Madoff ha caído. Ha pasado de ser un crack financiero a hacer definitivamente crack (como diría Viajero) o rás, (como diría Araceli). ¿Efecto o causa de la crisis?
El hecho es que su estafa ha reventado como una piñata y nos llueven sus caramelos envenenados a lo largo y ancho de este mundo.
Me conmueve sin embargo lo que leo en El País: Madoff ha confesado a sus hijos lo que él califica como su gran mentira. La gran mentira de papá. Me imagino a sus hijos (me los imagino pequeños aunque supongo que ya no lo son) en la cocina de su casa, comiendo unos sándwiches de mantequilla de cacahuete.
- Chicos, tengo que hablar con vosotros. Voy a contaros la gran mentira de papá.
- vale, pero luego nos cuentas la de Spiderman contra las fuerzas del mal…
Y es que su papá se ha dedicado durante años a jugar con personajes imaginarios que existían solo dentro de su cabeza. Eso sí, ha podido desarrollar sus fantasías en el País de Nunca Jamás gracias a la laxitud de la regulación estadounidense.
Su estafa ha sido calificada como una grandiosa Pirámide de Ponzi, que no es un faraón egipcio sino un timador profesional cuya ilegal creación le ha servido para pasar a la posteridad, wikipedia mediante, como el creador de la estafa puntiaguda.
En ella se vende humo de la más alta calidad, aladas expectativas, sueños teñidos de verde dólar. Los últimos inversores en aportar dinero a la trama pagan los intereses de los que ya están dentro.
Una estafa conocida que sólo funciona si hay nuevas víctimas. Una estafa que basa su éxito en la codicia, en la baba segregada por el dinero fácil pero también en la hermandad, en la confianza irracional del ser humano en el ser humano. Si otro lo hace, yo también. Y mientras creamos que podemos volar, seguiremos volando.
Hasta que la magia se ha roto. Y no cesan de oírse los batacazos.
Como soy fundamentalmente vaga, no acierto a seguir el hilo hasta el final, a desenredar la madeja de esta estafa que alcanza los 50.000 millones de dólares (uf, qué mareo). Pero así, a bulto, me pegunto si los bancos no han hecho lo mismo con sus bolsitas sorpresa que sólo contenían basura (en forma de hipoteca). Unas bolsitas malolientes que ahora pretenden rellenar con dinero público.
¿No han jugado a la Magia Borrás, a ser prestidigitadores, sin contar con un fondo que garantice sus juegos malabares, sin una red de seguridad por si caen (quiero decir, si caemos) al vacío, impulsados por el bravío viento de la especulación?
En fin. Nadie duda de que hay hechos que valen automáticamente una plaza en la cárcel, pero ¿hay una cárcel lo suficientemente grande como para que quepa todo un sistema? Seguramente sí. Vivimos en ella.