martes, 22 de diciembre de 2009

Ese humor rojo brillante

Extraigamos un sentimiento del cuerpo para ponerlo bajo el microscopio como si fuera un cachito de tejido para una biopsia. Veamos su color, la concentración de células que dan cuenta de su intensidad, de su carácter benigno o maligno, de su capacidad para corromper el resto de sentimientos vitales, comprometiendo su existencia.

Observemos por ejemplo la envidia. Si es pequeña y de cualquier tono comprendido en la gama del verde oliva, no reviste peligro. Pero si es de color verde vejiga, conviene tratarla con fungicidas ya que, aunque nosotros no presentemos síntomas, podemos contagiarla a otros. Los grupos de riesgo -intelectuales, misses o cocineros con estrella Michelín-
deben extremar las precauciones.

La compasión, siempre que sea de color carne y de perímetro estable, es del todo inocua. Pero si crece de forma desmedida, debe ser tratada ya que a la larga produce osteoporosis.

El rencor, normalmente de tono violáceo puede desarrollar unas pústulas amarillentas con el tiempo. Ya no se aconseja extirparlo a la primera de cambio ya que sus células B producen anticuerpos que nos protegen de enfermedades conocidas. Se recomienda hacer al menos una rencorografía al año ya que tiende a enquistarse.

La soberbia, si presenta un color amarillo intenso, atrofia los testículos y puede producir eyaculación precoz.

Observemos ahora el sentimiento navideño, ese humor rojo brillante, camuflado entre la sangre, que produce unos difusos deseos de paz para el mundo y de felicidad para los seres queridos y que circula por el organismo en determinados días del año.
Sus síntomas son notorios -ganas de pegarse atracones, de comprar compulsivamente y de enviar toneladas de sms de felicitación- pero, según un estudio patrocinado por la fundación Telefónica, no revisten gravedad alguna.

Es metabolizado por los riñones y el hígado, y se elimina de forma natural por la orina y las heces, junto con los restos de turrón, de pavo relleno, de gambas, de carabineros y de cava Freixenet.
¡Feliz navidad a todos!

viernes, 18 de diciembre de 2009

Más dura será la caída

No sé si os habéis enterado pero hace mucho frío, un frío que pelota, que dice Bruno. Será que pela. Pues eso, que pela las pelotas. Un grado marcaba el otro día el termómetro (evito decir esa tontería del mercurio porque el termómetro que yo miro es manifiesta, estentóreamente digital). Un grado en Valencia es mucho frío, te lo aseguro.
Pero lo peor: ayer me caí dos veces en la calle. En un solo día, cubrí mi cupo de caídas públicas de la década.
Caminaba por la calle, pasé junto a tres hombres y uno de ellos rumió algo parecido a un piropo (a ciertas edades los piropos recibidos ya no son enunciaciones claras y altisonantes sino más bien imprecaciones que se mascullan). Yo seguí caminando, impertérrita, alcancé la esquina, resbalé sin más y me caí de culo.

- ¿Has resbalado?, oí que preguntaba uno de ellos, perspicaz.
No, llevo a cabo prospecciones asfálticas para determinar el estado del firme de nuestras aceras. Pues claro que he resbalado porque las suelas de mis botas están tan gastadas como las de Willy Fog, y la parte de atrás del tacón mordisqueada por los ratones del asfalto.

No había sin embargo nada en la acera, apenas un levísimo desnivel, que pudiera servirme de coartada.
Recuerdo que mientras caía pensaba: no creo que llegue hasta el suelo, se me antoja del todo innecesario, tan innecesario que resultaría absurdo. Y entonces la realidad se dividió en distintos planos, cuyos bordes al tocarse, formaron esquinas, como en un videoclip ochentero. Todo fue tan rápido que tuve mucho tiempo para pensar.
Una vez instalada en el plano horizontal, me levanté despacio, y proseguí mi camino, sin volver la vista atrás y con la cabeza bien alta. Eso sí, me desorienté y tomé la calle equivocada.

Conseguí llegar hasta la papelería donde compré unas cosas. Al salir, se había puesto a llover. Me disponía a cruzar por el paso de cebra cuando, pataplán, esta vez hacia delante, cual Tersch pero sin patada voladora. Acabé con las rodillas en el suelo, los rollos de papel continuo seccionando las líneas del paso de cebra, el tubo con las cartulinas plateadas a varios metros de distancia, la lluvia haciendo aún más sucia (¿patética?) la escena.
Esta vez me hice daño, daño físico y hasta tuve ganas de llorar. Pero pasaron en un parpadeo. Me di cuenta de que ninguna de las dos caídas me dolía lo más mínimo por dentro, mi estado de ánimo no había sufrido el más leve rasguño. Y pensé que uno ha alcanzado la madurez cuando se cae dos veces en público y dentro no se produce más reacción que la del fastidio.

Decía Gombrovicz que escribir poesía es lo más cerca que puede estar un ser humano del ridículo. Escribir poesía y caerse dos veces seguidas en público supone sin duda alcanzar las más altas cotas del ridículo, rozar la excelencia, estar a las puertas de convertirse en un ser sublimemente ridículo, ¿o no?
Claro que también pudiera explicarse por aquello que decía Balzac, de que la caída de un hombre está siempre en relación con la altura a la que ha llegado.
Por si acaso, en cuanto llegué a casa, tiré las botas a la basura.

Hoy amanecí con un recuerdo morado en las rodillas, una sangre que tal vez manara del centro mismo del sentido del ridículo, como una forma de reivindicar que sigue ahí.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La memoria es el viaje

Resulta que gracias a un importante estudio, ahora podemos convertir los malos recuerdos en buenos recuerdos, o al menos en recuerdos inermes, sin cantos puntiagudos ni molestas aristas, con un simple cuadrado amarillo como herramienta.

Eso dice la noticia que leí ayer: que las memorias se pueden actualizar. Que es posible incorporar nueva información a los recuerdos, modificándolos. Que cuando un recuerdo se evoca, se abre una ventana temporal que permite actualizarlo.
Es decir que la memoria guarda sólo la última versión del documento. Si yo en su día escribí, presa de una angustia vital arrebatadora:
me muero, indefectiblemente, me muero...
y hoy le añado:
… de ganas de comerme un solomillo
y guardo rápidamente el archivo, eso es con lo que me quedo. ¿Con hambre? No, con un buen recuerdo en forma de solomillo virtual.
Los neuropsicólogos acaban de descubrir la cuadratura del círculo. Amarillo, por supuesto. Apuntan además que este proceso es compartido por distintas especies, como los humanos y los roedores. Y es que un estudio que se precie siempre debe contar con unos cuantos ratones. Con lo que a mí me gusta el queso.

En fin, que gracias a esa historia de ficción basada en hechos reales que son las noticias, sabemos que a partir de ahora, y sólo a partir de ahora, será posible transformar esos traumas de afilados colmillos en bonachones recuerdos-San Bernardo, completamente inofensivos.
Continúa la noticia diciendo que el conocimiento sobre los mecanismos de la memoria ha avanzado mucho en las últimas décadas, y los recuerdos ya no son elementos inamovibles, como sugería la visión tradicional. Al contrario, según señala la teoría de la reconsolidación, los recuerdos se consolidan -casi se vuelven a formar- cada vez que se evocan.

¿Y cómo creen ellos que hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo piensan que hemos sobrevivido todo este tiempo? ¿Cómo sino regurgitando recuerdos, uno tras otro, hasta que la costumbre de su sabor ya no nos provocara arcadas, armando y desarmando el relato una y otra vez hasta conseguir darle un nuevo significado, recortando y pegando piezas de aquí y allá hasta hacer de nosotros nuestro Frankestein ideal?

¿Y qué creen que decía Proust sino eso? Él, que estaba empeñado en recobrar el tiempo perdido, él, que sabía que el presente no es el único estado posible de las cosas y que ciertos recuerdos son como amigos comunes y saben hacer reconciliaciones. Él, que aseguraba que el verdadero viaje se hace en la memoria.

Hoy buscamos efectos rápidos, asépticos e indoloros. Memorias con Ph neutro, exentas de productos abrasivos, recuerdos que extraer con guantes de látex.
Pero los malos recuerdos están ahí, no son ellos los que se modelan sino nosotros a través de ellos.
Y es bueno que sigan ahí porque gracias a ellos brillan los buenos recuerdos. No olvides que son tus tinieblas las que te hacen luminosa, me dijo una vez un amigo.
Tampoco se trata de cobardía, de alejarse de ellos tanto como alcance el olvido porque la memoria no admite trampas, ella misma es la trampa.

Y porque es la directora de nuestra propia película. Así es que dejemos que haga su propio montaje, que elija sus planos con total libertad, aún sabiendo que cuando veamos la película completa, no quedará tiempo ni para una mala crítica.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Esta contumaz manía



Esta contumaz manía
de prender mis mañanas felices en los demás
de engarzar en sus solapas
plumas de vivos colores
de pájaros muertos ya
para ver cómo se alejan sus espaldas
esquivas de luz al atardecer

estrangula esa expectativa que pasa volando
leve, casi muerta de risa
deja ya esa obstinada manía tuya
de huir en los demás,
por la vereda florida de tu traición

acomódate en el desolado paisaje
ese río tiene tus ojos, ese árbol
se peina como tú, con la raya
al medio
quédate aquí, queda
y deja que la tarde gorjee en el pájaro
y el silencio hable tu lengua.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Porno rousseauniano

La revolución debería empezar en el porno. Sí, porque no hay nada más casposo y machista que el porno que se consume hoy en día.
Necesitamos mujeres directoras. Se buscan Icíares Bollaínes, Isabeles Coixetes, Gracias Querejetas para dirigir películas porno aptas para todos los géneros.
Adolecemos de estrellas femeninas con carisma, que busquen con aplomo su destino, a lo John Wayne y no que se dejen llevar por él como cagallón por acequia, a lo Loretta Young.

