lunes, 29 de junio de 2009

Me lo dijo Pessoa

A veces me confunde esta concurrencia de yoes en mi propia persona. A veces siento el impulso de ordenarlos, de bautizar a cada uno con su heterónimo y tener un censo exacto e invariable de todas las personalidades que conviven en mí. Supongo que escribir es una forma. El yo poeta, el yo personaje 1 de novela, el yo personaje 8, el yo madre, el yo hija, el yo amante, el yo emigrante, el yo portera, el yo estibador, el yo deportista, el yo enferma de cáncer.
Sospecho que vivir es la forma.
Sospecho que es necesaria toda una vida para ir descartando a todos esos yoes que no somos enteramente, hasta que quede uno solo, un único yo capaz de morir de una pieza, sin desdoblamientos, por fin en soledad.
Ya me lo dijo un día Pessoa, sentados en un café lisboeta: “vivir es ser otro”. Lo confesó estático y serio, pero sin rastro de amargura: “He creado en mí varias personalidades. Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representado varias piezas”, confesó.
Y continuó, susurrándome:“Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y lo que contiene, mi personalidad. Todo se me evapora. Continuamente, siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo.”
Entonces, sólo pude sonreír, abrumada por tan profundas palabras. Y porque, de pronto, también la leche se había evaporado de mi café.

Hoy, convertida en una experta homicida dedicada a crear yoes para después acabar con ellos, me pregunto cuál de sus heterónimos fue quien me habló.
Y también me pregunto si no me llevará este proceso esquizoide, esta frenética mitosis al ensimismamiento, si no revestirá algún tipo de itis crónica.
Lo he sometido a votación popular y, curiosamente, los yoes más introvertidos votaron que no, que no corría ningún riesgo mientras que los más extrovertidos votaron que sí.
Como soy mala con los recuentos y, para qué negarlo, ejerzo una disimulada tiranía interior, he decidido que sean precisamente esos yoes más tímidos los que vayan saliendo al exterior, los que vayan alcanzando la luz aunque eso suponga, como ellos bien saben, morir definitivamente.
Y ahora, con vuestro permiso, he de preparar un entierro.


martes, 23 de junio de 2009

Me he sentado esta mañana


Me he sentado esta mañana
a la orilla de un río
a ver correr una duda
fresca de manantial
a verla remolinear en sus meandros
dibujar nudos translúcidos
que detenían el tiempo en vano
una y otra vez.

En mis manos limpias
nada
transparentes ausencias
ubicadas en el mapa del infinito
y aún así
he lavado mis manos, limpias
y he seguido viendo correr el agua
clara y constante
como una duda milenaria.

jueves, 18 de junio de 2009

Doctor Valera


Ocho días con dolor de cabeza. Ochos días, sujetando el cielo con mi cabeza, como una pesadilla gala a punto de materializarse. Ocho días con las costuras del gesto fruncidas, la mirada deshilvanada. Ocho días que me han obligado a tomar una decisión drástica, radical, inusual en mí: he pedido cita con el médico.
Para colmo, descubro que han cambiado a mi médico de cabecera habitual por un tipo sospechoso, un suplantador cuyo nombre se me escurre como una sardina en aceite:
- ¿Doctor Valero me ha dicho?
- No, Valera.
- Ah, Varela.
- No, Valera.
Anoto con rabia el nombre del impostor: Va-le-ra.
A mí me gustaba mucho mi médico. Se apellidaba igual que yo, y nada más verme, me decía: ¿qué pasa, tocaya? Y me recomendaba a los mejores especialistas, en trato y en saber, y no a esos ginecólogos del pleistoceno que te examinan como si fueras ganado vacuno.
Si tenía un quiste minúsculo de grasa, no se reía de mí cuando le decía, mirándole a los ojos: es un tumor, ¿no? Incluso pasaba por alto, sin sombra de condescendencia o ironía, mi ignorancia terminológica. Como aquella vez que confundí el rotavirus con el retrovirus. Bárbara, rotavirus, lo tuyo es un rotavirus, el retrovirus es el sida.


