lunes, 30 de marzo de 2009

El protocolo


He tenido multitud de trabajos, a cual más absurdo: he sido ayudante de mago, azafata de ferias, gasolinera (3 días), vendedora de enciclopedias (2 días), vendedora de seguros (2 semanas), actriz de cine, dependienta, camarera, bailarina de cabaré y teleoperadora (21 días).
Esto queda bien en la biografía de un escritor, pero ya todo el mundo sabe que en una biografía cabe cualquier cosa menos la vida.
Pensé que el capítulo de teleoperadora iba a ser de fácil lectura y sin embargo resultó ser de expresión abrupta y estilo farragoso.
No puede ser tan mal trabajo -me dije- el sueldo es una mierda sí, pero no puede ser tan duro estar seis horas sentada a una silla, atendiendo el teléfono. Por supuesto, me equivoqué.
Me chupé una semana de cursillo, aprendiendo los odiosos protocolos.
Y es que la vida en Atento, subcontrata de Telefónica, se rige por el dios Protocolo, que no es sino una forma de triturar la ética para que en la conciencia no quede ni un solo grumo y pueda directamente echarse al váter o incluso al fregadero. Lo manda el protocolo, no soy yo, a mí me gustaría ayudarle, ponerle las cosas fáciles, actuar con lógica pero mi religión me lo prohíbe, lo siento.
Y es que, sin los protocolos, ningún humano aguantaría ese trabajo.
Aún recuerdo el protocolo de inicio que repetíamos como unas 120 veces al día:
- Telefónica, línea de atención personal, le atiende Bárbara Blasco…. ¿En qué puedo ayudarle?
Sí, había una estridente redundancia en “línea de atención” y le “atiende” pero el protocolo no permitía modificar el protocolo.
Inmediatamente después, solía venir un improperio por parte del cliente:
- Estoy hasta los huevos de que…
- Perdone caballero, ¿le importaría retirarse un poco del auricular que no escucho bien el motivo de su queja?
Y, para hacer la jornada laboral más amena, cada cuarto de hora aproximadamente, una angelical voz de niño:
- Puta, guarra. ¿me la chupas?
Como el 1004 es gratis….
Había no obstante que aplicar el protocolo:
- Entiendo que esta llamada es errónea y voy a proceder a su desconexión (enano de los cojones, como te pille, te la corto).
Esto último no formaba parte del protocolo, claro está, y si te oía la coordinadora que se dedicaba a realizar escuchas espías desde la retaguardia, te la cargabas.
En fin, que buena parte de la jornada laboral transcurría entre insultos de niños y de adultos cabreadísimos (la mayoría con razón) porque Telefónica esto, porque Telefónica aquello. Una tenía que hacer de paredón humano mientras trataba de identificar entre gritos e insultos el motivo de la queja, solucionarla si estaba en su mano o transferir la llamada al departamento correspondiente.
Pitipitipi, todo el día. Un pitido que se metía tan adentro que pasaba a formar parte de tus sonidos corporales internos. Y no lo olvidemos, cada 15 minutos: puta, guarra, etc.
Un trabajo enaltecedor, de ésos que engrandecen el espíritu humano.
Una vez llamó un señor cabreadísimo, no recuerdo qué problema tenía, pero a él se añadía el hecho de que hasta tres veces le habían colgado el teléfono sin darle explicaciones. Así es que era la cuarta vez que llamaba y el cabreo había ido incrementándose en progresión geométrica. Milagrosamente, logré desplegar mis dotes de maga -de algo tenía que servir mi variopinto currículum- y conseguí calmarlo, prescindiendo sutilmente del protocolo: tiene usted razón, le entiendo, entiendo que esté cabreado. Tras unos minutos, el hombre pasó de bramar como un energúmeno a encarnar la exquisitez más absoluta. Me lo gané, acabó dándome cálidamente las gracias, y hasta me dijo que menos mal que existían las personas como yo en este mundo.