En general detesto eso que llaman visión femenina o universo femenino en las manifestaciones culturales pero estoy harta de las pelis sólo aptas para supermachotes, de la supeditación del deseo femenino al masculino, de que nosotras seamos siempre las actrices secundarias, nunca las protagonistas del placer.
Que a pesar de tener una sonora excitación sostenida en pantalla, el climax no nos llegue nunca. De ser meros objetos y no sujetos.
En definitiva, de que el porno sea tan tremendamente rousseauniano.

Sucede como en los inicios del cine, cuando los papeles de negro los interpretaban actores blancos pintados con betún y hablando con el acento de la Mami: “zeñorita E´carlata”. También las mujeres son meras caricaturas de sí mismas en el porno.

Es ficción, lo sé, pero qué importante es la ficción en el imaginario colectivo, cómo modela nuestra realidad, y condiciona a su vez nuestras nuevas fantasías.

No hace falta ser mujer para crear productos verosímiles, que no realistas, para poner los ojos del deseo también en nosotras y no sobre nosotras. Bastaría con dejar de repetir ciertos clichés, dejar de querer ser siempre el delantero chupón y pasar el balón para que juguemos todos.

Gracias al Google (busques lo que busques en el Google siempre alguien llegó antes) descubro que algunas como
Erika Lust ya marcan goles en primera división.

martes, 24 de noviembre de 2009

Magia potable

Fantasía animada surgida de la cabeza de Muy señores míos, con permiso (tácito) de Parkeharrison

A menudo me siento como una impostora que realiza actividades fraudulentas con las palabras como moneda de cambio, una contrabandista que trata de pasar por la aduana de la realidad sus falsificaciones chinas de productos de marca. Una maga de tres al cuarto actuando en un tugurio de mala muerte.

Decía Naipaul que escribir es como practicar la prestidigitación. “Si te limitas a mencionar una silla, evocas un concepto vago. Si dices que está manchada de azafrán, de pronto la silla aparece, se vuelve visible”.

Hacer aparecer y desaparecer los objetos con la varita mágica de las palabras. Parece fácil, en eso consiste la magia, en que parezca fácil pero…

“A la larga me di cuenta de dónde estaba el problema: en lo que se ha llamado la invención de los rasgos circunstanciales, es decir, los datos precisos del lugar, la hora, los personajes, la ropa, los gestos, la puesta en escena propiamente dicha. Empezó a parecerme ridículo, infantil, ese detallismo de la fantasía, esas informaciones de cosas que en realidad no existen. Y sin rasgos circunstanciales no hay novela, o la hay abstracta y descarnada y no vale la pena”, seguía Naipaul.
A mí me ha dado vergüenza durante mucho tiempo. Porque todas esas cosas no existen. Porque te estoy engañando. He escrito pidiendo perdón desde las copas de mis árboles inventados, desde los picos inventados de los pájaros inventados, posados sobre las copas de esos árboles inventados, desde todas las épocas posibles, inventadas todas, incluida la actual, desde los nombres sonrojantes de mis personajes (eso es lo más vergonzoso, poner nombre a los personajes, hacer que tengan una afición desmedida por la sodomía, eso no…).

No recuerdo qué escritor ocultaba a sus hijos y a su entorno próximo que era escritor. Se escondía de ocho a cinco en un oscuro sótano alquilado para perfeccionar sus mentiras y se inventaba otra profesión, del tipo contable, porque le avergonzaba decir que era escritor.
Es difícil alcanzar la madurez suficiente como para entregarse a esos actos infantiles con total desvergüenza. Dedicarse a jugar con disciplina, como una forma responsable de ganarse la vida.

Ya hice un elogio de
la mentira y otro de la fantasía. Ahora me doy cuenta lo importante que son esos detalles aparentemente anodinos. Porque ellos conectan la mentira con la fantasía, situándolas en la misma longitud de onda.

Yo trabajé como ayudante de mago y bailarina de cabaret y mis jefes siempre me reñían: sonríe en el escenario, sonríe, la gente quiere ver alegría (y poca ropa, por descontado) y no esa cara de estreñida que pones. Pero a mí no me salía la sonrisa, cuando lo intentaba sólo germinaba una mueca falsa y gratuita, la mentira en estado puro. No entendía que de eso se trataba, que el público quería ser engañado.
Ahora soy capaz de decir la verdad mintiendo.

Mi hijo dice que hace magia potable (lo de magia potagia se ve que no tiene sentido para él, ¿acaso lo tiene para alguien?). Me encantó la frase y se la robé. Ahora, cuando escribo, intento hacer magia potable, espolvoreo mis polvos mágicos para hacer que aparezcan los objetos. Y sigo buscando alguna verdad en lo oscuro de una chistera, en el doble fondo de esa caja de ahí. Esa, la de color púrpura y cantos metálicos, ésa… no me hagas echarle azafrán…

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Dame sangre

Escribir pezón con miles de píxeles, escribir semen acuarelable, escribir Ipod, escribir menstruación con punta biselada, pulverizar sílabas moradas con spray grafitero sobre el espejo, violar la sintaxis, forzarla, como un juego sucio y excitante, placentero; hacer que se retuerza, las muñecas atadas con chicle Cheiw de fresa ácida, pasarle la lengua por la cara, que note tu barba de dos días que raspa como un adjetivo agudo, huérfano de sustantivo. Y salpicarlo todo de puntos, de movimientos entrecortados de violador convulso.
No me sale.
Esperar siempre en la última parada, ser post-postmoderno, postpoético en fin, creer en la física pop, tararear un fotograma de serie B, bailar filosofía figurativa, estar a la vez en los suburbios de las afueras y sentado en el váter de casa, correr en un videojuego futurista y al mismo tiempo esperar inmóvil en una sala de hospital.
A mí no me sale.
Me sabe a impostura, claro que el azúcar de Benedetti también. Todo movimiento hacia el exterior es impostura. Busco aquí dentro, entre el vacío tumultuoso… Y aunque nadie responde, sé que hay vida inteligente.
...
Dice Rosa Montero “Cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, todo el mundo considera que está hablando sobre mujeres; mientras que cuando un hombre escribe una novela protagonizada por un hombre, todo el mundo considera que está hablando del género humano”. Pues sí. Hay evidencias que por sencillas que parezcan no dejan de ser clarividencias.
Y continúa: “Ya va siendo hora de que los lectores hombres se identifiquen con las protagonistas mujeres de la misma manera que nosotras nos hemos identificado durante siglos con los protagonistas masculinos que eran los únicos modelos literarios”.
Y dice más: “Un ejemplo: la menstruación. Resulta que las mujeres sangramos de modo aparatoso y a veces con dolor todos los meses, y resulta que esa función corporal tan espectacular y vociferante está directamente relacionada con la vida y con la muerte, con el paso del tiempo, con el misterio más impenetrable de la existencia. Pero esa realidad cotidiana, tan cargada de ingredientes simbólicos es sin embargo silenciada y olímpicamente ignorada en nuestra cultura. Si los hombres tuvieran el mes, la literatura universal estaría llena de metáforas de la sangre”.

martes, 10 de noviembre de 2009

Costumbre de quererte


Frente al vicio de olvidar que te quiero
la costumbre de quererte
que rebusco entre los pliegues dorados
de mi rutina ensombrecida
tras las transidas huellas del adolescente
que escapó al bombardeo del patio interior
que huyó hacia remotas ciudades dormidas,
de rosas blancas y distancias azules.

Busco esa costumbre antigua de quererte
en tus detalles, en tu suma
para volver a armarte distinto
siempre distinto
equidistante a ti
me alejo del deseo venenoso
que me crece dentro
impulsándome a escapar de mí
y de todo en lo que yo soy yo: tú.

Tras el vicio de olvidar que te quiero
una sola ciudad, un solo nombre
en el horizonte antiguo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La censura de Reig o cómo ningunear al público



A veces pensamos que hemos llegado a la cumbre de la montaña sólo porque tenemos unos prismáticos y la observamos desde la falda. A mí me pasa, me basta con apuntarme al gimnasio para creer que mis carnes ya se están poniendo duras como el acero cromado.
Con la censura sucede lo mismo, uno cree que ya se ha superado y sin embargo…
Han echado a Reig de Público, con sutileza eso sí. Le han indicado la puerta de salida, a mano derecha pasando por cultura, si antes quieres tomarte un café… no, gracias, ha respondido él, ya me lo tomo en algún sitio donde pueda opinar si lo quiero solo, cortado, con azúcar, con sacarina o con un chorrito de ron Cacique. El jefe de opinión ha arqueado la ceja izquierda con suspicacia al oír lo de Cacique pero no se ha atrevido a replicar por miedo a que Reig permaneciera ni un minuto más en la redacción.
Rafael Reig tiene lo que se dice tirón popular y era sin duda un reclamo del periódico.
Pero no ha servido de nada. A menudo nos creemos los lectores que somos importantes, que los periódicos se dirigen a nosotros, que con nuestra fidelidad podemos otorgar inmunidad a una firma, como la poción mágica a Astérix o la alianza de las civilizaciones a Zapatero.
Y un jamón. De nuevo ha quedado patente que hoy el público es visto como una masa fofa de la que sólo cabe una respuesta pasiva y despersonalizada. A pesar de que se ha sustituido la noción de “servicio público” por la muy tramposa del “interés general”.
Hoy las empresas periodísticas se creen empresas cualesquiera regidas por las leyes del libre mercado, y los empresarios consideran los medios como una propiedad exclusivamente suya, y la información como una mercancía más, como si vendieran muñecas hinchables o escobillas para el váter.
Se equivocan, claro. Es verdad que son empresas privadas pero comercian con un bien al que todo ciudadano tiene derecho (el art. 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoce el derecho a la información que tiene todo persona) y eso las hace especiales. Pese a su privacidad tienen una responsabilidad social, se deben regir por unos principios que las guíen y que se comprometan a seguir.
Público acaba de pisotear estos principios como se pisotea un periódico atrasado que se usó para envolver un bocata de sardinas aceitosas. Un diario que aludía justamente al público, llenándosele la boca desde el título, se ha pasado a ese público por el forro.
Se defiende diciendo que es una empresa privada y que tiene derecho a tomar las decisiones que quiera. Le ha faltado decir, parafraseando a Groucho, que tiene unos principios y que si no nos gustan, tiene otros.
Triste, no por inusual desgraciadamente.
Pero en esta historia el mayor agraviado no es Reig sino su público. Y lo peor es que aún puede haber más. Puede que el escritor en su próxima columna en otro periódico (que la habrá) se sienta coaccionado por la experiencia sufrida y se lo piense dos veces antes de dejar fluir libremente su pensamiento. Espero que no sea así porque esa sería sin duda la peor de las censuras: la autocensura, la mordaza interna. El golpe definitivo.
Decía Sergio Pitol que un novelista es un escritor que oye voces, lo cual lo asemeja con un demente.
Queremos que ese maravilloso demente que es Reig siga oyendo voces dentro de su cabeza y que nos las siga trasmitiendo con toda fidelidad. Sin censura.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Querida Blancanieves



