viernes, 31 de julio de 2009

y vacaciones...


Me voy de vacaciones, a mirarme con detenimiento las uñas de los dedos de los pies. ¿Me guardarás el sitio?
Volveré en unas semanas. Feliz verano.

P.D. Te dejo un poema playero de Vicente Gallego.

Despierto. Pesa el sol sobre mi rostro
y la arena ha tomado mi forma levemente.
Incorporo un momento la cabeza
y el cielo es todo mi horizonte,
un cielo de ningún color sino de cielo,
de cielo que yo veo en una vela,
la vela diminuta que recorta
y fija el universo en su contraste.
Y luego el mar,
el mar bajo la vela, ese mar que es inmenso
pues llega hasta mi vientre y no concluye.
Entre el cielo y el agua me detengo un instante,
y después me acomodo hasta quedar
sentado por completo.
El mar entonces me abandona, se retira,
y la arena se moja, avanza, se seca y se calienta
confluyendo en un punto y acercándose a mí,
pero un cangrejo cruza en ese instante
y mis ojos se van con el cangrejo,
y el cielo se hace rojo en su coraza,
y el mar se pierde y nada pesa.
Y al fijar la mirada atrapo el universo,
completo y detenido en su pasar efímero
a lomos de un cangrejo que lo arrastra,
sin saberlo, un segundo.
Y pienso que en las grandes creaciones
vida y arte no alientan en lo extenso,
sino en ese detalle que despierta
nuestro asombro.
El crustáceo se oculta
y nos apaga el mundo.

martes, 28 de julio de 2009

La locuacidad del silencio


Sigo viva, algo desleída, esparcidas mis partículas gelatinosas por el asfalto hirviente pero viva. Silenciosa pero viva.
Me hubiera gustado colgar mi silencio de un post, trasladar este paréntesis vacío que me flotaba en algún lugar del esternón hasta el blog, y que ondeara al viento ese silencio ligero, de un azul apagado, transparente por las sucesivas lavadas.
Porque hay muchas clases de silencios: el silencio de la nieve, el de la tranquila intimidad, el de la vergüenza, el silencio de la arena, el silencio de zapato de ascensor, el silencio del regreso, pero todos unen las palabras en sus extremos, y al final del hilo siempre cuelgan nuestros propios pensamientos.
El silencio desolador, el silencio de ordenar el mundo en la cabeza, el silencio cansado de greñas deshechas y sudor en las conjunciones. El silencio de la plenitud.
Tabucchi hablaba del silencio del escrúpulo y del remordimiento, el de Juan Ramón Jiménez ponía como ejemplo. Contaba que, en 1956, al escritor le comunicaron dos noticias a la vez: que a su mujer Zenobia el cáncer ya le mordisqueaba las entrañas, le quedaban pocos días de vida, y que había ganado el premio Nobel. A partir de ese momento se instaló en la cima del silencio, comprendió que todo lo que había escrito lo había escrito para ella. Y no volvió a escribir una sola línea, cuando alguien le preguntaba cuál era su mejor obra, respondía, sin dudar: el arrepentimiento de mi obra. (muy Vila- Matas, ¿a que sí?)

Onetti odiaba las entrevistas que cargaba de silencios, espesos, compactos, elípticos. Su palabra había que buscarla en los libros.. «¿Sabes? Yo quiero mucho a Juan Rulfo- decía. Nos apreciamos mucho mutuamente. Pues, cuando me encuentro con él, que suele ser en congresos, nos decimos: "¿Qué tal estás tú, Juan", y él me dice, "¿Qué tal estás tú, Juan?", y él se sienta con su coca cola, y yo con mi whisky, y nos pasamos horas sin decirnos nada. Hay una historia de Maeterlinck, El ángel del silencio, en la que se describe la comunicación entre dos seres, y se dice que si ambos estuvieran hablando estarían disfrazando u omitiendo lo que piensan. Yo siento eso como verdad.»
A veces yo también lo siento así.
Y es que podría pasarme horas enteras hablando del silencio.

