martes, 29 de septiembre de 2009

Italiana del oeste



Certo, io sono italiana, italiana della parte dell'ovest, d´una regione iamada Valentia. Ahora sé lo que hace tiempo sospechaba: que Valencia es una provincia italiana. Que no te despiste el arrós en fesols i naps o la orxata y los fartóns, aquí también se lleva el calzone de marca, a ser posible regalado, y votar reiteradamente al macarroni corrupto.
Llámalo fanfarronería. Llámalo sentido del humor. Llámalo estupidez congénita.
Y es que el valenciano se caracteriza mayormente por su espíritu contradictorio y su espíritu fallero, que viene a ser lo mismo, crear y quemar, crear y quemar, crear y quemar. Y, cómo no, por su gran sentido del humor.
Aquí convive lo casposo con lo kisch, lo conservador con lo cosmopolita. No en vano esta ciudad ha sido capital de la República, escenario principal de un golpe de estado, encuentro de familias papal y la única en otorgar unos premios a los mejores actores porno.
Tenemos sentido del humor, sin duda.
Aquí, ningún caso de corrupción o de financiación ilegal de partido pasará factura electoral, y si la pasa, será siempre en B. Ya lo dijo el pirata del parche en el ojo, el bucanero Fabra: a la gente lo que menos le importa es si somos inocentes o culpables. ¿tiene guasa o no?
Hemos asimilado con rigor las costumbres de nuestro país de adopción, y entre ellas, cómo no, la mafia. SuperCosta osea y Rambla se regalan viriles abrazos de hermano, mientras con disimulo se vigilan las espaldas de sus trajes Milano. Y comen spaghetti a la boloñesa sobre el mantel a cuadros rojos y blancos, sentados siempre de cara a la puerta.
Dicen las malas lenguas que es el antiguo capo Zaplana, el que en la sombra mueve sus largos tentáculos para vengarse de Camps, del pobre Camps que no hay día que no se lamente por esos tres malditos trajes, lo mismo que Al Capone se lamentaba entre rejas por no haber pagado esos malditos impuestos.

Decía Benigni, ese cómico de la provincia vecina, que Berlusconi es el mayor clown, que con él tiene mucha suerte: basta con repetir lo que dice para tener un espectáculo redondo.
Aquí también tenemos suerte, no nos falta inspiración.
No seremos los reyes de la transparencia, por mucho que llueva, pero aún podemos ser los reyes de la comedia.







jueves, 24 de septiembre de 2009

A ras de suelo


Imaginé que me reventaba un billete de lotería entre las manos y me desintegraba gozosamente, esperando la dulce caída sobre un colchón de millones de euros.
Mi idea de poder no dista mucho de la de Hitler, pongamos por caso. Y es que me encantaría decir: a ti te cambio la vida, porque te lo mereces, porque me da la gana. Poder, poder, poder. Poder para cambiar el curso de las vidas con las que me tropezara, poder para variar eso que algunos aseguran ya está escrito.
Diseñar proyectos de vida mejores, patentar una maquinita que en lugar de expender café, expendiera buena suerte a cambio de mala suerte. Ay, qué hermoso.
Claro que también imaginé todo lo que me gustaría comprar para mí: una casita con piscina, cerca de la playa, un sinfín de libros, una buena cámara de fotos. La lista fue engordando pero sin grandes excesos. ¿Sin grandes excesos? ¿Comparado con qué? ¿Con ese pellizquito de buena suerte destinado a los demás? ¿Esa fortuna dividida entre miles de historias? A ellos no les importaría, me dije, porque ellos estarían siempre agradecidos, y yo sería su benefactora, su hada madrina.
Hasta que un día, casi sin darme cuenta, empezaría a sentirme incómoda, instalada en la base de la diferencia, nadando en círculos turquesa en mi piscina privada, una de esas piscinas que parecen desbordarse directamente en el mediterráneo (a estas alturas, ya la visualizaba claramente).
Digo, empezaría a sentirme incómoda al enfrentarme a esos ojos callados, a esa diferencia invisible que se iría colando entre nosotros. Y la incomodad iría creciendo como una planta carnívora, devorándolo todo, y ya sólo me relajaría rodeada de los míos, de los de mi clase, o en la soledad de mi piscina azul-horizonte de mi espléndida casa de playa con piscina, y con buganvillas (en mi imaginación, las buganvillas ya habían crecido por todas partes). Y poco a poco, iría alejándome de esos ojos sin rostro que me recordarían indefectiblemente la desgracia que yo esquivé, esa bala que pasó silbando y le alcanzó de lleno al de al lado.
Y quién sabe. Puede que llegara a odiarlos en silencio, yo que tanto he hecho por ellos, y ellos que me lo pagan haciéndome sentir tan miserable.
Y concluí que a veces un comunismo moderado, a ras de suelo, no es tan mala opción. Y que ya ni siquiera puede una soñar tranquila, joder.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La M con la A