Querida Blancanieves,
Qué sorpresa encontrarte en el facebook. Estás igual, el mismo rubor en las mejillas, más guapa si cabe. El bosque sin embargo ha cambiado tanto desde que te fuiste, las madereras trajeron la alopecia a nuestras tierras, los bosques se llenaron de calvas, los árboles no cesan de caer, como cabellos tras una sesión de quimioterapia. Por no hablar de los pirómanos. El último resultó ser el yerno del alcalde que quería recalificar unos terrenos. Y el río, ese río en el que tantas veces admiraste tu belleza cristalina, baja hoy recubierto de una espuma de color óxido. Completamente mate. Es la espuma de los días que nos han tocado vivir, una doble metáfora del tiempo.
Todo parece más pequeño, será por el recuerdo que todo lo magnifica, será porque hemos crecido, también los enanos, será por el circo que hay aquí montado.
La mina la explota ahora una conocida empresa energética que hace unos anuncios preciosos donde aparecen ríos translúcidos y cascadas de plata y bosques con todas las gamas del verde. La misma que vierte a nuestro río su espuma marrón.
Los enanos se jubilaron anticipadamente. Primero decían que si tan pequeños y trabajando tantas horas evocaban las oscuras épocas de explotación infantil. Luego les empezaron a multar por todo, por no cumplir con la ley de prevención de riesgos laborales, por contravenir la normativa europea sobre espacios ambientales protegidos, por no llevar los libros de contabilidad al día.
Ahora trabajan subsaharianos y rumanos, contratados por una ETT, contratada por la conocida empresa a la que no parecen afectarle estas leyes, y que les paga una miseria y les obliga a hacer jornadas maratonianas.
Los enanos se apuntaron a talleres ocupacionales a distancia, (se negaban a abandonar su casita en el bosque) pero como los de la administración son como son, han mandado el material de tamaño estándar y no pueden usarlo.
A veces paso a verlos y recordamos los viejos tiempos. Y hablamos de ti.
Nosotras, las pocas que quedamos, nos reunimos una vez al año para nuestro famoso aquelarre, pero ya nada es igual, nos hemos convertido en personajes simpáticos, como los gremlins, más desde que se instauró en nuestro país esa fiesta americana llamada Halloween. Y es que hoy por hoy, cualquier banquero, sin necesidad de recurrir a oscuros productos financieros, con un préstamo normalito, asusta cien veces más que nosotras y nuestras manzanas envenenadas.
Me haría ilusión saber de ti. Espero que no me guardes rencor por lo de la manzana.
Un fuerte abrazo,
La Bruja.

Querida Bruja,
Qué ilusión cuando leí tu mensaje en el FACE! claro que no te guardo rencor por aquella manzana. Gracias a ti, conocí a mi marido, que es delegado de marketing de una importante multinacional, y tiene coche de empresa, 3 pagas extra, y un viaje a las Sheychelles todos los años por incentivos, y al que puede llevar a toda la familia.
Tenemos dos niños: un niño y una niña. Cruzados: el niño tiene mi belleza y su ambición, la niña su nariz y mi constancia.
Me cuido mucho. Por las mañanas hago body pump, aquagym, aerobox y spinning. También hago sesiones de talasoterapia y acupuntura. Y aunque la belleza, bien lo sabes, es efímera, hoy por hoy puedo decir que soy la más bella del barrio. Mañana …mañana con un nuevo lifting, también. Pasado, dios dirá. Jajajaj.
Dale muchos recuerdos a los enanitos de mi parte, y a ver si puedo acercarme pronto por el bosque a veros porque yo también os echo de menos.
Besos,
Sra de Charmant (ya casi nadie me llama Blancanieves, como vivimos en Miami, lo de la nieve quedaba raro…)

miércoles, 28 de octubre de 2009

Modern love


Yo quiero ser simple. Como un viaje en autobús a las afueras, como una croqueta casera, como una medusa fluorescente. No como una letra de La oreja de Van Gogh, no como la música de La oreja de Van Gogh. Simple como un tiovivo. No como la afirmación: estoy en contra del aborto, yo estoy a favor de la vida, no como la pregunta: ¿y tú crees en dios? Simple como una farola. No como los Bisbales, Pausinis, Furtados, Careys, Bustamantes.
Simple como los coros de Modern love, como la carrera de Lavant en Mala sangre, como el lomo de una vieja barca, como el lenguaje del guardián entre el centeno, como la voz de ginebra de Madeleine Peyroux, como las tardes pausadas de Josep Plá, como el frío seco de la montaña, como el cadáver aplastado de una hormiga.
Simple y visible, no por repetición (te envío canciones de 4.40) sino por condensación (but I try, I try).
Dice Beigbeder en 13´99 algo así como que algunas marcas importantes tienen tanto miedo de ofender a sus potenciales clientes que acaban gastándose millones en campañas publicitarias para ser invisibles. Simplemente invisibles. Sonar mucho para no decir nada.
Yo quiero ser simple como los coros de Modern Love. Y decir algo. Una sola vez. Algo perecedero y prescindible. Algo simple.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Ohtoño!


Vivo en mi estado de ánimo. Ahí fuera hay paisajes, soles, calles, cielos, horizontes, cambiantes, eternamente cambiantes, en los que parece que habito yo. Sólo parece. Yo vivo arrendada en mi microclima particular, cambiante, provisionalmente cambiante, donde a veces, sólo a veces, redunda el otoño.
Porque el otoño sólo es otoño si estalla alguna nostalgia dentro, si cae alguna hoja con la delicadeza de la decepción.
Dirección postal: aquí dentro, en la tercera rotonda del intestino, junto a ese after llamado hígado. Clima: variable, muy variable. Constante marejada en todo el litoral. Vegetación: arbustiva xerofítica (que no sifilítica). Coordenadas: tan desordenadas…
La realidad es sólo el contraste, (un tinte líquido para ver con claridad), ese filo delgado y resbaladizo en el que se rozan los mundos por sus contornos, en el que a veces nos encontramos.
No entendía a los poetas cuando hablaban de álamos cantores, del viento amortajado, de ríos que resbalan al anhelo, de cielos de color de infancia muerta.
Ahora sé que hablaban de mí.

En brevería sincopada:
El tiempo es ese extraño que observo a través de mi estado de ánimo.
El paisaje soy yo, manifiesta.

jueves, 15 de octubre de 2009

Que no pare la fiesta


Ilustración tomada prestada al gran Muyseñoresmíos


La gran noticia de hoy en Valencia es, sin duda, el nombramiento de sus falleras mayores. La candidata María Pilar Giménez ha resultado elegida, y se dice de ella que será “mágica y maravillosa”. La fallera mayor infantil ha declarado que le encantaría cantar con Hanna Montana y que vinieran a su proclamación los Jonas brothers, palabras que han enternecido a todos, a todos los que no las han encontrado sencillamente repelentes. Ya sólo se habla de eso en nuestra ciudad, aunque algunos rebeldes comentan en la clandestinidad la lesión de Marchena en el Valencia CF.
En Canal 9, esa fiesta ininterrumpida de fallas, fútbol y fiestas patronales, hasta en El tiempo se ha prohibido usar la palabra costa y ya sólo se habla de litoral.