sábado, 11 de julio de 2009

A morir también se aprende



En todas las ciudades hay lugares privilegiados para el suicidio, que no aparecen en ninguna guía. Me contaba Lourdes que en Cuenca, donde trabaja como periodista, la gente acude al puente de San Pablo para acabar con su vida.
A ella le llega el aviso, va por si hubiera sido un accidente y, cuando descubre que no, se marcha por donde ha venido, por ese puente hecho de láminas de vértigo, alternadas con otras de madera, una de vértigo, una de madera, una de vértigo, una de madera. Los suicidios no se cubren porque, como todo el mundo sabe, matarse es contagioso, como la estupidez supina, el seguimiento fanático de cantantes de moda insulsos o el de jugadores de fútbol. Porque a morir también se aprende. Y porque el ser humano tiene una ilimitada capacidad de aprender y una limitada capacidad de aprendizaje.
Hubo un caso curioso- me cuenta- un hombre que viajó hasta la capital desde un recóndito pueblo de esa hermosa provincia de Cuenca, para dar el gran salto. Ya en el puente, una pareja de turistas le pidió que les hiciera una foto y el hombre, muy amable, accedió a inmortalizarlos. Acto seguido, en un único gesto perfectamente coordinado, les devolvió la cámara y saltó al vacío sin barrar. Los turistas tuvieron que ser atendidos por el shock. Yo pensé si conservarían esa fotografía, el último acto cotidiano de un hombre desesperado.

Sylvia Plath decía:

Morir es un arte, como todo.
yo lo hago excepcionalmente bien.
tan bien, que parece un infierno.
tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación....


O tal vez quien lo decía era su trastorno bipolar. Lo peor es que no se limitó a decirlo. Una mañana se levantó, selló bien las habitaciones donde dormían sus dos hijos pequeños, les dejó preparado el desayuno y cocinó su propio cadáver en el horno, olvidando acercar la llama al gas.
Su marido Ted Hughes, poeta y probablemente buen maestro en el arte de morir, publicó la recopilación de los poemas de su difunta mujer pero hizo desaparecer, con vil magia, la parte de los diarios de Sylvia en que él aparecía. Hughes se volvió a casar y, años después, esta segunda mujer también se suicidó, confirmando que definitivamente era un buen maestro en el arte de morir.
Ayer me enteré de que en marzo de este año, ese pequeño que dormía mientras su madre preparaba tragedia al horno, se suicidó a su vez a la edad de 46 años, recogiendo fielmente el legado de sus padres. Confirmando que a morir también se aprende.
Sé que solo uno mismo tiene la patente de su propio suicidio pero en el apartado agradecimientos, hay nombres que no deberían faltan.

domingo, 5 de julio de 2009

Reflejos


Vale. Lo confieso. Últimamente no escribo en el blog con la misma alegría, no siento la necesidad morder mi lengua, la idea ya no golpea el interruptor de la luz de un manotazo impulsivo, el ansia no aguijonea las yemas de mis dedos, obligándolas a martillear con fuerza las teclas.
No. Más bien sucede que, en mi turno habitual, le cambio el gotero al de la trescientos dos con la displicencia de una enfermera sin vocación. El de dame una tregua lleva ya dos días con la misma bolsita del pis. Pues que se hubiera buscado otro nombre…
Llámalo cansancio, llámalo rutina, llámalo necesidad neuronal de vacaciones. Pero no lo llames coma irreversible.
Buscaría excusas, que si le doy fuerte a ese proyecto literario, que si la vida fuera de la blogosfera gana intensidad en época estival, pero no serían más que excusas. ¿La verdadera razón? Todas en parte y ninguna del todo.
Y este calor insoportable: mis neuronas ya no se atreven a salir a la zona de sinapsis donde cae un sol de justicia. Esta mañana, me ha parecido ver maletas en la puerta del lóbulo frontal. Y luego he oído a varias de ellas, lejos del tono apático de las últimas semanas, comentar, excitadas, sus planes veraniegos: que si tumbarse a ver Telecinco durante horas, que si tragarse, uno tras otro, los estrenos de películas americanas de la cartelera, que si leer por orden, de los más a los menos vendidos, todos los libros de la mesa de novedades de El Corte Inglés.
En fin, que pronto mi cerebro será como una ciudad fantasma así que aprovechemos antes de que se vayan.

El otro día dije que la mayor obra es uno mismo y me quedé tan pancha. Quería decir que al final, la personalidad que uno va forjando con los años, toda la pelusa que se va añadiendo a ese rodillo adhesivo, un recuerdo aparentemente anodino pero imperecedero, una vivencia que nos marcó, la resolución de un conflicto, esa lectura bien aprovechada, ese fracaso productivo, aquel hallazgo creativo no adquieren sentido completo más que en uno mismo, se materializan en ese compendio de piel y huesos que somos hoy, en ese límite carnal que lo inmaterial elige como morada.
Por eso, intentemos hacer de nosotros mismos nuestra mejor obra. El reflejo en forma de actos, caricias, hijos o libros vendrá por añadidura y será eso, reflejo. Metonimia donde se confundan efecto y causa, o sinécdoque en que se sustituye la parte por el todo, el autor por sus obras.
Sólo reflejos.