miércoles, 31 de diciembre de 2008

Feliz año

Contentarse con mantener el equilibrio con elegancia...

No pedir la perfección, pero sí que las cosas cuadren de forma sencilla...

FELIZ AÑO A TODOS.

martes, 30 de diciembre de 2008

La mentira


Digámoslo ya para evitar futuros errores: todo es mentira. Todo lo que escribo es mentira, las entradas de este blog, los poemas, hasta mi diario, si yo escribiera un diario. Sobre todo mi diario. Hasta cuando escribo la lista de la compra miento, y siempre acabo comprando más.
El mundo entero se asienta sobre una mentira.

Lo cierto es que mi amigo Rafael me ha retado a hablar de la mentira. Y yo recojo el guante y, al recogerlo, lo primero que se me ocurre, lo que se desliza de mis bolsillos con un leve tintineo, es un elogio de la mentira.
Porque creo firmemente que es la fuerza motriz que impulsa el mundo aunque arrastre tan mala fama. El mundo se asienta sobre una mentira.
Y también me viene Nietschze (al que siempre le sobra o le falta alguna letra) que decía que el hombre es un animal social que ha adquirido el compromiso moral de mentir gregariamente. Pero, con el tiempo, se ha olvidado de su situación y, en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de verdad.
Es decir que necesitamos estas mentiras sociales para vivir, pero hemos olvidado que mentimos.
Es decir, también, que de la mentira nace la verdad.

El mundo entero miente, el cielo no mide lo que dice mi ventana pero ese cielo es el único que puedo abarcar: mi cielo. La fragmentación supone una mentira. Y no sólo la fragmentación, también la representación mental.
Y otra vez Nietchze: “El mundo como idea es lo mismo que el mundo como error”.
Qué jodío este Nietsche. No deja escapatoria.
Hablaba de la metáfora como una forma de conocer el mundo, de la metáfora que no es otra cosa que simulación, mentira al fin y al cabo. Y la literatura el arte de mentir, la poética de la simulación. Por eso me gusta tanto.

Mentiras hay tantas como razas de perro (acaso más): las hay trepadoras como enredaderas, de las que se van abriendo lentamente como crisantemos, mentiras blancas como la navidad, y negras como Baltasar, mentiras antiguas como tradiciones, mentiras afiladas como puñales ciegos.
Y hay mentiras dulces como un bolero. Y mentiras en las que cabe tanta verdad como la que le pedía Viena a Johny Guitar: “miénteme, dime que siempre me has querido, dime que me has esperado todos estos años”.
Siempre me conmueve.

Decía Eugène O´Neill que si se despedaza una mentira, los pedazos son la verdad.


Continua en el blog de Rafael Martínez-Simancas

viernes, 26 de diciembre de 2008

Caminar por la calle



Caminar por la calle con tu chaqueta nueva
y ver los árboles cambiar de estación
en un solo árbol,
como esas fotografías nocturnas de ciudades
de trazos fluorescentes de tiempo
que confluyen en un solo horizonte
en busca de perspectivas en fuga,
apretar el paso hasta alcanzar la era pop
antes de que el semáforo parpadee
con el movimiento ciego de un fotograma ruso.
No detenerse
aún sabiendo que la vida cabe toda
en un adoquín
observado con calma
por un solo pie.



martes, 23 de diciembre de 2008

Alucinación africana

Acabo de volver de África, resfriada y agotada. Todo el mundo piensa que en África siempre hace calor pero no es cierto. Mira si no las nieves del Kilimanjaro.

Las jirafas tienen la lengua húmeda y larga, como enormes sexos retractiles. Las leonas son las amantes más devotas del mundo.

Vale. Puede que no haya estado en África sino en el Bioparc.
Puede que las jirafas no miren las imposibles cumbres nevadas del Kilimanjaro sino la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que también tiene su cosa absurda e irreal, no me lo negarás. Pero es verdad que estoy resfriada.