Vivimos en una isla, italiana, por supuesto.
¿Y la política? La política hace tiempo que dejó de existir para convertirse en la escenificación de la política. Una categoría más dentro de espectáculos y variedades. Y los políticos en actores de cine mudo, ocupados en exagerar los movimientos, en gesticular histriónicos frente a las cámaras. Dicen que Litoral lloró como un chiquillo cuando le dijeron que ya no le ajuntaban, que lo expulsaban de la pandilla pero salió con una sonrisa extrema a enfrentarse con las cámaras. Dicen que su sustituto cometió algunas travesuras en la adolescencia, que escribió un artículo negando el holocausto. Pecadillos de juventud, como fumarse un porro o tirarse a la profe de lengua. Nada demasiado importante, y menos para un meninfot. Resultaría hasta divertido ver cómo se comen unos a otros sino fuera porque el camarero siempre acaba trayendo la cuenta a nuestra mesa.
Y sin embargo, en este entremés valenciano, se omite lo más interesante del argumento, el plato fuerte del menú: de dónde viene todo esto, cuál ha sido la cabeza pensante que ha ideado esta opereta. Es como si apareciera el cadáver de una ballena en medio del desierto y todo el mundo gritara horrorizado al ver la sangre derramada sobre la arena pero nadie se preguntara cómo llegó hasta allí el cadáver.
En política, hoy estás arriba y mañana bajo tierra, muerto y enterrado, eso sí, cada cual muere de su propia enfermedad.
El pasado martes y 13 fue un día aciago para Litoral. Diagnóstico: cáncer de piel terminal, y eso que en política, la suerte no se tiene, la suerte se le arrebata a los demás.

jueves, 8 de octubre de 2009

Y nada


Muerdo el hilo hasta el final
y nada
rebusco entre mis vísceras desgarradas
pedazos de tus vísceras desgarradas
y nada
me tumbo sobre la delgada línea imposible
entre la esperanza azul-gris y el horizonte soluble
y nada.
Trato de escribirlo
y nada.

viernes, 2 de octubre de 2009

martes, 29 de septiembre de 2009

Italiana del oeste



Certo, io sono italiana, italiana della parte dell'ovest, d´una regione iamada Valentia. Ahora sé lo que hace tiempo sospechaba: que Valencia es una provincia italiana. Que no te despiste el arrós en fesols i naps o la orxata y los fartóns, aquí también se lleva el calzone de marca, a ser posible regalado, y votar reiteradamente al macarroni corrupto.
Llámalo fanfarronería. Llámalo sentido del humor. Llámalo estupidez congénita.
Y es que el valenciano se caracteriza mayormente por su espíritu contradictorio y su espíritu fallero, que viene a ser lo mismo, crear y quemar, crear y quemar, crear y quemar. Y, cómo no, por su gran sentido del humor.
Aquí convive lo casposo con lo kisch, lo conservador con lo cosmopolita. No en vano esta ciudad ha sido capital de la República, escenario principal de un golpe de estado, encuentro de familias papal y la única en otorgar unos premios a los mejores actores porno.
Tenemos sentido del humor, sin duda.
Aquí, ningún caso de corrupción o de financiación ilegal de partido pasará factura electoral, y si la pasa, será siempre en B. Ya lo dijo el pirata del parche en el ojo, el bucanero Fabra: a la gente lo que menos le importa es si somos inocentes o culpables. ¿tiene guasa o no?
Hemos asimilado con rigor las costumbres de nuestro país de adopción, y entre ellas, cómo no, la mafia. SuperCosta osea y Rambla se regalan viriles abrazos de hermano, mientras con disimulo se vigilan las espaldas de sus trajes Milano. Y comen spaghetti a la boloñesa sobre el mantel a cuadros rojos y blancos, sentados siempre de cara a la puerta.
Dicen las malas lenguas que es el antiguo capo Zaplana, el que en la sombra mueve sus largos tentáculos para vengarse de Camps, del pobre Camps que no hay día que no se lamente por esos tres malditos trajes, lo mismo que Al Capone se lamentaba entre rejas por no haber pagado esos malditos impuestos.

Decía Benigni, ese cómico de la provincia vecina, que Berlusconi es el mayor clown, que con él tiene mucha suerte: basta con repetir lo que dice para tener un espectáculo redondo.
Aquí también tenemos suerte, no nos falta inspiración.
No seremos los reyes de la transparencia, por mucho que llueva, pero aún podemos ser los reyes de la comedia.







jueves, 24 de septiembre de 2009

A ras de suelo


Imaginé que me reventaba un billete de lotería entre las manos y me desintegraba gozosamente, esperando la dulce caída sobre un colchón de millones de euros.
Mi idea de poder no dista mucho de la de Hitler, pongamos por caso. Y es que me encantaría decir: a ti te cambio la vida, porque te lo mereces, porque me da la gana. Poder, poder, poder. Poder para cambiar el curso de las vidas con las que me tropezara, poder para variar eso que algunos aseguran ya está escrito.
Diseñar proyectos de vida mejores, patentar una maquinita que en lugar de expender café, expendiera buena suerte a cambio de mala suerte. Ay, qué hermoso.
Claro que también imaginé todo lo que me gustaría comprar para mí: una casita con piscina, cerca de la playa, un sinfín de libros, una buena cámara de fotos. La lista fue engordando pero sin grandes excesos. ¿Sin grandes excesos? ¿Comparado con qué? ¿Con ese pellizquito de buena suerte destinado a los demás? ¿Esa fortuna dividida entre miles de historias? A ellos no les importaría, me dije, porque ellos estarían siempre agradecidos, y yo sería su benefactora, su hada madrina.
Hasta que un día, casi sin darme cuenta, empezaría a sentirme incómoda, instalada en la base de la diferencia, nadando en círculos turquesa en mi piscina privada, una de esas piscinas que parecen desbordarse directamente en el mediterráneo (a estas alturas, ya la visualizaba claramente).
Digo, empezaría a sentirme incómoda al enfrentarme a esos ojos callados, a esa diferencia invisible que se iría colando entre nosotros. Y la incomodad iría creciendo como una planta carnívora, devorándolo todo, y ya sólo me relajaría rodeada de los míos, de los de mi clase, o en la soledad de mi piscina azul-horizonte de mi espléndida casa de playa con piscina, y con buganvillas (en mi imaginación, las buganvillas ya habían crecido por todas partes). Y poco a poco, iría alejándome de esos ojos sin rostro que me recordarían indefectiblemente la desgracia que yo esquivé, esa bala que pasó silbando y le alcanzó de lleno al de al lado.
Y quién sabe. Puede que llegara a odiarlos en silencio, yo que tanto he hecho por ellos, y ellos que me lo pagan haciéndome sentir tan miserable.
Y concluí que a veces un comunismo moderado, a ras de suelo, no es tan mala opción. Y que ya ni siquiera puede una soñar tranquila, joder.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La M con la A


Corro
respiro
escupo
me estiro
pienso
poco

Hago zapping
vagueo
me aburro
leo
mastico
pienso
poco

Me desnudo
acostumbro
me desvelo
gravito
y pienso
un poco
en ese poco
en ese
en

sábado, 12 de septiembre de 2009

Matriuskas


Y una tiene la sensación de que la vida es despertar de un sueño tras otro, ir emergiendo de entre las sábanas una y otra vez, una y otra vez, como esas muñecas rusas, piensas: no puede haber otra más pequeña y… tachán ¿Cuánto medirá el microsueño final? ¿Quién quedará despierto cuando caiga el último telón?
Llevo una temporada sin escribir poemas, ocupada en dormir y despertar, en tapar y destapar. No encuentro el estado. No encuentro sentido a los renglones cercenados,
les crecen zarzas a los espacios en blanco
se me encriptan sus patas, negras como letras
y soy ya la muñeca más pequeña
la que aguarda tu paciencia o tu impaciencia
la que aguarda en tu curiosidad,
a oscuras,
despierta,
siempre despierta.

martes, 8 de septiembre de 2009

Insomnio


Anoche decidí creer en Dios una temporada. No podía dormir y pensé: ¿por qué no jugar a que existe alguien justo (justo para mí), que se fija en todos nosotros (pero especialmente en mí), una alta instancia a la que confiarle mi combinación de lotería que con mi devoción y su virtud resultará siempre ganadora? ¿A que sería hermoso?
Es bueno rezar - me dije- porque rezar ayuda a reconocer los más íntimos deseos, a catalogarlos por secciones y por plantas, como artículos de El Corte Inglés.
Claro que todo placer conlleva su penitencia, recordé.
Y entonces repasé hacia dentro mi listita de deseos, y pensé que si el susodicho me favorecía por un lado, me castigaría por otro (por esa justicia estricta que él se gasta), y que la penitencia me llegaría por allí por donde menos lo espero.
Así que finalmente, con el miedo en el cuerpo, mi rezo acabó siendo una súplica temblorosa, y sólo osé implorarle que me dejara como estoy, que yo y esas pocas personas fundamentales en mi vida conserváramos la salud que ya tenemos.
Hay que joderse.

Y entonces caí en la cuenta de que un dios que depende de la creencia del ser humano para existir es un dios de chicha y nabo. Si la existencia de algo depende de la creencia o no de que exista, entonces no existe. Si los que creen admiten que se puede creer o no creer están admitiendo implícitamente que no existe. Y son justamente los que dicen creer en dios los que confirman esta teoría.
Porque yo no creo en las matemáticas, ni en la física, ellas son, no me necesitan para existir.
Y se me ocurrió que los creyentes de verdad no deberían llamarse creyentes, no sé cómo deberían llamarse- ¿los seguros, los religientes?, no sé- pero no creyentes.
Debí de aburrirme en seguida porque me quedé dormida.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Enclitofilia


Vale que la paradoja es el elemento sustancial del que se compone la vida, el líquido que recorre sus conductos subterráneos.
Vale que, a ciertas alturas de la vida que paradójicamente se sitúan cada vez más cerca del suelo (o de la tierra…), el oxímoron ya no chirría desde la oración sino que se calza el traje de la realidad como si estuviera hecho a su medida.
Vale que todo dulce fruto tiene una semilla amarga, y todo lo amargo un corazón dulce.
Pero a esa constatación siempre debería seguirle un segundo de silencio, un breve estado de suspensión en el que los elementos gravitan en equilibrio, y la verdad los sostiene.
Por eso sorprenden y asustan estas cosas: Miguel Carcaño (asesino confeso de Marta del Castillo) recibe decenas de cartas de admiradoras e incluso mantiene una relación sentimental y telefónica con una de ellas. Joseph Fritzl recibía a diario cientos de cartas de amor de mujeres que le ofrecían cariño y comprensión, y aseguraban que sus actos habían sido malinterpretados.
Esto sí que no. Asimilar completamente las paradojas lleva a su exterminio definitivo,
destrozar ese segundo de misterio que nos une a la eternidad, amainar ese viento que por instante le levanta la orilla de la falda al secreto universal supone un sacrilegio.
Enclitofilia dicen que se llama esta aberrante inclinación, esta distorsión de los sentidos que provoca que lo amargo sepa directamente dulce y viceversa. Sin matices.
¿Es sólo porque son famosos? ¿Es puro masoquismo? ¿Es un recalcitrante deseo de redención? ¿Tienes tú alguna explicación?
Joaquin Sabina lo dice bonito: "En tiempos tan oscuros, nacen falsos profetas y muchas golondrinas huyen de la ciudad, el asesino sabe más de amor que el poeta y el cielo cada vez está más lejos del mar."
Tal vez estas mujeres (¿es un fenómeno mayoritariamente femenino?) se han tomado al pie de la letra aquello de que sólo en las malas personas se puede confiar porque no cambian jamás.
O han leído a Borges con minuciosidad: hallarás la distancia que te separa de ellos, uniéndote a ellos.

martes, 1 de septiembre de 2009

Volveeer



He vuelto. Esta mañana, desayunaba oyendo a Julio iglesias en el café, (el café de la esquina, aclaro) al primer Julio Iglesias -aclaro también- y me he emocionado. Esa sesentera ingenuidad musical, esa nostalgia hortera y ligera me han emocionado. Me ha invadido una placidez de mar sin olas y me he quedado atrapada entre las notas de esa canción, concretamente, allí donde se unen la eternidad y la inmediatez, mientras removía el café con leche sin ser consciente de ello.
Vamos, que empezamos bien el curso: reconociendo que me gusta Julio Iglesias, el primer Julio Iglesias (aclaro) casi tanto como aborrezco a todos los que vinieron después, hey.
Debí sospecharlo cuando vi Huevos de oro sobre fondo kitsch de Benidorm.

