipando mansamente el alba.


Recuerdo que una noche llamó una señora y contó que su nieto era drogadicto. Por lo visto, nadie había querido mucho a ese muchacho, sus padres no lo quisieron, sus profesores no lo quisieron, sus jefes no lo quisieron, ningún anunciante lo quiso. La droga lo quería, la droga lo amaba con férvida, con abrumadora pasión, sin más condición que unos draconianos celos. No es una historia nueva.
Pero entonces, ahí viene lo sorprendente, la buena mujer contó que se acostaba con su nieto, que se follaba al chico al que sólo la droga quería, como una forma de hacerle olvidar esa pasión tóxica, de realizar un trueque entre ese amor puro de abuela y ese otro amor-ruina de aguja. Como una forma de consolarlo.
La pobre señora dudaba si seguir acostándose con él porque algo dentro de ella le susurraba que eso no estaba bien, exactamente la misma voz que le decía que aquello que le contaron hace tanto que era la vida, no era exactamente esto.


Era real esta historia. Puedo jurarlo. A veces llamaban impostores, exhibicionistas del drama, buscando conmover al auditorio con relatos truculentos, pero yo los desenmascaraba enseguida porque la verdadera desgracia siempre esconde un poso de vergüenza, un pudor extraído directamente de la mala suerte.
No hubo muchos consejos de vuelta para aquella pobre mujer. Demasiado sórdido, supongo, demasiado incómodo incluso para la madrugada.

Fue la primera vez que tuve ganas de llamar al programa.

La gente que permanece despierta a esas horas es aceptable, así en líneas generales, comprende bastante y juzga poco. Pero otra noche llamó uno que trabajaba en una funeraria y se dedicaba a preparar los cadáveres, algunos de mujeres atractivas que, en contra de la creencia popular, también se mueren.
Era simpático, era educado, no pisaba la voz de la locutora como hacen otros. Explicó cómo arreglaba a sus muertas, cómo las aseaba con cariño, cómo las perfumaba, las desvestía, las maquillaba, las acariciaba, cómo visitaba el interior de sus coños por última vez, y dejaba en él su postrero testimonio de vida, el último charquito en tierra seca, el último tesoro en la catacumba antes de ser sellada para siempre.
Que no podía contener el impulso, dijo.
Fue unánimemente vilipendiado, hubo un inusual consenso en considerarlo aberrante, repugnante, detestable, asqueroso, inmundo, monstruoso, repulsivo, antinatural, deleznable, nauseabundo. No olvidaron ningún sinónimo entre todos.
No importaba el tema del que opinaran, o quién fuera el destinatario del consejo, esa noche, todas las llamadas sin excepción añadían al final, como una especie de coletilla, que lo del de la funeraria les parecía repugnante.

Nadie le dio un solo consejo, bueno o malo.
Fue la segunda vez que tuve ganas de llamar al programa.

viernes, 8 de octubre de 2010

Hendrix con Fever tree


- Sólo te pido que me quieras el resto de tu vida, que inicies desde ahora el lento, cadencioso, único movimiento de coger mi mano cuando yo esté muriendo. Tampoco creo que sea pedir demasiado, la verdad.
- Yo sólo vine a invitarte a una copa. Te he visto desde el fondo de la barra, tus labios rojos, tus piernas beige, ese aire abstraído y todo el aire a tu alrededor tremendamente concentrado en ti, y he venido a ofrecerte una copa. ¿Te hace?
- ¿La copa?
- No, que te ame con delirio hasta que me sangren las células, hasta que el odio y el amor se fundan en una chamuscada necesidad de ti y de él renazcan fénixes, fénixes y todas esas cosas que vuelan con desesperación y grandeza, y que tienen tus ojos.
- Vale, en copa de balón, con dos hielos. Fénixes…
- ¿Y ahora qué?
- Ahora ya sólo podemos ser como los hijos desgraciados de esos grandes artistas, eternas sombras errantes, un rodar cénit abajo en definitiva. Es lo que queda tras palpar el cielo. Por eso bebo.
- ¿Qué bebes?
- Hendrix con Fever tree, con una rodajita de pepino.
- ¿Me querrás entonces toda una vida, pongamos que ésta?
- Claro, cariño. Hasta que el amor eterno se derrita con los hielos.
- ¡Camarero!

lunes, 4 de octubre de 2010

Marilyn no se acaba nunca

Marilyn no se acaba nunca. Es como el Paris de Vila-Matas que tampoco se acaba nunca por más que llegues a la página 240 (al azar lo he dicho, no me voy a levantar), y ¿por qué? pues porque Vila-Matas logra que la literatura dimane de la propia literatura, que se le promiscuen con vicio y desenfreno las letras, que las ciudades se construyan directamente sobre las ideas que tenemos de esas ciudades, haciéndose infinitas, imposibles de recorrer de tantos kilómetros y kilómetros abstractamente circulares, con recovecos profundos y oscuros como la imaginación.
Vamos, que es como haber descubierto la reproducción humana sin necesidad de follar. Ni siquiera en un laboratorio. Mucho mejor que la clonación.


Con Marilyn sucede lo mismo, Marilyn no se acaba nunca porque al mito le siguen creciendo células y más células que engordan el mito.
Ahora es una selección de poemas y textos inéditos de la rubia más famosa de todos los tiempos lo que viene a amontonarse en esa pira de llama inextinguible.
Resulta que Marilyn leía, apenas habrá como unas doscientas fotos que dan fe de ello.

¿Que no?:















Y resulta que a Marilyn, en los ratos muertos de los que disponía entre hacer de rubia de inteligencia distraída, chupar pollas presidenciales, tomar Nembutal con champán o cantar con sublime sensualidad, le daba también por garabatear frases en una libretita de tapas duras, como a la mayoría de los mortales que se han inflamado leyendo.

“Nadie sospechaba que en el interior de ese cuerpo vivía el alma de una intelectual y poeta”, ha escrito Antonio Tabucchi en el prólogo de este libro.
Pero Toni, ma Tonino, ¿que nadie lo sospechaba? ¿nadie? ¿acaso soy yo más lista que nadie? Porque yo sí lo sospechaba, y eso a pesar de que dejo a la mitad la mitad de los libros que caen en mis manos, que la mitad de la otra mitad no los entiendo y que si a alguien se le ocurre llamarme intelectual, aun siendo yo de natural pacífico, es que le meto, le meto sin más.
Lo que no sospechaba nadie es que dentro de ti, Tabucchi, con cariño te lo digo, habitara algunos días el alma de una rubia tonta.

¿Por qué nos iba a gustar si no Marilyn y no Jean Harlow, Marilyn y no Pamela Andersson, Marilyn y no Paris Hilton, Marylin y no Elsa pataky, Marilyn y no Malena Gracia?
Por su poesía, claro. Y si no que baje Bécquer y se ponga bajo el chorro de la ventilación y muestre sus peludos muslos.

Todo sufrimiento con belleza de guarnición es poesía.
Y la capacidad para sufrir siempre fue signo de inteligencia, digan lo que digan.

Marilyn poetizó, fue hermosa y sufrió. Y no por ese orden.
Ocultó como pudo su esmeril sufrimiento, como debe hacer todo ciudadano de bien. Y hasta se enfadó con Miller porque nos asomó demasiado a él en Vidas rebeldes.
Gable, cuyo atribulado corazón tal vez ella acabó de hacer saltar por los aires con sus tardanzas y desquicios varios durante el rodaje, le decía (Miller mediante) en una de las secuencias: eres la mujer más triste que he conocido. Pues todo el mundo piensa que soy muy alegre, replicaba ella. Eso es porque cualquier hombre se siente feliz al mirarte.

Sufrir y ser capaz de hacer feliz al resto, ¿no es eso poesía?
Así que Tabucchi puede que tú no lo sospecharas, puede que el resto del mundo no lo sospechara pero yo, que soy muy lista, sí.

Y Marilyn, sin dar ni quitar la razón, escribió:

Socorro. Socorro.
Socorro.
Siento que la vida se me acerca
cuando lo único que quiero
es morir.
Y también:
Grito-
empezaste y terminaste en el aire
pero ¿qué hubo en medio?

Me gusta mucho esta frase. Me gusta como sospechosa que soy.
Porque yo a Marilyn muerta la quiero muchísimo. Porque a pesar de la metamitomanía, del marketing y las sospechas, iré y compraré mi libro.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Toothpaste kisses



He de animarme. Debo animarme. Voy a animarme. ¿Cómo se ahuyentan los malos pensamientos? ¿De qué raza de perro son los ladridos disuasorios? Seguro que hay alguna perra en mi cabeza. Dormita. Mi cabeza es mi mayor aliada. Mi cabeza es un enemigo disfrazado de boy scout.
El resto está todo fuera. La pereza, la desesperanza, el gran salto. Dentro sólo se puede pasar del uno al dos. Y luego del dos al tres. Y luego del tres al cuatro. Ahí fuera está el infinito. Dicen. Yo simplemente creo que hasta el ocho se cansa de ser ocho algunas veces.