Saber que tenía que enfrentarme a un desconocido me ha hundido aún más, y ni siquiera he podido exteriorizar mi fastidio con obtusos gestos, por miedo a que los alfileres de la cabeza se me clavaran aún más en la mollera. Sumisa, con expresión porcelánica, he acudido a mi cita con el extraño.
Sentados cada uno a un lado de la mesa, jugamos al ping pong con mis síntomas por pelota.
- ¿Tensión baja?
- Normal, creo.
- ¿Dolor de cuello?
- No.
- ¿Algún defecto de visión?
- No.
- ¿No será un tumor cerebral?
He tirado la pelota fuera. La oigo botar tres veces con agudo retintín.
Sonríe.
- No creo, dice. Lo que creo es que la gente ve mucho House.
Y acto seguido, se levanta, camina y resulta que es cojo. Bueno, no exactamente cojo, sino que tiene, creo, secuelas de haber sufrido la polio.
Me señala la camilla para que me siente, y me toma la tensión.
- 8, 12 , la tienes perfecta.
Seguimos con la partida.
- ¿Alguna situación especialmente tensa a nivel emocional?
- Ninguna, todo tranquilo.
- ¿Trabajas muchas horas?
- Las de siempre.
- ¿Mucho tiempo frente al ordenador?
- El habitual digo, restándole importancia (callo deliberadamente cualquier magnitud numérica porque toda relación de confianza debe apuntalarse en, al menos, un par de omisiones o pequeñas mentiras). Sin embargo, al mirarme, tengo la sensación de que lee todos los bits que llevo almacenados en las pupilas.
Tras hacerme una exploración del cuello y de los hombros, me da su veredicto en forma de diagnóstico:
- Pues no tengo ni idea.
No tiene ni idea. Me ha gustado el tipo, me ha transmitido una confianza tremenda. Ya sé que parece absurdo acudir a un especialista para que te diga que no tiene más idea que tú, pero me ha tranquilizado saber que admite ese cierto misterio que posee la naturaleza, cuyo recorrido es lento y necesariamente compartido.
- Si no se te ha pasado, te quiero ver el viernes.

Hoy, cuando he despertado, el dolor, por fin había remitido, y el cielo, como una gasa zarca bordada en blanco puro, estaba en su sitio. Bendito Valera.

sábado, 13 de junio de 2009

Tristemente felices


El otro día vi Callejeros, un programa que me gusta mucho y me pasó una cosa curiosa.
En un primer reportaje, se mostraba cómo viven algunos el lujo y el despilfarro en Marbella: la desidia al atardecer, en una cama redonda sobre la arena de Silicona Beach, bebiendo 15000 euros de champán. Cochazos de más de 100.000 euros, auténticas princesas destronadas, millonarios de todos los rincones del planeta...
Un mundo absolutamente…. (no encontré adjetivo).
Y lo curioso: la gente parecía triste. Lo juro. Había algo trágico, desgraciado, en el fondo de muchas de aquellas miradas.
Un millonario gordo, rodeado de bellezones, se lamentaba con indolencia de que nunca iba a encontrar esposa. Mientras, seguía esa deriva de fiestas, con personajes del ángel exterminador, que no podían escapar a ese guateque continuo.

En el siguiente reportaje, nos trasladamos a un barrio de Córdoba (creo), hecho jirones. El paro, la droga, la miseria, en el salón de casa por el módico precio de unos anuncios. Al más puro y genuino estilo callejeros.
Y más raro aún que lo anterior: muchos de ellos parecían felices. Lo juro.

Un tipo de mirada esquiva decía que ahora cobraba el paro.
- ¿y antes?
- antes tenía a mujeres que trabajaban para mí.
- ¿era usted chulo? le pregunta el reportero, entre dicharachero y recriminador (ese día no estuvo muy fino, todo hay que decirlo).
- Bueno, sí. Tenía 4 o 5 mujeres, me sacaban unas 40, 50.000 pesetas al día.
- ¿Y cuánto se quedaba usted?
- Pues todo, quitando lo que se gastaban en ropita y cosas así.
- ¿O sea que encima las explotaba? replica escandalizado, pero siempre dicharachero el reportero (no, definitivamente, no tuvo un buen día).
- Eh…que yo siempre las he tratado bien, que yo soy muy buena persona, pregunte usted por ahí….
Y luego salen Las Choches, guapas ellas, cantando como ronea como ronea , y los hombres reunidos junto a un fuego, fumando porros para matar el tiempo porque no hay trabajo. Es que no hay trabajo.
Y un chico amanerado, con bata y una melena larga y rubia de bote, que se busca la vida haciéndoles las compras a las vecinas.
- ¿cuánto te sacas con esto?
- depende, lo que quieran darme, 4, 5, 10 euros.
- ¿y por qué en este barrio todo el mundo va en bata?, pregunta el reportero, que ya sabes a ciencia cierta que no le van a dar el premio Pulitzer, y mira que a mí me gusta Callejeros…
-Pues no sé, yo me levanto, me pongo la bata, me pinto los ojos, me peino y salgo a la calle.
- Andas como una modelo…¿Hubieras querido ser artista? (a estas alturas haces como que el reportero no existe)
- Pues no sé lo que hubiera querido ser, la verdad, no me lo he planteado, responde y se aleja con un marcado contoneo de caderas.
El reportero entra ahora en una carnicería, y le dice a una mujer que espera su turno:
- Señora, se la ve muy guapa, muy arreglada…
- ¿Sí? el pelo me lo he peinado con un ventilador.
Risas entre las clientas (yo creo que se ríen del reportero, yo no entiendo del todo el chiste pero también me da la risa).
Y más risas por el embutido enorme que cuelga, que dice la otra que parece la tranca de un caballo que tenía.
Y más risas, y venga que el barrio se cae, y esta finca la primera y nos han puesto aquí delante unas jaulas como si fuéramos animales…
Y la culpa es del párraco (el párroco, se sobreentiende), que nos ha engañado…