No he viajado lejos, apenas he resbalado costa abajo unos kilómetros por la pendiente del litoral y, sin embargo la sensación de un largo viaje alrededor del verano la llevo adherida a la epidermis y la certeza de que la que vuelve es otra, que de nuevo ha mudado de piel, me asalta. El verano es la única estación en la que sucede todo y en la que todo se detiene, un lugar de tránsito y de estacionamiento a la vez, un paréntesis subrayado con fluorescente.

He leído mucho y sin demasiado criterio (ya sabes, cualquier cosa con tal de no engrosar la lista de intelectuales ): el entrañable libro de cuentos que me envió mi querido Nán, la teoría de la relatividad especial de Einstein(¿?) (sí, a veces me da por leer estas cosas aunque no me entere de la mitad), al viajero Andrés Neuman (me gusta este chico, me gusta), a Hennig Mankell (y sí…) o a Joseph Kessell y su Belle de jour que siempre tendrá la piel transparente de Catherine Deneuve.
He engordado un par de kilos por una estricta dieta de arroces, cañas y helados, he ennegrecido dos tonos mi piel y supongo que ha aparecido algún sendero por descubrir en el mapa de mi rostro.


Y aquí estoy, con los lapiceros afilados y el uniforme recién estrenado, contenta de reencontrarme con mis compis de pupitre, con ganas de que lean las notitas que les paso por debajo de la mesa y con ganas de leer las suyas.
En fin, que he vuelto, con el propósito de cortarme más a menudo las uñas de los pies, y también de ser menos vaga y escribir más a menudo en el blog. Aunque ya sabes lo que duran los buenos propósitos…

viernes, 31 de julio de 2009

y vacaciones...


Me voy de vacaciones, a mirarme con detenimiento las uñas de los dedos de los pies. ¿Me guardarás el sitio?
Volveré en unas semanas. Feliz verano.

P.D. Te dejo un poema playero de Vicente Gallego.

Despierto. Pesa el sol sobre mi rostro
y la arena ha tomado mi forma levemente.
Incorporo un momento la cabeza
y el cielo es todo mi horizonte,
un cielo de ningún color sino de cielo,
de cielo que yo veo en una vela,
la vela diminuta que recorta
y fija el universo en su contraste.
Y luego el mar,
el mar bajo la vela, ese mar que es inmenso
pues llega hasta mi vientre y no concluye.
Entre el cielo y el agua me detengo un instante,
y después me acomodo hasta quedar
sentado por completo.
El mar entonces me abandona, se retira,
y la arena se moja, avanza, se seca y se calienta
confluyendo en un punto y acercándose a mí,
pero un cangrejo cruza en ese instante
y mis ojos se van con el cangrejo,
y el cielo se hace rojo en su coraza,
y el mar se pierde y nada pesa.
Y al fijar la mirada atrapo el universo,
completo y detenido en su pasar efímero
a lomos de un cangrejo que lo arrastra,
sin saberlo, un segundo.
Y pienso que en las grandes creaciones
vida y arte no alientan en lo extenso,
sino en ese detalle que despierta
nuestro asombro.
El crustáceo se oculta
y nos apaga el mundo.

martes, 28 de julio de 2009

La locuacidad del silencio


Sigo viva, algo desleída, esparcidas mis partículas gelatinosas por el asfalto hirviente pero viva. Silenciosa pero viva.
Me hubiera gustado colgar mi silencio de un post, trasladar este paréntesis vacío que me flotaba en algún lugar del esternón hasta el blog, y que ondeara al viento ese silencio ligero, de un azul apagado, transparente por las sucesivas lavadas.
Porque hay muchas clases de silencios: el silencio de la nieve, el de la tranquila intimidad, el de la vergüenza, el silencio de la arena, el silencio de zapato de ascensor, el silencio del regreso, pero todos unen las palabras en sus extremos, y al final del hilo siempre cuelgan nuestros propios pensamientos.
El silencio desolador, el silencio de ordenar el mundo en la cabeza, el silencio cansado de greñas deshechas y sudor en las conjunciones. El silencio de la plenitud.
Tabucchi hablaba del silencio del escrúpulo y del remordimiento, el de Juan Ramón Jiménez ponía como ejemplo. Contaba que, en 1956, al escritor le comunicaron dos noticias a la vez: que a su mujer Zenobia el cáncer ya le mordisqueaba las entrañas, le quedaban pocos días de vida, y que había ganado el premio Nobel. A partir de ese momento se instaló en la cima del silencio, comprendió que todo lo que había escrito lo había escrito para ella. Y no volvió a escribir una sola línea, cuando alguien le preguntaba cuál era su mejor obra, respondía, sin dudar: el arrepentimiento de mi obra. (muy Vila- Matas, ¿a que sí?)

Onetti odiaba las entrevistas que cargaba de silencios, espesos, compactos, elípticos. Su palabra había que buscarla en los libros.. «¿Sabes? Yo quiero mucho a Juan Rulfo- decía. Nos apreciamos mucho mutuamente. Pues, cuando me encuentro con él, que suele ser en congresos, nos decimos: "¿Qué tal estás tú, Juan", y él me dice, "¿Qué tal estás tú, Juan?", y él se sienta con su coca cola, y yo con mi whisky, y nos pasamos horas sin decirnos nada. Hay una historia de Maeterlinck, El ángel del silencio, en la que se describe la comunicación entre dos seres, y se dice que si ambos estuvieran hablando estarían disfrazando u omitiendo lo que piensan. Yo siento eso como verdad.»
A veces yo también lo siento así.
Y es que podría pasarme horas enteras hablando del silencio.

sábado, 11 de julio de 2009

A morir también se aprende



En todas las ciudades hay lugares privilegiados para el suicidio, que no aparecen en ninguna guía. Me contaba Lourdes que en Cuenca, donde trabaja como periodista, la gente acude al puente de San Pablo para acabar con su vida.
A ella le llega el aviso, va por si hubiera sido un accidente y, cuando descubre que no, se marcha por donde ha venido, por ese puente hecho de láminas de vértigo, alternadas con otras de madera, una de vértigo, una de madera, una de vértigo, una de madera. Los suicidios no se cubren porque, como todo el mundo sabe, matarse es contagioso, como la estupidez supina, el seguimiento fanático de cantantes de moda insulsos o el de jugadores de fútbol. Porque a morir también se aprende. Y porque el ser humano tiene una ilimitada capacidad de aprender y una limitada capacidad de aprendizaje.
Hubo un caso curioso- me cuenta- un hombre que viajó hasta la capital desde un recóndito pueblo de esa hermosa provincia de Cuenca, para dar el gran salto. Ya en el puente, una pareja de turistas le pidió que les hiciera una foto y el hombre, muy amable, accedió a inmortalizarlos. Acto seguido, en un único gesto perfectamente coordinado, les devolvió la cámara y saltó al vacío sin barrar. Los turistas tuvieron que ser atendidos por el shock. Yo pensé si conservarían esa fotografía, el último acto cotidiano de un hombre desesperado.

Sylvia Plath decía:

Morir es un arte, como todo.
yo lo hago excepcionalmente bien.
tan bien, que parece un infierno.
tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación....