Y esa voz masculina de crío-hombre que bisbisea dentro de mi cabeza. No sé qué dice su letra, palabras sueltas y puntos suspensivos entre ellas que anudo marineramente. Desisto de buscar la traducción, me gusta pensar que habla de besos gratis y de salivas caras.
De cómo enseñar los dientes, susurrando. De cómo emitir ladridos inaudibles.

viernes, 10 de septiembre de 2010

There´s no business like show business

Mi visión de la literatura como profesión andaría más cerca del show business que del pilar básico que sustenta el saber. Más próxima al fascinante mundo del vodevil, dicho esto sin ánimo despectivo, sino todo lo contrario, adpectivo, verbigratia. O ad absurdum, no sé, me he zampado esta mañana un tazón de locuciones latinas empapadas en leche y aún las estoy digiriendo.

There's no business like show business like no business I know

Grosso modo: entretenimiento puro y duro. No hay mayor placer que subirse a un escenario, no concibo mayor aspiración. Sentir el foco sobre uno y hacer vibrar de emoción al público, hacerle aparcar por un rato sus propias miserias aun a costa de otras miserias, hacerle soñar.
Traducido en tímido: subirse a los renglones y menear con garbo la boa de plumas sobre los hombros, desgañitarse en esa metáfora aguda, el foco cegando los ojos, el sudor de la emoción recreada haciendo correrse el rimmel.


There's no people like show people, they smile when they are low

Tiene mala fama el entretenimiento, se asocia a menudo a las peripecias bostezantes de Dan Brown o a las ridículas aventuras de vampiros adolescentes. Pero el auténtico entretenimiento conecta con el gozo de vivir, con el sentido ocioso de la vida. Con jugar a ser niños de nuevo.


Pienso en gente que descubre vacunas que salvan millones de vidas. Superior. En gente que cultiva los tomates que me como. Superior (sobre todo si son Raft). En gente que educa a nuestros hijos con amor y disciplina. Superior.

Nowhere could you get that happy feeling , when you are stealing that extra bow

Hay gente inteligentísima que fabrica literatura, por supuesto. Los admiro. Ad infinitum. Adoro la inteligencia, y si tiene un puntito crápula, más. Como adoro el espectáculo, ese mundo de luces, de bambalinas, de atención expectante, de complicidad ante la mentira.
Pero no dejan de parecerme los escritores trabajadores del ocio, algunos de ellos excelentes profesionales, camatas que te hacen malabarismos con la coctelera, mientras otros sirven sus gin tonics infectos, sin restos de amor en los bordes del vaso.
Coito ergo sum.


De facto, se me ocurre ipso facto, que la literatura y en general las artes deberían entrar en la categoría de espectáculos varios. En la cartelera, debería aparecer junto al regreso de Fofó, el payaso de la tele, este viernes a las 18h en el centro comercial Gran Turia, Vila- Matas firmará ejemplares de su última novela a las 20 h. en el Corte Inglés.
¿Por qué no? ,¿a qué santo esa infinita necesidad de eminencia elitista, de glotonería de posteridad? ,¿por qué tantos doctus cum libro con ansias de gloria duci, pertrechados en su santa sanctórum entran en delirium tremens cuando hay abstinencia de lisonjas, convertidas ya en su ratio essendi? (perdón, me vino un eructo)


¿Será cosa del pane lucrando? ¿Una estrategia de marketing más?
Summa sumarum: ¿es incompatible ser humilde con ser escritor?
A veces no entiendo el inconmensurable ego de muchos escritores.

A veces entiendo el inconmensurable ego de muchos escritores.

Let's go - on with the show

viernes, 3 de septiembre de 2010

¿Somos cucarachas?

Hay una falaz confrontación, una tramposa dicotomía entre cabeza-corazón, arte-ciencia, lo femenino- lo masculino, romanticismo- realismo, pasión- razón. Y hasta PP- PSOE, si me apuras.
Es como querer disgregar la eyaculación del semen, por poner un ejemplo.
Claro que está Sánchez Dragó, que no echa ni gota, tántricamente hablando, pero no por eso va a cerrar Durex su fábrica de preservativos, digo yo.
Una cosita absurda por demás.
Traducido a la literatura: ¿podemos hablar de libros cerebrales y libros sentimentales?
Yo creo que no. El otro día leí (creo que fue en el blog del lector malherido) que una novela era buena porque hablaba de procesos mentales y no de sentimientos.
Cabeza versus corazón.
Pero ¿qué somos?, ¿cucarachas?, ¿acaso podemos sobrevivir una semana descabezados, como ellas?
Dicen que cuando te decapitan, apenas puedes ver durante unas décimas de segundo cómo el suelo se te viene encima hasta que chof.

Aunque no sé quién lo dice, claro, alguien que debía de hablar más rápido que Ozores leyendo las definiciones del Pasapalabra.
Sin cabeza no somos nada los humanos.
Todo está en la cabeza, toda recreación al menos. O no está en ninguna parte si me apuras. Porque las ideas son invisibles, insípidas e inodoras, exactamente del mismo sabor, color y olor que los sentimientos.
Porque sentirse es pensarse, y pensarse es sentirse.
De igual manera, yo podría afirmar alegremente que todo está en los dedos porque son ellos los que escriben, los que piensan. Podría liarme a defender las novelas táctiles, frente a las mentales o las sentimentales.
Porque sentirse es tocarse y tocarse es masturbarse, para qué nos vamos a engañar (hoy estoy tontina;)
¿Qué quiero decir con todo esto? Que al final es una cuestión de pereza o de escasa capacidad de calado. Que no existen libros, estilos, párrafos más sentimentales, menos mentales sino menos currados, simplemente. Que han sido macerados menos tiempo o con menor intensidad antes de ser encuadernados. Angustias, rencores, valores, envidias, amores que han salido crudos del horno.
Que la ciencia contiene tanta magia como la poesía exactitud, que el PP tiene exactamente los mismos intereses que el PSOE pero contrapuestos, que Goethe escribió un tratado científico del amor, que Sánchez Dragó debe de tener la próstata nadando en semen. Que a veces soy un hombre. Que la pasión son todas las razones del mundo.
Porque escribir es eso: dar de comer tus propias vísceras, sesos y entrañas, en su punto. Sangrantes por dentro, torraditas por fuera.
¿Te apetece probar un poco?

lunes, 30 de agosto de 2010

Escapar es el lugar más maravilloso



El final del verano contiene un sustrato ecuménico, suscita una imagen universal, españolizada por el dúo dinámico, por qué no.
El verano está hecho para ser feliz, el otoño es la estación de las tribulaciones- es tan español el otoño-, y esa transición del uno al otro es la venda que cae de los ojos, mansamente, como una primera hoja de talle aún tierno.
Nunca he estado en Chicago y sin embargo conservo un recuerdo preciso de Chicago en otoño, que forma ya parte de mi memoria. Estuve a punto de ir allí a pasar un año cuando tenía 17. Entonces veía Cheers por la tele, y soñaba con un Chicago que no conocía. Soñaba con escapar, que es el lugar más maravilloso del mundo.
Claro que Cheers sucedía en Boston, tampoco vamos a exigirle precisión de relojero suizo a una imaginación de 17.
De alguna manera viví unos meses allí, ficticios, jazzísticos, en bares de entresuelo, con frío extremo fuera y calidez humeada dentro, espolvoreados de sencillez emocional y de dilución identitaria.
Esa sensación idiota y gratuita, en fin, difícil de domesticar con letras, es mi Chicago particular que ha pasado a engrosar esa amalgama viscosa llamada memoria.
No quiero ir nunca a Chicago.

Sabida es ya mi obsesión por la adolescencia. Ni zorra idea de por qué. Porque no se acaba de salir indemne de la adolescencia. Porque el sexo no es moneda suficiente a cambio de la inocencia. Porque nunca volveremos a ser tan delgados.
Escribo sobre eso ahora, necesito escribir largo sobre eso.
Me interesa ese tránsito. En general me interesan todos los tránsitos, los pasillos, los suburbios, los lugares fronterizos, las afueras, las notas al margen, los desheredados, los olvidados, los satélites de la nasa, los complementos indirectos y las guarniciones de los platos.
Mi tránsito particular al mundo adulto fue abrupto, no sé si por los aledaños o atajando por el mismísimo centro. A los 15 ya había probado todo tipo de drogas, había abortado, había olvidado una infancia, había leído a Freud, había hecho una película. Había sido inocente.
Escribo sobre eso, sobre tránsitos, sobre la amistad femenina adolescente. Escribo sobre Delphine sin escribir sobre ella, sobre el mundo adulto visto desde un lugar en medio de la nada, un motel de carretera o una estación de paso.
Y reconstruyo sensaciones como ciudades para trasplantarlas en seres tan ficticios como mi Chicago.
Y se me ocurre que la adolescencia es exactamente el final del verano.
Un tumor propio dentro de la carne extraña.

martes, 24 de agosto de 2010

Ahora no creo en la poesía



No pidas lo que no necesitas
no necesitas
un hombre que te inmortalice en tu belleza,
sólo un hombre,
ante el que no necesites sentirte hermosa,
se lo oí decir un día a mi abuela,
apoyada en la baranda azul
mientras comía pájaros cantores.
O tal vez soñé que lo decía, es lo mismo.
No conocí a mi abuela
tampoco al hombre
que no busque sorber con gula
la hermosura de un corazón
hasta dejarlo seco.