Pero con la emoción, cuando iba a pinchar sobre la pestaña verde para transferir la llamada al departamento correspondiente, voy, me equivoco, le doy a la roja que estaba justo debajo y le cuelgo. Le cuelgo. El mundo se paró en ese instante y me quedé allí frente al ordenador, conteniendo la respiración, esperando oír el sonido de la granada que acababa de lanzar. Un sonido que no llegó nunca.
Hoy sé que es del todo improbable que este hombre me lea, pero aún así le pido perdón por esa bomba que hice detonar justo en el centro de su confianza en el género humano.
Y es que ya lo advertían en Atento: saltarse el protocolo puede ser peligroso.

jueves, 26 de marzo de 2009

Virtual


Quisiera ser virtual
tener la virtud de volar
entre rutilantes píxeles
como estrellas caídas
sobre el vientre plano
de la pantalla ciega,

tender mi cuerpo
sobre las cuerdas vocales
de tu tristeza
hasta hacerla transitable
y que un ahora persiguiera a otro
eternamente,
con la pasión intacta del hacker,

amarte con las manos,
rendidas sobre las teclas
buscando los vestigios
de un amor terrestre
fondeado en la era digital,

ser pequeña como un bit,
sencilla
como un número binario.

sábado, 21 de marzo de 2009

Maricón el que no bote


A mis 12 años de edad, estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!» El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?»
Así empezaba su discurso en Zacatecas, Gabriel García Márquez que, nadie lo duda, vio el inmenso poder de la palabra, y de paso nos hizo verlo al resto.
Y es que la palabra define, nombra, casi parece que da permiso a la realidad para existir. Dicen que los esquimales tienen decenas de términos para denominar al blanco, atendiendo a sutiles matices, porque la nieve es muy importante en su vida. Nosotros tenemos multitud de vocablos para nombrar al pene, por ejemplo, aunque no me atrevo a dilucidar por qué.
Todo esto viene porque la RAE, esa institución que fija, brilla y da esplendor, como un kit para dentaduras postizas, ha decidido eliminar, en la próxima edición de su diccionario, la acepción de gallego como tonto. Una acepción señalada como propia de Costa Rica, aunque a nadie se le escapa que lo de gallego está extendido por toda Sudamérica (¿o Latinoamérica? ¿o Hispanoamérica? ¿o Iberoamérica?, ¿qué es lo políticamente correcto?) y se refiere al español, provenga de la comunidad que provenga. Como a nadie se le escapa esa connotación entre cariñosa y despectiva que tiene la palabra gallego.
Pero, ¿de qué nos quejamos? aquí se dice guiri, y todo el mundo piensa, con cierta condescendencia, en antiestéticas sandalias con calcetines, en camisas floreadas, en pieles de cangrejo escaldadas, en borracheras escandalosas trufadas de ridículos cánticos patrios en plena calle a altas horas de la madrugada . ¿O no? Y una judiada seguirá siendo una mala acción, aunque no sea judío el que la realice.

Pero como el diccionario es nuestro, español de España, pues no permitimos que contenga discriminaciones que nos afecten directamente, faltaría más. Una chorrada, vaya, pero chorrada con restos de tintes colonialistas, de esa madre patria que aún dicta las normas en cuestiones lingüísticas.
Y es que, digo yo, que si el diccionario tiene acepciones discriminatorias o peyorativas, será porque la vida las tiene y nuestro lenguaje y nuestra lexicografía no son sino reflejo de ello. Un diccionario es un ente vivo, que late, que babea, que pierde dientes, cabellos, al que le crecen otros nuevos, un organismo vivo en constante movimiento, que no es perfecto pero sí goza de cierto equilibrio.

Yo recuerdo el chasco cuando descubrí que las normas gramaticales no eran perfectas, no eran estables, inmutables como una roca milenaria o un Matías Prats en los informativos de Antena 3. No, había palabras que podían ser monosílabicas o bisílabicas según la interpretación personal del hablador, es decir que podían acentuarse según el día, los jueves no y los martes sí, podía interpretarse que contenían diptongo o hiato a la carta.
Desestabilizador al principio, fascinante a la larga porque el camino a la perfección es sin duda mil veces más interesante que la perfección en sí misma.