O tal vez quien lo decía era su trastorno bipolar. Lo peor es que no se limitó a decirlo. Una mañana se levantó, selló bien las habitaciones donde dormían sus dos hijos pequeños, les dejó preparado el desayuno y cocinó su propio cadáver en el horno, olvidando acercar la llama al gas.
Su marido Ted Hughes, poeta y probablemente buen maestro en el arte de morir, publicó la recopilación de los poemas de su difunta mujer pero hizo desaparecer, con vil magia, la parte de los diarios de Sylvia en que él aparecía. Hughes se volvió a casar y, años después, esta segunda mujer también se suicidó, confirmando que definitivamente era un buen maestro en el arte de morir.
Ayer me enteré de que en marzo de este año, ese pequeño que dormía mientras su madre preparaba tragedia al horno, se suicidó a su vez a la edad de 46 años, recogiendo fielmente el legado de sus padres. Confirmando que a morir también se aprende.
Sé que solo uno mismo tiene la patente de su propio suicidio pero en el apartado agradecimientos, hay nombres que no deberían faltan.

domingo, 5 de julio de 2009

Reflejos


Vale. Lo confieso. Últimamente no escribo en el blog con la misma alegría, no siento la necesidad morder mi lengua, la idea ya no golpea el interruptor de la luz de un manotazo impulsivo, el ansia no aguijonea las yemas de mis dedos, obligándolas a martillear con fuerza las teclas.
No. Más bien sucede que, en mi turno habitual, le cambio el gotero al de la trescientos dos con la displicencia de una enfermera sin vocación. El de dame una tregua lleva ya dos días con la misma bolsita del pis. Pues que se hubiera buscado otro nombre…
Llámalo cansancio, llámalo rutina, llámalo necesidad neuronal de vacaciones. Pero no lo llames coma irreversible.
Buscaría excusas, que si le doy fuerte a ese proyecto literario, que si la vida fuera de la blogosfera gana intensidad en época estival, pero no serían más que excusas. ¿La verdadera razón? Todas en parte y ninguna del todo.
Y este calor insoportable: mis neuronas ya no se atreven a salir a la zona de sinapsis donde cae un sol de justicia. Esta mañana, me ha parecido ver maletas en la puerta del lóbulo frontal. Y luego he oído a varias de ellas, lejos del tono apático de las últimas semanas, comentar, excitadas, sus planes veraniegos: que si tumbarse a ver Telecinco durante horas, que si tragarse, uno tras otro, los estrenos de películas americanas de la cartelera, que si leer por orden, de los más a los menos vendidos, todos los libros de la mesa de novedades de El Corte Inglés.
En fin, que pronto mi cerebro será como una ciudad fantasma así que aprovechemos antes de que se vayan.

El otro día dije que la mayor obra es uno mismo y me quedé tan pancha. Quería decir que al final, la personalidad que uno va forjando con los años, toda la pelusa que se va añadiendo a ese rodillo adhesivo, un recuerdo aparentemente anodino pero imperecedero, una vivencia que nos marcó, la resolución de un conflicto, esa lectura bien aprovechada, ese fracaso productivo, aquel hallazgo creativo no adquieren sentido completo más que en uno mismo, se materializan en ese compendio de piel y huesos que somos hoy, en ese límite carnal que lo inmaterial elige como morada.
Por eso, intentemos hacer de nosotros mismos nuestra mejor obra. El reflejo en forma de actos, caricias, hijos o libros vendrá por añadidura y será eso, reflejo. Metonimia donde se confundan efecto y causa, o sinécdoque en que se sustituye la parte por el todo, el autor por sus obras.
Sólo reflejos.

lunes, 29 de junio de 2009

Me lo dijo Pessoa

A veces me confunde esta concurrencia de yoes en mi propia persona. A veces siento el impulso de ordenarlos, de bautizar a cada uno con su heterónimo y tener un censo exacto e invariable de todas las personalidades que conviven en mí. Supongo que escribir es una forma. El yo poeta, el yo personaje 1 de novela, el yo personaje 8, el yo madre, el yo hija, el yo amante, el yo emigrante, el yo portera, el yo estibador, el yo deportista, el yo enferma de cáncer.
Sospecho que vivir es la forma.
Sospecho que es necesaria toda una vida para ir descartando a todos esos yoes que no somos enteramente, hasta que quede uno solo, un único yo capaz de morir de una pieza, sin desdoblamientos, por fin en soledad.
Ya me lo dijo un día Pessoa, sentados en un café lisboeta: “vivir es ser otro”. Lo confesó estático y serio, pero sin rastro de amargura: “He creado en mí varias personalidades. Para crear, me he destruido; tanto me he exteriorizado dentro de mí que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva por la que pasan varios actores representado varias piezas”, confesó.
Y continuó, susurrándome:“Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y lo que contiene, mi personalidad. Todo se me evapora. Continuamente, siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo.”
Entonces, sólo pude sonreír, abrumada por tan profundas palabras. Y porque, de pronto, también la leche se había evaporado de mi café.

Hoy, convertida en una experta homicida dedicada a crear yoes para después acabar con ellos, me pregunto cuál de sus heterónimos fue quien me habló.
Y también me pregunto si no me llevará este proceso esquizoide, esta frenética mitosis al ensimismamiento, si no revestirá algún tipo de itis crónica.
Lo he sometido a votación popular y, curiosamente, los yoes más introvertidos votaron que no, que no corría ningún riesgo mientras que los más extrovertidos votaron que sí.
Como soy mala con los recuentos y, para qué negarlo, ejerzo una disimulada tiranía interior, he decidido que sean precisamente esos yoes más tímidos los que vayan saliendo al exterior, los que vayan alcanzando la luz aunque eso suponga, como ellos bien saben, morir definitivamente.
Y ahora, con vuestro permiso, he de preparar un entierro.


martes, 23 de junio de 2009

Me he sentado esta mañana


Me he sentado esta mañana
a la orilla de un río
a ver correr una duda
fresca de manantial
a verla remolinear en sus meandros
dibujar nudos translúcidos
que detenían el tiempo en vano
una y otra vez.

En mis manos limpias
nada
transparentes ausencias
ubicadas en el mapa del infinito
y aún así
he lavado mis manos, limpias
y he seguido viendo correr el agua
clara y constante
como una duda milenaria.

jueves, 18 de junio de 2009

Doctor Valera


Ocho días con dolor de cabeza. Ochos días, sujetando el cielo con mi cabeza, como una pesadilla gala a punto de materializarse. Ocho días con las costuras del gesto fruncidas, la mirada deshilvanada. Ocho días que me han obligado a tomar una decisión drástica, radical, inusual en mí: he pedido cita con el médico.
Para colmo, descubro que han cambiado a mi médico de cabecera habitual por un tipo sospechoso, un suplantador cuyo nombre se me escurre como una sardina en aceite:
- ¿Doctor Valero me ha dicho?
- No, Valera.
- Ah, Varela.
- No, Valera.
Anoto con rabia el nombre del impostor: Va-le-ra.
A mí me gustaba mucho mi médico. Se apellidaba igual que yo, y nada más verme, me decía: ¿qué pasa, tocaya? Y me recomendaba a los mejores especialistas, en trato y en saber, y no a esos ginecólogos del pleistoceno que te examinan como si fueras ganado vacuno.
Si tenía un quiste minúsculo de grasa, no se reía de mí cuando le decía, mirándole a los ojos: es un tumor, ¿no? Incluso pasaba por alto, sin sombra de condescendencia o ironía, mi ignorancia terminológica. Como aquella vez que confundí el rotavirus con el retrovirus. Bárbara, rotavirus, lo tuyo es un rotavirus, el retrovirus es el sida.


Saber que tenía que enfrentarme a un desconocido me ha hundido aún más, y ni siquiera he podido exteriorizar mi fastidio con obtusos gestos, por miedo a que los alfileres de la cabeza se me clavaran aún más en la mollera. Sumisa, con expresión porcelánica, he acudido a mi cita con el extraño.
Sentados cada uno a un lado de la mesa, jugamos al ping pong con mis síntomas por pelota.
- ¿Tensión baja?
- Normal, creo.
- ¿Dolor de cuello?
- No.
- ¿Algún defecto de visión?
- No.
- ¿No será un tumor cerebral?
He tirado la pelota fuera. La oigo botar tres veces con agudo retintín.
Sonríe.
- No creo, dice. Lo que creo es que la gente ve mucho House.
Y acto seguido, se levanta, camina y resulta que es cojo. Bueno, no exactamente cojo, sino que tiene, creo, secuelas de haber sufrido la polio.
Me señala la camilla para que me siente, y me toma la tensión.
- 8, 12 , la tienes perfecta.
Seguimos con la partida.
- ¿Alguna situación especialmente tensa a nivel emocional?
- Ninguna, todo tranquilo.
- ¿Trabajas muchas horas?
- Las de siempre.
- ¿Mucho tiempo frente al ordenador?
- El habitual digo, restándole importancia (callo deliberadamente cualquier magnitud numérica porque toda relación de confianza debe apuntalarse en, al menos, un par de omisiones o pequeñas mentiras). Sin embargo, al mirarme, tengo la sensación de que lee todos los bits que llevo almacenados en las pupilas.
Tras hacerme una exploración del cuello y de los hombros, me da su veredicto en forma de diagnóstico:
- Pues no tengo ni idea.
No tiene ni idea. Me ha gustado el tipo, me ha transmitido una confianza tremenda. Ya sé que parece absurdo acudir a un especialista para que te diga que no tiene más idea que tú, pero me ha tranquilizado saber que admite ese cierto misterio que posee la naturaleza, cuyo recorrido es lento y necesariamente compartido.
- Si no se te ha pasado, te quiero ver el viernes.

Hoy, cuando he despertado, el dolor, por fin había remitido, y el cielo, como una gasa zarca bordada en blanco puro, estaba en su sitio. Bendito Valera.

sábado, 13 de junio de 2009

Tristemente felices


El otro día vi Callejeros, un programa que me gusta mucho y me pasó una cosa curiosa.
En un primer reportaje, se mostraba cómo viven algunos el lujo y el despilfarro en Marbella: la desidia al atardecer, en una cama redonda sobre la arena de Silicona Beach, bebiendo 15000 euros de champán. Cochazos de más de 100.000 euros, auténticas princesas destronadas, millonarios de todos los rincones del planeta...
Un mundo absolutamente…. (no encontré adjetivo).
Y lo curioso: la gente parecía triste. Lo juro. Había algo trágico, desgraciado, en el fondo de muchas de aquellas miradas.
Un millonario gordo, rodeado de bellezones, se lamentaba con indolencia de que nunca iba a encontrar esposa. Mientras, seguía esa deriva de fiestas, con personajes del ángel exterminador, que no podían escapar a ese guateque continuo.

En el siguiente reportaje, nos trasladamos a un barrio de Córdoba (creo), hecho jirones. El paro, la droga, la miseria, en el salón de casa por el módico precio de unos anuncios. Al más puro y genuino estilo callejeros.
Y más raro aún que lo anterior: muchos de ellos parecían felices. Lo juro.