Corro
respiro
escupo
me estiro
pienso
poco

Hago zapping
vagueo
me aburro
leo
mastico
pienso
poco

Me desnudo
acostumbro
me desvelo
gravito
y pienso
un poco
en ese poco
en ese
en

sábado, 12 de septiembre de 2009

Matriuskas


Y una tiene la sensación de que la vida es despertar de un sueño tras otro, ir emergiendo de entre las sábanas una y otra vez, una y otra vez, como esas muñecas rusas, piensas: no puede haber otra más pequeña y… tachán ¿Cuánto medirá el microsueño final? ¿Quién quedará despierto cuando caiga el último telón?
Llevo una temporada sin escribir poemas, ocupada en dormir y despertar, en tapar y destapar. No encuentro el estado. No encuentro sentido a los renglones cercenados,
les crecen zarzas a los espacios en blanco
se me encriptan sus patas, negras como letras
y soy ya la muñeca más pequeña
la que aguarda tu paciencia o tu impaciencia
la que aguarda en tu curiosidad,
a oscuras,
despierta,
siempre despierta.

martes, 8 de septiembre de 2009

Insomnio


Anoche decidí creer en Dios una temporada. No podía dormir y pensé: ¿por qué no jugar a que existe alguien justo (justo para mí), que se fija en todos nosotros (pero especialmente en mí), una alta instancia a la que confiarle mi combinación de lotería que con mi devoción y su virtud resultará siempre ganadora? ¿A que sería hermoso?
Es bueno rezar - me dije- porque rezar ayuda a reconocer los más íntimos deseos, a catalogarlos por secciones y por plantas, como artículos de El Corte Inglés.
Claro que todo placer conlleva su penitencia, recordé.
Y entonces repasé hacia dentro mi listita de deseos, y pensé que si el susodicho me favorecía por un lado, me castigaría por otro (por esa justicia estricta que él se gasta), y que la penitencia me llegaría por allí por donde menos lo espero.
Así que finalmente, con el miedo en el cuerpo, mi rezo acabó siendo una súplica temblorosa, y sólo osé implorarle que me dejara como estoy, que yo y esas pocas personas fundamentales en mi vida conserváramos la salud que ya tenemos.
Hay que joderse.

Y entonces caí en la cuenta de que un dios que depende de la creencia del ser humano para existir es un dios de chicha y nabo. Si la existencia de algo depende de la creencia o no de que exista, entonces no existe. Si los que creen admiten que se puede creer o no creer están admitiendo implícitamente que no existe. Y son justamente los que dicen creer en dios los que confirman esta teoría.
Porque yo no creo en las matemáticas, ni en la física, ellas son, no me necesitan para existir.
Y se me ocurrió que los creyentes de verdad no deberían llamarse creyentes, no sé cómo deberían llamarse- ¿los seguros, los religientes?, no sé- pero no creyentes.
Debí de aburrirme en seguida porque me quedé dormida.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Enclitofilia


