jueves, 12 de junio de 2008

Ferrater en el metro

Algo más allá de unos ojos. No detrás, en las cuencas vacías como cucharas, ni en el reverso viscoso de una pupila. Más allá de los ojos. Un reflejo en un charco sin fondo, un chispazo cómplice en el metro semivacío, bajo esta luz de probador de tienda grunge.
Bajo la vista y vuelvo a mi libro. Leo en el metro. Leo por estar acompañada mientras estoy entre los demás. Protejo la cubierta dejando caer distraídamente la mano izquierda, y abro el libro lo justo, en ángulo de 45 grados, porque hoy se ovilla en el fondo Gabriel Ferrater y en los tiempos que corren, no puedo asegurar su supervivencia. Cada día resulta más peligroso leer poesía en el metro. Vale, está bien, lo tapo porque me da vergüenza leer poesía en el metro. Y porque me revienta que me lean por encima del hombro.
Nuestro vagón sigue avanzando y nosotros con él, reunidos en silencio mientras trenzamos más silencio, hilos e hilos que van bosquejando telarañas de colores por toda la ciudad. Redes de seguridad para que pensemos que no caemos, o que caemos delicadamente. En definitiva, que no sepamos que estamos solos.
Los ojos me miran.
Ferrater fuma ahora plácidamente, recostado en uno de los asientos, con sus piernas kilométricas y su aire a lo Steve Mc Queen. Y sé que todo es por su causa, la chispa, los hilos, la magia, los ojos.
Más allá, sólo mi imaginación. Pero ahí siguen esos ojos desconocidos. Mirándome.


AMISTAD DEL BRAZO
El metro iba muy lleno. Me agarraba
al lado de la puerta, de un barrote
niquelado. Tenía el brazo tenso
y toleraba aquella persistencia
de un peso tibio sobre el antebrazo.
Había poca gente cuando al fin me volví.
Era muy joven. Fea y pobre, descarnada
como una enjuta cabra mogrebina,
obstinada la frente, ojos cerrados,
abalanzada por toda carencia,
un brazo aún sin dueño, libre y promiscuo,
y no veía que alguien se movía
y se aislaba ante ella. Yo, también
muy joven, demasiado, aún no sabía
reconocerme, más que en la elección,
en aceptar. Así, abandoné el brazo,
como si ya no fuera mío, hasta
la estación, cuando se rompió de pronto
la última cuerda del violoncello

Gabriel Ferrater
Traducción de Pere Gimferrer.

2 comentarios:

Pablo dijo...

... qué hermoso, el poema, lo que cuentas...

Bárbara dijo...

Lo de Ferrater es debilidad…no sé si me hace caminar con las manos pero me gusta. Me gusta. Disfruta de tus olas…