Un tipo de mirada esquiva decía que ahora cobraba el paro.
- ¿y antes?
- antes tenía a mujeres que trabajaban para mí.
- ¿era usted chulo? le pregunta el reportero, entre dicharachero y recriminador (ese día no estuvo muy fino, todo hay que decirlo).
- Bueno, sí. Tenía 4 o 5 mujeres, me sacaban unas 40, 50.000 pesetas al día.
- ¿Y cuánto se quedaba usted?
- Pues todo, quitando lo que se gastaban en ropita y cosas así.
- ¿O sea que encima las explotaba? replica escandalizado, pero siempre dicharachero el reportero (no, definitivamente, no tuvo un buen día).
- Eh…que yo siempre las he tratado bien, que yo soy muy buena persona, pregunte usted por ahí….
Y luego salen Las Choches, guapas ellas, cantando como ronea como ronea , y los hombres reunidos junto a un fuego, fumando porros para matar el tiempo porque no hay trabajo. Es que no hay trabajo.
Y un chico amanerado, con bata y una melena larga y rubia de bote, que se busca la vida haciéndoles las compras a las vecinas.
- ¿cuánto te sacas con esto?
- depende, lo que quieran darme, 4, 5, 10 euros.
- ¿y por qué en este barrio todo el mundo va en bata?, pregunta el reportero, que ya sabes a ciencia cierta que no le van a dar el premio Pulitzer, y mira que a mí me gusta Callejeros…
-Pues no sé, yo me levanto, me pongo la bata, me pinto los ojos, me peino y salgo a la calle.
- Andas como una modelo…¿Hubieras querido ser artista? (a estas alturas haces como que el reportero no existe)
- Pues no sé lo que hubiera querido ser, la verdad, no me lo he planteado, responde y se aleja con un marcado contoneo de caderas.
El reportero entra ahora en una carnicería, y le dice a una mujer que espera su turno:
- Señora, se la ve muy guapa, muy arreglada…
- ¿Sí? el pelo me lo he peinado con un ventilador.
Risas entre las clientas (yo creo que se ríen del reportero, yo no entiendo del todo el chiste pero también me da la risa).
Y más risas por el embutido enorme que cuelga, que dice la otra que parece la tranca de un caballo que tenía.
Y más risas, y venga que el barrio se cae, y esta finca la primera y nos han puesto aquí delante unas jaulas como si fuéramos animales…
Y la culpa es del párraco (el párroco, se sobreentiende), que nos ha engañado…

Y la cámara se aleja y las voces se van confundiendo, y a ésta que escribe se le queda la sensación de que parecían felices, tristemente felices, y los otros felizmente desgraciados, si quieres, pero cada cual con su atributo por delante.
Y me preocupa, porque no me gustan estas cosas, no me gusta frivolizar con la pobreza que es mala, mala, y no admite zarandajas literarias como la paradoja o el oxímoron.
Pero lo juro, unos parecían tristes y los otros felices.

lunes, 8 de junio de 2009

A veces me obsesiono














A veces me obsesiono
y trato de devorarte,
como el mar devora dulce y cruel a la arena,
sin la complicidad de los bañistas y sus risas soleadas,
en la soledad de un atardecer olvidado en la orilla,
busco mensajes tuyos en cada esquina
de esta tarde esférica,
en cada uno de sus minutos y en el reverso
de mi desesperanza,
vacío mi rutina de interés,
para ponerla a tus pies, rendida,
sin peso ya,
como una costumbre de vivir extinguida.
Realmente podría enfermar de esta fiebre.
Tú tienes entonces que frenarme con tu desdén,
me frenas con tu desdén,
con tu olvido amarillo,
que duele como si fuera blanco,
y recuerdo tus palabras:
come sólo lo que puedas digerir,
y un azul me devora entonces hacia dentro,
relamiéndose hasta el silencio.

Ahora sé que sólo volverás
cuando ya no te necesite.

miércoles, 3 de junio de 2009

Un prólogo ilustrado

Alguien dijo que deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá. A mí sin embargo me gusta recostarme sobre él, a lo maja charlestonera, y hojear revistas antiguas, de los años 30, de un tiempo en el que yo aún no existía.
El tiempo de la antevida goza de la perfección de los tiempos cerrados, produce un cierto efecto analgésico. El mundo de entonces se aparece más liviano, sin esa gravedad que imprime a la mirada el tener un pie sobre la tierra. Se presenta siempre dorado, bajo un sol ambarino con candes destellos sorollistas (aprovechemos ahora que está bien visto). Y es que no en vano las fotografías amarillean, no verdean ni azulean, sino que amarillean con el tiempo.
Ha de ser, eso sí, un pasado muy muerto, que no remita a ningún recuerdo personal, un tiempo tan lejano que ya no llegue hasta aquí el hedor de su descomposición, tan sólo el limpio marfil de unos huesos pulidos por la tierra añeja y, cómo no, amarillentos.
Lo que más me divierte de este buceo en el pasado son los anuncios de la época (amarillentos, claro). En ellos, más que en ningún otro sitio, se ven reflejados los deseos, los temores, los desvelos de toda una sociedad. Delatan el cómo quisieras ser que siempre me interesó mucho más que el vulgar cómo es uno.
Y no creas que han cambiado tanto las cosas en casi 80 años. La mayoría de los anuncios estaban destinados a las féminas, a embellecerlas, a tersar su piel, a aumentar sus pechos, a camuflar sus defectillos, a engrasar esas armas de mujer, en definitiva.
Lo que sí ha cambiado es el lenguaje: hoy, sería impensable encontrar en nuestros anuncios palabras como lozanía, inerte, lacio o halitosis.
Se hace inevitable que asome al verlos una sonrisilla condescendiente de ternura e ingenuidad. ¿ a que sí?











Claro que también existían las preocupaciones masculinas, ¿o acaso te creías que el culto al cuerpo y las soluciones mágicas a las disfunciones eréctiles empezaron en los 90? Quiá.

Decía Shakespeare que el pasado es un prólogo, a mí me gusta que además tenga muchas fotos.


viernes, 29 de mayo de 2009

Lo raro es vivir

Perpleja ante las avenidas
ante los callejones, ante los campos abiertos
-algo menos ante los campos abiertos-
he galopado a lomos de un deseo desbocado,
atravesado escarpadas dudas,
acariciado monstruos,
buscado cómplices bajo las marionetas
con mis manos de plástico, y este cuerpo vacío,
sin esas otras manos sujetándome por la espalda.

He vivido, en fin,
compartiendo piso con la extrañeza,
tendiéndome cada noche junto a sus preguntas,
muertas en boca antes de nacer,
fingiendo un temor católico al futuro ,
predicando un amor bastardo al presente.

Y no sé si también será raro morir,
morir como mueren las hormigas,
de una sola vez,
con delicada rotundidad,
o acaso la última oportunidad
de volver a entender.

martes, 26 de mayo de 2009

Inextricables caminos


Un camino no siempre es un indicio del destino que nos espera al final del trayecto.
Sucede con algunos poemas, que te acarician suavemente durante el recorrido y, sólo al final, notas cómo la daga se ha hendido en el espacio intercostal, hiriéndote mortalmente.
Y también con algunas infancias: nunca adivinarías que desembocarían en semejantes adulteces.
Entro en Google analytics y me sorprenden los inextricables caminos que llevaron a este blog. Francamente, es un misterio que determinadas palabras formaran un sendero que condujera hasta aquí. Mira si no.

Las hay de sexo:

- que hace a una mujer arder en deseo (que un hombre se preocupe por su placer y lo busque en el Google, sin duda)
- dame una puta (sencillo y eficaz al tiempo, si el Google fuera una lámpara mágica, claro)
- mujeres mal centadas mostrando el chocho (aquí se observa el típico exceso de celo del que trata de evitar el seseo)
- soy mujer dame por el chiquito.com (aquí, la multiculturalidad. En sexo, no existen barreras)
- Hombres trajeados con pene marcado (no me importaría encontrarlos en mi blog…)

Y también curiosidades varias:

- hombre que se cuelga un bote de los testículos (jamás hablé de nada parecido, lo juro… pensarlo con alguno de los que aparecen habitualmente en los periódicos, puede…)
- Que enfermedad tiene mi tortuga si se escucha que llora gratis (esto viene por nuestra querida Tortu, claro. Lo de que llora gratis me parece considerado en los tiempos que corren, el diagnóstico, eso sí, que lo pague su dueño)
- es idiota que un hombre planche (sin comentarios)

Los hay que formulan la pregunta del millón:

- donde se implanto los injertos bono (de esto sí recuerdo que hablé y aunque parezca evidente, hay tantos rincones en los que un presidente del congreso puede realizarse un injerto…)
- la mujer de lot se convirtio en sal verdad o mito (verdad, verdad, como lo de los panes y los peces)

Hay búsquedas más surrealistas que los textos más surrealistas de Vian:

- Mafia de ratas resecadas (¿?)
- Que es el parrafo y dame un ejemplo de cómo ser responsable (que viene a ser como qué es la coherencia y dame un merengue de nata)
- dame un cunto con su subjenero (marchando…)

Los hay que le preguntan a Google como si fuera un oráculo, un confesionario en el que expiar sus pecados o una canasta celestial en la que encestar sus deseos:

- tal vez no sea perfecto pero se que sere mejor
- traicionar es mentir y yo no he mentido
- casarse con una chica espanola q cree en dios se puede (claro que sí, ánimo)
- deseo quiero tener memorice en mi casa por favor que mi deseo se cumpla (¿alguien sabe dónde está la tecla de la varita mágica?)
- rosa ramita de romero dame la suerte
- dame la facultad de no rezar jamás (¿puede considerarse oración?)
En fin, que no creo que ninguna de estas personas haya encontrado respuestas satisfactorias en mi blog pero me han hecho sonreir.