Vale que la paradoja es el elemento sustancial del que se compone la vida, el líquido que recorre sus conductos subterráneos.
Vale que, a ciertas alturas de la vida que paradójicamente se sitúan cada vez más cerca del suelo (o de la tierra…), el oxímoron ya no chirría desde la oración sino que se calza el traje de la realidad como si estuviera hecho a su medida.
Vale que todo dulce fruto tiene una semilla amarga, y todo lo amargo un corazón dulce.
Pero a esa constatación siempre debería seguirle un segundo de silencio, un breve estado de suspensión en el que los elementos gravitan en equilibrio, y la verdad los sostiene.
Por eso sorprenden y asustan estas cosas: Miguel Carcaño (asesino confeso de Marta del Castillo) recibe decenas de cartas de admiradoras e incluso mantiene una relación sentimental y telefónica con una de ellas. Joseph Fritzl recibía a diario cientos de cartas de amor de mujeres que le ofrecían cariño y comprensión, y aseguraban que sus actos habían sido malinterpretados.
Esto sí que no. Asimilar completamente las paradojas lleva a su exterminio definitivo,
destrozar ese segundo de misterio que nos une a la eternidad, amainar ese viento que por instante le levanta la orilla de la falda al secreto universal supone un sacrilegio.
Enclitofilia dicen que se llama esta aberrante inclinación, esta distorsión de los sentidos que provoca que lo amargo sepa directamente dulce y viceversa. Sin matices.
¿Es sólo porque son famosos? ¿Es puro masoquismo? ¿Es un recalcitrante deseo de redención? ¿Tienes tú alguna explicación?
Joaquin Sabina lo dice bonito: "En tiempos tan oscuros, nacen falsos profetas y muchas golondrinas huyen de la ciudad, el asesino sabe más de amor que el poeta y el cielo cada vez está más lejos del mar."
Tal vez estas mujeres (¿es un fenómeno mayoritariamente femenino?) se han tomado al pie de la letra aquello de que sólo en las malas personas se puede confiar porque no cambian jamás.
O han leído a Borges con minuciosidad: hallarás la distancia que te separa de ellos, uniéndote a ellos.

martes, 1 de septiembre de 2009

Volveeer



He vuelto. Esta mañana, desayunaba oyendo a Julio iglesias en el café, (el café de la esquina, aclaro) al primer Julio Iglesias -aclaro también- y me he emocionado. Esa sesentera ingenuidad musical, esa nostalgia hortera y ligera me han emocionado. Me ha invadido una placidez de mar sin olas y me he quedado atrapada entre las notas de esa canción, concretamente, allí donde se unen la eternidad y la inmediatez, mientras removía el café con leche sin ser consciente de ello.
Vamos, que empezamos bien el curso: reconociendo que me gusta Julio Iglesias, el primer Julio Iglesias (aclaro) casi tanto como aborrezco a todos los que vinieron después, hey.
Debí sospecharlo cuando vi Huevos de oro sobre fondo kitsch de Benidorm.

No he viajado lejos, apenas he resbalado costa abajo unos kilómetros por la pendiente del litoral y, sin embargo la sensación de un largo viaje alrededor del verano la llevo adherida a la epidermis y la certeza de que la que vuelve es otra, que de nuevo ha mudado de piel, me asalta. El verano es la única estación en la que sucede todo y en la que todo se detiene, un lugar de tránsito y de estacionamiento a la vez, un paréntesis subrayado con fluorescente.

He leído mucho y sin demasiado criterio (ya sabes, cualquier cosa con tal de no engrosar la lista de intelectuales ): el entrañable libro de cuentos que me envió mi querido Nán, la teoría de la relatividad especial de Einstein(¿?) (sí, a veces me da por leer estas cosas aunque no me entere de la mitad), al viajero Andrés Neuman (me gusta este chico, me gusta), a Hennig Mankell (y sí…) o a Joseph Kessell y su Belle de jour que siempre tendrá la piel transparente de Catherine Deneuve.
He engordado un par de kilos por una estricta dieta de arroces, cañas y helados, he ennegrecido dos tonos mi piel y supongo que ha aparecido algún sendero por descubrir en el mapa de mi rostro.


Y aquí estoy, con los lapiceros afilados y el uniforme recién estrenado, contenta de reencontrarme con mis compis de pupitre, con ganas de que lean las notitas que les paso por debajo de la mesa y con ganas de leer las suyas.
En fin, que he vuelto, con el propósito de cortarme más a menudo las uñas de los pies, y también de ser menos vaga y escribir más a menudo en el blog. Aunque ya sabes lo que duran los buenos propósitos…