Y me pregunto
¿acaso es mejor matar la belleza
de un golpe certero?
Mientras empequeñezco
ante la rima consonante
de esos endecasílabos graciosamente alineados,
Como nunca lo estarán mis versos alienados.

Y lo confieso:
a menudo no reconozco palabras que he escrito
pero ésas son las que me gustan.

Ya no escribo poemas. Este tiene algún tiempo, de cuando yo escribía poemas. Seguramente no es bueno, ni siquiera yo sabría formular la idea, ergo no hay idea.
Creo que uno debe tender a tratar de explicar aquello que está justo un escaloncito por encima de uno, lo necesario para obligarle a estirar los gemelos y ponerse de puntillas para atisbar unos segundos en la semipenumbra, el polvo cosquilleándole la nariz. Y no aquello que está allá en el último estante, eso que por más saltos que uno dé no puede ver, porque sería necesario armarse de una tramposa escalera.
Es de gilipollas pensar: a ver si eres capaz de desentrañar lo que he querido decir con monstruo de tres cabezas policromado del último estante, que no lo sé ni yo.
Es difícil ser humilde, poéticamente hablando. Es difícil tener ego de poeta y a la vez ser humilde.

Por eso ahora mismo no creo en la poesía. En la poesía-poesía, en la poesía propiamente dicha, la de los renglones cercenados, no en la poesía que cabe en la mirada de Marilyn.
Porque hay algo perezoso en ella, algo endogámico, una sensibilidad de cinta aislante.


Supongo que volveré a sufrir de esa manera concreta y volverá la necesidad de poesía.


sábado, 14 de agosto de 2010

Teorías



Vengo a tener como unas siete teorías al día.
Ahí va una:
La gente antes se quería más, era más fácil quererse, darse de bruces con el amor porque el fascismo, el estalinismo, el pan ácimo, la cartilla de racionamiento, la escasez de libertad y de chocolate trabajaban para el amor, lo empujaban desde el otro extremo. Había más gente sufrida, amable, querible.
Hoy ya no está de moda sufrir. Hoy es más difícil encontrar a gente querible.
Esto me hace pensar que he de incluir la capacidad de sufrimiento en la medida justa de la fórmula.
Hoy se quiere con más efectivo sí, pero con menos solvencia.

Otra: He inventado un método de marketing rompedor, novedoso, infalible, que dará que hablar. El no marketing. No tratar de vender en absoluto.
Supongo que captáis la magnificencia de mi invento, lo increíblemente ingenioso, la revolución que supondrá en los próximos años, el concepto de ruptura que conlleva desdeñar por completo al consumidor. Pasear el producto propio sin ánimo de transacción, sin ánimo de desprenderse de él, tampoco de quedárselo, exactamente igual de indiferente venderlo como no venderlo.
Puede parecer una gilipollez pero seguramente lo es.

Otra: La especialización nos llevará a la ruina.
¿cómo se siente un atleta colista, de esos que pasan el año entrenando duro, con sol, con lluvia, con resaca, con suegra, para arañar una sola décima de segundo a su marca? Un atleta que no ve ni de lejos las medallas, sólo los culos de los demás corriendo delante.
Si no puedo llegar a escribir como los mejores algún día, no quiero escribir.
Si no soy la mejor madre no quiero ser madre.
Si no soy la que mejor sigue la coreografía, no quiero hacer aerobic.
Hasta que se empiezan a ver culos delante. Y los propios límites envuelven, abrazan, delimitando el contorno definido del propio ser. Hasta aquí, yo, más allá culos.
Bien, seré la madre que hace aerobic que mejor escribe.
Combinar hasta ser el mejor en algo.
La especialización nos llevará a la ruina.


….

He leído un tranvía en SP, sufrimiento sin marketing. Amor por tanto. Y también Alzheimer. Y gozo de vivir.
Yo quería haber escrito un tranvía en SP, porque parece que lo haya escrito una chica, ¿sabes, Unai? No existe la literatura de género, ni siquiera la literatura violenta de género pero me resulta femenino este libro.
Es un ejercicio monísimo de estilo, extraordinariamente sensible, muy depurado y sencillo, con palabras comunes, combinadas de una forma tan original que parecen otra cosa. Claro que el recuerdo no sabe de estilos, ni conoce a su puta madre. Así que a ver qué queda de Lucas, María, marcos y Roma con el paso de los días. A ver si se aferran bien a la memoria. Sospecho que sí.
Y ahora leo Plataforma, de Houellebecq y es magnífica. Tengo suerte últimamente en las elecciones. Houellebecq es un degenerado, claro, y todos sus personajes se parecen, son seres enfermos de cinismo ultramoderno, desahuciados por la esperanza, que sufren su soledad en el mismo ojo del huracán de esta vertiginosa sociedad, que se creen incapaces de amar. Es decir, románticos hasta la médula.
Y pienso si sufrir no será claramente una cuestión de vocación.

jueves, 5 de agosto de 2010

La fórmula


Bruno está enamorado y nadie le ha enseñado. Ella tiene 14 años y se llama Bárbara (como yo) (este paréntesis aclaratorio es estúpido en grado supino, ya todo el mundo sabe cómo me llamo yo) (y este segundo paréntesis aclaratorio a ese primer paréntesis aclaratorio además de estúpido y digresionante, ¿debería llevar corchetes?)
Espera, que salgo de los paréntesis.
Bruno está enamorado, a sus 4 años. Se enamoró el verano pasado, a los 3, y todo el año ha dicho que su novia era Bárbara y que quería ir al baile y casarse con ella (entre sus influencias culturales destaca la Cenicienta, seguida de cerca por Kierkegaard)
Bárbara es esa niña-mujer algo perversa, con marcada personalidad y carnes de ciruela fresca, que gusta de tontear, que le da besitos a mi chiquitín mientras se deja querer por chicos con reciente población forestal en los huevos.
El año pasado, Bruno y su inocencia desplegaron todo su repertorio de saltos en la piscina para impresionarla. Jugaba a perseguirla bajo el agua. Y Bárbara venía a tomarse un polo a las escaleras de casa. Y Bruno se sentaba algunas noches, solo, y suspiraba: estoy esperando a Bárbara.
Este año sufre por amor y nadie le ha enseñado. Le da una vergüenza terrible cuando ella se acerca por detrás y le roba un beso pero siempre quiere más, y la busca como un instinto de corcho busca ligero la superficie.
Ahora Bárbara se ha ido a Francia unos días -su madre es francesa- y Bruno dice que la echa de menos. No obstante, no ha tardado en sustituirla por una rubia de la piscina, una madurita de 16, muy mona. Sólo hasta que venga Bárbara, aclara. Pero jugamos al veo, veo, ¿qué ves? una cosita, empieza por la letrita… P, ¡rubia! Exclama.

Bruno está enamorado y nadie le ha enseñado, lo que viene a sugerir, acaso demostrar, que el amor existe.

Tuve una amiga gorda, mórbida, de esas que la gente se mira con asco en la parada de autobús. De las que están acostumbradas a ser ostentosamente invisibles para los hombres a pesar de sus más de cien kilos de carne empaquetada, lista para consumir. De las que tiran millas comiendo, como una forma de huir a la carrera del amargor de este paseo, de escapar mientras paradójicamente van echándose lastre encima.
Conoció a un tipo pequeño, excesivamente pequeño, increíblemente bajito, de esos que las mujeres miran, no ya por encima del hombro, sino por encima de la cuna. Era además pelón como un bebé.
Y surgió el amor, ¿el amor más maravilloso? El amor por eliminación, el amor como último destino posible, tú eres la única, tú eres el único. El que se yergue tras la estadística, el que arrastró la providencia, el amor del desecho, estamos desechos el uno para el otro. El amor, sin duda.

Y pienso en la fórmula del amor:


deseo – soledad
----------------------
oportunidad

No.

deseo x ternura- soledad
---------------------------------
correspondencia


No.

Deseo x admiración

---------------------------
soledad

No.

Sigo buscando, abriendo paréntesis.

viernes, 30 de julio de 2010

Sin noticias del mundo



No tengo noticias del mundo. No veo telediarios, no leo periódicos. ¿Seguirá existiendo esa representación amorfa y gelatinosa que los medios llaman mundo? Parece que sí, parece no ha pasado nada grave, la gente continua bañándose en playas y piscinas, con solapada lujuria, con indolente carnalidad. (Seguro que las piscinas alemanas estaban a rebosar en el verano del 41).

Puede que Montilla haya sido pillado en postura indecorosa con una señorita madrileña de muy buen ver.
Puede que un señor de Murcia haya inventado por fin el sufrómetro, ese aparato imprescindible en hospitales, partidos de fútbol y reuniones sadomasoquistas.
Puede que le hayan dado un premio por toda su carrera a Miguel Bosé.
Puede que investigadores norteamericanos hayan descubierto que el amor es un gen, un gen que apenas un 2% de la población posee.
Puede que el rey haya empezado a dar muestras de los primeros síntomas de Alzheimer.
Puede que ese cangrejo que vi hoy en la playa me haya mirado a los ojos y se haya sentido cangrejo.