Una vez estuve en África. No tuve una granja en África pero estuve allí.
Tuve fiebre y alucinaciones. Alucinaciones africanas, que son mucho más negras e ígneas que las españolas. Y van impúdicamente desnudas, y gustan de hacer círculos de colores en la tierra roja mientras entonan sus cánticos rituales.
Pasé cuatro días con fiebre alta, sin poder comer ni beber. Ni siquiera agua, la escupía como un surtidor. Al cuarto día, E. estuvo a punto de llamar a la embajada para que me desalojaran en una ambulancia alada. Finalmente llamó al médico con la bata más blanca y resplandeciente que he visto nunca. Me puso una inyección y me dio unas pastillas para las náuseas. Me dijo: coma cosas sólidas, nada de lácteos.


Y la angustia, de pronto, se desvaneció. Fue como un milagro, y él como un angelito negro de Machín. Claro que con una abultada factura bajo el brazo.
A los pocos minutos, el hambre había tomado el lugar de la angustia y yo empezaba a notar un gran agujero negro que crecía en mi estómago.

- Quiero fabada, le solté a E.
-¿fabada?, respondió él, tocándome la frente.
- Sí, fabada. Quiero fabada.
Me moría por una fabada, aunque fuera de bote. Mi reino por una fabada. Nunca, ni durante mi embarazo, he tenido un antojo mayor. Sólo podía pensar en la fabada.
Y allá que se fue E. en atribulado peregrinaje por las desabastecidas tiendas africanas en busca de fabada asturiana. Tras más de una hora de periplo, regresó con un bote de alubias como botín. Sólo pude comer dos cucharadas porque mi encogido estómago se llenó enseguida pero me supieron a gloria bendita.

De Senegal recuerdo las chabolas de adobe y paja dispuestas en círculo, como en el poblado de Astérix.
Los kilómetros de playas salvajes.
Los horribles franceses de Sally, y sus aberrantes modales colonialistas.
Los erizos de mar, gigantes, naranjas, que aún partidos en dos, seguían moviendo sus púas.
E. poniéndose morado a erizos porque al grupo de españoles le daban asco.
Una boda que fue un regalo, porque por fin fuimos transparentes y pudimos mirar, mirar durante horas.
Los kilómetros de chabolas de cartón bajo el cielo gris de Dakar. El infierno, sí, el mismísimo infierno que se repite en todas las ciudades subdesarolladas.
Las pupilas penetrantes sobre el fondo blanco, fijas, a pesar del movimiento de nuestro coche.
La amable vida verde del campo. Los baobab, la tierra roja, el encantador Sale, su humilde casa, su té de bienvenida que hizo que mi estómago diera una voltereta.
Nuestro molesto color blanco que hacía obscena nuestra estancia.
El lago rosa de aguas calientes.
Los flamencos, también rosas, apuntalando el cielo.

No hay imágenes. La cámara estaba estropeada y los carretes salieron de ella tan negros como entraron. ¿sería una metáfora?

No quiero despedirme sin desearte Feliz navidad. FELIZ Y NEGRA NAVIDAD.
Mil besos,
Bárbara.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Algo callado

Aceleras hacia una costumbre de mármol
hecha a tu medida,
te veo partir,
entre carraspeos de humo blanco
con tus perfectos modales de mañana inglesa,
y quiero ser velocidad en ese remolino
sin nombre tras de ti.

De nuevo te apareces
en todos los horizontes,
roble de marfil a lo lejos,
siempre al borde del camino,
te miro,
con los ojos prensiles de la espalda,
antes de marchar hacia mi castigo de silencio,
en el rincón conquistado por la duda.

Y sé que todo está dentro de mí:
la duda, el remolino, tu costumbre,
el silencio,
pero algo callado permanece ahí fuera
junto a un viejo poste telefónico.
Busco con qué nombrarlo.

martes, 16 de diciembre de 2008

La gran mentira de papá

Madoff ha caído. Ha pasado de ser un crack financiero a hacer definitivamente crack (como diría Viajero) o rás, (como diría Araceli). ¿Efecto o causa de la crisis?
El hecho es que su estafa ha reventado como una piñata y nos llueven sus caramelos envenenados a lo largo y ancho de este mundo.
Me conmueve sin embargo lo que leo en El País: Madoff ha confesado a sus hijos lo que él califica como su gran mentira. La gran mentira de papá. Me imagino a sus hijos (me los imagino pequeños aunque supongo que ya no lo son) en la cocina de su casa, comiendo unos sándwiches de mantequilla de cacahuete.