En su intervención en Zacatecas, García Márquez propuso curiosas iniciativas como enterrar las haches, eliminar todas las tildes, firmar un tratado de límites entre la ge y la jota o acabar con la indecisión entre la be o la uve. Hoy da un poco de risa, ¿no? Casi tanta como las orijinales propuestas de Juan Ramón Jiménez y su ortografía que se escribe como se abla (como un constante sms pero sin comerse las letras).

Está bien ser democrático, pero ¿tanto?, está bien no ser un pedante y un intelectual engreído pero ¿es necesario revolverse en el fango y negar toda norma?Y, peor aún, ¿es necesario filtrar todas las palabras del diccionario por el cedazo de lo políticamente correcto? En esa ansia correctora, corremos el riesgo de caer en estupideces como ésta, o como la de una asociación de gays y lesbianas de la Safor que inició una campaña en Fallas para que no se coreara aquello de: "maricón el que no bote" por considerarlo discriminador.

lunes, 16 de marzo de 2009

Si pudiera


Si pudiera
desleír tus palabras con mi ex-tinta saliva
sorber su tierno corazón de merluza
para que la espuma del verbo
escale por las espinas de mi garganta
hasta caer en el fondo de un mar blanco

si pudiera

contenerte entero en mi vagina
poner allí tu mesa en miniatura
la lámpara de sal para tus ojos cansados
la amargura en gouache brillante
colgando de las paredes con goteras

y que sobrevivieras a los temblores
que aquí dentro producen
las ondas sísmicas de tus versos

poseerte al fin
de la forma más primitiva
con el cuerpo
único lugar en que lo invisible
se vuelve palabra
que la carne pronuncia en voz alta.

jueves, 12 de marzo de 2009

Echando cuentas


Leo el último post de la amiga Reyes: Estamos buenísimos y pienso en eso del atractivo físico.
Vi el otro día la noticia de la mujer más rica de Alemania, atractiva a mi parecer, demasiado rica a mi parecer, transitoriamente tonta a mi parecer, transitoriamente valiente a mi parecer, que ha sido extorsionada por un gigoló suizo al que ahora juzgan, sin contar con su parecer. Cuando se piensa en un gigoló suizo, una tiende a imaginar a un Darek macizorro, hablando un ininteligible dialecto romanche, lo que no hace sino incrementar su atractivo. Pero no, resulta que el amante de pago suizo tiene cara de acelga hervida, de pastor presbiteriano, a lo Absalón de Dies Irae: facciones severas, labios finos, rictus estreñido, tan común en los puritanos reprimidos, o en los degenerados sexuales, que viene a ser lo mismo.
Y me pregunto qué demonios habrá visto esa multimillonaria, casada, con tres hijos, en un tipo así.
Claro que incógnitas nacionales también las hay: yo veo a Elsa Pataky y pienso ¿nadie se da cuenta de que es fea? Y cuando digo fea quiero decir tonta, y cuando digo tonta, quiero decir no exenta de una cierta maldad (ver post de la bondad)
Y lo mismo me sucede con Velencoso, el modelo de la foto (vale, puede que en la foto no sea exactamente asco lo que da, pero no hay más que oírlo hablar para darse cuenta de que es feo, rematadamente feo).
No quisiera caer en el tópico de que lo que importa es el interior, y blablabla porque no creo que lo importante sea el hígado, el bazo, los humores o las vísceras.
Como tampoco creo que aquello que dicen que pesa 21 gramos exista como tal, de forma independiente. Bien podría ser una ventosidad.
No, hablamos simplemente de materia, de carne de la que estamos hechos, pero que es carne viva, con expresión ininterrumpida, hecha de labios que se mueven, de cejas que se enarcan, de músculos que se tensan, de voces que se modulan. Y de si esa infinita y única suma que somos resulta o no atractiva. Y aquí cada cual echa sus propias cuentas, claro está: algunos suman de cabeza, otros cuentan con los dedos, otros echan mano de la calculadora y los hay que, perezosos para calcular, o simplemente negados para las matemáticas, se fían del resultado de los demás que, en estos casos, suele ser erróneo.