Las noticias no dejan de ser manos de barro ajenas con las que amasar la idea del mundo hasta darle una forma redondita. ¿Vivimos en redondo, mami? me pregunta Bruno. Sí, cariño, sí.
El mundo como voluntad y representación. ¿Era optimista o pesimista Schopenhauer? Era filósofo, ¿no?
Lejanas, bufonas, anacrónicas, las noticias en verano desprenden más que nunca el olor del pegamento, penetrante y artificial, siempre fresco, que utilizamos para mantener viva nuestra fantasía de mundo real, redondo, que nos hace girar con él.
Sin embargo, no hay nada que suceda que no se haya gritado ya.
Tal vez el cangrejo ni me miró, ni siquiera cuando le lancé aquella bola de arena prieta.

martes, 20 de julio de 2010

Vírgenes suicidas


Me han trastornado las hermanas Lisbon, esas vírgenes suicidas, con olor a mujer madura, a muerte rancia y a cereza. Cómo se combina el candor, la inocencia de unos cuerpos tiernos con el limo que enturbia la mirada. Se combina mal, se combina con muerte. Mueren todas. Las cinco. Suicidadas. Y es tan fascinante su sufrimiento, tan bello.

Compré el libro en una librería de Denia donde no había mucho que elegir, y han ido saliendo de él todo tipo de mariposas raras y bichos aún más raros.

Cómo construye esa mano entre bastidores esta historia, cómo mantiene la emoción hasta conducirnos hacia un final universal, inexplicable, anunciado ya en la primera página, despreciando todo misterio en la trama, retándonos a tratar de reconstruir lo irreconstruible, a tratar de acercarnos a ese misterio siempre móvil como un maldito horizonte.
Con el lenguaje exacto, ni demasiado poético, ni demasiado terrestre, ni demasiado cursi. Me ha gustado u/o trastornado el librito. Qué quedará de él con el tiempo, ni idea, la fogosidad de Lux follando en los tejados, la frase de Cecilia, que ya me comentó Delphine, ¿Qué haces aquí, guapa si todavía no tienes edad para saber lo mala qué es la vida?, pregunta el médico. Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años.

Los libros que me gustan los acabo y los vuelvo a empezar todo seguido, en un mismo acto. Y ya no me gustan tanto, afortunadamente. Les rebano un poquito el misterio y así me quedo más tranquila.

Y el suicidio me sigue pareciendo una mirada de única dirección, una estrechez en el callejón del porvenir pero sobre todo una manera pertinaz de creer en el destino. Lo contrario es la curiosidad. Esa pequeña picadura marca la diferencia.

Ejemplo: me imagino en una ofensiva en la que he de correr frente a las líneas enemigas con el objetivo de accionar un botón que salve a los nuestros. Somos un pequeño grupo de elegidos para la misión. Y yo soy una de ellos y corro, y corro como no he corrido en mi vida y silban las balas sobre mis hombros, pero yo sigo corriendo como si fueran a borrarse mis brazos y mis piernas. Estoy muy cerca de ese botón, voy a conseguir el objetivo, cuando me alcanza una bala. No duele pero de pronto estoy en el suelo, tendida, mientras todo sonido se apaga y el horizonte se desertiza, se ondula bajo el sol, con la clarividencia de un espejismo . Y sé que estoy jodida, que este mundo se acaba porque yo me acabo, y todas las minucias de la vidita pujan por perder sentido. Y aún así, en ese último instante, hago un esfuerzo y levanto la cabeza para para ver si el compañero que venía detrás consigue por fin alcanzar el ojetivo, consigue accionar el botón.

En eso se resume: en levantar o no la cabeza. En mirar hacia fuera una vez más, sólo por curiosidad.

Estoy metafísica . Serán las Lisbon.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vidita



Vidita. Así me gusta más. Cuanto más pequeña, más sentido. Contemplada en la distancia corta, en la distancia reducida de un beso, donde se desdibujan los rasgos y se perfila nítida el alma (toma ya, cursilada). Sigo. Resguardada de grandes miras, de elevados objetivos, sin demasiado público. Vidas de barrio. Historias mínimas. Deseos escuetos, a ras de suelo.

Es un gran título Lo raro es vivir. Porque no me digas que no es raro vivir. ¿qué hacemos aquí? ¿qué? cosa, misión, carajo, ¿hacemos? quiénes, ¿cabe yo ahí dentro, qué es yo? ¿aquí?, por contraste con ¿allí?

Lo raro es vivir sin duda. Y cuanta más grandeza se le imprime, más raro.

Claro que todo tiene sus ventajas, hasta estar muerto tiene sus ventajas.

Obcecarse en dejar una herencia digna a los hijos, un trocito de tierra que puedan arañar, o en llevar la ropa interior siempre limpia por si a la brisa intempestiva de la muerte le da por husmear bajo la falda sin avisar. Hacer del traje de comunión de tu hija el centro del universo, como en Lloviendo piedras. Y que no digan que una no es decente. Que no digan que uno no es trabajador. Pequeños lastres que nos sujetan, miniaturas vitales. Así tiene más sentido lo raro, o al menos se adormece el sinsentido de lo raro.

En la barra fría y pegajosa del bar sin diseño, en la conversación insustancial sólo para reconocerse, para decirse estoy aquí, por contraste con allí, aquí, tú y yo, a la misma hora, en la misma barra, compartiendo instante.

En el trabajo repetido, en el ocio por contraste, en los hijos que se le parecen a uno. Ahí es más fácil distraer a la VIDA en mayúsculas y birlarle un pequeño sentido para esa vida en minúsculas, vidita.
...

M. estaba triste el otro día porque decía que es un facha para sus amigos nacionalistas y un independentista para sus amigos del resto de España.

No creo que se discuta de identidad sino de algo más crematístico. Pero se habla de identidad, es preferible hablar de cosas nobles, enaltecedoras, intangibles que de purito interés.

La identidad es algo resbaladizo, algo idiota también tratar de construir la propia identidad a través de la identidad colectiva. No es más que necesidad de acotar con rígidos fronteras externas a ese nómada interno, de acorralar esa duda que a todos nos crece dentro, de negar la dispersión de lo que somos. Claro que también pueden ser ganas de fiesta, ganas de multitud y de sudor humano. No sé.

No creo en la identidad colectiva, sólo en la locura colectiva. y cualquier sentimiento masivo me parece una entelequia, tendente al fanatismo o a la hinchada.
Además, hace tiempo que alcancé el colmo del nacionalismo y yo soy mi nación, y hablo mi propia lengua hacia dentro, y dicto mis leyes y tengo mi territorio delimitado -este cuerpo para placer y gloria, para fracaso y enfermedad- y donde a menudo me siento extranjera.

Así es que no hay de qué preocuparse, M.

Y se me está ocurriendo que, bien mirado, todo esto de la vidita, tenga algo que ver al fin y al cabo con esto de la identidad, con lo grande y lo pequeño, con las mayúsculas y las minúsculas, con aquí y allá. Con lo raro que es vivir, y lo que hacemos por olvidarlo.

Y hablando de viditas, me estoy dando la gran vida aquí por Jávea, entre calas y piscinas, entre siestas de baba densa y atardeceres que quitan la cabeza. Lo digo por dar envidia nomás....

Besooooos.

martes, 6 de julio de 2010

Vida social



El jueves fui a un concierto de Burguitos. Me encanta Burguitos. Es amigo mío Burguitos, aunque me gustaría igualmente si no fuera amigo mío. si no lo fuera, escucharía a Burguitos y querría que fuera amigo mío. Porque Burguitos es como un deslunado con todas las luces encendidas, como unas dunas peinadas, ardientes (no sé por qué digo esto).

Tiene talento Bruguitos, tiene coraje (parezco el Moreno) y resiste y se rinde a la creatividad. Destila esa clase de ternura rematada en guasa, ese sufrimiento transparente que se vuelve joie de vivre de alta graduación en su alambique particular. No conoce la timidez Burguitos cuando sube al escenario, pero es su compañera constante cuando se baja de él. (y… a estas alturas sabemos que nada es gratis). Levanta su soledad frente al público, la sostiene, y la hace girar sobre el eje invisible de su guitarra. Hay que tener cojones para eso. Ejerce una fuerza poderosa en directo. En mí al menos.

El jueves, en aquella terraza en medio de la nada, a la que se accedía por un camino de tierra en una noche-boca de lobo, en aquella terraza entre higueras, olivos y gintonics, -parecía que la tierra daba directamente los gintonics, no el enebro, sino el combinado brotando directamente de los árboles- , fui feliz durante hora y media. Tanto que apenas tengo nada más que contar.
Y además Burguitos hace estas cosas:




Y el viernes fui a la presentación del libro de Raúl, “Elefantiasis” (semana movidita para mi acostumbrada atonía social). Bueno, lo cierto es que no llegué a la presentación, me planté directamente en la cervecita de después y en las copas de más allá. Conocí a Alma, de pelo tan rojo como su entusiasmo, y Raúl me firmo un ejemplar con letra mimada.