- Chicos, tengo que hablar con vosotros. Voy a contaros la gran mentira de papá.
- vale, pero luego nos cuentas la de Spiderman contra las fuerzas del mal…

Y es que su papá se ha dedicado durante años a jugar con personajes imaginarios que existían solo dentro de su cabeza. Eso sí, ha podido desarrollar sus fantasías en el País de Nunca Jamás gracias a la laxitud de la regulación estadounidense.
Su estafa ha sido calificada como una grandiosa Pirámide de Ponzi, que no es un faraón egipcio sino un timador profesional cuya ilegal creación le ha servido para pasar a la posteridad, wikipedia mediante, como el creador de la estafa puntiaguda.
En ella se vende humo de la más alta calidad, aladas expectativas, sueños teñidos de verde dólar. Los últimos inversores en aportar dinero a la trama pagan los intereses de los que ya están dentro.
Una estafa conocida que sólo funciona si hay nuevas víctimas. Una estafa que basa su éxito en la codicia, en la baba segregada por el dinero fácil pero también en la hermandad, en la confianza irracional del ser humano en el ser humano. Si otro lo hace, yo también. Y mientras creamos que podemos volar, seguiremos volando.
Hasta que la magia se ha roto. Y no cesan de oírse los batacazos.

Como soy fundamentalmente vaga, no acierto a seguir el hilo hasta el final, a desenredar la madeja de esta estafa que alcanza los 50.000 millones de dólares (uf, qué mareo). Pero así, a bulto, me pegunto si los bancos no han hecho lo mismo con sus bolsitas sorpresa que sólo contenían basura (en forma de hipoteca). Unas bolsitas malolientes que ahora pretenden rellenar con dinero público.
¿No han jugado a la Magia Borrás, a ser prestidigitadores, sin contar con un fondo que garantice sus juegos malabares, sin una red de seguridad por si caen (quiero decir, si caemos) al vacío, impulsados por el bravío viento de la especulación?

En fin. Nadie duda de que hay hechos que valen automáticamente una plaza en la cárcel, pero ¿hay una cárcel lo suficientemente grande como para que quepa todo un sistema? Seguramente sí. Vivimos en ella.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Esto no es un poema


Si fuera ciega, mis manos tratarían de comprender el vacío
Si fuera ciega, pensaría que siempre voy mal vestida
Si fuera ciega, el volumen se inventaría en tu cuerpo
Si fuera ciega, tu tacto me sabría a palabra justa y precisa
Si fuera ciega, dejaría que lavaras mis partes más íntimas, que las podaras y las regaras como un jardín japonés
Si fuera ciega, creería que todos me miran
Si fuera ciega, pensaría que nadie me mira
Si fuera ciega, cuando entraras en mí, la oscuridad se volvería blanca
Si fuera ciega, no habría comparaciones, sería más única
Si fuera ciega, compondría palabras con migas de pan olvidadas en el camino
Si fuera ciega, los pájaros cantarían más cerca
Si fuera ciega, te vería en cada tiniebla.
Exactamente como ahora.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Epílogo


Pongamos que soy una fracasada. Pongamos que estrujé con mis propias manos las dos o tres oportunidades que se deslizaron casuales hasta mis dedos. Pongamos que hice una pelotilla rumbosa con ellas y la lancé bien lejos. Pongamos que fue un strike.

Pongamos que me ahogué en profundas y turbias expectativas. Pongamos que un día, ya con el agua al cuello, logré quitar el tapón con el dedo gordo del pie. Blup. Una gran burbuja.
Pongamos que aún me seco despacio.

Pongamos que sólo quedó el tiempo muy quieto delante de mí, aguas mansas que parecen no fluir pero que cada día son de una transparencia distinta.
Pongamos que lavo mis manos, aunque estén limpias.
Pongamos que se está bien aquí, en esta orilla.