lunes, 9 de marzo de 2009

Pude nacer dos veces



Dice no me acuerdo
pude nacer dos veces
me veo caminar
sobre días quemados de luz
el polvo cuajado en las pestañas
y un cartel a lo lejos
que cojea de una letra

no distingo el viento
del movimiento, dice

hoy el horizonte es azul, añade
azul como Venecia
y un niño patina sobre el hielo
el hielo es blanco
precisa
blanco como el neón encendido

el viento ya no golpea
las esquinas

y sólo en sueños, vuelvo
a los lugares antes de las bombas
antes de la reconstrucción
y recuerdo con algo que está
fuera de la memoria
asegura.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Y París era una fiesta

Conclusiones de París:

  1. Estoy mayor. El tiempo por mi cuerpo pasa. No resbala dulcemente sino que pasa por él, erosionándolo, filtrando una a una las impurezas. Vamos, que el viernes nos acostamos a las seis de la mañana después de beber, bailar y fumar como posesas durante toda la noche y la resaca nos pasó factura los días siguientes. Sí, París fue una fiesta, y también una resaca.
  2. Fue maravilloso volver a ver los ojillos de Delphine brillando como estrellas en el campo abierto y oír su risa.
  3. No hay palabras que puedan resumir 16 años de vida, la memoria es el mar, ya todo el mundo lo sabe, y el mar es inabarcable. Sin embargo, cabe en el fondo de una mirada.
  4. El presente se empeña en ser tan presente. Nosotras queremos ser traviesas y escapar por un atajo hacia las veredas floridas del pasado, pero el presente nos atrae con su gigantesco imán.
  5. Seguimos estando en el mercado, ligamos mucho el viernes por la noche y de día, un atractivo hombre trajeado nos dijo al pasar: vous êtes magnifiques mesdemoiselles. Bien por las maduritas!
  6. La memoria tiene curiosos mecanismos, es un circuito plagado de trampas, de agujeros negros, de lugares sobre los que cae la luz de un enorme foco, de colinas que se divisan desde cualquier punto. Pero es un circuito distinto para cada una, único, intransferible. ¿Te acuerdas de cuando hicimos autostop y nos cogieron eso tíos que…? No… ¿y cuándo me enviaste ese paquete al internado?…. No, no me acuerdo. Y también sucede a la inversa. Delphine dice que no puede recordar ni una sola de las caras de entonces. Sin embargo se acordaba de mis uñas. Pienso en Proust, claro, qué lugar mejor que Paris para pensar en Proust y en lo subjetivo del tiempo: “A menudo creemos que el presente es el único estado posible de las cosas”. Y también : “El amor es el espacio y el tiempo medidos por el corazón”, que sinceramente no tiene mucho que ver con todo esto pero es una frase que me encanta.
  7. Los franceses son excesivamente educados, “Merci, madame”, “Passez une bonne soirée”, lo justo para hacerme sentir tosca.
  8. Delphine sigue siendo la misma loca adorable de siempre. Nos entendemos, nos reímos, nos seguimos queriendo. Me conmueve algunas cosas que me cuenta. La vida a veces escuece. No le gusta salir retratada en las fotos que, dicho sea de paso, no hacen justicia a su belleza.
  9. Vemos un centro de bronceado en Montmartre, un barrio plagado de negros.
  10. No se fuma en París, ni en los cafés, ni en los restaurantes, ni en los pubs ni en ningún sitio en el que al mirar hacia arriba, no se vea otra cosa que el cielo.
  11. No hay gordos en París. Sólo la señora que se sentó a mi lado en el metro, haciendo de mí un relleno para hamburguesa. Ninguna cafetería o brasserie está preparada para los culos de los gordos.
  12. Paris es tan sólo un escenario, del que de pronto emerge la Toureiffel como si fuera una escultura de cartón piedra creada para la ocasión, recortada y pegada sobre un cielo de noche americana. Lo importante es nuestra película, de la que somos protagonistas. Y sin embargo, siempre nos quedará Paris.

No hice muchas fotos, pero ahí van algunas:


Una bienvenida con champán


Increíble grupo de jazz en Saint Germain (creo)



Pasando la resaca en Montmartre, con Paris a nuestros pies




Y Montmartre