lunes, 16 de junio de 2008

La hormona de la confianza

Confirmado. Soy una persona insegura. Lo dijeron el otro día en el telediario de las tres. La presentadora aseguró que la oxitocina, también llamada hormona de la confianza, la segregan a mansalva las embarazadas. Todas sin excepción. Y yo no tuve más remedio que tomar verdadera conciencia de mi condición de persona insegura, carente de las más mínima oxitocina. Con tan marcada carencia o, mejor dicho, con tan nula capacidad de asimilación de la maldita hormona, que hasta en mi embarazo, rebosándome oxitocina por las orejas, yo era insegura, insegura hasta la médula, y tenía que agachar la cabeza cuando cruzaba el parque que me separaba del metro, sólo porque algún desconocido, sentado inocentemente en un banco, dejaba caer su mirada sobre mí, sobre mi cuerpo que avanzaba como un cachalote fuera del agua, añorando la dulce levedad del líquido elemento. Sabiendo, por otra parte, que todo ese líquido no se había evaporado, sino que estaba alojado en mis rodillas, en mis tobillos, en mis piernas.
Retención de líquidos, decían los conocidos cuando enseñaba, avergonzada, mis tumefactas piernas. Como si al ponerle nombre a mi dolencia, como a un hijo, ésta adquiriera temperamento propio y ya no me perteneciera del todo.
Retención de líquidos, como si yo fuera una maldita presa. Lo cierto es que temía provocar un sutnami cuando trataba de introducirme en el metro en hora punta. Y si nadie me cedía el asiento, no me atrevía a rechistar. Me limitaba a mirar al suelo, tratando de localizar mi confianza bajo algún par de zapatos anónimos.
Y un día que decidimos ir al campo, recuerdo que no conseguí meter mis pies-zodiac en las malditas zapatillas de deporte y tuve que ir en chanclas, clavándome todo tipo de espinosos arbustos primaverales, sin dejar en ningún momento de sonreír y de asentir: Sí, qué bien sienta salir de la ciudad y respirar aire puro!
Vamos, que ni embarazada conseguí arañarle un poco de confianza a esa tirana sardónica y crítica que vive aquí dentro. (Como si ella fuera perfecta!)
Así es que ahora ya sólo soy capaz de una única y rotunda aseveración: nunca he dejado de dudar.
En un momento dado, dudo entre un le y un lo, un fuera y un afuera, si diptongo o hiato. Dudo cada vez que uso un gerundio, si este verbo es transitivo o intransitivo. Busco compulsivamente, hasta las palabras más corrientes, en el diccionario. Dudo. Entre una camisa de colores vivos o un sencillo vestido negro. Entre un magret de pato y un solomillo al oporto (para que siempre, invariablemente, acabe gustándome más el plato que le sirven a mi acompañante, y más el que le sirven al de la mesa de al lado). Dudo si mostrarme intrépidamente risueña o fatalmente dramática, para acabar pareciendo sencillamente bipolar. O patética.
Dudo de si esta palabra de aquí habrá sentado mal, de si ese gesto de allá se lo habré robado a alguien. De si es correcto este “de”. Dudo de mi primera impresión y dudo de mí por no haber confiado en mi primera impresión.
Dudo de si al leer estas palabras pensarás que esto nos sucede a todos o te regocijarás con (¿de?) mis debilidades. Dudo entre seguir escribiendo o matar de una vez por todas a la insidiosa inquilina de aquí adentro y ser por fin una simple, monolítica y segura solitaria.

6 comentarios:

Fran dijo...

Si tú dudas tan pronto, en una tregua, yo dudo muy tarde, sigo dudando si lo que he hecho y cómo lo he hecho a alguien le sirvió o hasta me sirvió a mí mismo.

Pero no dudo, tanto en las personas y en las palabras. Miro con inocencia, belleza y descaro y ahí le añadiría seguridad. ¿Por qué llevaba esa chica dos camisetas, la de abajo mucho más ceñida, claro? ¿POr qué no la paré y le dije -ya que llevaba carpetas y libros, qué tal los exámenes? Al final no lo hice, ni por inseguridad ni por vergüenza, sólo por hacerme valer yo mismo.

Y no dudo tampoco con las palabras, con el María Moliner muy cerca, va y no lo estudio cada día, como me había prometido, como he estudiado de mañana los "Poemas impuros" de Nuria Amat o "Pintar sin tener ni idea" de Ángel González.

¿Sabes qué me gusta de tu blog que leo? TU INSEGURIDAD, o sea que quédatela.

Hammett dijo...

A mi nunca me ha gustado la gente segura. Esa gente que tiene muy claro como son las cosas y como las personas. Aquella gente que cuando comentas algo sin aseverar, dándole posibilidad al error, te fuerzan a desviar la conversación hacia otro terreno ya que sabes que no puedes luchar contra esa tiranía de la rotundidad.
No,....creo que yo también prefiero dudar antes que limitar las posibilidades, escuchar antes que hablar, mirar antes que observar, recordar antes que repetir.
.....de ésto último no estoy muy seguro, pero lo prefiero así.

Bárbara dijo...

Sí, dudar es dejar todas las posibilidades abiertas... Lo de escuchar más y hablar menos aún me falta practicarlo más, de los recuerdos abuso bastante. Qué bueno tu retrato!

carlos dijo...

Pues a mí me gusta la gente insegura, o sea la gente auténtica. La seguridad es de mentira.
Post retrospectivo por post retrospectivo:
http://carlosjaviergalan.blogspot.com/2008/04/elogio-de-la-duda.html

Vicent dijo...

Un año despues sigues igual de insegura? Creo que no.

Bárbara dijo...

no, yo creo que tampoco, Vicent. He ganado confianza, aunque sigue habiendo una inseguridad digamos congénita, digamos aprendida en la infancia, de la que no sé si lograré desprenderme algún día.