Y la cámara se aleja y las voces se van confundiendo, y a ésta que escribe se le queda la sensación de que parecían felices, tristemente felices, y los otros felizmente desgraciados, si quieres, pero cada cual con su atributo por delante.
Y me preocupa, porque no me gustan estas cosas, no me gusta frivolizar con la pobreza que es mala, mala, y no admite zarandajas literarias como la paradoja o el oxímoron.
Pero lo juro, unos parecían tristes y los otros felices.

lunes, 8 de junio de 2009

A veces me obsesiono














A veces me obsesiono
y trato de devorarte,
como el mar devora dulce y cruel a la arena,
sin la complicidad de los bañistas y sus risas soleadas,
en la soledad de un atardecer olvidado en la orilla,
busco mensajes tuyos en cada esquina
de esta tarde esférica,
en cada uno de sus minutos y en el reverso
de mi desesperanza,
vacío mi rutina de interés,
para ponerla a tus pies, rendida,
sin peso ya,
como una costumbre de vivir extinguida.
Realmente podría enfermar de esta fiebre.
Tú tienes entonces que frenarme con tu desdén,
me frenas con tu desdén,
con tu olvido amarillo,
que duele como si fuera blanco,
y recuerdo tus palabras:
come sólo lo que puedas digerir,
y un azul me devora entonces hacia dentro,
relamiéndose hasta el silencio.

Ahora sé que sólo volverás
cuando ya no te necesite.

miércoles, 3 de junio de 2009

Un prólogo ilustrado

Alguien dijo que deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá. A mí sin embargo me gusta recostarme sobre él, a lo maja charlestonera, y hojear revistas antiguas, de los años 30, de un tiempo en el que yo aún no existía.
El tiempo de la antevida goza de la perfección de los tiempos cerrados, produce un cierto efecto analgésico. El mundo de entonces se aparece más liviano, sin esa gravedad que imprime a la mirada el tener un pie sobre la tierra. Se presenta siempre dorado, bajo un sol ambarino con candes destellos sorollistas (aprovechemos ahora que está bien visto). Y es que no en vano las fotografías amarillean, no verdean ni azulean, sino que amarillean con el tiempo.
Ha de ser, eso sí, un pasado muy muerto, que no remita a ningún recuerdo personal, un tiempo tan lejano que ya no llegue hasta aquí el hedor de su descomposición, tan sólo el limpio marfil de unos huesos pulidos por la tierra añeja y, cómo no, amarillentos.
Lo que más me divierte de este buceo en el pasado son los anuncios de la época (amarillentos, claro). En ellos, más que en ningún otro sitio, se ven reflejados los deseos, los temores, los desvelos de toda una sociedad. Delatan el cómo quisieras ser que siempre me interesó mucho más que el vulgar cómo es uno.
Y no creas que han cambiado tanto las cosas en casi 80 años. La mayoría de los anuncios estaban destinados a las féminas, a embellecerlas, a tersar su piel, a aumentar sus pechos, a camuflar sus defectillos, a engrasar esas armas de mujer, en definitiva.
Lo que sí ha cambiado es el lenguaje: hoy, sería impensable encontrar en nuestros anuncios palabras como lozanía, inerte, lacio o halitosis.
Se hace inevitable que asome al verlos una sonrisilla condescendiente de ternura e ingenuidad. ¿ a que sí?











Claro que también existían las preocupaciones masculinas, ¿o acaso te creías que el culto al cuerpo y las soluciones mágicas a las disfunciones eréctiles empezaron en los 90? Quiá.

Decía Shakespeare que el pasado es un prólogo, a mí me gusta que además tenga muchas fotos.