Pongamos a Szymborska:
Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó
de mí:
un individuo aislado, del género humano por ahora,
que sólo perdió su paraguas, ayer en el tranvía.
O:

Te he sobrevivido suficiente

como para recordar desde lejos.
Pongamos tres puntos a modo de cortinilla de separación, como he visto hacer a otros.

Yo quería escribir algo serio, profundo, que diera sentido al sufrimiento sinsentido, que lo magnificara, otorgándole la categoría astrofísica de agujero negro. Hallar un valor para x en la ecuación de tercer grado. No importa qué valor. Cualquiera.
Sin embargo me salió una parodia que tiende al infinito.
Mi texto se ríe de mí. No sólo en su forma- estaré acabado antes de un mes- también en su contenido, y mis personajes sufren y dan risa al mismo tiempo.

En el colegio una profesora me llamaba la sérieuse Bárbara, no sólo porque fuera a un colegio francés, sino porque a partir de los 7 años me hice una niña seria. ¿puede la vida tomarse de otra forma a los 7 años?
Hoy soy el bufón de mis propios sentimientos y me pinto la cara todos los días para tratar de sorprender a esta realidad y a su larga sombra descolorida.

Ángel González dice, a modo de:

EPÍLOGO

Me arrepiento de tanta inútil queja,
de tanta
tentación improcedente.
Son las reglas del juego inapelables
y justifican toda, cualquier pérdida.
Ahora
sólo lo inesperado o lo imposible
podría hacerme llorar:
una resurrección, ninguna muerte.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Verano


El pensamiento del verano
ha venido volando,
se ha depositado en el borde
de este crudo invierno sin alas
en que el alma apura el último cigarro
de luz aplazada
y el cuerpo sólo acierta a resistir,
sumiso convaleciente
en espera de la auténtica vida.

Habita el verano en el corazón del invierno
en forma de deseo celular
que se multiplica,
escindiéndose,
hasta consumirse en blanco,
entre las frías luces de una estación de paso.

Y llegará el día,
y el verano recorrerá las últimas respuestas a través
de las venas, hasta el corazón dormido,
se liberará de su cáscara nevada,
encendiendo cielos, calles, ojos,
enarbolando sus vaporosas razones sin peso.

Pero serán los mismos- muy pocos-
los instantes de dejarse acariciar por él,
de sentir en el rostro el eco cuarteado
de sus manos,
el frescor indemne de sus quebradizos
brazos extendidos,
breve será el suave látigo de esta brisa
exhalada por un mar de corazones anónimos.

Y comprenderás que nunca será tan intenso
el verano como su propio recuerdo
mientras su furtiva felicidad se apaga,
va perdiéndose,
en la insondable veta purpúrea
de un lento atardecer de julio.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Me llamo Erik Satie, como todo el mundo

- Tengo jaquecas, doctor. Puede que migrañas, uno nunca sabe poner nombre a sus propios monstruos.
- Gamoneda decía tener ruidos en la cabeza, sentir el cráneo apretar y crujir, y eso no le impidió alzarse con el Cervantes- replicó el doctor, quitándole hierro al asunto.
El paciente se encogió de hombros, casi avergonzado.
Con letra electroencefalográfica en la que sólo se destacaban eles y bes como paraguas abombados, el doctor fue escribiendo en el talonario de recetas, al tiempo que daba indicaciones:
- Me lee usted todas las noches a Plá, como mucho lo alterna con Chejov. Terminantemente prohibidos Kafka, Onetti o Cortázar. Ni catarlos, ¿me oye?, sólo hasta ver si mejora.
El hombre asintió en silencio, cogió mansamente su receta y se fue arrastrando los pies.