Es curioso esto del blogomundi, de cómo las avanzadillas de la imaginación nos sacan ventaja, y uno llega después, siguiendo sus pasos, a conocer a alguien que ya conoce. Y ese alguien se le desdobla sin remedio en otros muchos, y se produce un cierto descuadre en el plano tridimensional, como si uno hubiera olvidado ponerse las gafas de 3D.
Es extraño. Raúl fue cazando a lo largo de la noche todas esas personalidades dispersas, sujetándolas por las riendas de su propia persona, consiguiendo acotar en él mismo a todos los Raúles de mi imaginación.

Y al final, todo encajó con un sencillo clic (como el de nuestro compartido Manara de adolescencia), y lo vi con nitidez. Alguien afable y cercano, alguien ya conocido. Lo pasamos bien.
A dónde van a parar esas otras personalidades anteriores imaginadas, esas otras voces, esos otros rostros, no tengo ni idea.
Le deseo mucha suerte con su libro, o algo mejor que la suerte.



miércoles, 30 de junio de 2010

Match point



Tengo debilidad por la gente que ha sufrido. El sufrimiento les confiere a mis ojos una suerte de aura brillante, una pátina de superhéroe al que los dioses han reservado un elevado destino de tragedia griega. Y espero de ellos que me provoquen la consiguiente catarsis. Cuanto más han sufrido, más valor les doy. Evidentemente, me equivoco.
Resulta que la vida está llena de infelices, de desgraciados sin más, de gente sin suerte y sin grandeza; que la felicidad a menudo es el último recurso de los olvidados, el único lujo de los miserables, entre los que me incluyo.

El destino es la palabra más hueca del mundo, ¿no oyes su eco? El destino es un punto distante, siempre flotante en el espacio, una mancha de aceite en un vaso de agua. El destino mancha, es insoluble. El destino es el mayor error. Ahí fuera, sólo hay azar.

Y también está la profecía autocumplida. Dice la Wiki- tampoco vamos a ponernos exquisitos- que la profecía que se autorrealiza es, en principio, una definición "falsa" de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que esa falsa concepción original de la situación se vuelva "verdadera".
Deriva del teorema de Thomas, que afirma que: si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales.
He pensado mucho en eso, en cómo lo que creemos que va a suceder acaba modificando nuestra realidad en algún sentido, y en cómo escapar a ello. Hasta dónde podemos objetivizar la percepción. Cómo lograr que permanezca siempre en blanco la página siguiente.

Me contó E. que se llevó a cabo un experimento psicológico, un experimento cruel, en el que a unos alumnos con una inteligencia superior se les pasó un test y se les comunicó que los resultados revelaban que tenían una inteligencia mediocre, mientras que a otros con una inteligencia normal se les dijo que tenían un coeficiente superior a la media. Estos últimos mejoraron espectacularmente sus calificaciones. Los primeros las empeoraron, claro.

Sólo los muy jóvenes o los idiotas creen en el destino.
A veces pienso que creer en el destino es lo mismo que creer en Dios.
Es tan excitante y reconfortante ir en contra de nuestro propio destino, los grandes logros de la humanidad se han hecho por gente que ha desafiado su destino.

Y sin embargo, Match point. La pelotita que roza la red y ese instante en que el tiempo se detiene y la pelota pasa o cae del mismo lado. El anillo que no llega al fondo del río. La buena o la mala suerte.

Tal vez el destino no sea más que la ecuación entre voluntad y suerte, y sólo hay que hallar el valor de cada una de ellas para despejar la incógnita (plagio a mis propios personajes…), sin emborronar, eso sí, esa hoja en blanco que todos tenemos por delante.

jueves, 24 de junio de 2010

Testosterona



Es difícil hablar de feminismo sin hablar de sexo. Es difícil hablar de cualquier cosa sin hablar de sexo. Es verano, qué culpa tengo yo…
Hablar de feminismo o de sexismo lleva inexorablemente a hablar de sexo puro, a cavar hasta su raíz genital, a pensar en penetrar o sorber, en violar o lubricar, en poseer o rendirse, en dolor o placer, en el dolor del placer.

Me interesa el deseo femenino, su recorrido sinuoso, su fragilidad, su dilución, su represión. Tengo interés en ello, como los capitalistas tienen interés en el Nasdaq, el DownJones o el Ibex 35. Todo es sexo y dinero al fin y al cabo. Y el flujo que los mantiene unidos es la tan denostada prostitución.

El único sexo limpio es el sexo por el sexo. ¿A dónde quiero ir a parar? no tengo ni idea, estoy desvariando pero sigo.


Yo quería hablar de sexismo y de sexo. De porno y de sumisión. De violencia. De placer y de control. De liberación. De masculinidad y de feminidad. De cómo los clichés se nos pegan al ADN, de cómo construimos nuestra identidad a partir de endebles caricaturas, de cómo los estereotipos del porno van salpicando todas las esferas de nuestra vida, de por qué a pesar de haber tantas mujeres distintas, en el porno siempre aparece la misma mujer.

De la sumisión, de la supeditación del deseo femenino al masculino. De la prevalencia de lo obvio, de lo enhiesto, de lo borboteante, frente a lo latente, lo difuso, lo fluido.
No es inocente, claro. Aunque no es el porno el culpable. De hecho habría que subvencionar la industria del porno, habría que nombrar honoris causa a todos los actores porno, porque son los seres más generosos de la tierra, entregados en cuerpo y alma al placer de la humanidad.

Es la identidad masculina y femenina tan estrecha la que produce asfixia.
Pienso que si yo pudiera elegir arma para esta excitante batalla que es el sexo, tal vez elegiría una única, potente y masculina. Por qué preferir un revólver, una daga y un puño americano si puedo tener un bazoka, fisiológicamente hablando, no sé si me explico... Claro que otras veces quisiera ser femenina.

Hace como un siglo escribí esto sobre la identidad.
Hoy no me acucia esa necesidad de definición. Hoy me siento bien entre huesos devorados.
Y exploto mi imagen y me exhibo sin pudor, ya lo ves. Y merodeo la belleza. Y me pinto los labios.
Soy ya lo que hay justo antes de ser mujer. Cualquier mujer, la sexy, la gorda, la fea, la frígida, la bizca, la bipolar, porque yo soy todas ellas. (esto ha sonado a Virginie Despentes, a plagio de Virginie Despentes).

Y Virginie lo explica mucho mejor: “El porno ha sido integrado dentro de la cultura de masas. Cuando pongo la MTV sólo veo guarrillas rodeadas de un imaginario claramente pornográfico. Lo mismo se puede decir de Gran Hermano y otros realities: a mí me recuerdan a la estética de cualquier porno. Fíjate también en las películas de acción de Hollywood: los primeros planos de genitales han sido sustituidos por primeros planos de armas. Tenemos que cargar con una segregación hipócrita promovida con severidad desde arriba. En 30 años hemos tenido que cargar con prohibiciones ridículas. Puedes mostrar cualquier cosa en televisión: muertes reales y simuladas, violaciones de la privacidad, guerra, sangre y tortura en las películas de terror, cualquier cosa excepto genitales. Los genitales masculinos están estrictamente prohibidos. Entonces es cuando entra Internet. La pornografía sigue viva, pero tiene que seguir siendo considerada como la más baja forma de entretenimiento. Tiene que hacerse sin dinero, sin promoción, sin debate público. Así todo el mundo se siente seguro y protegido”.



Revolución en el porno, revolución a través del porno, ya!!!
Y sigue diciendo Virginie, ahora acerca de la violencia: “La escena más chocante de Baise moi fue efectivamente aquella en la que Manu dispara una bala en el culo de un tipo en un puticlub. Esto me hizo mucha gracia. Se llegó a decir que amenazábamos la seguridad del Estado (¡). Sin embargo, si echamos un ojo a las películas más taquilleras de los últimos años, la mitad de ellas son películas de horror, complacientes y sofisticadas, en las que las mujeres son tratadas de forma sádica o brutalmente. Por el contrario, tengo la impresión de no haber visto nunca imágenes de hombres jóvenes desnudos, cubiertos de sangre que son tratados sádicamente por mujeres inquietantes.
El miedo no debe pasar al otro lado. El mensaje debe llegar a ambos lados: que las mujeres recuerden que están siempre en peligro, que son víctimas potenciales. Pero también que los hombres recuerden que están necesariamente del lado de los agresores, de la fuerza, de la brutalidad.
Me sorprende en España, cuando miro las noticias sobre violencia de género que aún nos movamos en la complacencia: “mujeres, mirad cómo sufrís, lo frágiles e impotentes que sois; hombres, mirad lo que sois, sois maléficos y tenéis el poder. Lamento no haber visto nunca a una mujer empuñar un martillo y hundirlo en el cráneo de un hombre. No creo que eso sea una incitación a hacerlo realmente. Pero se trataría de un mensaje simbólico importante: la brutalidad pertenece a quien empuña el arma”.