P.D: Help! Me comentan que al abrir mi página saltan, cual sapos verdosos, ventanas de publicidad. Por favor si alguien sabe a qué es debido y sobre todo cómo solucionarlo, si es cosa de mi blog, si hay alguna forma de “limpiarlo”, que lo diga. Que lo diga en lenguaje de Benedetti, del normalizado y no en el de Gamoneda.

jueves, 21 de mayo de 2009

Y la hierba fue roja


Y LA HIERBA FUE ROJA

Lo vi en el andén. Chaqueta de tweed, zapatos brillantes, un estuche que parecía contener algún instrumento, una trompeta tal vez. Una colilla mal apagada, media suela de cuero, un vistazo al panel y había desaparecido.
De un salto, estaba en el asiento de enfrente y leía. A ratos, entrecerraba el libro que sostenía entre las manos, entrecerraba también los ojos y los volvía a abrir para mirar fijamente el paisaje, como si hubiera hecho acopio del oxígeno suficiente para sumergirse en el mundo real.
- ¿Le molesta?
Entonces, aún se fumaba en los trenes, aún se fumaba en todas partes, pero siendo él irremisiblemente francés, pidió permiso antes de encender el pitillo.
Moví la cabeza negativamente y el humo bosquejó la silueta del Sacré Coeur parisino.
- ¿Le gusta a usted el campo?
Me encogí de hombros.
- Supongo. Soy de pueblo, para mí el campo es algo que siempre está ahí, el escenario habitual.
- En tanto que exista un lugar donde haya aire, sol y hierba, debe uno lamentarse de no estar allí- dijo, haciendo vibrar las erres.
Sonreí. Unos árboles nos saludaron con las ramas, con cierta urgencia. No fuimos capaces de corresponder a tiempo.
- ¿No le parece raro que la hierba sea roja?
Miró la hierba, roja, como un tapiz de claveles desangrados.
- No más que la mujer sentada tres asientos detrás de usted.
Giré la cabeza y observé por la rendija que dejaban los dos asientos. Efectivamente, la mujer era extraña. Su rostro rubicundo sonreía sin motivo. Sostenía un pollo muerto en el regazo. Antes de volver la mirada al frente, mis ojos tropezaron con un hombre que tenía la cara cubierta de pelo y una fiereza brillante, ancestral, en las pupilas.
Al encarar de nuevo a mi acompañante, me pareció que los ojos iban a salírsele de las órbitas y caer sobre el libro con un ruido sordo de canica. Se me antojó aún más extraño que la mujer, el hombre y la hierba juntos. Y de pronto, ese rostro se tornó apacible, como si una suave ola hubiera difuminado sus rasgos, puliéndolos como a la arena húmeda.
- El tren es sin duda la mejor máquina inventada para borrar el pasado, ¿no cree? Va devorando el tiempo, dejando sólo la espuma de los días a su paso. Eso que parece niebla no es sino la espuma. Tal vez escriba algo sobre ello.
- ¿Es usted escritor?
- Nada de eso. Soy músico pero a veces, no encuentro papel pautado y escribo sobre folios en blanco.
- Interesante.
- ¿Le interesa la patafísica, mademoiselle?
- eh… no sé bien a qué se refiere. Apenas tengo tiempo para leer.
- El tiempo perdido es tiempo durante el cual estamos a merced de los demás. Pero lleva usted bonitos zapatos.
Miré mis zapatos rojos de charol. A estas alturas, no entendía la mitad de lo que él decía, pero me hipnotizaba su prosódico hablar, el misterio armónico que resbalaba de sus palabras, desde el pulido tobogán de su boca.
El tren se paró en una estación pero nadie subió ni bajó.
Y de pronto, él se puso a tararear una canción en francés:
- Cha cha cha, cha cha cha, non tu n’existais pas encore, cha cha cha, cha cha cha, le Brésil n’en était pas là, cha cha cha, cha cha cha, ce gai refrain qui nous enivre, cha cha cha, cha cha cha, et qui jamais ne finira.
- Parece que ya salimos de la estación, murmuré.
- Una salida no es más que una entrada que cogemos en el otro sentido. ¿Es usted feliz, piensa en la muerte?
- No sé. Supongo que sí. Quiero decir que no pienso mucho, aún soy joven
- Son los jóvenes los que recuerdan, los viejos lo olvidan todo.
Él parecía no tener edad. No era ni joven ni viejo. Pero era más alto que bajo.
- Lo que me interesa no es la felicidad de todos los hombres sino la de cada uno de ellos, afirmó.
Intenté mostrarme livianamente feliz, y crucé las piernas con desenvoltura. El dejó resbalar su mirada por el muslo que asomó tímidamente por la orilla de la falda. Avisté rastros de una educada lascivia y enrojecí, porque yo soy de pueblo, de un pueblo de Cuenca, rodeado de campo por los cuatro costados y él fumaba a la francesa y decía ser músico y me miraba las piernas. Nuestras pupilas se encontraron en el centro de la pista, en el momento cumbre del baile, para partir luego por parejas, cada una por su lado. La suya regresó al paisaje, con graciosos pasos.
- Amar sexualmente, es decir, con el alma- empezó a decir.
- Haga el favor de poner su maletín en el lugar destinado para el equipaje, señor.
El revisor, de severa cara de hastío, nos pidió los billetes, mientras se marcaba un zapateado que trituró toda la magia a nuestros pies.
- La gente sin imaginación tiene necesidad de que los otros lleven una vida regular- dijo él, mientras la espalda del revisor desaparecía por el pasillo.
A estas alturas, ya sólo me atrevía a asentir.
- Claro que siempre es mejor decepcionarse que esperar en el vacío.
Un silencio incómodo se coló entre nosotros. Me pareció que debía espantarlo como a un molesto abejorro.
- Yo voy hasta Nancy. ¿Y usted?
Me di cuenta de que mi pregunta era obscenamente real, de una vulgaridad vital.
- Yo me bajo en la próxima- respondió. Mi trayecto es corto, apenas una chanson, un solo de trompeta improvisado. Nunca una ópera completa- dijo con alegre resignación.
El tren comenzó a reducir la marcha, y la espuma se fue aclarando.
- Algún día existirá otra cosa que el día- añadió-, justo de antes de levantarse, abrir su maletín, en el que me pareció ver un libro en forma de trompeta, y sacar unos jacintos azules que me tendió.
Sólo con que él lo hubiera insinuado, yo le habría seguido con los ojos cerrados, me habría lanzado a perseguir hormigas sobre la hierba roja, a arrancar los corazones de las margaritas para después arrojarlos sobre el plancton, hubiera ido hasta Pekín, ya fuera otoño, invierno, primavera o verano.
Se fue. Y con su partida, el vacío y el aburrimiento se hicieron densos, muy densos, como el aire dulzón que no acaba de licuarse en tormenta.
Hasta la noche, no alcanzaría mi destino. Sin él, la única forma que se me ocurrió de pasar eso que aún llamaban día fue dormir. Dormí, mecida por la máquina devoradora de tiempo y soñé con una música extraña que no tenía notas sino flores de colores que crecían al revés.
Cuando desperté, él seguía sin estar allí pero me pareció ver unas notas corretear por su asiento y, en el centro, una letra azul que brotaba, no pude distinguir si una B o una D. Al poco, subió una mujer con una pequeña maleta y un enorme culo y se sentó cómodamente encima de las mullidas notas, encima de aquella letra.
Al mirar por la ventanilla, la hierba volvía a ser verde.

lunes, 18 de mayo de 2009

Eurovisión, Marilyn y Antonio Vega


Antonio Vega y Marilyn se parecen. En su personalidad adictiva, en que a ambos les chorreaba el talento, en que sabían hacer muchas cosas bien, muchas pero no una: vivir. En que sus entierros fueron multitudinarios, y sus muertes sentidas en voz alta por todo un país. En que ambas muertes producen un cierto alivio. Porque los dos fueron capaces tanto de cautivar al mundo entero como de incomodar a los que tenían cerca, de enamorar en la distancia larga, como de desesperar en la corta, y ser amados profundamente en ambas.
Porque ese suspenso constante en materia de vida nos hacía a todos culpables, y hacía inevitable huir de ellos en vida, como hace inevitable acercarse a ellos una vez muertos. Supongo que ésa es la cualidad de los mitos. Ésa y sentir que de alguna forma nos pertenecen, tal vez porque ellos renunciaron a sí mismos.

Marilyn dijo que era consciente de pertenecer al público, no por su físico ni por su belleza, sino porque nunca antes había pertenecido a nadie.

Vi el festival de Eurovsisión. Sólo un trozo que tampoco estoy tan loca. Supongo que por aquella reminiscencia de infancia, irrecuperable, que se descuelga de un: Royaume Uni, huit points, United Kingdom, eight points. Y como siempre, me volvió a asaltar la sensación de irrealidad, de experimentar una futurista alucinación lisérgica.
Yo sostengo la cabal teoría de que los presentadores de la gala, el público, los encargados de dar las puntuaciones de cada país son seres robóticos venidos de otro planeta. No son exactamente humanos, aunque lo parecen sino que provienen de El mundo feliz de Huxley. Eso es, y sólo desembarcan una vez al año en nuestro planeta, para el festival.
Y no es que en su mundo no haya gordos, ni viejos, ni feos sino que todos, absolutamente todos, parecen ser felices, asépticamente felices, limpiamente felices.
No tienen defectos, salvo ese toque kitsch y hortera, marca de fábrica, calculado al milímetro para enternecer lo justo y evitar el molesto disturbio de las envidias.
Un mundo de Alfas, Betas, Gammas, Deltas y Epsilones, políglotas todos, vestidos de gala, con sonrisa profident y ningún rastro de vergüenza, ese sentimiento tan revolucionario según Marx. Un mundo en que las canciones son, por decreto-ley, insulsas, ligeras y pegadizas y la felicidad un impuesto que hay necesariamente que pagar.
Un planeta en el que nunca habitarían ni Antonio ni Marilyn.