A la siguiente paciente, el doctor la diagnosticó mentalmente como hipocondríaca, más que nada porque era la tercera vez que acudía a la consulta en lo que iba de semana, con dolores difusos y nerviosismo enredado entre los dedos de las manos.
- Trabajo demasiado. ¿No tendré un cáncer?
- Hay muchos tipos de cánceres, muchos más de los que se conocen…
La paciente era incapaz de mantener las manos quietas.
- Una de Stevenson, ésta no la cubre la Seguridad Social, lo lamento. Y también Alejandro Dumas, los tres mosqueteros o el conde de Montecristo, la que prefiera.
- Uy, qué va, yo no tengo tiempo para leer.
El doctor hizo como que no la había oído pero rompió despacio y en cuatro trozos iguales la receta que acababa de firmar.
- Está bien, me lee entonces tres columnas de César Vidal o bien tres columnas de Losantos. A elegir. Pero tres seguidas. Se compra usted el periódico y no lo lee, se espera a tener los tres periódicos, con sus tres columnas para leerlas todas seguidas. Esto es importante. Las dosis son importantes.
La mujer compuso con su cara una mueca de protesta pero no dijo nada. Al fin y al cabo, mejor el periódico que un libro entero.
- ¿Pero cuál de los dos me sentará mejor? Tengo un principio de úlcera...
- Da igual, los componentes son los mismos, uno es genérico y el otro de marca, pero son idénticos.

La última paciente de la mañana, un ama de casa de unos cuarenta años, alegó sufrir molestias en el estómago. Acaso fuera el páncreas, acaso la vesícula. Sus ojos eran negros, con una suave marejada en su fondo.
- Empieza usted tomando pequeñas dosis de Miguel Hernández, un poema cada tres horas. Si no lo encuentra, Vallejo también sirve. Y si ve que en un par de días, su estómago lo tolera bien, lo sustituye por uno de Pizarnik cada ocho horas.
-Ah, mejor, más cómodo, ya sabe con los críos, la casa, cada tres horas…
- Muy bien, pero al principio lo que le he dicho…
- ¿Y si no funciona, doctor?
Había una tranquila angustia recostada en el timbre de su voz.
- Si la medicación en páginas no funciona, tendremos que empezar con la música clásica. Pero no nos pongamos en lo peor.

Cuando salió de la consulta, el doctor vio al ama de casa sentada, esperando el autobús, leyendo un libro que no podía ser ninguno de los que le había recetado.
- Es que la gente se empeña en automedicarse, coño- se lamentó el doctor, justo antes de introducir su cuerpo en el deportivo último modelo y dejar que la gymnopedie nº1 de Satie esparciera sus pequeñas cápsulas azules.


(Todo porque que he leído esto y me ha gustado mucho. Me llamo Erik Satie, como todo el mundo).



lunes, 1 de diciembre de 2008

Modelo 7846


Antes de ir a comer, el ingeniero Tanaka ajustó la pieza 32 del nuevo encargo, mientras su ayudante, más alto que él, sujetaba el microcircuito integrado.
En el amplio refectorio de la empresa, comieron sushi, tallarines con cangrejo y ensalada de pepino y algas. Con diligencia, sin derramar nada fuera del plato, sin apenas hablar.
En la pantalla de plasma, Zapatero estrechaba la mano de Sarkozy repetidas veces y sonreía. Sonreía.
Los dos hombres se miraron pero no dijeron nada.
El más alto se limpió los labios en la servilleta, no sin cierta ingenuidad.
Sólo diez minutos después estaban en sus puestos del departamento de robótica humanoide.
Tanaka movió la cabeza de un lado a otro.
- modelo 7846… el cliente insistió en que pareciera muy humano, el jefe dijo: dadle una sonrisa especial, cálida, una sonrisa que se abra despacio, iluminándolo todo, como la flor de loto cuando llega la primavera…
Tanaka resopló.
- y tiene sonrisa de gilipollas…
El más alto, con algo parecido a un minúsculo destornillador en la mano, asintió.
Los dos hombres quedaron pensativos.
- en la próxima revisión, podríamos introducirle un chip de control que se active cuando la sonrisa permanezca más de 20 segundos seguidos en la cara, como un salvarostros automático…
Tanaka sopesó la idea. Era muy perfeccionista en su trabajo y siempre sopesaba cualquier idea.
- flor de loto cuando llega la primavera… repitió.
Una risa con bufido escapó de la boca del japonés más alto y sus ojos trazaron una línea perfectamente recta, como delineada con regla. Tanaka rió también pero sin emitir sonido alguno.