Beatriz Preciado por su parte aporta datos curiosos: un hombre puede ir a la farmacia y comprar pastillas para feminizarse, las mujeres toman alegremente estrógenos desde los 14 años y durante larguísimos periodos de tiempo pero no se puede comprar testosterona, hace falta la receta de un psiquiatra que dé cuenta de un trastorno de identidad sexual. El poder impide el acceso a la testosterona.
Da que pensar, ¿no?
Ella dice que la testosterona es como el viagra femenino, que te pone como una moto.

viernes, 18 de junio de 2010

Virus

He mandado un virus sin querer. He recibido un mail de alguien de confianza, cuyo asunto era Fotos 05/06, o algo así, de una persona que a veces me manda fotos y lo he intentado abrir. Automáticamente, se ha reenviado a todos mis contactos. Lo peor de todo es que no puedo avisarles porque Hotmail me informa de que he sobrepasado mi límite de mensajes enviados y he de esperar 24 horas.
Si alguno de mis contactos lee esto, y aún no lo ha abierto, que no lo abra, sobra decirlo.
Si ya lo ha hecho, le pido perdón y le doy permiso para cagarse en todos mis muertos.

jueves, 17 de junio de 2010

ego, no te absolvo


Uno es al fin y al cabo lo único que le relaciona con el mundo, el único instrumento a través del cual percibirlo y comprenderlo. La única coartada epistemológica.
No se puede pensar desde ningún lugar distinto a uno. Ni siquiera desde la esquizofrenia, contrariamente a lo que se cree. Ni siquiera desde la escritura.

Ya decía Parménides que la realidad es una e inmutable, que existe el ser pero no existe el no ser (cómo me gustan estos griegos, y qué poco me hubiera gustado vivir entre ellos como ser femenino que soy, como no ser masculino que no soy).
No se puede percibir el mundo desde el no ser. Es una solemne tontería. No se puede desaparecer sin que se esfume todo en un mismo acto, por muy Pasavento que se sea. No se puede observar la realidad desde la objetividad, sin traumas, sin prejuicios, sin éticas ni recuerdos amontonados en los suburbios de la mirada; sin cargar con uno mismo.

Y sin embargo sucede también al contrario, que el mundo, al fin y al cabo, es lo único que nos relaciona con nosotros mismos.
Ayer estuvo nublado, llovió, hizo sol y luego viento a última hora. Me importa un bledo el tiempo, no obstante estuve triste, abatida, luego me animé, me enervé a última hora.
Y ese empecinamiento en seguir girando, ese asomarse el sol, contumaz, brillante y cínico, tras un terremoto o unas lluvias torrenciales se parece tanto al acto por el que todos los días me pinto los labios antes de echarme a la calle.
Acaso mi vida sea ya la vida.

"Es evidente, pues, que fuera del universo no existe ni cabe que se genere la masa de ningún cuerpo; por consiguiente, la totalidad del mundo consta de toda la materia que le es propia; en efecto, vimos que su materia propia era el cuerpo natural y sensible." Aristóteles dixit.
Y también dixit:
"La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades."


jueves, 10 de junio de 2010

Me pienso con los dedos

Me pienso con los dedos. No tengo postura conocida, firmeza apuntalada ante un tema, hasta que las ideas, buenas, malas o peores, se deslizan por mis dedos buscando con sus yemas ciegas el negro del teclado. Atisbo algo. Tap tap tap tap tap, me voy pensando. Con el índice y el corazón. El índice y el corazón. No digo más. Son gratis las interpretaciones, las metáforas subyacentes. Índice y corazón. (Más cursi lo dice Tamaro, donde el corazón te lleve). Nunca sucumbí a un curso de mecanografía.
Así entro en contacto con el mundo, por el tacto. Rozo el mundo, duro, negro y misterioso, con el índice y el corazón. Es un acto pequeño e íntimo que a nadie importa, lo mío con el mundo. Y comprendo un poquito, tap, tap, tap, se me desprende una pequeñísima luz de entre los dedos.

El mismo día que fui a hacerle una entrevista a un investigador sobre el alzheimer, recibí un correo de A. pidiéndome permiso para usar una idea mía (¿?) sobre la memoria en un relato que está escribiendo.
Mola que en este mundo material hasta la náusea, en que hasta la náusea es material, alguien pida permiso para usar una idea, no unas palabras literales sino una idea, volátil, huérfana de padres y hasta de tíos de la sgae. Releo el párrafo en cuestión y no recuerdo haber escrito eso yo.
La memoria es un deseo satisfecho, dice Carlos Fuentes, críptico.

Era atractivo el investigador. Tenía ojos bonitos y voz de ginebra, profunda y sobria a la vez. Me gustan los científicos.

Le dije a A. que por supuesto, que la idea de la memoria la había cocinado y aliñado ella a su gusto, y era ya su digestión, que acaso deberíamos pedir permiso a los griegos.

Al biólogo le hice preguntas serias, pertinentes quiero creer, pero no pude evitar deslizar la pregunta de retrasada mental, la pregunta cursi-profunda: ¿somos algo sin memoria? Se me empañan los ojillos cuando me oigo en la grabadora. ¿Somos algo sin memoria?

La silla giratoria no estaba bloqueada y a cada pregunta me hundía un poco más con un clic seco, perdía estatura y desaparecía tras la mesa, en otra metáfora más que dejo a tu libre interpretación.
Sí, tal vez puedan sustituirse las células dañadas por células madre pero ¿se pueden recuperar los recuerdos? Eso no lo sabemos, no lo sabría ni Proust, de llevar vivo dos siglos.
A. ha escrito que algunas veces ocurre que todo permanece. El tiempo se aferra a sí mismo y marca sus secuencias con un espejo candente, sellando la garantía de regreso.

Yo lo único que recuerdo haber escrito sobre la memoria es que la memoria es el mar.

Porque no es verdad que la memoria sea el único paraíso del que no podemos ser expulsados.
Porque no es verdad que la memoria sea el deseo satisfecho.
Porque tampoco es el mar.
Y los dedos no piensan.

Porque sé que esta historia va a acabar mal, en enfermedad y muerte, y por eso quiero cincelar ahora en mi memoria que sí, que se puede gozar intensamente, sin temor al vértigo.

jueves, 3 de junio de 2010

Estupor

Recuerdo una escena de Terciopelo azul en la que Laura Dern descendía la típica escalera americana mientras hacía pucheros, pucheros reales, con mocos malabares descolgándose impúdicos y cara de me importa un bledo la cara que pongo porque estoy des-con-so-la-da. Era una de las escenas finales de la peli, en la que se condensaba toda la carga dramática, y Laura lloraba, lloraba como una chiquilla, cocinando en ese último puchero la pérdida definitiva de la inocencia y blablabla. El público del cine estalló en risas, se carcajeó violentamente ante las realistas muecas de dolor de Laura.
Yo contuve la respiración con estupor.


Y luego están las pelis de Tarantino. Mientras al tío le meten un tiro en la pierna, un tiro de autor, pura violencia de qualité, y él sabe que está jodido y tú sabes que está jodido porque él eres tú, porque tú eres él que para eso has pagado 7 euros, mientras- digo- los sicarios sueltan EL CHISTE con mayúsculas y el público en bloque se descojona.
Yo no. Yo estoy jodida, yo me voy a morir, y me duele la pierna y me desangro, me desangro con estupor.

Y también están las pelis porno, en las que la chica se traga hasta el fondo un miembro, digamos considerable por no decir descomunal, mientras le sujetan la cabeza con fuerza, aporreando su glotis sin piedad y, derivado de ello, a la muchacha la acometen unas lógicas arcadas y aún así sonríe, pícara, los ojos vidriosos y el gesto de disfrutar mucho con sus arcadas. ¡Qué placer provocan las arcadas!, ¿Quién no ha alcanzado el séptimo cielo a través de unas arcadas?
Más estupor.

Y están los toros, que si hay que matar se mata, toros, vaquillas, senadores vitalicios, periodistas deportivos, analistas bursátiles y lo que haga falta, que una es tan defensora de la vida como de la muerte, ¿pero hay que disfrutar con ello?
Más estupor.

No sé qué quiero decir con todo esto, ¿que todos ellos están enfermos y yo no? No creo, yo sería capaz de una crueldad mayor, una crueldad argumentada, extrema y razonada. Sería capaz de matar. ¿Que padecen esquizofrenia emocional? ese cromo también lo tengo. ¿Que se les diluyen las fronteras entre el dolor y el placer? Las mías son tan inciertas como la franja de Gaza. ¿Que vivimos en una sociedad psicopática? Estupor y más estupor.
Realmente no sé qué quiero decir con todo esto, ¿podrías acabar tú este post?…

jueves, 27 de mayo de 2010

Comí con M.

M. apenas sobrepasa el metro cincuenta. Es barrendera desde los dieciocho. Tiene los ojos verdes, la boca pequeña, la nariz pequeña, las tetas pequeñas, los ojos grandes, verdes, como de muñeca, que se cierran automáticamente cuando la acuestas, se abren cuando la incorporas. 
M. tiene una enfermedad que la hace ir al baño cada quince minutos.
Ayer comí con M. 

Ensalada de algas vermicelli, sushi, makisushi de aguacate y Philadelphia, wantun fritos, arroz con pato y soja, tallarines con verdura, brochetas teppanyaki.
- ¿Y de beber? (la japonesa)
- ¿Podría ser una copa de vino blanco? (M)
- yo igual también tomo una copa... (yo, valga la redundancia) ¿Pedimos una botella pequeña?



El padre de M. pegaba a la madre de M., más con disciplina que con auténtica vocación. Una noche, cuando M. tenía 8 años, se interpuso entre ellos y echó a su padre de casa. Lo empujó tanto que lo sacó hasta el rellano. 


M. siempre anda de puntillas, como un gato con memoria.

- Tengo tantas cosas que contarte- dice-. He vuelto al trabajo, he vuelto al sindicato. Me siento bien, me están haciendo un tratamiento de choque y me siento bien, sólo pienso en vivir el momento. Con B. las cosas no van tan bien. Está sin trabajo y se pasa el día viendo la tele. Ya no sé si es verdadero amor lo que siento por él, he conocido a otro y me pongo nerviosa sólo de pensar en tomar un café con él.
- ¿Verdadero amor? El amor lo es todo, verdadero, falso, voluble, el amor no es nada. Sólo una palabra. Pero no vayas a creerte que toda fantasía es un deseo de la voluntad. Disfruta de ellas, recréalas, pero no las manches de realidad.

El padre de M. era un vividor, pequeño como ella, trilero, jugador. Es gracioso el padre de M. cuando te cuenta cómo huyeron de aquel pueblecito, perseguidos por lugareños furibundos, tras una timba fraudulenta.


- Son tan burras en mi trabajo. ¿Sabes que hay una novela de Elvira Lindo que tiene por protagonistas a dos barrenderas…?
- La leí. Una palabra tuya.
- Pues en el curro, nadie la ha leído, ni siquiera han visto la peli. No les interesa. No les interesa lo que dicen de nosotras.
- A la gente no le interesa que le hablen de uno mismo.


El ex de M. vive en un coche desde que se quedó sin trabajo. Bebe, y se le hinchan las piernas porque no puede estirarlas en el coche. Cuando era pequeño, le daban electroshocks.

- El otro día vi Bajo las estrellas en la tele, ¿la conoces? me gustó bastante.
M. la conoce. M. ha visto todas las películas del mundo.
- Y Alberto San Juan, ¿cómo está Alberto San Juan?
Coincidimos en un mmmmmm.
- Yo ahora ando un poco enamoriscada de la china que me da masajes- me confiesa. Tú sabes que no soy lesbiana pero es que me pone tanto esa china, la adoro. Creo que estoy enamorada de ella.
M. tiene la piel blanca como un panecillo de leche. Se parece a Heidi.
Me las imagino a las dos refrotando sus pieles blancas mientras M. se va a mear, de puntillas.


A su vuelta, me pone al día. Parece que M.E. se ha liado con uno de 25. Parece que mi ex está con una chica de Logroño que conoció por Internet. Parece que L. está hasta los cojones de A. porque no le ayuda nada con el niño. Parece que el cuñado de M. putea a la hermana de M. a través de la niña, y por supuesto no le pasa la pensión. Parece como si viéramos el último capítulo de una telenovela de 40.000 entregas que las dos seguimos.

Pongo soja, pongo wasabi en el cuenco.

- La primera vez que fui a un japonés me comí una cucharada entera de wasabi creyendo que era guacamole. Ya sabes lo que me gusta el guacamole. El camarero se estuvo riendo de mí hasta que me fui.


Me río. ¿Pedimos otra botella de vino?


- El otro día encontré una carta tuya de cuando vivías en Barcelona, otra de mi madre, y otra que me escribí yo a mí misma el día que murió mi madre.
M. hace una pausa y se ríe sin venir a cuento, muy alto. Cuanto más triste es lo que cuenta M, más se ríe. También es muy de M. eso de escribirse cartas a sí misma.
- Leí las tres cartas del tirón y me dije: tengo que llamar a B. (B. soy yo, es la costumbre…), no pueden pasar tantos meses sin vernos.
A M. se le escurre el sushi entre los palillos.
- Barbi (M. es la única persona en el mundo a la que le permito que me llame Barbi), eres la única amiga que tengo que no está completamente loca, sólo un poquito loca. La única que ha conseguido enderezar su vida.
- Es que soy la hostia- reconozco.
Más vino.
- Hay pocas personas en el mundo, ya sabes, muy pocas…
Sé. Odio estas cosas. Se me atasca el makisushi Philadelphia en la garganta. Más vino.
- Es que somos amigas de los malos tiempos y eso- glup, trago- marca mucho.
Menos mal que M se mea de nuevo.
- Es que yo te quiero- dice al volver, como si apenas hubiera transcurrido un segundo.
Y pone su mano líquida, fría y blanquita sobre la mía.
- Yo también te quiero.
Para no creer en esa clase de amor, en ningún amor en general, en ninguna palabra en particular, sólo un poco en el diccionario, tengo los ojos empañados como ventanitas de una sauna.
Pedimos otra botella.

- Noto que a las mujeres de mi edad nos cuesta meternos en Internet, que hay una brecha tecnológica que nos separa de la generación posterior- dice M.
- No lo dirás por mí. Yo creo que el electrodoméstico que más ha revolucionado la vida de la mujer es el ordenador con Internet. Te da música, cine, sexo, amistad, lecturas, te permite publicar a través de un blog. Tienes que probarlo.
- ¿Tienes un blog?
- Sí, igual escribo algo de ti en él.
- Pues no sé qué vas a poner, si yo no soy nada interesante…

martes, 18 de mayo de 2010

Halabras y eslabras

El otro día entré en el estanco y el estanquero estaba almorzando. Un bocadillo de Nobel, le pedí. En serio. Padezco dislexia oral. Sólo oral, escribo lo que quiero pero las palabras me dicen. Es decir que digo lo que ellas quieren, que se me refocilan, se revuelven, se promiscuyen en mi boca, si serán putas. (tampoco existe promiscuir o promiscuirse, ¿pero quién ha escrito este diccionario?)
Nos descojonamos el estanquero y yo, claro. Me expendió mi paquete de Nobel y aún se reía, echando miguitas por la boca, cuando me fui.


Dislexia oral.
Yo creo que eso les pasa a algunos políticos, que se ponen nerviosos y dicen justo lo contrario de lo que quieren decir. Para reducir el déficit público, pondremos en vereda a esos 1440 ricachones que poseen el 80% del PIB para que os den un respiro. Pero zas, la lengua se les traba y bocadillo de Nobel: para reducir el déficit público, os pondremos a cuatro patas con una emulsión de vaselina al 5% en el ojete para que los 1440 os den por el culo. Y sin jadear.
[Cayo Lara no tiene dislexia. No sé por qué no lo vota más gente a Cayo, ¿por qué no lo hacen emperador a Cayo? No se puede decir más claro en la entrevista del domingo en El País, qué país. Estoy por montar el PFOE (Partido Financiero Obrero Español), seguro que tiene un éxito brutal entre los trabajadores.]

E. dice que pronto sólo nos quedará la lucha armada. Dice, provocándome: a este paso me hago chavista. Yo, sin inmutarme, como una maja distendida en el sofá. O estalinista, contraataca, sopesándome con el rabillo del ojo. Muevo una ceja con un atisbo de sorpresa, sólo una.

Pero volviendo al tema, no vayamos a creer que lo que se dice y lo que se escribe están hechos de la misma materia. De hecho, no deberían llamarse palabras así a lo bruto, abarcando a tontas y a locas. Las palabras habladas deberían llamarse, que sé yo, halabras, y las escritas, eslabras, para distinguirse claramente unas de otras.

Por supuesto que hay una leve correspondencia entre el lenguaje escrito y el hablado, pero es exactamente la misma que hay entre los palitos de cangrejo y el cangrejo, entre las pelis porno y el sexo, entre la guerra de almohadas y la 2ª guerra mundial, entre el mosto y el vino, entre Carmen de Mairena y Scarlet Johansson, entre… creo que ya ha quedado claro, que más va a ser tautología u/o gilipollez.
Son idiomas distintos en suma, pertenecen a territorios distintos, a países distintos, a mundos distintos, a universos distintos, a galaxias distintas, ¿Qué iba después de la galaxia?

Las palabras escritas son como los vestidos metafóricos que les tapan las vergüenzas a las ideas. Ropajes que las cubren resaltando sus formas, tornándolas más sugerentes, descubriéndolas en definitiva.
Las palabras habladas sin embargo desnudan conceptos, están hechas de detalles útiles para la vida cotidiana, sirven para que te vendan pan, tabaco e incluso ambas cosas al tiempo. Sí, también sirven para declarar el amor, para provocar el deseo, para soterrar el remordimiento pero no lo hacen por sí mismas, son meras comparsas. Todo eso podría conseguirse sin palabras. Se dicen tantas cosas interesantes callando.
Pero una novela sin palabras, qué sé yo, es como menos novela. No es novela en absoluto. Esto va a ser una perogrullada (hay una figura retórica pero no me sale el nombre) u/o gilipollez.
Y como la palabra escrita no sirve de mucho en este mundo real, tiene que crear su propio mundo en los libros.
La palabra hablada o halabra a partir de ahora (esto recuerda a esos sesudos escritos teóricos), es sin embargo mucho más dependiente. De un contexto, de un gesto, de un tono, de una emoción, de un interlocutor.
Si hablas solo, te internan en un psiquiátrico. Si escribes solo pueden llegar a darte el Nobel con el que, a poco que te pongas, puedes rellenar un bocadillo distinto el resto de tus días. Bocadillo de Nobel.
Esto viene a ser una estructura circular, palindrómica (tampoco existe) u/o otra gilipollez más.
Y ahora me voy a callar para decir cosas verdaderamente inteligentes.

jueves, 13 de mayo de 2010

La emoción, el recuerdo y unas monedillas de euro


No tengo ni puta idea de literatura. No sabría argumentar por qué me gusta esa novela y no me gusta esotra (contracción así como culta y muy sms). No tengo criterio ni maldita falta que me hace. Nunca podría dedicarme a la crítica literaria. No entiendo por qué novelas que me encantan desagradan, o peor aún, son indiferentes a personas que me gustan. No entiendo por qué esas mismas novelas agradan a gente que me da grima. ¿?

El otro día tuve de nuevo entre mis manos Adiós a Las Vegas y no me atreví a abrirla. Hace años le gustó tanto a ésa que también soy yo, que no osé husmear entre sus páginas, no fuera alcanzarme algún olor revenido, a juventud podrida o algo así. En algún pliegue del corazón llevo a Ben y a Sera, siempre recién duchados y con desodorante Sanex para pieles sensibles, criando felizmente sus malvas.
[mi corazón es lo más parecido a un basurero donde no se reciclan los desechos].

He de decir que me molestó la película, que no era una mala película, que supo captar el espíritu de la novela, pero me jode que se me enrede la cara de Nicolas Cage en el recuerdo, completando los vacíos entre los puntos. Reivindico mis recuerdos de sentidos difusos, de formas sin consolidar. Cage, no quiero verte cuando miro mi recuerdo. Quita de ahí. No quiero calcomanías adheridas a la piel. Es como las fotos de la infancia que de tanto mirarlas, han ahuyentado a los recuerdos, les han ido dando culadas hasta sacarlos de este banco. Mi banco.
[Todo mendigo tiene derecho a un basurero propio y a tener su propio banco].

Pienso en una crítica objetiva, en algún hilo que mantenga unidas mis vísceras. La emoción, el recuerdo, se me antojan como el único método en dos pasos válido para enjuiciar una novela, una película.
1. La emoción. 2. el recuerdo.
Emoción con garras y dientes lo suficientemente afilados como para aferrarse al recuerdo, interpretaciones de los personajes lo suficientemente buenas como para superar el duro casting de la memoria. Ben y Sera pasaron la prueba en su día, y Emma, y Holden, y Holly, y Humbert, y Swan, y Zuckerman, y Sorel, y Mersault.

No obstante, me gustan las novelas de Vila-Matas. Mucho. Cuando leí El mal de Montano me emocioné, me embrutecí, me envilamatecí para ser exactos. Pasé unos días con sus correspondientes noches completamente enajenada. Pero ¿quién sale en ella? Trato de recordar la novela y sólo recuerdo a Vila-Matas. ¿y el 2?

Tal vez por eso me gustan los autores que se hicieron saltar los sesos o los que pertenecieron a otro tiempo. Ya no molestan, no interfieren. A quién le importa Flaubert. A quién Proust. A quién O´Brien. A mí. No puedo dejar de contradecirme. Me importa tanto John. TANTO. Me importa Foster Wallace y su Faye y su Julie, y su Lyndon y su Boyd, me importan.

A ver si esto de la literatura va a ser pura arbitrariedad, como el deseo, como las entrevistas de trabajo, como el precio de las alcachofas. A ver si va a ser verdad que esta vida es azarosamente cruel y no hay nada, absolutamente nada a lo que aferrarse, ningún elemento que se esté quietecito, que no se empeñe en girar todo el tiempo. Ninguna inercia con la que sincronizar los pasos.
A ver si la literatura no va a diferenciarse en nada de la bolsa, con sus vaivenes, sus senos, sus parábolas corridas, sus crisis, crisis, crisis, en singular y plural.
Y yo con unas pocas monedas de euro en el fondo del bolsillo.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Sin punto

Me cuenta C. que su madre los abandonó, a ella y a sus hermanos, cuando eran pequeños. Un año y medio tenía ella, cuatro su hermana, no recuerdo cuántos su hermano. Su madre cambió el centro por el sur, la vertical por la oblicua, el biberón por la huida, el cromo repetido por uno virtual en 3D. Cambió de ciudad. Qué extraño, acierto a decir. Es tan extraño.
Buscamos comprender.
Cuando tuvo a su primera hija, C. la llamó para decirle: que sepas que ahora aún entiendo menos lo que has hecho. Lo que has hecho. Hay actos puntuales que se ejecutan durante toda la vida, día tras día. Como el trabajo en la fábrica. Ella se fue ayer, se fue hoy, se fue mañana. En 1965, en 1998, en 2036. Toda una vida yéndose.
Ni se te ocurra venir por aquí, dijo su madre. Qué raro es todo. Esta vida adquiere a veces la forma sinuosa y precisa de un interrogante sin el anclaje del punto ahí abajo. Nos aferramos a ese gancho, no obstante, como a una correa de cuero que morder.


Es mayo y añoro el reciente verano que ha pasado, con una nostalgia que me ha cogido a contrapié, ¿recuerdas cuando la luz nos reventaba en la retina, como una bolita de caviar iraní, tiñéndolo todo de naranja?, ¿cuando el sol nos clavaba en su poste vertical, tornándonos más consistentes y más etéreos a la vez? Hace exactamente cuatro días de eso. Es tan extraño todo.
Quiero ser amiga de C., como un acto constante, como un mayo cuatroestaciones, como una huida inversa, en vertical y sin punto, sin punto

miércoles, 28 de abril de 2010

Metabolizar el mundo

He decidido que lo que me queda de vida lo voy a dedicar a barbarablascograulear lo más que pueda, a ser lo más yo posible. Obvio, dices. No tanto, obsto. No tanto.
No es fácil delimitar la verdadera esencia del ser en este mundo globalizado, multicultural, diversificado, deslocalizado, desfocalizado, glocal, sinergético, y demás adjetivos chorras que broten de la fecunda e inverecunda mente de los políticos.
No se trata de querer ser especial. Desde que la publicidad nos hizo a todos especiales que ser especial ya no es lo que era. Hoy lo revolucionario es ser normal, enconadamente normal. Cosas de la cultura pop, del chorizo industrial y de la Champions (sobre todo de la Champions).
No. Yo he optado por barbarablascograulear sin pausa como rasgo predominante de mi idiosincrasia (siempre me remite a forma de vida idiota, la palabra idiosincrasia).
Y no por sospechar que albergo a un genio en mi interior, como le sucedía a Dalí cuando exclamaba, espeluznado:
“¿Cómo puede vivir la gente sin ser Salvador Dalí?”
¿Cómo? Me encanta Dalí. Menos cuando pintaba, me encanta Dalí. Con una ensaimada en la cabeza, con un gallo disecado al hombro, con margaritas en el bigote.

Ni siquiera a la manera de Satie:
“Me llamo Erik Satie, como todo el mundo”,Y me encanta Satie, como a todo el mundo. Pero carezco de su global ironía, de su natural cosmopolitismo.

Tampoco con la furia de Panero, persiguiendo a Artaud:
“Me destruyo a mí mismo para saber que yo soy yo, y no todos esos”.
No, tampoco así. A pesar de la tentación matemática de liarse a despejar incógnitas a mamporros, hace tiempo que dejé las drogas, la algolagnia, el bondage, y en general cualquier forma de confabulación con el tiempo por redundante.

Barbarablascograulear sin más. Con la madura resignación derivada de la consciente delimitación espacio-temporal a la que se ve abocado todo ser. O lo que viene siendo: metabolizar el mundo (aunque no exista, aviso, metabolizar en el DRAE).
Barbarablascograulear desde las cuatro paredes de mi mujerismo, mi morenismo, mi peludismo, mi agnosticismo o mi valencianidad. (sí, van 5 y me llevo 2…)
Perforar el mundo desde el interior del propio ser. Profundizar-me, no para contraponerme, enorgullecerme, menospreciarme, mimetizarme o destruirme, sólo profundizar por profundizar. Lo que viene siendo ociosa curiosidad y cierto gusto por la extracción.
No es mucho. No es mejor que scarlettjohanssonear o que zadiesmithear. Ni siquiera sé si es mejor que espidofreirear.
Pero eso es a lo que me voy a dedicar. Por si te interesa saberlo.